El monje que, según Beda, volvió de la muerte y pasó el resto de su vida rezando en un río helado

Paul Thigpen recoge en «Santos que vieron el Infierno» la visión de Drythelm, que la «Historia eclesiástica» de Beda sitúa hacia el año 696: un valle de purificación, la boca del Infierno y una penitencia en el Tweed

El monje que, según Beda, volvió de la muerte y pasó el resto de su vida rezando en un río helado
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Los monjes de Melrose acabaron acostumbrándose a una escena que a cualquiera le habría parecido locura. En pleno invierno, un hermano ya entrado en años bajaba a la orilla del Tweed, rompía el hielo si hacía falta y se metía en el río hasta la cintura o hasta el cuello, rezando salmos. Al salir no se cambiaba de ropa: dejaba que se le secara encima. Cuando le preguntaban cómo soportaba aquel frío, respondía que él había visto uno peor. Y cuando le reprochaban una penitencia tan dura, contestaba lo mismo con otras palabras: había visto cosas más duras.

Aquel monje se llamaba Drythelm y, según san Beda el Venerable, había estado muerto. La historia figura en el libro V de la Historia eclesiástica del pueblo inglés, que la fecha hacia el año 696, cuando Beda era aún joven. Paul Thigpen la recoge en Santos que vieron el Infierno, una antología de visiones del más allá que Homo Legens publicó en español, y pocas lecturas encajan mejor con la semana que se acerca, la de Todos los Santos y los Fieles Difuntos.

Drythelm era un padre de familia piadoso del distrito de Cunningham, en Northumbria, probablemente en el actual Ayrshire escocés. Enfermó y murió al caer la noche. Al amanecer se incorporó. Quienes velaban el cuerpo huyeron despavoridos; solo su mujer se quedó a su lado, temblando. Él la tranquilizó y le anunció que en adelante no iba a vivir como antes. Pasó el día rezando en el oratorio del pueblo, dividió sus bienes en tres partes, una para la esposa, otra para los hijos y la tercera para los pobres, y se marchó al monasterio de Melrose.

Lo que contó haber visto es una de las geografías del más allá más antiguas y precisas de la literatura cristiana de Occidente. Un guía de rostro luminoso lo condujo hasta un valle inmenso. A un lado ardían llamas furiosas; al otro caían granizo y nieve. Las almas saltaban de una orilla a la otra sin encontrar descanso en ninguna. Drythelm pensó que estaba en el Infierno. El guía le corrigió: aquello no era el Infierno.

Más adelante la oscuridad se espesó hasta borrarlo todo salvo la silueta del acompañante, que de pronto desapareció. Delante, de un pozo enorme subían y bajaban oleadas de fuego cargadas de almas, como chispas en el humo, con un hedor que el visitante no supo comparar con nada. A su espalda oyó lamentos mezclados con carcajadas: una turba de demonios arrastraba hacia el pozo a cinco almas, entre las que distinguió a un clérigo, a un laico y a una mujer. Algunos de aquellos espíritus salieron a por él con tenazas encendidas, pero no se atrevieron a tocarlo. Lo salvó una luz como de estrella: era otra vez el guía, que lo sacó hacia una claridad donde esperaban las almas destinadas al Cielo.

La explicación final es lo que da al relato su peso doctrinal. El valle de fuego y hielo, según el guía, era el lugar donde se prueban y castigan las almas de quienes aplazaron la confesión y la enmienda de sus pecados y solo se arrepintieron a la hora de la muerte. Entrarán en el Reino el día del juicio, y a muchas de ellas les ayudan antes las oraciones de los vivos, sus limosnas y sus ayunos y, sobre todo, la celebración de misas. El pozo, en cambio, era la boca del Infierno, y de él no sale nadie. Es una de las descripciones más tempranas de lo que la Iglesia llamaría purgatorio, con la frontera entre la pena que purifica y la que no acaba trazada con nitidez. No es raro que algún historiador haya visto en este monje northumbrio un lejano precursor de Dante.

Beda no oyó la historia de primera mano, y lo dice. Se la debe a Haemgils, un monje sacerdote que vivía cerca de la celda de Drythelm, le hizo contar una y otra vez lo que había visto y acabó como ermitaño en Irlanda, a pan y agua. El visionario relató también su experiencia a Aldfrith, el rey de Northumbria, un hombre muy instruido que lo escuchaba con gusto. Pero no se la contaba a cualquiera: la reservaba para quienes iban a sacar de ella fruto espiritual y se la callaba ante los tibios.

Thigpen no presenta estas páginas como un reportaje sobre el otro mundo. En el primer capítulo advierte que todas las visiones del libro son revelaciones privadas, que ni siquiera la canonización de un vidente garantiza la autenticidad de lo que contó y que nada de ello puede ponerse a la altura de la Escritura. Su propósito es otro: devolver a la conversación una doctrina de la que hoy apenas se habla. El Infierno, escribe en la introducción, es «la garantía definitiva de que lo que hacemos aquí y ahora importa».

Drythelm comparte volumen con Juan Bosco, Teresa de Jesús, Catalina de Siena, Faustina Kowalska y los pastorcitos de Fátima, con los relatos de Gregorio Magno y Alfonso María de Ligorio, con visiones medievales como la de Tundal y con el Infierno de Dante. Quizá ninguno resuma tan bien como el monje del Tweed la pregunta que el libro deja sobre la mesa a las puertas de noviembre: qué haría cada uno con su vida si de verdad creyera haber visto lo que él vio.

Portada de «Santos que vieron el Infierno», de Paul Thigpen

Homo Legens

Santos que vieron el Infierno

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