Uno aprendió hace tiempo que los documentos vaticanos se leen dos veces, una por el texto y otra por las notas, y que la segunda lectura suele ser la que cuenta. El documento con el que tres dicasterios celebran los sesenta años de Nostra aetate premia esa costumbre como pocos. Cita a sus fuentes con generosidad y se detiene, con puntualidad de relojero, justo antes de la frase en que esas fuentes hablaban de la verdad. Después da por caducada la firmeza que aquella verdad sostenía. Y al final propone como camino pastoral una práctica que las mismas fuentes excluían. Tres movimientos, un solo gesto.
Se titula «Un camino de esperanza», está fechado el 16 de septiembre y lo firman los cardenales Fernández (al que, nos.decian los entusiastas, León iba a fulminar en horas tras el habemus papam, Koch y Koovakad, al frente de Doctrina de la Fe, Unidad de los Cristianos y Diálogo Interreligioso, con sus tres secretarios. Debajo de las firmas hay dos líneas más: «Ex Audientia, 22 de junio de 2026» y «León PP XIV». Es el mismo esquema con que Francisco suscribió Fiducia supplicans, y no hay razón para olvidarlo ahora que el suscriptor es otro. El Papa aprobó el texto y ordenó publicarlo, y Donum veritatis enseña que los documentos de Doctrina de la Fe aprobados expresamente por el Papa participan de su magisterio ordinario. La misma instrucción admite que algunos documentos magisteriales pueden no estar libres de deficiencias. Uno se acoge a esa admisión. Hay que decir enseguida lo que no contiene, porque uno no escribe para el cazador de herejías. No niega nada de forma expresa. Afirma que Cristo es el único redentor, quiere un diálogo «libre de ambigüedades» que evite «el relativismo y el sincretismo» y descarta una gran religión mundial en la que todas las creencias queden niveladas. La descarta, eso sí, «por respeto a uno mismo y a los demás», que es un motivo muy amable para rechazar lo que antes se rechazaba por falso. El problema de la Nota no está en lo que dice. Está en lo que hace con lo que otros dijeron.
Empieza por el propio Concilio. La Nota recuerda que la Iglesia «no rechaza nada de lo que en estas religiones es verdadero y santo» y que mira con estima sus «modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas». Ahí pone el punto. Nostra aetate no lo ponía: añadía que esos preceptos y doctrinas se consideran con respeto «por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña», y a renglón seguido que la Iglesia «tiene la obligación de anunciar constantemente a Cristo». Cuando la Nota vuelve más adelante sobre ese número, la obligación de anunciar se ha convertido en «la exigencia de fidelidad a Jesucristo». Fidelidad y anuncio no son sinónimos. Se puede ser fiel en silencio, y el Concilio no pedía silencio.
Con Pablo VI la operación es más fina. La Nota elogia los círculos concéntricos de Ecclesiam suam, esa geometría del diálogo que, según dice, «ha resultado ser programática», y remite en nota al pasaje donde se trazan. En ese mismo pasaje, al llegar a quienes adoran a Dios en otras religiones, Pablo VI advertía que no cabía mirarlas como si todas fueran equivalentes y declaraba, por lealtad, su persuasión «de que la verdadera religión es única, y que esa es la religión cristiana». La Nota cita el círculo y se salta el centro. Es como citar el Credo hasta «creador del cielo y de la tierra» y dar por rezado lo demás.
Con Juan Pablo II el método se repite. La Nota trae a pie de página la audiencia general del 22 de octubre de 1986, cinco días antes de Asís, y toma de su número 5 una frase amable sobre unas religiones que, después de haber causado divisiones, quieren contribuir a la paz. No toma la frase inmediatamente anterior, que recordaba las divergencias de fondo que las separan. Tampoco el número 2, donde el Papa afirmaba que solo en Cristo pueden salvarse los hombres. Ni el 4, donde explicaba por qué en Asís no habría oración común: se podía estar presente mientras los otros rezaban, pero no se puede «rezar juntos». La fórmula elegida para la jornada fue estar juntos para rezar. Uno guarda la distinción, porque volverá.
