Fernando García Sánchez, salesiano, ocupa la secretaría general de la CONFER desde el 1 de septiembre. Una semana después ya tiene diagnóstico de Ceuta. Lo ha escrito en sus redes sociales, que es donde ahora se redactan las cartas pastorales, y Vida Nueva lo ha elevado este lunes a noticia: la crisis ha dejado tres fracturas, la dignidad humana, la convivencia y la confianza en el Estado de derecho, que según la revista ahora toca reparar. No es un documento del Consejo General ni una nota de la Conferencia. Es una reflexión. Conviene leerla entera antes de reírse, porque tiene método.
Dice, en primer lugar, que el Departamento de Justicia y Misión de la CONFER ha mantenido esta semana «conversaciones con Cáritas» para «sumar esfuerzos y facilitar ayuda», y que la organización se ha puesto «a la escucha» de las congregaciones que están en Ceuta: agustinos, Hijas de la Caridad, Cruz Blanca, scalabrinianos, adoratrices, vedrunas. Dice que «lo principal que se ha derrumbado es la dignidad humana», esa «dignidad concreta y real» que León XIV puso en el centro en Arguineguín (Vida Nueva escribe «Aguineguín»: el rigor también se ha resquebrajado), y que cuidarla es para el cristiano «camino de santidad y protocolo con el que seremos juzgados», Mateo 25. Dice que se ha «resquebrajado, sin lugar a dudas, la convivencia», ese «frágil equilibrio de derechos y deberes» que Ceuta mantenía por su historia, su geografía y su pluralidad religiosa, «ejemplo silencioso y desconocido» para la mayoría de los españoles, y que se ha debilitado «la confianza en el funcionamiento del Estado de derecho», garante «del orden, la seguridad, el bienestar y la libertad de los ciudadanos».
Y dice que la culpa de que todo esto se vea torcido la tiene la polarización. Recoge la pregunta que el obispo de Málaga, José Antonio Satué, lanzó en X el 3 de septiembre, si es tan difícil sentir empatía con los ceutíes, «y especialmente de mujeres y niños», y a la vez con «las personas que entraron en la ciudad manipuladas», y la remata con el suspiro del prelado: «Dios mío, ¡cuándo vamos a superar esta epidemia de polarización!». Denuncia una polarización que «simplifica lo complejo», pide un «lenguaje evangélico» sin «palabras que humillan o enfrentan», recomienda no bendecir «entusiasmos ingenuos» ni alimentar «miedos estériles», reclama «criterios de discernimiento» traducidos «en prácticas» y cierra poniendo a la humanidad ante una elección: «levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos». Hasta aquí el texto. Ahora lo que pasó.
Entre el 30 y el 31 de julio entraron en Ceuta, según la estimación del Ministerio del Interior, unas 72.000 personas, la mayoría a nado, bordeando los espigones del Tarajal y de Benzú. Hubo muertos en el agua: once según Rabat, setenta y dos según las cifras que manejaban las autoridades españolas a primeros de agosto, cerca de doscientos según la propia Vida Nueva. La inmensa mayoría de los que entraron fue devuelta a Marruecos en cuestión de días. El 31 de agosto Pedro Sánchez elogió la «cooperación instantánea» de Rabat. El 1 de septiembre El Español publicó el informe que la Policía remitió a la Audiencia Nacional: gendarmes marroquíes guiando a la gente hacia los puntos de paso, agentes de paisano supervisando, la migración como cobertura de una operación para colapsar el control fronterizo español. El director general de la Policía dijo que ese informe no existe. Interior, un mes después, sigue sin apuntar las entradas de esas dos noches en su estadística oficial. Ese es el derrumbe.
Lo primero que llama la atención del texto es la gramática. La dignidad «se ha derrumbado», la convivencia «se ha resquebrajado», la confianza se ha debilitado. Tres pasivas reflejas y ningún sujeto. Es la sintaxis del parte sísmico: las cosas caen, se agrietan, ceden, y nadie ha empujado. Ya escribimos aquí del sujeto tácito de León XIV, que al menos existía y se callaba. El de la CONFER no está ni tácito: en toda la reflexión, tal como la reproduce Vida Nueva, no aparecen las palabras Marruecos, frontera ni devolución. La Policía escribió quién condujo a la gente hasta el espigón; su director general dice que ese papel no existe; el secretario general de los religiosos españoles, a la semana de tomar posesión, ya opina como el director general. Y el participio que toma prestado de Satué le desmiente: si entraron «manipuladas», alguien las manipuló. El participio pide agente. Se lo niegan.
Lo segundo es teológico y es lo grave. «Lo principal que se ha derrumbado es la dignidad humana.» Para apoyarlo invoca Arguineguín, donde León XIV dijo el 11 de junio exactamente lo contrario: que a ese muelle llegan vidas «despojadas de casi todo, pero nunca, nunca, de su dignidad». Ese nunca repetido es toda la doctrina. La Dignitas infinita, que el Dicasterio para la Doctrina de la Fe publicó en abril de 2024, distingue la dignidad ontológica, la que no se pierde ni se derrumba ni se resquebraja, de sus declinaciones morales y sociales. Precisamente porque la dignidad no se derrumba puede la Iglesia exigir algo para el que cruza a nado. Si se viniera abajo con la convivencia y la confianza, el argumento católico a favor del migrante caería con ella. El secretario general ha derogado en una frase lo que a Roma le llevó sesenta y seis párrafos, y cita al Papa para hacerlo. Lo de llamar «protocolo» al capítulo 25 de san Mateo se lo dejo a los liturgistas: un protocolo es lo que activa un comité de emergencias. Al Juicio Final el vocabulario de Protección Civil no había llegado todavía.
