«Pedro, la roca, empieza a rodar»: un defensor de la misa antigua entra en la Comisión Teológica

Jan-Heiner Tück criticó Traditionis custodes, defendió la nota 351 de Amoris laetitia, pidió ordenar a casados y dijo en mayo que un cisma de la FSSPX sería «también bueno» para clarificar.

«Pedro, la roca, empieza a rodar»: un defensor de la misa antigua entra en la Comisión Teológica
Jan-Heiner Tück. Foto: Katholische Akademie in Bayern

El papa León XIV nombró el lunes 19 de octubre miembro de la Comisión Teológica Internacional al teólogo laico alemán Jan-Heiner Tück, catedrático de Dogmática e Historia de los Dogmas en la Facultad de Teología Católica de la Universidad de Viena y director de la edición alemana de Communio, la revista que fundaron en 1972 Hans Urs von Balthasar, Joseph Ratzinger y Henri de Lubac, entre otros. Es uno de los 24 nuevos miembros que publicó ese día el boletín de la Sala de Prensa de la Santa Sede, nombrados según los estatutos de la Comisión a propuesta del prefecto de Doctrina de la Fe, el cardenal Víctor Manuel Fernández. Tück escribió en julio de 2021 que Francisco, al revocar con Traditionis custodes la libertad para celebrar la misa antigua que había concedido Benedicto XVI, ponía en peligro la autoridad del papado: «Pedro, la roca, empieza a rodar». En mayo de este año, seis semanas antes de las consagraciones de Écône, sostuvo que un cisma de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X sería desafortunado para ambas partes, pero «también bueno» para aclarar una situación que llevaba mucho tiempo sin aclararse.

El artículo de 2021 apareció el 22 de julio en el diario suizo Neue Zürcher Zeitung (NZZ), seis días después de la publicación del motu proprio, con el título «No a la misa antigua: el papa Francisco anula una decisión de su predecesor y pone así en peligro la autoridad del cargo». Tück recordaba que Francisco había comentado una vez que quizá pasaría a la historia como el papa de la división, y escribía que «el viernes pasado casi hizo realidad esa palabra», porque con el decreto había retirado «sin pestañear» la licencia que había concedido su predecesor. A su juicio, al corregir abiertamente a Benedicto XVI en lugar de esforzarse por la coherencia y la consistencia del magisterio, el Papa daba a muchos la impresión de que un pontífice puede corregir y revisar la enseñanza de sus antecesores como quiera, y esa irrupción de la contingencia en las declaraciones magisteriales, visible para todos, amenazaba con socavar la autoridad papal.

El texto admitía que existen tensiones parciales entre la eclesiología del Concilio y la misa tridentina, y coincidencias puntuales con el ambiente de la derecha política, pero sostenía que el argumento de la instrumentalización solo valía de forma global para la Fraternidad San Pío X. A la Fraternidad San Pedro y a los demás grupos que reconocen expresamente el Concilio y el primado, escribió, se les retiraba precisamente a ellos «el techo protector papal», de modo que quedaban castigados por su fidelidad al Papa «por el propio Papa». Criticaba también que la exigencia de autorización romana para los nuevos sacerdotes contradijera la «saludable descentralización» que el propio Francisco predicaba, y que dejar el asunto a cada obispo fuera a producir un mosaico de permisos y prohibiciones. «Una prohibición de la misa antigua es, en última instancia, expresión de debilidad», concluía, porque no confía en que la liturgia renovada se imponga por sí misma como la mejor opción. Al mismo tiempo, Tück defendía la reforma litúrgica del Concilio, a la que llamaba su fruto más visible y que, a su juicio, «no puede ni debe ponerse en cuestión», y terminaba advirtiendo de que excluir aquella tradición desconoce su fuerza cultural y es «tendencialmente propensa a la división».

