El 2 de diciembre de 1804, en Notre-Dame, Pío VII ungió a un general de la Revolución y el general se puso la corona él mismo. Hay una lectura piadosa de aquella mañana, la de la Iglesia que vuelve a la catedral después del Terror, y hay otra, la de los que ocupaban los bancos: Cambacérès, que había votado la muerte del rey (con reservas, que era su estilo), era ya archicanciller del Imperio, y Fouché, que también la había votado, volvía a ser ministro de Policía. Ninguno de los dos vio en aquella nave una restauración. Vieron la Revolución vestida de armiño, que es como se hace irreversible una revolución cuando ya no se la puede seguir haciendo con la guillotina.
Francisco fue Robespierre. Con la escala reducida de estas cosas, que uno no va a comparar unos dubia sin contestar con la plaza de la Revolución, tuvo su Comité, sus depuraciones episcopales, su Traditionis custodes y su culto al Ser Supremo en versión amazónica, con la Pachamama en los jardines vaticanos como fiesta del 20 de pradial. Aquello se veía. Cualquiera podía señalarlo, y lo señaló media Iglesia.
Pero murió, en un ascensor de manera tragicómica. Y volvieron la muceta y la estola, en la logia, aquel 8 de mayo de 2025, que Francisco había rechazado doce años antes con un gesto que sus biógrafos convirtieron en programa: «Se acabó el carnaval». El Regina Caeli cantado en latín el domingo siguiente. El veraneo en Castel Gandolfo, y desde entonces casi cada semana, de lunes por la tarde a martes por la tarde. El apartamento del Palacio Apostólico, ocupado desde el 14 de marzo tras trece años vacío. El título de Vicario de Cristo, que el Anuario de 2020 había mandado al desván de los títulos históricos y que el Papa volvió a pronunciar en octubre ante los Caballeros de Colón. Y el lunes, el día de su cumpleaños, la derogación del recorte de sueldos con que Francisco había mortificado en 2021 a cardenales y empleados.
Todo lo que León ha revertido de Francisco pertenece al decorado. Nada de eso fue nunca la revolución. Santa Marta no era una tesis. Era un plató.
Y ahora repasen lo que no se ha tocado.
Fernández sigue al frente de Doctrina de la Fe con un título provisional que dura ya dieciséis meses, confirmado por una filtración a Religión Digital y por ninguna nota de la Sala Stampa, y los dos documentos que tenía en el cajón al morir Francisco, el de los títulos marianos y el de la monogamia, salieron con la firma de León.
Fiducia supplicans no ha sido asumida ni corregida: está, que es lo que importa, y en la entrevista con Elise Allen quedó como punto de partida.
Traditionis custodes se aplica con la regularidad de un reloj de sacristía: de los treinta y cuatro decretos con que el Dicasterio del Culto autorizó en 2025 el misal de 1962, veintisiete llevan fecha posterior al cónclave.
El acuerdo con Pekín sigue produciendo obispos con la biografía recortada.
Écône consagró el 1 de julio sin mandato y Roma castigó.
Y el miércoles, tres dicasterios publicaron una Nota sobre Nostra aetate con un Ex Audientia del 22 de junio, la misma fórmula con que Francisco suscribió Fiducia, en la que el proselitismo ya no tiene sentido porque el mundo es una aldea global y en la que Dominus Iesus cabe entera en una nota a pie de página.
El Concordato de 1801 es el manual de instrucciones. Napoleón devolvió a los católicos franceses las campanas, el domingo y los obispos, y a cambio, en el artículo 13, Pío VII se comprometía a no inquietar jamás a los compradores de los bienes de la Iglesia vendidos por la Revolución: la misa a cambio del recibo del expolio. Después el Papa tuvo que pedir la dimisión a todo el episcopado de Francia, juramentados y refractarios por igual, para que el Primer Cónsul pudiera nombrarse uno nuevo; los fieles de los obispos que se negaron fundaron la Petite Église, y los que aceptaron descubrieron en los Artículos Orgánicos, añadidos por decreto sin consultar a Roma, que ninguna bula podía publicarse en Francia sin permiso del Gobierno.
