Tras analizar recientemente las implicaciones canónicas y eclesiales de la decisión anunciada por la Fraternidad, el historiador italiano, Roberto de Mattei, ha publicado en su Substack un nuevo estudio dedicado a examinar uno de los argumentos históricos más invocados para justificar este tipo de actuaciones: el supuesto precedente de san Atanasio de Alejandría. A partir del análisis de las fuentes y de la disciplina vigente en el siglo IV, De Mattei sostiene que el gran defensor de la ortodoxia nicena nunca actuó al margen de la autoridad de la Sede Apostólica y que, por tanto, su caso no puede utilizarse como fundamento histórico para unas consagraciones episcopales sin mandato pontificio.
Ofrecemos a continuación la traducción integra del artículo:
Durante los sesenta años transcurridos entre el Concilio de Nicea (325) y el Concilio de Constantinopla (381), la Iglesia vivió, con la crisis arriana, uno de los momentos más difíciles de su historia. Fue una época de defección de la fe en la que destacaron figuras de enérgicos defensores de la ortodoxia como san Atanasio de Alejandría y san Hilario de Poitiers. San Atanasio, en particular, se ha convertido en el símbolo de la lucha contra el arrianismo, que había penetrado hasta las más altas jerarquías eclesiásticas.
En el actual debate sobre las consagraciones episcopales sin mandato pontificio, el nombre de san Atanasio es evocado en ocasiones como ejemplo de un obispo que habría consagrado nuevos obispos al margen de las normas disciplinarias ordinarias. Sin embargo, un examen riguroso de las fuentes históricas conduce a conclusiones muy distintas.
Para comprender correctamente la actividad de Atanasio es necesario recordar, ante todo, el marco canónico del siglo IV. En los primeros siglos no existía el procedimiento jurídico de un mandato pontificio necesario para cada consagración episcopal. Existía, sin embargo, una práctica consolidada, que el primer Concilio de Nicea codificó en el canon 4. Esta práctica establecía que todo nuevo obispo debía ser consagrado por todos los obispos de la provincia eclesiástica o, si ello no era posible, al menos por tres obispos, con la confirmación final del metropolitano, que era el obispo principal de una provincia eclesiástica. El metropolitano poseía una jurisdicción ordinaria sobre su propia provincia. El Papa ejercía, por su parte, un primado universal sobre la Iglesia.
Atanasio, convertido en obispo de la sede metropolitana de Alejandría el 8 de junio del año 328, tenía la responsabilidad de una de las circunscripciones eclesiásticas más extensas del Oriente cristiano. El canon 6 de Nicea establecía, en efecto: «Que se mantenga la antigua costumbre vigente en Egipto, Libia y Pentápolis, de modo que el obispo de Alejandría tenga autoridad sobre todas estas regiones».
La oposición arriana al nombramiento de Atanasio se manifestó inmediatamente. El sínodo de Tiro del año 335 depuso irregularmente a Atanasio, mientras el emperador Constantino decretaba su primer destierro a Tréveris. La consecuencia de estos acontecimientos fue la continua alternancia, en las diócesis egipcias, de obispos fieles a Nicea y de candidatos apoyados por el partido eusebiano. La actividad de san Atanasio no se limitó a la defensa doctrinal del símbolo niceno, sino que implicó también una intensa labor de reconstrucción de la jerarquía eclesiástica en las provincias sometidas a su jurisdicción. Tras cada regreso del exilio, el obispo de Alejandría encontraba numerosas sedes ocupadas por obispos filoarrianos instalados con el apoyo de la autoridad imperial. Su primera tarea consistía en deponerlos y sustituirlos por pastores fieles a la profesión de Nicea.
El estudio fundamental de Annick Martin ha reconstruido con precisión esta actividad, demostrando que los nombramientos realizados por Atanasio afectaban a sedes pertenecientes a Egipto, Libia o Pentápolis, es decir, a territorios sometidos a su jurisdicción canónica (Athanase d’Alexandrie et l’Église d’Égypte au IVe siècle (328-373), École française de Rome, Roma 1996).