Peor le va a Dominus Iesus. Aparece una sola vez, en una nota, sin número de párrafo, como se menciona en una esquela al pariente con el que no se hablaba. No comparece su número 22, según el cual los no cristianos pueden recibir la gracia divina, pero se hallan objetivamente «en una situación gravemente deficitaria» frente a quienes tienen en la Iglesia la plenitud de los medios de salvación. Juan Pablo II confirmó aquella declaración «con ciencia cierta y con su autoridad apostólica». Esta Nota lleva la fórmula ordinaria: el Papa la ha aprobado y ha ordenado su publicación. Quod non est in actis non est in mundo, dicen los canonistas. La Nota aplica el aforismo a sus propias fuentes.
Llegamos así al número 54, donde el documento deja de citar y empieza a sostener. Afirma que «los modelos monolíticos y aislados, que fomentan una visión cerrada de la realidad, resultan cada vez más inadecuados y, en última instancia, son fuente de violencia y sufrimiento para los más débiles». Y añade que «la defensa intransigente de la propia posición y el proselitismo, como única forma de encuentro con “el otro”, ya no tienen sentido en un mundo que se asemeja cada vez más a una aldea global interconectada y en continuo fermento». Uno no va a escandalizarse por la palabra proselitismo, que tiene mala prensa y buenos avalistas: Benedicto XVI dijo en Aparecida, en 2007, que la Iglesia no hace proselitismo y crece por atracción; Francisco lo repitió muchas veces; León XIV lo repitió en enero. El inciso «como única forma» salva además la letra, porque nadie en la Iglesia ha sostenido que el proselitismo sea la única manera de tratar con el prójimo. Y es verdad que el número 46 asegura que no se trata de renunciar a la verdad, sino de anunciarla de manera evangélica. Lo asegura ocho números antes de explicar por qué la firmeza ya no tiene sentido.
Lo que importa es el porqué. Benedicto explicaba que la Iglesia crece como crece Cristo, que atrae a todos hacia sí con la fuerza de un amor que culminó en la cruz. León XIV lo precisó ante los cardenales el 7 de enero: no es la Iglesia la que atrae, sino Cristo. El 22 de junio, el mismo León XIV aprobó y mandó publicar un texto que da otra razón: el mundo se parece cada vez más a una aldea global. Donde el Papa de enero ponía a Cristo, el Papa de junio suscribe la conectividad. El rechazo se parece; el fundamento es el contrario, y en teología el fundamento no es cuestión de estilo, es el asunto entero. Lo que se sostiene porque Cristo atrae se sostiene siempre. Lo que deja de tener sentido porque la aldea se ha vuelto global podrá cambiar otra vez cuando cambie la aldea. Uno oye ya la excusa de que un Papa no lee cada número de lo que aprueba. No arregla nada: o leyó el 54 y dio por buena la aldea global, o en Roma se publica con su nombre lo que no lee. Fíjese el lector, por lo demás, en el adverbio: «ya no» significa que antes sí, y el número siguiente lo confirma al hablar del otro creyente al que «antes» se veía como un enemigo. Es l’air du temps ascendido a criterio teológico, con visto bueno pontificio.