Cuatro años más tarde vino el Catecismo imperial: el catecismo de Bossuet, el de toda la vida, con una lección nueva en la que se enseñaba a los niños que faltar a los deberes hacia Napoleón I era resistir al orden establecido por Dios y hacerse digno de la condenación eterna (el mismo año se inventó san Napoleón, con fiesta el 15 de agosto, por si la Asunción andaba escasa de contenido). Nadie tocó el Padrenuestro. Se añadió un párrafo.
La Nota del miércoles es el Catecismo imperial de este pontificado, y en estas páginas se ha explicado ya cómo funciona: cita Nostra aetate hasta la frase anterior a la obligación de anunciar a Cristo, cita a Pablo VI hasta el círculo anterior a la única religión verdadera, cita la audiencia de Juan Pablo II de 1986 saltándose el número donde decía que solo en Cristo se salvan los hombres. Nadie tocó el texto. Se añadió un párrafo, el 54, donde la firmeza doctrinal y el proselitismo ya no tienen sentido, no porque Cristo atraiga, como dijo el propio León a los cardenales en enero, sino porque el mundo se ha vuelto una aldea interconectada.
Y como en 1806, quien proteste tendrá que explicar por qué protesta contra un texto que afirma, con todas las letras, que Cristo es el único redentor y que no cabe ninguna religión mundial. Prueben a explicárselo al párroco.
Aquí está la diferencia con Francisco, y es una diferencia a peor. Contra Robespierre bastaba con tener ojos. Contra Bonaparte hacía falta, además, desconfiar de ellos, porque los ojos veían al Papa en Notre-Dame, las campanas otra vez en los pueblos y el calendario gregoriano restablecido desde el 1 de enero de 1806 (adiós a brumario, adiós a termidor: la Revolución devolvió hasta los meses).
Se cuenta, y la anécdota es de las que si no son e vera e ben trovata, que a la salida del Te Deum con que se celebró el Concordato un general llamado Delmas le dijo a Napoleón que aquello era una hermosa capuchinada y que solo faltaban los cien mil hombres que se habían hecho matar para destruir lo que él restablecía.
El general se equivocaba de medio a medio.
Napoleón no restablecía nada: ponía la Iglesia al servicio del Estado que la Revolución había construido, y a los cien mil muertos les daba, de propina, una misa.
Los jacobinos que refunfuñaban por la capuchinada son hoy los bergoglianos de estricta observancia que refunfuñan por la muceta, y su refunfuño es la mejor propaganda de que dispone León: si esos se quejan, piensa el lector tradicional, algo bueno debe de estar pasando, y se relaja. Es lo que le pasa al bueno de Wanderer cada vez que se burla de la Piqué.
Napoleón no se puso la corona para restaurar la monarquía. Se la puso para que nadie pudiera restaurarla: ocupado el trono, la contrarrevolución se quedó sin trono que reclamar (y para poder disolver, de paso, el Sacro Imperio, cuyo último titular se llamaba, para complicarnos el mote, Francisco II). La muceta cumple el mismo oficio. No es una concesión a quienes pedían una restauración; es su desalojo.
Mientras Francisco vivió, la Iglesia sabía al menos dónde estaba la revolución: enfrente, sin muceta, en Santa Marta. Ahora vive en el Palacio Apostólico, canta el Regina Caeli en latín y firma, Ex Audientia, que el proselitismo ya no tiene sentido.
La Revolución, proclamaron los cónsules en diciembre de 1799, está fijada en los principios que la comenzaron: está terminada. Es la descripción más exacta que se ha escrito de este pontificado, y la firmó Bonaparte. Solo le faltaba la muceta.
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