El obispo que denuncia miedo, ideología y fake news practica las tres en la misma entrevista

García Cadiñanos insinúa a EE UU e Israel tras la invasión de Ceuta, calla el bulo que empujó a miles al agua y acepta la caricatura que El País hace de Sanz

El obispo que denuncia miedo, ideología y fake news practica las tres en la misma entrevista
Fernando García Cadiñanos

Empieza la entrevista, como empiezan algunas comedias, con un retraso. El obispo Fernando García Cadiñanos pide cinco minutos a El País porque un amiguete acaba de llamarle para comentar una noticia sobre obispos que les ha hecho mucha gracia a los dos, y cuyo titular prefiere no revelar. Uno no sabrá nunca de qué se reían, y tampoco va a especular, que para especulaciones ya está el entrevistado. Porque lo notable de esta conversación, publicada el 15 de octubre y reproducida cuatro días después en la web de la diócesis de Mondoñedo-Ferrol, no es que el presidente de la Subcomisión Episcopal para las Migraciones denuncie el miedo, la ideología y las fake news, que es lo que se espera de él. Lo notable es que practica las tres en la misma entrevista, y dos de ellas en la misma respuesta.

La respuesta es sobre Ceuta, donde el 30 y el 31 de julio entraron de forma irregular unas 72.000 personas, en lo que el presidente de la Conferencia Episcopal, Luis Argüello, no dudó en llamar invasión. El obispo advierte que aquello no fue solo una crisis migratoria, sino un suceso complejo que encierra «unos intereses que podemos vislumbrar, pero de los que no nos atrevemos o no sabemos precisar». Y a continuación, sin atreverse ni saber, apunta a «las nuevas geoestrategias de poderes a nivel internacional, al control de rutas y al poder político: EE UU, Israel, la partida de ajedrez entre Marruecos y la Unión Europea…». Marruecos, desde cuyo territorio cruzaron todos, figura como jugador de ajedrez. Estados Unidos e Israel, como sospechosos.

Conviene saber qué se sabe. El presidente del Gobierno habló a finales de agosto de cuentas vinculadas a Rusia y a Israel que habían difundido desinformación sobre la crisis, y se cuidó de añadir que eso no significaba necesariamente que hubiera un actor estatal detrás. La Comisaría General de Información de la Policía Nacional, según documentos que publicó el propio El País, dejó por escrito que ningún informe atribuye el asalto a gobierno, servicio o persona alguna, y que el inductor sigue sin conocerse. El obispo, por tanto, no repite al Gobierno: lo corrige al alza. Quita a Rusia, añade a Estados Unidos, convierte unas cuentas en redes sociales en geoestrategias de poderes y suprime la cautela. Eso, en el idioma que él mismo usa para describir lo que combate, tiene un nombre. El bulo de manual no es la mentira rotunda, que se desmiente en una línea, sino la insinuación que se deja caer sin pruebas para que el prejuicio del oyente la complete por su cuenta.

Y fíjese el lector en la disyuntiva, que no tiene desperdicio: no nos atrevemos o no sabemos. Kierkegaard dedicó un libro entero a la alternativa, Enten-Eller, y no se le ocurrió esta. Si no sabe, no debería poner nombres. Si sabe y no se atreve, ahí tiene el primero de los tres vicios que reprocha a los demás, conjugado en primera persona del plural. El Señor dejó dicho cómo ha de hablar un cristiano, sit autem sermo vester: est, est; non, non, y añadió que lo que pasa de ahí viene del Maligno. Entre el sí y el no cabe todo lo que no debería decir un obispo: el «podemos vislumbrar», el «no nos atrevemos», los puntos suspensivos.

Lo más llamativo, con todo, no es el bulo que el obispo propaga, sino el que calla. Porque en Ceuta hubo uno, y está documentado. Según las autoridades españolas, la avalancha la provocaron vídeos difundidos en Instagram, TikTok y otras redes que aseguraban que quien llegara a Ceuta por mar podría quedarse en España, a raíz de una sentencia del Tribunal Supremo de principios de julio que impedía devolver sin más a quienes eran interceptados a nado. Que era falso lo demuestra el desenlace: de las 72.000 personas que entraron, más de 70.000 habían sido retornadas a Marruecos a comienzos de agosto, según cifras oficiales. No fue un bulo de odio. Fue un bulo de puertas abiertas, y se cobró su precio en la orilla.