Esa defensa de la misa tradicional no le ha impedido ser, desde hace al menos una década, uno de los críticos más insistentes de la Fraternidad San Pío X en la prensa de lengua alemana. El 19 de mayo de 2026, en una entrevista en directo en el programa Tag für Tag de la radio pública alemana Deutschlandfunk, consideró «muy probable» que se celebraran las consagraciones episcopales sin mandato pontificio anunciadas para el 1 de julio, recordó que «un acto cismático no tiene por qué seguir siendo cismático» y calificó de acertada la declaración con la que el cardenal Fernández había advertido el 13 de mayo de que esas consagraciones constituirían «un acto cismático». Preguntado si una separación sería una pérdida para la Iglesia, respondió: «Un cisma siempre es desafortunado para ambas partes. Pero sería también bueno en el sentido de aclarar unas relaciones que llevan mucho tiempo sin estar claras». Rechazó acercarse a los lefebvristas con una ofensiva de seducción y dejarles actuar «bajo el manto de la misericordia», porque estaban en juego la apertura ecuménica, la relación con el judaísmo y la relación con el Estado de derecho liberal: «No podemos tolerar dentro de la Iglesia católica posiciones contradictorias en cuestiones tan importantes».

En la misma entrevista dijo que no calificaría a la Fraternidad de antijudía «de forma tan general», pero que la declaración de fe que había publicado la semana anterior era «un claro indicio de teología antijudaísta», porque sostiene la teología de la sustitución, según la cual la alianza de Dios con Israel habría sido revocada, en contra de la carta a los Romanos y de la declaración conciliar Nostra aetate. Calificó de «afirmaciones monstruosas» la tesis, que atribuyó a otros escritos de la Fraternidad, de que los judíos de hoy siguen siendo en cierto modo corresponsables de la muerte de Jesús mientras no lo reconozcan como Mesías. Habló también de una «permeabilidad osmótica» hacia posiciones políticas de derecha, aunque advirtió contra las generalizaciones, y sostuvo que el Estado católico que defendía Lefebvre contradice la declaración Dignitatis humanae sobre la libertad religiosa. Al final reconoció a los fieles de la Fraternidad un sentido despierto «para la santidad, para la liturgia» y una seriedad en la fe que interpela al cristianismo medio, «a menudo algo tibio», y consideró preocupante el tamaño que ha alcanzado, con unos 750 sacerdotes.

Las consagraciones se celebraron en Écône el 1 de julio. Al día siguiente, Doctrina de la Fe publicó una Nota explicativa firmada por Fernández que declara cismáticos y sujetos a excomunión a todos los ministros sagrados de la Fraternidad, extiende la misma consideración a los laicos que se adhieran formalmente a ella y declara inválidas las confesiones y los matrimonios asistidos por sus sacerdotes. La Fraternidad mantiene sus recursos en Roma contra esas excomuniones. Tück ha publicado este año en la editorial Herder el libro Ausverkauf des Konzils. Die Päpste und die Piusbruderschaft. Eine Konfliktgeschichte («Liquidación del Concilio. Los papas y la Fraternidad San Pío X. Historia de un conflicto»). En el prólogo, según la muestra difundida por la editorial, sostiene que relativizar los documentos conciliares para atraer a los tradicionalistas sería «una autocontradicción pontificia» y que León XIV debe mostrar «claridad en las cuestiones doctrinales», también por lealtad a sus predecesores, sin abogar por ello por un fundamentalismo conciliar. En otro pasaje escribe que en las señales del nuevo pontificado puede verse «una nueva cultura de acogida para los amigos de la misa tridentina», recuerda que el Papa ha indicado que quiere suavizar la política restrictiva de su antecesor sobre la llamada misa antigua y advierte de que, si rompiera la comunión con la Iglesia, la Fraternidad acabaría deslizándose definitivamente hacia una secta de zelotes.

