Rouco no está seguro de haber seguido a Cristo «de verdad al cien por cien»

En una larga entrevista con el nieto del historiador Ricardo de la Cierva, el arzobispo emérito de Madrid repasa su vocación, la crisis de fe que sufrió a los dieciséis años, el diablo, el islam, la misa y el miedo a la muerte

Rouco no está seguro de haber seguido a Cristo «de verdad al cien por cien»

Antonio María Rouco Varela no se atreve a decir que ha seguido a Cristo del todo. Lo reconoció al final de una larga entrevista en vídeo, cuando le pidieron una frase que le inspire y eligió la escena evangélica del joven rico, el que había cumplido la ley de Moisés y al que todavía le faltaba algo: seguir a Jesús. «Eso siempre ha sido hasta hoy impresionante», dijo. «Y le seguí». Enseguida añadió que nadie puede afirmar algo así, que él no lo afirma y que no está seguro, «ni mucho menos, al contrario», de haberle seguido «de verdad al cien por cien». La confesión cierra un repaso de toda una vida en el que el arzobispo emérito de Madrid, que el 31 de octubre cumple cincuenta años de obispo, habla de su vocación de niño, de la crisis de fe que sufrió a los dieciséis años, del miedo a la muerte, que admite, de la existencia del diablo, del islam, de la misa vivida como rutina y de Cónclave, la película que decidió no ver.

La conversación está publicada en YouTube con el título «La historia del cardenal Rouco Varela: toda una vida dedicada a Dios», dentro de un videopódcast que invita a sus entrevistados a tomarse «un café con historia». El entrevistador es nieto del historiador Ricardo de la Cierva, fallecido en 2015. Rouco ya conocía su obra histórica cuando llegó a Madrid como arzobispo, en 1994, y allí nació entre ambos una gran amistad que, en palabras del cardenal, fue para el historiador la de sus últimos años y para él la de sus primeros años en Madrid. El nieto recordó que de niño veía al cardenal en casa de su abuelo conversando hasta la madrugada. Las referencias del propio Rouco sitúan la grabación en los últimos días de mayo: Magnifica humanitas, la primera encíclica de León XIV, publicada el día 25, acababa de salir, y la misa por los sesenta años del Camino Neocatecumenal en la catedral de la Almudena, celebrada el 30, estaba por llegar. Tenía entonces 89 años. Cumplió los noventa el 20 de agosto.

Quiso ser cura desde muy pequeño, como el párroco de Villalba (Lugo), don Gabriel Pita da Veiga, de una familia de marinos de Ferrol, al que tiene por santo: su causa de canonización no se abrió «por razones múltiples», dijo, pero podría haberse abierto. A los seis años ya era monaguillo y lo tenía claro. Rechaza que los niños no puedan tener vocación, «pueden tenerla y la tienen», y asegura que en sus años de sacerdote y de obispo ha visto muchas veces a niños a los que se les notaba en los ojos. En la Villalba de los años cuarenta y cincuenta, explicó con una referencia al teólogo suizo Karl Barth, no existía la distinción entre comunidad cristiana y comunidad civil: todo villalbés era feligrés de la parroquia y todo feligrés era villalbés. «Éramos hijos de la parroquia y ciudadanos de la villa».

Su padre murió de repente cuando él tenía siete años. Su madre, que enviudó con cuarenta y pocos, tenía en él al pequeño de la casa y le costó mucho dejarlo ir. Cumplió diez años en agosto de 1946 y el 1 de octubre ya estaba en el seminario de Vilanova de Lourenzá; al año siguiente, en Mondoñedo. El internado era riguroso y no se volvía a casa hasta el verano. Le dejaron asistir en 1947 al entierro de un tío abuelo, pero no al bautizo de una sobrina, hija de una hermana suya, de la que fue padrino por representación, ni a la boda de esa hermana. «Nos parecía relativamente normal». De unos veinte monaguillos de su parroquia fue el único que entró en el seminario, y aun así no lo considera «ninguna heroicidad».