Una conclusión semejante se desprende de la reconstrucción realizada por el profesor Manlio Simonetti. Al analizar el regreso de Atanasio en el año 346 y el definitivo en el 362, Simonetti subraya cómo el patriarca procedía a restaurar la jerarquía nicena en las Iglesias egipcias sin sobrepasar nunca el ámbito de su propia competencia eclesiástica (La crisi ariana nel IV secolo, Institutum Patristicum Augustinianum, Roma 1975). La actividad de Atanasio era plenamente conforme con la disciplina jurídica de la época, pues constituía el ejercicio natural de la autoridad metropolitana de Alejandría. Las numerosas ordenaciones episcopales atribuidas a Atanasio nunca fueron consideradas abusivas por la Iglesia de su tiempo, precisamente porque se realizaban dentro del territorio sometido a su competencia canónica.
Las consagraciones realizadas por el patriarca de Alejandría tuvieron lugar en circunstancias excepcionales, pero nunca fueron llevadas a cabo contra el Papa ni en oposición a la Santa Sede. Al contrario, el reconocimiento de Roma constituyó uno de los elementos esenciales de la acción pastoral de Atanasio. Durante toda la crisis arriana, el obispo de Alejandría buscó constantemente el apoyo de los Pontífices romanos y reconoció su autoridad.
Después de la deposición decretada por los sínodos orientales, Atanasio se trasladó a Roma, donde fue acogido por el papa san Julio I. El sínodo romano del año 341 declaró inválidas las acusaciones formuladas contra el patriarca alejandrino y reconoció plenamente su legitimidad. En la célebre carta dirigida a los obispos orientales, Julio les reprochaba haber actuado sin consultar a la Iglesia de Roma, recordándoles que las cuestiones de tal importancia debían someterse al juicio de la Sede Apostólica.
En los años siguientes, Atanasio mantuvo también una relación constante con el papa Liberio. La debilidad temporal mostrada por este durante su destierro nunca modificó la actitud del patriarca egipcio, que continuó considerando a Roma como el centro de la comunión eclesial. Aún más estrecha fue posteriormente su colaboración con el papa san Dámaso, quien apoyó plenamente el restablecimiento de la ortodoxia nicena y confirmó el prestigio de la sede alejandrina.
El cardenal John Henry Newman, en su obra Los arrianos del siglo IV (ed. esp. Jaca Book, Milán, 1981), explicó con claridad el significado eclesiológico de estos acontecimientos. Atanasio resistió a los emperadores, a los concilios filoarrianos y a las presiones políticas, pero nunca se opuso al principio del primado romano. Su lucha iba dirigida contra los obispos heterodoxos y contra la injerencia del poder civil, no contra la constitución jerárquica de la Iglesia. Toda su acción pastoral aparece constantemente inserta en el ejercicio de la legítima jurisdicción de la sede alejandrina y en la búsqueda de la comunión con la Sede Romana.
Las consagraciones episcopales promovidas por Atanasio constituían un acto ordinario de gobierno eclesiástico, convertido en extraordinario únicamente por las circunstancias excepcionales creadas por la intervención de la autoridad imperial en las controversias doctrinales. Atanasio era el legítimo patriarca de Alejandría; sus consagraciones se realizaban dentro del ámbito de su jurisdicción patriarcal; buscó constantemente el apoyo de los Pontífices romanos. Por ello, el ejemplo de san Atanasio sigue siendo uno de los modelos más elevados de fidelidad a la Tradición en los momentos de crisis eclesial y no puede ser invocado en modo alguno como ejemplo de desobediencia a la autoridad del Sumo Pontífice sin contradecir la verdad de los hechos y caer así bajo la condena de la historia.
(Bibliografía. Para profundizar en estos temas, véase: John Henry Newman, The Arians of the Fourth Century, Longmans, Green & Co., Londres 1871 (1.ª ed. 1833); Charles Martin, Saint Athanase, Bloud et Gay, París 1945; Manlio Simonetti, La crisi ariana nel IV secolo, Institutum Patristicum Augustinianum, Roma 1975; Annick Martin, Athanase d’Alexandrie et l’Église d’Égypte au IVe siècle (328-373), École française de Rome, Roma 1996; Lewis Ayres, Nicaea and Its Legacy, Oxford University Press, Oxford 2004.)