La primera frase del número es todavía más delicada. Atribuye la violencia a los modelos «monolíticos» y a la «visión cerrada de la realidad» sin distinguir entre el cierre identitario, que existe y hace daño, y la pretensión de verdad, que es otra cosa y es, además, el oficio de la Iglesia. La distinción no es una exquisitez. En 2007, la entonces Congregación para la Doctrina de la Fe, el mismo dicasterio que firma ahora con otro nombre, describía como una confusión creciente la idea de que todo intento de convencer a otros en materia religiosa limita su libertad, y salía al paso de quienes ven en la pretensión de haber recibido la plenitud de la Revelación una actitud intolerante y un peligro para la paz. Aquella nota doctrinal se tomó incluso la molestia de definir el proselitismo: una palabra usada con frecuencia como sinónimo de actividad misionera y que solo en tiempos recientes pasó a significar la promoción religiosa con medios contrarios al Evangelio. La Nota de 2026 la usa sin definirla. Juan Pablo II, por su parte, había advertido en Redemptoris missio, encíclica que la Nota cita en otro lugar, que la llamada a la conversión se cuestiona o se calla porque se ve en ella «un acto de “proselitismo”». Uno no dice que la Nota caiga en esa confusión. Dice que escribe como si no supiera que existe.
Tampoco la autoridad que invoca el número 54 dice lo que se le hace decir. Es un discurso de Francisco en la Universidad Chulalongkorn de Bangkok, en 2019, que habla de la «lógica de la insularidad» como «mecanismo válido para la resolución de conflictos». De conflictos, no de misión. Y la misma cita incluye una cláusula que el párrafo que la trae parece haber leído deprisa: las religiones tienen mucho que aportar «sin necesidad de renunciar a las propias notas esenciales». La nota esencial del cristianismo, si uno no se equivoca, tiene nombre propio.
Queda la tercera pieza, la que convierte la teoría en agenda. En el número 49, la Nota enumera las formas de encuentro «más creativas y valientes» que desarrollan las Iglesias locales: comisiones de diálogo, proyectos comunes, acciones educativas o humanitarias y «celebraciones compartidas». Propone recopilarlas y ponerlas en red para «identificar y orientar nuevos caminos pastorales». No es una descripción, es un programa, y el programa no dice qué es una celebración compartida. La audiencia de 1986 que la Nota cita ya lo había resuelto con la distinción entre rezar juntos y estar juntos para rezar. Ratzinger la desarrolló en Fe, verdad y tolerancia: la oración multirreligiosa, la de Asís, reúne a cada cual en el mismo lugar para orar por separado; la interreligiosa pretende orar en común, y sobre si eso cabe con toda verdad y honradez escribió «Yo lo dudo». Le ponía condiciones, la primera de ellas un acuerdo sobre quién o qué es Dios que no parece fácil de reunir alrededor de un cuenco de hojas de coca. El derecho tampoco es neutral: el canon 1381 manda castigar con una pena justa la communicatio in sacris prohibida. Uno no acusa a la Nota de autorizar el culto común, porque no lo dice. La acusa de algo menos vistoso y más grave en un texto que firma Doctrina de la Fe: de retirar el criterio justo donde más falta hace.
Y hace falta. El 13 de agosto, en Cusco, un oficial del Dicasterio para la Doctrina de la Fe y comisario pontificio para el Sodalicio depositó hojas de coca en un «pago a la tierra» al abrirse un encuentro que Vatican News presentó como parte de la preparación del viaje de León XIV al Perú. Un mes largo después, el dicasterio en el que trabaja publica un documento, aprobado en junio, que cuenta las celebraciones compartidas entre las formas valientes de encuentro sin decir cuáles lo son. No le habría servido de guía. Tampoco de freno.
Sesenta años después, la Nota llama a Nostra aetate un texto «breve pero audaz». Lo era. Se atrevió a decir en un mismo número que la Iglesia mira con respeto lo que hay de verdadero en otras religiones y que está obligada a anunciar a Cristo. La audacia de 2026 consiste en quedarse con la primera mitad. El documento, por cierto, está fechado en la memoria de los santos Cornelio y Cipriano. Cipriano, obispo de Cartago y mártir, dejó escrito que no puede tener a Dios por padre quien no tiene a la Iglesia por madre: habere iam non potest Deum patrem qui ecclesiam non habet matrem. Uno sospecha que, redactada hoy, la frase habría ido a parar al número 54, entre los modelos monolíticos.
Lea también