Lo tercero es aritmético. La convivencia ceutí, ese «frágil equilibrio» que el salesiano descubre ahora y que «la mayoría de los españoles» desconocía (la CONFER también, a juzgar por la fecha en que se ha puesto «a la escucha» de unas congregaciones que llevan décadas allí), no se resquebrajó por polarización. Se resquebrajó porque una ciudad de 83.000 habitantes recibió 72.000 personas en una noche. En una frontera, un equilibrio frágil de derechos y deberes se sostiene sobre la frontera: el espigón es la condición de la pluralidad religiosa de Ceuta, no su enemigo, y decirlo no es polarizar, es describir el equilibrio que él elogia. Entre ceutíes, por cierto, la convivencia sigue en pie: hace días cuatro jóvenes de las comunidades cristiana, musulmana, hindú y hebrea leyeron juntos un manifiesto al final de una manifestación multitudinaria. Lo que se resquebrajó fue el perímetro. Y la confianza en el Estado de derecho se restaura con el Estado de derecho, que en este caso lleva el nombre de la ciudad escrito: la Ley de Extranjería contiene una disposición especial para Ceuta y Melilla, la del rechazo en frontera, y prevé la devolución de quien entra irregularmente. Nada de eso figura en la reflexión. El Estado no recibe en ella una sola petición. El único interlocutor con el que la CONFER ha «mantenido conversaciones» es Cáritas.
Hay otra cosa: la empatía. ¿Es tan difícil sentirla con unos y con otros? No. Y nadie ha dicho que lo fuera. El arzobispo de Oviedo, que dice invasión y guerra híbrida, llama a los jóvenes que cruzaron «igualmente víctimas». La disyuntiva entre dos sensibilidades que Satué deplora y García Sánchez hace suya no la ha planteado nadie de los aludidos: hay que inventarla para poder colocarse en el medio. Lo que sí resulta difícil, a la vista de los textos, es nombrar a quien hizo víctimas a las víctimas. Además, la empatía no es una política pública, es un estado de ánimo. Los ceutíes no piden que se les comprenda. Piden que se aplique la ley. Sustituir lo segundo por lo primero es la operación entera del documento, y la «epidemia de polarización» es su coartada: una epidemia con la rara propiedad de contagiar en una sola dirección. En esa nosología enferma Argüello por un tuit y Sanz Montes por una carta, y quedan sanos quienes llevan un mes hablando, como Cadiñanos, de «oscuros intereses». El remedio prescrito es evitar «las palabras que humillan o enfrentan». Cuáles, no lo dice. Es una lista de palabras prohibidas sin las palabras, segundo silencio del texto. Vida Nueva, con su humor involuntario, coloca en la misma página, como noticia relacionada, al arzobispo de Oviedo hablando de «guerra híbrida». La epidemia servida junto a la vacuna.
¿Y qué era lo complejo que la polarización «simplifica»? Dos noches. Lo complejo es la estadística de Interior. La simplificación consiste en decir en una frase lo que la Policía escribió en un informe. Por eso el texto pide «criterios de discernimiento» y no da ninguno, reclama traducirlos «en prácticas» y la única práctica que consigna es haber hablado con Cáritas y estar escuchando. Es un documento sin verbos: dignidad, convivencia, confianza, comunión, discernimiento, horizonte. Seis sustantivos y un derrumbe. El criterio existe y está impreso, número 2241 del Catecismo, segunda mitad, la que autoriza a la autoridad civil a condicionar jurídicamente la inmigración en función del bien común y obliga al inmigrante a obedecer las leyes del país que lo acoge. No se cita. Se cita Mateo 25, que es Evangelio y no ley de extranjería, y por eso no dice nada del espigón.
Queda Babel, y es lo mejor. La humanidad debe elegir, dice, entre «levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos». Conviene releer el Génesis antes de usarlo. En Babel el pecado fue una sola ciudad, una sola lengua y un solo proyecto para no dispersarse por la tierra, y la respuesta de Dios fue confundir las lenguas y dispersar a los pueblos. En el capítulo 11 del Génesis el que pone fronteras es Dios. Usar Babel contra quienes defienden la de Ceuta es leer el relato al revés. Y la ciudad donde Dios habita con los hombres es la Jerusalén del Apocalipsis, que baja del cielo al final de los tiempos y no es competencia de la Delegación del Gobierno. Mientras tanto, la ciudad que hay es Ceuta, tiene 83.000 habitantes y un espigón.
Todo se derrumba solo y nadie ha empujado. Es la misma contabilidad que la del Ministerio del Interior, que un mes después sigue sin apuntar en su estadística a los que entraron el 30 de julio. Con esa tabla, la dignidad no se ha derrumbado. No consta.
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