Tres Leones enjaulados: la sede de Pedro tuvo dueño y Cristo no soltó el timón

Entre 928 y 965 hubo tres Papas llamados León y ninguno fue libre. A uno lo puso una senadora, a otro un príncipe y al tercero un emperador. Lo que cada uno hizo con su jaula es lo que todavía enseña.

Tres Leones enjaulados: la sede de Pedro tuvo dueño y Cristo no soltó el timón

Entre el año 928 y el 965 la Iglesia tuvo tres Papas llamados León, y ninguno de los tres llegó a la cátedra de Pedro por voluntad de quienes debían elegirlo. Al sexto lo puso una mujer, Marozia, que mandaba en Roma con título de senadora. Al séptimo lo puso el hijo de esa mujer, Alberico, que mandaba con título de príncipe. Al octavo lo puso un emperador alemán, Otón I, que ni se molestó en buscar a un clérigo. Treinta y siete años, tres amos y tres maneras de llevar la cadena: el primero la llevó callado, el segundo encontró por dónde aflojaba y el tercero hizo de cadena para otro. Esta serie, que recorre a los trece predecesores de León XIV, se había detenido en León V, depuesto y encarcelado en 903, a la entrada de lo que el cardenal Baronio llamó siglo oscuro. Los tres Leones siguientes viven dentro de esa oscuridad y conviene leerlos juntos, porque juntos dicen algo que ninguno dice por separado.

León VI era romano, hijo de un Cristóbal que había sido primicerio, uno de los altos cargos de la administración pontificia, en tiempos de Juan VIII. Era cardenal presbítero de Santa Susana cuando lo eligieron a mediados de 928, y la palabra elegir es generosa. Su predecesor, Juan X, había intentado gobernar por su cuenta; Marozia y su marido, Guido de Toscana, lo hicieron prender en Letrán y lo encerraron en Sant’Angelo, donde murió. Liutprando de Cremona, que no quería bien a ninguno de los implicados, cuenta que lo asfixiaron con una almohada. Las fuentes no se ponen de acuerdo sobre si el prisionero seguía vivo cuando León fue entronizado, y la duda retrata la época mejor que cualquier certeza: Roma tenía Papa nuevo y nadie sabía con seguridad qué había sido del anterior. León reinó siete meses y cinco días. De su gobierno queda una bula que concede el palio al arzobispo Juan de Spalato, ordena a los obispos de Dalmacia que le obedezcan sin salirse de los límites de sus diócesis y zanja el pleito del obispo Gregorio de Nona asignándole otra sede. Era un expediente que Juan X había dejado a medias. Eso es todo. Lo enterraron en San Pedro y Marozia puso a otro. Dos años después pondría a su propio hijo.

Entre León VI y León VII pasan siete años y cambia el carcelero. En 932 Alberico, hijo del primer matrimonio de Marozia, se levantó contra su madre el día en que ella celebraba su tercera boda, con Hugo de Provenza, rey de Italia. La encerró, echó al padrastro y gobernó Roma veintidós años como príncipe y senador de todos los romanos. El Papa de entonces, Juan XI, era su hermano de madre y acabó sus días recluido en Letrán, reducido a las funciones sagradas. Cuando murió, Alberico buscó a un hombre sin ambiciones y lo encontró en el presbítero de San Sixto, probablemente monje benedictino, que fue elegido el 3 de enero de 936. León VII no tuvo ejército, ni territorio, ni política exterior, ni capacidad para nombrar a nadie que Alberico no quisiera. Le quedaba una sola cosa, que era la posibilidad de llamar a alguien, y llamó a Odón, abad de Cluny.

Odón llegó a una ciudad sitiada. Hugo de Provenza quería recuperar Roma, y el abad, que tenía crédito ante los dos bandos, negoció una tregua sellada con la boda de Alberico y Alda, hija de Hugo. El encargo de fondo era otro. Cluny se había fundado en 910 con una cláusula insólita, que lo sustraía a todo señor laico y a todo obispo para ponerlo bajo la protección directa de la sede romana, y era ya el taller donde se rehacía la vida monástica de Occidente. León VII puso a Odón a reformar los monasterios de Roma y su entorno, empezando por San Pablo Extramuros, y casi todas las bulas que se conservan de él son privilegios a abadías, Cluny la primera. El Papa menos libre de su siglo amparaba con su firma la libertad de los monjes. Alberico lo consintió y aun lo favoreció: unos monjes observantes no le disputaban Roma.

León nombró además al arzobispo Federico de Maguncia vicario suyo en Alemania, con poderes para proceder contra los clérigos indignos. Consultado por él sobre los judíos, prohibió bautizarlos por la fuerza y autorizó expulsar de las ciudades a quienes rehusaran convertirse. Murió el 13 de julio de 939. De aquel mundo de abadías reformadas, en Borgoña y en Lorena, saldrían un siglo más tarde los hombres que sacaron al papado de la jaula.

