Cuando Rafael decoró para él la tercera de las estancias vaticanas, León X hizo pintar en las paredes a dos Papas de esta serie: León III coronando a Carlomagno y León IV apagando el incendio del Borgo y venciendo a los sarracenos en Ostia. Quería que se le viera como heredero de aquellos Leones, y en cierto modo lo fue: recibió una Iglesia más rica, más obedecida y más brillante que la de cualquiera de ellos. Lo que hizo con ella es la materia de esta entrega. León X fue el Papa que tuvo delante a Lutero, lo condenó y lo excomulgó, y tuvo razón en la doctrina. También fue el Papa bajo el cual media Europa dejó de obedecer a Roma. Las dos cosas son ciertas y esta serie no elige entre ellas.
Giovanni de Médici nació en Florencia el 11 de diciembre de 1475, segundo hijo de Lorenzo el Magnífico y de Clarice Orsini, y desde la cuna estuvo destinado a la Iglesia como quien destina a un hijo a una carrera. Recibió la tonsura a los seis años. A los siete era abad de Font-Douce, en Francia, y protonotario apostólico por concesión de Sixto IV. A los ocho tenía la abadía de Passignano y a los diez la de Montecassino, la casa madre de la orden de san Benito, porque todos los beneficios que los Médici podían obtener iban a parar a él. En 1489, a fuerza de presión de Lorenzo y sus embajadores, Inocencio VIII lo creó cardenal con trece años, a condición de que no vistiera la púrpura ni ejerciera durante tres. Recibió las insignias en Fiesole el 9 de marzo de 1492, con dieciséis. Su padre le envió entonces una carta de consejos que la Enciclopedia Católica elogia por su buen sentido: le encarecía la honradez y el ejemplo, tanto más necesarios, decía, cuanto que el colegio cardenalicio andaba escaso de esas virtudes. Un mes después Lorenzo había muerto. Conviene retener la carrera entera, porque lo que llevó a Lutero a la puerta de Wittenberg era exactamente esto: sedes, abadías y capelos que se obtenían por presión, por dinero o por sangre, y que se acumulaban en una misma cabeza. El futuro León X no combatió ese sistema. Era su producto.
En el cónclave de 1492 votó contra Rodrigo Borgia, que salió elegido de todos modos como Alejandro VI, y se retiró a Florencia hasta que en 1494 la caída de los Médici lo obligó a huir con hábito de franciscano. Pasó años como diletante de letras y artes, generoso y mal administrador, dos rasgos que no perdería nunca. Julio II lo hizo legado en Bolonia y la Romaña en 1511; al año siguiente cayó prisionero de los franceses en Rávena, escapó cuando lo llevaban a Francia y en septiembre de 1512 vio a su familia recuperar Florencia. Julio II murió el 21 de febrero de 1513. En el primer escrutinio del cónclave el cardenal de Médici recibió un voto. Sus partidarios, los cardenales jóvenes, esperaron al momento oportuno, y en marzo salió Papa con treinta y siete años y una fístula que hubo que operarle durante el encierro. Era diácono. Lo ordenaron sacerdote el 15 de marzo, lo consagraron obispo el 17 y lo coronaron el 19. Es el último Papa de la historia elegido sin ser sacerdote.
