El 29 de octubre de 1963 los Padres del Vaticano II votaron una cuestión que parecía de procedimiento: si el texto sobre la Virgen sería un documento propio o un capítulo de la constitución sobre la Iglesia. Ganó la segunda opción por 1.114 votos contra 1.074. Cuarenta votos de diferencia. Era la primera vez que el aula conciliar se partía en dos mitades casi iguales, y lo que estaba en juego, tal como lo reconstruye Roberto de Mattei en El Concilio Vaticano II, no era la colocación de un esquema, sino el lugar de María en la Iglesia que iba a salir del Concilio.

De Mattei describe dos bandos. A un lado, los que él llama maximalistas, con el franciscano Carlo Balić y el servita Gabriele Roschini, que esperaban del Concilio una palabra solemne sobre María Mediadora de todas las gracias. Al otro, los minimalistas, con Congar, Rahner y Laurentin, cuyo libro La question mariale dio en 1963, según el autor, la señal de la ofensiva. El esquema había llegado a los Padres en mayo de 1963 con un título que hoy resulta revelador, De Maria Mater Ecclesiae. Según el libro, en agosto de ese año Rahner escribió a los obispos de lengua alemana reunidos en Fulda con una consigna precisa: si no podían tumbar el texto, que lo redujeran a un capítulo del documento sobre la Iglesia y que desapareciera la fórmula de la mediación universal, por razones ecuménicas.
En el aula, el cardenal Frings abrió la ofensiva a favor de la integración el 30 de septiembre. Le siguieron Silva Henríquez, en nombre de 44 obispos latinoamericanos, y una nutrida lista de prelados franceses, mexicanos e ingleses. En el otro lado, el cardenal Arriba y Castro habló por 60 obispos españoles. El 24 de octubre el filipino Santos y el vienés König se enfrentaron en dos discursos que resumían las dos posturas. Cinco días después llegó la votación de los cuarenta votos. Balić la vivió como una catástrofe personal: «¡Allí naufragó toda mi obra!». De Mattei, apoyándose en la socióloga Melissa Wilde, atribuye la derrota a la desorganización de los conservadores, y sostiene que aquel golpe, sumado al que recibieron al día siguiente en la votación sobre la colegialidad, fue lo que les obligó a organizarse.
La segunda batalla se libró un año después, y en ella aparece la figura más desconcertante del relato. El 20 de junio de 1962, siendo todavía arzobispo de Milán, Giovanni Battista Montini había considerado inoportuno el título de Mediadora. Ya como Pablo VI, según anotó Congar en su diario, seguía sin querer que el Concilio se pronunciara sobre la mediación, pero insistía en otro título: Madre de la Iglesia. En septiembre de 1964 los bloques volvieron a medirse. El cardenal Wyszyński, en nombre de 70 obispos polacos, pidió que el Papa proclamara a María Madre de la Iglesia. El cardenal Alfrink reclamó, con el respaldo de 124 obispos, que se suprimiera la palabra Mediadora, y Döpfner habló en contra en nombre de 90 obispos de lengua alemana y escandinavos. El obispo mexicano Méndez Arceo rechazó el título de Madre de la Iglesia por ajeno a Oriente y demasiado reciente. El compromiso lo redactaron Balić y Philips: Mediadora se quedaba en el texto, en un lugar secundario y junto a otros títulos tradicionales, sin el añadido de «todas las gracias». Se votó el 29 de octubre de 1964 con 1.559 votos a favor, 521 a favor con reservas y 10 en contra.
Quedaba el título. La comisión doctrinal se negó a incluir Madre de la Iglesia en la constitución Lumen gentium, aunque Pablo VI lo venía pidiendo desde el verano de 1963. El 21 de noviembre de 1964, el mismo día en que la constitución se aprobó por 2.151 votos contra 5, el Papa clausuró la tercera sesión y, al final de su alocución, proclamó a María Madre de la Iglesia, un título que descansa en una lógica sencilla: la Madre de Cristo es madre de su Cuerpo. Lo que el Concilio no había querido escribir lo dijo el Papa en el aula. La respuesta fue un aplauso prolongado. De Mattei recoge también el disgusto de los observadores y de los Padres más ecumenistas, la anotación de Semmelroth en su diario acusando al Papa de ponerse de nuevo contra el Concilio y el testimonio según el cual De Lubac vio en aquel gesto el final del Concilio de Juan XXIII. Ralph Wiltgen contó la proclamación entre los agravios que los progresistas reprocharon a Pablo VI en aquella semana negra.
El episodio ocupa apenas unas páginas de un libro de más de quinientas, pero condensa su método. De Mattei no es teólogo, es historiador, y reconstruye el Concilio con las actas oficiales, los diarios de sus protagonistas y la correspondencia de los grupos que se organizaron en Roma para empujarlo en una dirección o en otra. La pregunta que deja abierta es la que atraviesa todo el libro: cómo un Concilio que relegó a María a un capítulo terminó con el Papa proclamándola Madre de la Iglesia contra el criterio de su propia comisión, y quién ganó en realidad aquella partida.
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