El obispo cuenta esos muertos con la cifra más alta disponible, 141, la de la ONG Caminando Fronteras, según la cual 63 de esos cuerpos se recuperaron en territorio marroquí y no en Ceuta, donde él los sitúa. Las autoridades ceutíes hablaban a finales de agosto de al menos cien. Allá él con su aritmética. Lo que no hace en toda la entrevista es nombrar lo que llevó a esa gente al agua. Lo nombró, en cambio, el Papa. León XIV pidió a los migrantes el 11 de junio, en el muelle de Arguineguín, que no creyeran a quienes prometen «paraísos fáciles», cantos de sirena que solo traen la muerte. Siete semanas después, el canto de sirena sonó en TikTok y lo creyeron miles. El presidente de la Subcomisión Episcopal para las Migraciones, que en la misma entrevista dedica un párrafo a los algoritmos y a los influencers, no tiene una palabra para él. Sus fake news son siempre las de los otros.

Queda la ideología, y aquí el obispo no la practica solo: se la sirve el periodista y él no la devuelve. El País presenta al arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz, como una voz díscola que acusó a los inmigrantes de dejar a la población ceutí sitiada entre el miedo, la podredumbre, la intimidación y las violaciones de menores. Basta leer la carta semanal de Sanz para comprobar que la frase describe la situación en que quedó la ciudad, que su crítica apunta a los países de procedencia y en particular a Marruecos, y que en ella llama a los jóvenes que llegaron «igualmente víctimas». Sanz sostiene, en suma, lo mismo que García Cadiñanos cuando habla de una guerra entre víctimas. Preguntado por esa supuesta división, el obispo de Mondoñedo no corrige al periodista ni defiende al hermano: concede que a veces se lee el Evangelio en claves ideológicas. Sit venia verbo, pero leer a un arzobispo en la clave que conviene al periódico que te entrevista también es una clave.

Con un matiz que sí es suyo: duelen los dos, dice, «pero estos han muerto». A 11 de agosto, la Policía Nacional tenía registradas en Ceuta seis denuncias de agresiones sexuales presentadas por menores. Esas víctimas siguen vivas, y en la escala del obispo eso las deja en el segundo escalón.

El País asegura además que el obispo rebaja los discursos apocalípticos de partidos como Vox, que secundan la teoría del gran reemplazo, a la que el diario llama conspiranoica. Lo que el obispo dice en realidad es otra cosa. Primero ofrece la lectura consabida, la de la llegada de nuevas culturas como aliciente para que los creyentes conozcan la propia, y a renglón seguido admite que «ese tipo de peligros pueden darse», aunque los presente como retos de la nueva sociedad. El corchete con que El País aclara de qué peligros se trata, los de sustitución cultural, es del periódico. La concesión es del obispo. Y la diócesis ha colgado la entrevista en su web oficial con el corchete, con la concesión y con la etiqueta de voz díscola para un arzobispo hermano. Qui tacet consentire videtur.

Hay un último detalle, menos vistoso y más grave. El obispo enuncia con buena doctrina los tres principios que, dice, hay que conjugar: el derecho a no migrar, el derecho a migrar por vías legales y seguras y el derecho de los Estados a gestionar sus fronteras y controlar los flujos. Es lo que recoge el Catecismo en su número 2241, que reconoce a la autoridad política la facultad de subordinar el derecho de inmigración a condiciones jurídicas en atención al bien común. Pero cuando llega a Ceuta, los tres se le quedan en infinitivo. Nadie entró la noche del 30 de julio por una vía legal ni segura. El Estado ejerció su derecho sobre unas 70.000 personas, y el obispo no dice si hizo bien o mal. No dice nada. Y el derecho a no migrar, que él mismo ilustra con la alarma de las Iglesias de África ante el desangrado de su población joven, reclama una conclusión que no saca: que la promesa de quedarse en Europa es, para África, otra sangría.

Termina la entrevista con David y Goliat. El obispo describe su tarea como una lucha del pastor contra el gigante, y el gigante, a lo largo de toda la conversación, se llama sistema económico, estructuras de pecado, juegos de poder. El País añade que su nombre suena para la sede de Cádiz y Ceuta, hoy en administración apostólica. Conviene recordar que David no le tiró la piedra a una geoestrategia. Goliat tenía nombre, patria y estatura, Gat, seis codos y un palmo, y el muchacho, antes de bajar al torrente a por cinco piedras lisas, ya lo había llamado por lo que era: filisteo incircunciso. Nadie ha derribado nunca a un gigante sin nombre.

Preguntado por Cádiz y Ceuta, García Cadiñanos responde que no sabe ni quiere saber nada.

Que es, bien mirado, el mejor resumen de lo que ha hecho en toda la entrevista con el bulo que empujó a miles al agua.


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