Se le atribuye haber dicho al salir elegido que gozara del papado, ya que Dios se lo había dado. La frase se debe a un embajador veneciano que no era imparcial y no estaba en Roma, y no hay razón para darla por suya. Tampoco hace falta. Los hechos la sustituyen. Julio II había dejado un tesoro considerable; en dos años no quedaba nada. En la primavera de 1515 la caja estaba vacía y no volvió a llenarse. Los ingresos de la Santa Sede rondaban los quinientos o seiscientos mil ducados al año; la casa pontificia, que su antecesor había sostenido con cuarenta y ocho mil, costaba ahora el doble. En menos de nueve años gastó unos cuatro millones y medio de ducados y dejó al morir una deuda de cuatrocientos mil que arruinó a sus acreedores. Para tapar el agujero creó oficios nuevos y vendió los mayores, y convirtió los jubileos y las indulgencias, según escribe su propio biógrafo católico, en operaciones casi enteramente financieras. Cazaba cada año a gran escala, daba banquetes, hacía representar en palacio comedias que ningún moralista habría aprobado y se reía con los bufones. Repartía además más de seis mil ducados anuales en limosnas, oía misa a diario, rezaba el breviario, ayunaba tres veces por semana y llevó como Papa la misma vida privada irreprochable que había llevado como cardenal. No era un Borgia. Era algo más difícil de juzgar: un hombre piadoso y ortodoxo que no gobernaba.
Roma fue con él la capital de las letras y de las artes. Bembo y Sadoleto le escribían las cartas en latín ciceroniano; Aldo Manuzio imprimía a los griegos bajo su protección; recuperó la biblioteca de su familia, vendida en 1494, y la trajo al Vaticano. Rafael, a quien Julio II había llamado a Roma, hizo bajo León X las estancias, los cartones de los tapices de la Sixtina, las logias y la Transfiguración, y murió en 1520 sin haber podido avanzar apenas en la fábrica de San Pedro, porque no había dinero. Los poetas que lo cantaron pasan del centenar. La Enciclopedia Católica, que no le regatea el mérito, concluye que como mecenas ha sido sobrevalorado y que fue en el fondo un diletante. El juicio importa menos que el orden de prioridades: el Papa que dejó a Rafael sin fondos para la basílica encontró dinero para el carnaval de 1520, el año de la bula contra Lutero.
Heredó también un concilio. El V de Letrán llevaba abierto desde mayo de 1512, convocado por Julio II contra el conciliábulo de Pisa, y León lo continuó hasta su duodécima y última sesión, el 16 de marzo de 1517. De él salieron textos que la Iglesia sigue citando. La bula Apostolici regiminis, de diciembre de 1513, condenó contra la escuela de Pomponazzi la tesis de que el alma individual es mortal, o de que puede tenerse por verdadero en filosofía lo que la fe declara falso. Pastor aeternus, de diciembre de 1516, afirmó que el Papa está por encima del concilio y abrogó la Pragmática Sanción de Bourges. Hubo además una bula extensa de reforma: que las abadías y beneficios se dieran sólo a personas dignas y según el derecho, que se restringieran las encomiendas, las uniones y las dispensas, que los cardenales y los clérigos vivieran como debían, que se castigara a blasfemos, incontinentes y simoníacos, que las rentas de la Iglesia no se destinaran a usos profanos. Nada de eso se cumplió. El propio León dispensó repetidamente los decretos de su concilio. Hacia el final, en 1517, un laico, Gianfrancesco Pico della Mirandola, pronunció ante los padres un discurso sobre el estado moral del clero y terminó advirtiendo que, si el Papa dejaba aquellas heridas sin remedio, era de temer que Dios mismo cortara los miembros podridos y los destruyera a hierro y fuego. Ese mismo año, siete meses y medio después de clausurado el concilio, un agustino de Wittenberg envió sus tesis al arzobispo de Maguncia.