Alberico murió en 954 después de hacer jurar a los nobles romanos, ante el altar de San Pedro, que el siguiente Papa sería su hijo Octaviano. Lo fue al año siguiente, con unos dieciocho años, y se llamó Juan XII. Llamó a Otón I contra el rey Berengario, lo coronó emperador en febrero de 962 y conspiró contra él en cuanto salió de Roma. Otón volvió en noviembre de 963 y reunió un sínodo en San Pedro. Allí se leyó contra el Papa ausente un catálogo de acusaciones que sólo conocemos por Liutprando, parte interesada. Iba desde haber ordenado a un diácono en una cuadra hasta brindar a la salud del diablo. El sínodo lo depuso el 4 de diciembre. Para sustituirlo el emperador no propuso a un obispo ni a un cardenal. Propuso a León, protoscriniario, jefe de los notarios de la curia, romano del Clivus Argentarius y laico. Ese mismo día fue elegido. El obispo Sico de Ostia le confirió las órdenes de una vez, saltándose los intervalos que exigían los cánones, y el día 6 era obispo de Roma.

Lo que siguió fue un año de Papas cruzados. Los romanos se alzaron en enero y fueron aplastados; León intercedió para que Otón devolviera a los cien rehenes. En cuanto el emperador se alejó, la ciudad expulsó a su Papa y Juan XII regresó. Reunió su propio sínodo el 26 de febrero de 964, declaró nulo todo lo actuado y degradó a los ordenados por León. Se vengó en el cuerpo de sus adversarios: a un cardenal diácono le cortaron la mano derecha. Murió el 14 de mayo. Los romanos pidieron permiso a Otón para elegir al diácono Benedicto, al que llamaban el Gramático por su saber y del que nadie hablaba mal. Otón se lo negó y lo eligieron de todos modos. El emperador sitió Roma hasta rendirla por hambre, y el 23 de junio le entregaron a Benedicto V. En el sínodo de Letrán que presidieron juntos León VIII y Otón, el vencido fue despojado de las vestiduras pontificales. Según Liutprando, que escribía para el emperador, fue el propio León quien le rompió el báculo. Benedicto murió desterrado en Hamburgo, con fama de santo. León VIII murió en Roma en la primavera de 965.

La Iglesia nunca ha resuelto cuál de los dos fue Papa y cuándo. La vieja Enciclopedia Católica llama ilegales tanto la deposición de Juan XII como la elección de León, y sólo admite a éste como Papa verdadero desde julio de 964, a condición de que Benedicto aceptara su deposición. El Annuario Pontificio, en la nota que acompaña a su lista de Papas, reconoce que en este punto los criterios históricos y los teológico-canónicos no se dejan armonizar, como volverá a ocurrir a mediados del siglo XI. Admite que no es posible decidir con claridad de qué lado estuvo la legitimidad, y por esa incertidumbre, explica, la lista oficial renunció a numerar a los pontífices. León VIII rindió todavía un servicio póstumo a sus patronos. Durante la Querella de las Investiduras, el partido imperial hizo circular bajo su nombre unas bulas que concedían a Otón y a sus sucesores el derecho a designar al Papa y a investir a los obispos. La crítica las tiene por falsificadas o, como mínimo, por manipuladas hasta lo irreconocible.

Tres pontificados sin libertad obligan a empezar por lo que impide el escándalo. En treinta y siete años la sede romana tuvo dueña, dueño y patrón imperial. Un Papa murió en un calabozo con el sitio ya ocupado o a punto de estarlo, y otro fue degradado a diácono por su rival con el emperador delante. La sucesión apostólica no se rompió y la fe no se movió: ninguno de estos tres Leones, que apenas enseñaron nada, enseñó un error. Cristo prometió que las puertas del infierno no prevalecerían. Nunca prometió Papas libres, ni dignos, ni siquiera indiscutibles. Sobre la legitimidad de León VIII la propia Santa Sede admite que no sabe pronunciarse, y la Iglesia lleva mil años conviviendo con esa duda sin haber perdido un solo artículo del Credo.

A León VII nadie puede reprocharle que no derrocara a Alberico. Se le mide por lo único que tenía en la mano, que era escoger a quién llamaba, y llamó al mejor hombre de su tiempo. Es una vara útil porque sirve para cualquier Papa: los nombramientos retratan un pontificado con más exactitud que los discursos. Sirve con más razón cuando no hay ningún Alberico en la puerta. León XIV gobierna sin senadora, sin príncipe y sin emperador, con una libertad que sus tocayos del siglo X no habrían sabido imaginar.

Queda la lección póstuma de León VIII. Para sostener que un Papa había cedido al poder civil la investidura de los obispos, los imperiales del siglo XI tuvieron que fabricar las bulas. Hasta el cesaropapismo más crudo daba por supuesto que ese derecho sólo podía venir de Roma y que Roma no lo había dado. En 2026 el Estado que interviene en la designación de los obispos de China no necesita falsificar ningún pergamino. Dispone de un acuerdo auténtico, firmado en 2018, prorrogado hasta 2028 y de texto secreto, bajo el cual se sigue consagrando.

El próximo León de esta serie, Bruno de Toul, salió de aquel mundo de abadías reformadas que León VII amparó con su firma. Encontró el papado todavía en manos de familias romanas y emperadores. Tuvo cinco años. Se verá lo que hizo con ellos.

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