El pasado domingo, 6 de septiembre, en la catedral de San Bavón de Haarlem, el cardenal Raymond Burke afirmó ante los fieles de Radio María de los Países Bajos que «la Santísima Virgen María es Corredentora, es decir, participa de manera única en la obra salvadora de Nuestro Señor». La conferencia versaba sobre los primeros sábados y el Corazón Inmaculado, y su oficina difundió después el texto íntegro. Es la primera vez que un cardenal emplea en público el título que el Dicasterio para la Doctrina de la Fe calificó de «siempre inoportuno» en la nota Mater Populi fidelis, publicada el 4 de noviembre de 2025 con aprobación pontificia.
Los días 7 y 8 de octubre, en el Augustinianum, a pocos metros de la Plaza de San Pedro, se celebrará el congreso internacional De Maria numquam satis. El cardenal Gerhard Müller, antiguo prefecto del mismo dicasterio que firmó la nota, disertará sobre «la cooperación de la Virgen María en la Redención». Le acompañarán el propio Burke, el teólogo de la Casa Pontificia, el dominico Wojciech Giertych, el mariólogo Manfred Hauke, considerado uno de los mayores especialistas vivos en la materia, el historiador Roberto de Mattei, el padre Thomas Crean y monseñor Rudolf Michael Schmitz, entre otros. La víspera, fiesta de Nuestra Señora del Rosario, el arzobispo de Sídney, Anthony Fisher, presidirá unas vísperas solemnes en la basílica romana dedicada a la Virgen de Lepanto.
Diez meses de objeciones
La reacción a la nota comenzó casi de inmediato. Monseñor Athanasius Schneider sostuvo a los pocos días que el Magisterio ordinario, los santos y los doctores no pudieron haber extraviado a los fieles durante siglos con un uso «consistentemente inapropiado». En diciembre, el padre Serafino Lanzetta promovió un llamamiento filial a León XIV para que reconsiderase el documento. La comisión teológica de la Asociación Mariana Internacional, con Scott Hahn y Mark Miravalle, calificó el texto de «antidesarrollo de la doctrina».
El 2 de febrero de 2026, fiesta de la Presentación del Señor, el padre Davide Pagliarani, Superior General de la Fraternidad San Pío X, dedicó al tema la homilía en la que anunció las consagraciones episcopales celebradas después en Écône el 1 de julio, fiesta de la Preciosísima Sangre. Partió de la profecía de Simeón y expuso que Dios quiso asociar a la Madre a la obra redentora desde el principio, pidiéndole una cooperación «de un modo proporcional a su santidad». Cristo salva con méritos propios e infinitos, argumentó, y reclama al mismo tiempo la adhesión libre de cada alma; María sería el prototipo perfecto de esa cooperación. La elección de la fecha de las consagraciones, con su referencia a la Sangre formada en la sangre purísima de la Virgen, prolongaba esa misma lectura.
Lo que se presentó en noviembre como una precisión terminológica, un asunto de mariólogos para mariólogos, se ha convertido en la controversia doctrinal más sostenida del pontificado.
La secuencia de las rectificaciones
Los críticos de la nota señalan menos su contenido que el modo en que la autoridad la ha administrado. La cronología es la siguiente. El dicasterio publica un texto aprobado por el Papa que declara el título «siempre inoportuno». Unas tres semanas después, ante las protestas, el prefecto, cardenal Víctor Manuel Fernández, explica a una periodista que el «siempre» debe entenderse como «a partir de ahora», que la proscripción se refiere a documentos oficiales y textos litúrgicos, y que quien comprenda correctamente el título puede seguir usándolo «en su grupo de oración o entre amigos». En enero, León XIV elogia el documento por sus «precisas e importantes aclaraciones».
Nadie en esta disputa niega que Cristo sea el único Redentor. Burke, Müller, Schneider y Pagliarani lo afirman con la misma rotundidad que la nota, y los organizadores del congreso de octubre, con Virginia Coda Nunziante a la cabeza, han declarado que la cooperación de María es enteramente subordinada, dependiente y derivada de la de su Hijo, aunque añaden que es «real, eficaz, singular y universal».
Lo que está en juego
La nota reconoce apoyarse, entre otras, en razones ecuménicas. La idea de que la criatura no participa en modo alguno en su propia redención, de que la gracia obra sola y la respuesta humana nada añade ni nada quita, constituye el núcleo de la Reforma protestante y la línea divisoria que Trento fijó frente a ella. La fe católica sostiene lo contrario: la Redención, obrada por Cristo solo y con méritos infinitos que nadie comparte, reclama la respuesta libre de cada uno de nosotros, la adhesión en la fe y la participación en el sufrimiento. Dios quiere la cooperación de sus criaturas, y ha hecho de la Virgen el prototipo de esa cooperación.
Ahí reside el peso teológico del título. La corredención es el arquetipo perfecto de una verdad que sostiene toda la vida cristiana. Si María, la redimida más perfecta, la única jamás tocada por el pecado, tuvo que acompañar a su Hijo en el dolor; si preparó la Pasión junto a Él y la Pasión de Él fue también la suya; si al pie de la Cruz fue la primera en adorar la Sangre Preciosa que hoy se adora al pie del altar, entonces ningún bautizado puede esperar salvarse como espectador.
Los críticos de la nota sostienen que una Iglesia que enmudece sobre la corredención acaba, sin quererlo, predicando una salvación sin cruz, una gracia sin cooperación, una fe sin espada, y que atenuar ese vocabulario por consideración a los interlocutores protestantes equivale a ceder en el punto exacto del error luterano.
Desde esa misma lógica se entiende la conexión, establecida por muchos de los objetores, con la disputa sobre la Misa tradicional. La Misa es el sacrificio de la Cruz hecho presente sobre el altar; la corredención es la Madre al pie de esa misma Cruz, ofreciendo con su Hijo la Sangre que ella misma le dio. Quien recorta el carácter sacrificial de la liturgia y quien recorta la participación de María en la Redención están limando, desde ángulos distintos, la misma piedra angular: la Cruz como lugar donde Dios salva y donde pide, a la vez, la cooperación de sus criaturas. Burke lo expresó en Haarlem con una fórmula que evita cualquier equívoco: el sacrificio del Señor es perfecto y nada le falta; lo único que falta es «nuestra participación de todo corazón en su Sacrificio, tomar cada día la Cruz y seguirle».
¿Una herida que crecerá?
La pregunta de fondo es si esta controversia constituye una herida en el pontificado y si tenderá a ensancharse. Hay elementos que apuntan en esa dirección. El primero es la calidad de los objetores: dos cardenales, el teólogo del Papa y los principales mariólogos vivos forman un frente institucional difícil de despachar como disidencia. El segundo es la amplitud del arco, que va desde figuras plenamente integradas en la Curia hasta la Fraternidad San Pío X, bajo una misma causa doctrinal. El tercero es la conexión con la Misa, que convierte un debate mariológico en parte de un pleito más amplio sobre la orientación del pontificado y suma a los devotos de la Virgen los fieles que ya se sentían agraviados por las restricciones litúrgicas. El cuarto es simbólico: el congreso coincide con la asamblea convocada por León XIV del 7 al 14 de octubre para conmemorar los diez años de Amoris laetitia. Dos Romas hablarán a la vez, a pocos metros, desde ángulos muy distintos.