Antes de eso vino Bolonia. Francisco I, rey de Francia desde enero de 1515, venció en Marignano los días 13 y 14 de septiembre, y el Papa, que había jugado a dos bandas con él y con sus enemigos, se echó en brazos del vencedor. Cedió Parma y Piacenza, se entrevistó con el rey en Bolonia del 11 al 15 de diciembre y de aquellas conversaciones salió el Concordato de 1516, promulgado como bula el 18 de agosto. Roma obtenía la revocación de la Pragmática Sanción de 1438, que había sometido a la Iglesia de Francia a los decretos conciliaristas de Basilea, y el reconocimiento del primado. A cambio, el rey de Francia recibía el derecho de nombrar a todos los obispos, abades y priores del reino; el Papa se reservaba la institución canónica. El clero y los parlamentos franceses protestaron durante siglos. La Enciclopedia Católica, escrita bajo Pío X, describe el precio como muy alto y el resultado como una Francia atada a la Santa Sede, y añade que el modo en que la corona usó ese poder produjo después grandes males. El acuerdo duró doscientos setenta y cinco años, hasta la Revolución, y el de 1801 con Napoleón lo reprodujo en lo esencial. Es el molde de toda la diplomacia concordataria posterior, incluida la que hoy rige en China: el Estado propone, Roma confirma y la Iglesia sobrevive con obispos que debe a un príncipe. En Bolonia el Papa no compró la paz de la Iglesia. Compró la del papado.
En 1517 su propio colegio intentó matarlo. El cardenal Petrucci, resentido porque León había apartado a su hermano del gobierno de Siena, trató de envenenarlo por medio de un médico. La conjura se descubrió por una carta. Petrucci fue ejecutado; los cardenales Sauli, Riario, Soderini y Castellesi, cuya complicidad no llegó a probarse, pagaron multas, y Riario, ciento cincuenta mil ducados. El 1 de julio de 1517 el Papa creó treinta y un cardenales en un solo consistorio. Algunos eran hombres de mérito. No pocos entraron por las sumas que adelantaron, y el efecto conjunto fue un colegio sumiso y una caja momentáneamente aliviada para la guerra de Urbino, que León sostenía para dar el ducado a su sobrino Lorenzo. Ese mismo otoño preparaba la cruzada contra el turco, que predicó en 1518 con una tregua de cinco años proclamada en toda la cristiandad y que ningún príncipe secundó. En Alemania, donde también se predicó, la gente entendió que Roma pedía dinero otra vez. Un libelo dijo que los verdaderos turcos estaban en Italia.
El asunto de Lutero empezó por dinero. Alberto de Brandeburgo, arzobispo de Magdeburgo, quiso serlo también de Maguncia y conservar Halberstadt, y Roma le concedió las tres sedes a cambio de diez mil ducados por encima de las tasas ordinarias de confirmación. Para que pudiera pagarlos se le permitió predicar en sus territorios la indulgencia plenaria destinada a la fábrica de San Pedro, quedándose con la mitad de lo recaudado. La Enciclopedia Católica llama a esta transacción una deshonra para todos los que participaron en ella. El dominico Tetzel salió a predicarla, la recaudación pasó de accesorio a objeto principal y las indulgencias por los difuntos se convirtieron en vehículo de doctrinas inadmisibles. El 31 de octubre de 1517 Martín Lutero envió sus noventa y cinco tesis al arzobispo Alberto. Lo que siguió fue un proceso de tres años que León llevó como llevaba todo: a distancia, por delegación y con la atención en otra parte.
En julio de 1518 el maestro del Sacro Palacio, Silvestre Prierias, respondió a las tesis con un diálogo que reducía la cuestión a la autoridad del Papa; en agosto Lutero fue citado a Roma. Federico de Sajonia, su príncipe, consiguió que se le oyera en Alemania. Del 12 al 14 de octubre de 1518, en Augsburgo y en casa de los Fugger, los banqueros que habían prestado a Alberto el dinero de Maguncia, el cardenal Cayetano lo interrogó con instrucciones de recibir su retractación o condenarlo. Lutero no se retractó y salió de la ciudad de noche. El 9 de noviembre León firmó Cum postquam, que fijaba la doctrina de las indulgencias y corregía los excesos de los predicadores, y en la que Lutero hizo notar que no se citaba una línea de la Escritura. El chambelán Miltitz intentó luego un arreglo y llevó a Federico la Rosa de Oro, la misma que León IX había instituido. En julio de 1519, en Leipzig, Juan Eck arrastró a Lutero a negar la autoridad de los Papas y también la de los concilios, y desde ese momento la disputa sobre las indulgencias era otra cosa. Entre tanto había muerto Maximiliano y el Papa dedicaba lo mejor de su ingenio a la elección imperial: navegó, según se dijo entonces, con dos brújulas, pactó a la vez con Francisco I y con Carlos de Habsburgo y se pasó al segundo cuando su elección fue inevitable. El proceso de Lutero esperó.