La línea viene de lejos. En mayo de 2016, cuando circulaban rumores de un reconocimiento canónico de la Fraternidad por parte de Francisco, Tück advirtió en la NZZ contra una reconciliación «sin condiciones previas» y calificó de falsa, desde la hermenéutica del Concilio, la propuesta del arzobispo Guido Pozzo, entonces secretario de la comisión Ecclesia Dei, de establecer una «obligatoriedad graduada» que distinguiera entre documentos doctrinales y pastorales del Vaticano II. Rebajar los textos sobre el ecumenismo, las religiones y la libertad religiosa, escribió, equivalía a «un descarado acto de deslegitimación del Concilio», y admitir a la Fraternidad sin exigencias doctrinales sería instalar intra muros ecclesiae un caballo de Troya cargado de «dinamita semántica»: «antimodernismo, antijudaísmo, intolerancia hacia otras religiones, integrismo en la relación entre Estado e Iglesia». En ese mismo artículo distinguía el caso de la pastoral ordinaria: con la Fraternidad, sostenía, no se trata de práctica pastoral, sino de la pretensión de validez de posiciones teológicas fundamentales, y aplicarle una misericordia sin condiciones previas supondría «una confusión de planos». Cuando Francisco suprimió la comisión Ecclesia Dei en enero de 2019, Tück lo interpretó como «el fin de la ofensiva de seducción papal» hacia los lefebvristas.

La distinción entre doctrina y pastoral reaparece en su defensa de Amoris laetitia. En noviembre de 2017, en un artículo titulado «El papa Francisco no es un hereje», reconoció que la nota 351 de la exhortación concede para casos complejos lo que Juan Pablo II y Benedicto XVI habían excluido, ya que estos solo admitían a los sacramentos a los fieles que viven en una segunda unión «bajo la reserva de la continencia sexual». Aun así, sostuvo que la exhortación es una «continuación legítima» de la doctrina anterior y no una «ruptura de la tradición». Calificó de «proceder subversivo» el de los cardenales Brandmüller, Burke, Caffarra y Meisner al hacer públicos sus dubia, y escribió que quienes ponían al Papa bajo sospecha de herejía, como los 62 teólogos y filósofos firmantes de la Correctio filialis, se comportaban «como bulldogs de la ortodoxia». En el mismo texto advertía, sin embargo, de que las aplicaciones divergentes de las conferencias episcopales, con Polonia prohibiendo lo que Malta permitía como excepción, abrían «finas grietas» que podían degenerar en una «patología de situaciones cismáticas», y pedía al Papa que volviera a hablar: «El silencio no puede ser la última respuesta para un constructor de puentes».

El celibato sacerdotal es otro de sus frentes. En septiembre de 2019, en vísperas del Sínodo de la Amazonía, replicó en la NZZ al cardenal Robert Sarah, que había calificado de monstruosidad la ordenación de viri probati. «El celibato no es un dogma, sino una ley eclesiástica», escribió; tachó de «ficción de continuidad históricamente insostenible» la idea de que la continencia de los clérigos rige sin interrupción desde Jesús y los apóstoles, recordó que Ratzinger había previsto en 1970 que la Iglesia del futuro ordenaría a «cristianos probados que ejercen una profesión» y concluyó que la tradición «también puede traicionarse congelándola». En junio de 2023 fue más lejos en el portal katholisch.de: pidió a Francisco que abandonara su «decidida indecisión» e hiciera lo jurídicamente posible, ordenar en las regiones con escasez grave de clero a hombres casados acreditados en el matrimonio, la familia y la profesión. En ese texto defendía el celibato con tres argumentos teológicos, el seguimiento radical, la disponibilidad y el signo escatológico; rechazaba que los laicos presidan la Eucaristía, porque sería «una ruptura de la tradición» y «los sacerdotes solo pueden ser sustituidos por sacerdotes», y describía sin rodeos la situación del clero: hay «sacerdotes que viven en relaciones homosexuales» y, cuando los obispos toleran la doble vida, «la hipocresía adquiere rasgos sistémicos».