La bula llegó el 15 de junio de 1520. Empieza con el salmo: levántate, Señor, y juzga tu causa, porque un jabalí ha entrado en tu viña. Condena cuarenta y una proposiciones sacadas de las tesis y de otros escritos de Lutero, manda quemar sus libros y le da sesenta días para retractarse. Lutero respondió con tres tratados en los que estaba ya la Reforma entera, y el 10 de diciembre de 1520, cumplido el plazo, quemó la bula junto con los libros de derecho canónico ante la puerta de Elster, en Wittenberg. El 3 de enero de 1521 Decet Romanum Pontificem lo declaró hereje y excomulgado, a él y a quienes lo siguieran. En abril compareció en Worms ante el emperador y no se retractó. El 2 de octubre el obispo de Bath presentó al Papa el tratado de Enrique VIII en defensa de los siete sacramentos contra Lutero, y el 11 León le concedió el título de Defensor de la Fe. Los reyes de Inglaterra lo llevan todavía. Enrique rompió con Roma trece años después.
Lo que la Enciclopedia Católica dice de León en este trance no admite atenuación: no reconoció ni la gravedad de la situación ni las causas de la revuelta, dejó que la elección imperial la eclipsara y se entregó a sus placeres sin comprender del todo los deberes de su oficio. El dato que conviene añadir es el de la doctrina. Roma nunca ha retirado la condena de 1520, y Trento, veinticinco años después, volvió sobre la gracia, los sacramentos y la penitencia con más rigor y mejor argumento. León X acertó en lo que censuró. Perdió en todo lo demás porque el problema no era una lista de errores sino una Curia que vendía lo sagrado, y la Curia era él. Cuando el jabalí entró en la viña, el guardián estaba de caza.
Murió el 1 de diciembre de 1521, a los cuarenta y cinco años, de una malaria maligna, en medio de las celebraciones por la toma de Milán, que su alianza con Carlos V acababa de arrebatar a los franceses. Sus enemigos fueron acusados sin fundamento de haberlo envenenado. Al Papa de las fiestas se le hizo un funeral pobre, y su tumba en Santa María sopra Minerva no se levantó hasta Pablo III, el Papa que convocó Trento. Un pasquín dijo que había consumido tres pontificados: el tesoro de Julio II, las rentas del suyo y las de su sucesor. El sucesor fue Adriano VI, un flamenco austero que reinó veinte meses y a quien Roma detestó. Después volvieron los Médici.
Esta serie mide a cada León por lo que hizo con lo que tenía. Los tres del siglo X no tuvieron nada, y uno de ellos, con sólo una firma, amparó la reforma de los monasterios. León IX tuvo cinco años y cambió la Iglesia de Occidente. León X tuvo casi nueve, el tesoro de Julio II, un concilio ecuménico con sus decretos de reforma ya votados, a Rafael, a Cayetano y la obediencia de toda la cristiandad latina. Es el que más recibió y el que menos dejó. Su pontificado enseña algo que la serie no había encontrado hasta ahora: que la ortodoxia, la piedad privada y hasta el acierto doctrinal no bastan cuando el Papa no gobierna su propia casa. Quien lleva hoy ese nombre hereda también a éste, y la lección es la inversa de la de León IX: la ruptura no empezó por lo que Roma enseñaba sino por lo que Roma cobraba, y ningún documento arregló lo que un Papa se negó a arreglar en persona.
El siguiente León, otro Médici, reinó veintisiete días.
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