En otras cuestiones ha sostenido posiciones contrarias a las del reformismo alemán. En un ensayo de 2021 en la revista Herder Korrespondenz, titulado «¿Representar al Esposo? Qué habla en contra de la ordenación sacerdotal de las mujeres», argumentó contra ella a partir de la representación sacramental de Cristo Esposo y, según las citas que recogió el liturgista Benedikt Kranemann en su réplica, sostuvo que relativizar la masculinidad de Jesús margina al mismo tiempo su condición de judío. La presentación del ensayo reconocía que, en ese debate, los argumentos de tradición y de autoridad tienen mala acogida. En 2023 firmó en la NZZ un artículo titulado «Una puerta trasera para más mujeres en la Iglesia», sobre la facultad de bautizar concedida a laicos en algunas diócesis y en Suiza, cuyo subtítulo sostiene que el argumento de la escasez de sacerdotes «es solo un pretexto». En 2017 consideró problemática una «licencia general» para que comulguen los cónyuges no católicos de los matrimonios mixtos, por el riesgo de simular una unidad que no existe o existe solo de forma incipiente. Ha criticado además el Camino Sinodal alemán: en noviembre de 2021 firmó en el Frankfurter Allgemeine Zeitung un artículo cuyo subtítulo sostiene que un Consejo Sinodal nacional como el proyectado «solo contribuye a hinchar los aparatos», y en 2024 cuestionó el consejo diocesano conjunto creado por el obispo de Essen, Franz-Josef Overbeck.

La frase más discutible de su trayectoria es de julio de 2020. En una entrevista con katholisch.de, preguntado por el creyente que tiene problemas con partes de la doctrina, como la infalibilidad papal, respondió que «no hace falta una identificación total con la doctrina de la Iglesia» y que «basta con el reconocimiento del Credo», dentro de un sentire cum ecclesia. Añadió, con la jerarquía de verdades del Vaticano II, que no todo lo que enseña la Iglesia es igual de importante y que «más bien al margen están, por ejemplo, los dogmas marianos», y precisó que el dogma de la infalibilidad debe verse en su contexto histórico «sin relativizarlo». El Código de Derecho Canónico obliga a creer con fe divina y católica todo lo que el magisterio solemne u ordinario y universal propone como revelado (canon 750), y la Inmaculada Concepción y la Asunción fueron definidas solemnemente en 1854 y 1950. La declaración Mysterium Ecclesiae, publicada en 1973 por la Congregación para la Doctrina de la Fe, admite que existe «un orden y como una jerarquía de los dogmas», pero precisa que «todos los dogmas, por el hecho de haber sido revelados, han de ser creídos con la misma fe divina».

Tück nació en 1967 en Emmerich, en la Baja Renania. Se doctoró en Tubinga con una tesis sobre Johann Baptist Metz, se habilitó en Friburgo con un estudio sobre la teología eucarística de santo Tomás de Aquino y enseña en Viena desde hace más de quince años. Según su currículum, forma parte de la comisión teológica de la Conferencia Episcopal Austriaca y de la Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Alemana. Está casado y tiene cuatro hijos. Ha dedicado parte de su obra a la relación entre cristianismo y judaísmo, incluido un volumen sobre el judaísmo mesiánico coeditado con Mark S. Kinzer, y este año ha publicado con el cardenal Walter Kasper el libro Jesus Christus auf der Spur, con motivo de cuya presentación en Viena, en junio, el cardenal afirmó que la teología alemana debe volver a las cuestiones cristológicas. Del 22 al 24 de octubre coorganiza en Viena, con el teólogo Thomas Marschler, un simposio sobre la teología de Joseph Ratzinger.

La Comisión a la que se incorpora tiene, según el artículo 1 de sus estatutos, la tarea de estudiar «las cuestiones doctrinales de especial importancia» para ayudar al Magisterio y, en particular, a Doctrina de la Fe, y el artículo 3 pide a sus miembros que se distingan por su «ciencia, prudencia y fidelidad al Magisterio de la Iglesia». Tück es uno de los siete laicos que entran en la nueva composición.

Este medio no ha encontrado ninguna sanción ni investigación de Doctrina de la Fe sobre sus escritos. En enero de 2024, la agencia austriaca Kathpress recogió su valoración de Fiducia supplicans bajo la fórmula «ni novedad ni concesión», pero el texto no es de acceso libre y no consta en qué términos la desarrolló. Tampoco ha podido consultar el texto completo del ensayo sobre la ordenación de mujeres ni el del libro sobre la Fraternidad San Pío X.


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