Aquel mundo ya no existe. Rouco fecha en los años setenta, poco después del Concilio, la desaparición práctica del seminario menor, convertido en colegio abierto, y con ella el vuelco de las vocaciones: lo que en su tiempo se llamaba vocación tardía es hoy la norma. En sus años de arzobispo de Madrid, contó, la mayoría de los seminaristas entraba después del bachillerato, durante la carrera o con ella terminada. Hace poco compartió mesa con uno que iba a ingresar con 32 años, después de haber trabajado, y que se ordenará hacia los cuarenta. «Me parece a mí que es mucho tiempo de formación», comentó, y comparó: «Yo a los 40 años fui obispo». El entrevistador le habló de un amigo que lleva tiempo sin decidirse a ser sacerdote, y Rouco dio un consejo para quien esté en esa situación: rezar mucho, pedir al Señor que indique el camino, ser humildes, «que se dejen llevar y que no tengan miedo», porque «quien está detrás de esas decisiones es Él». Recordó que el sí hay que repetirlo. A los catorce o quince años, con la adolescencia, «empiezas a conocer a las chicas» y «tienes que renovar el sí».

La formación de entonces eran cinco años de latín y humanidades, tres de filosofía y cuatro de teología. La teología la cursó en la Universidad Pontificia de Salamanca, interno en el colegio mayor San Carlos, instalado en el edificio de la Clerecía, con unos doscientos seminaristas mayores de toda España: vascos, catalanes, andaluces, valencianos, canarios, baleares, castellanos, madrileños, sin excluir ninguna «nacionalidad», precisó, con las comillas incluidas. El compañero que le seguía en la lista del curso era el barcelonés Jordi Sánchez Bosch, que sería un gran biblista. Aquella comunidad vivía hacia dentro, pero estaba abierta a la calle y a la vida universitaria, también a la de la universidad civil.

En septiembre de 1959, pocos meses después de su ordenación sacerdotal, se fue a estudiar a Múnich. Antes llamó al rector del colegio español de la ciudad, que según su relato era el escritor y periodista José María Javierre, para preguntar cómo vestía un cura en Alemania. Traje negro y corbata negra, le contestó, y un abrigo, porque hacía mucho frío. Rouco, que llevaba sotana desde los once años, no se atrevió a salir así de Villalba y se cambió en Barcelona, en casa de Sánchez Bosch.

Viajó en tercera, porque en casa no había para más. Hubo que cambiar de tren por el ancho de vía; se quedó dormido en un rincón del vagón mientras los viajeros se preguntaban a quién se le habría muerto un chico tan joven, vestido de negro. No dijo nada. Ayudó a subir al tren a un anciano cargado con un maletón y un niño, llegó a Ginebra, buscó dónde celebrar misa y, ya camino de Múnich, un matrimonio le preguntó en alemán si era un teólogo católico. Él, que apenas hablaba el idioma, respondió que era un sacerdote católico. De todo aquello extrae una lección sobre las vocaciones: a veces parece que surgen de repente, pero «el repente tiene precedentes, tiene consecuencias y siempre tiene compañía».

Ser cardenal, sostiene, «no es una carrera». En el ministerio, a lo único que se puede aspirar es al sacerdocio, y un sacerdote recién ordenado tiene para presidir la Eucaristía la misma capacidad que el obispo de Roma. «Tú no haces oposiciones para ser obispo». Sí las había para las parroquias: desde Trento hasta el Vaticano II, recordó, en España se clasificaban en parroquias de entrada, de ascenso y de término, y se proveían por concurso. Él nunca fue párroco, ni siquiera coadjutor. De estudiante fue cooperador en la parroquia de San Rafael, en el noroeste de Múnich, donde vivió tres años en la casa parroquial; de profesor en Salamanca ayudaba algunos domingos en la capilla universitaria. «A mí me sacaron de la universidad para ser obispo, pero no de una parroquia o de un cargo». Cuando le comunicaron su nombramiento para Santiago pidió tiempo antes de aceptar. Canónicamente nadie está obligado a aceptar el episcopado, explicó: es «un asunto de conciencia tuya y delante de nuestro Señor». Recordó las bromas que suscita la primera carta a Timoteo, según la cual quien aspira al episcopado desea algo bueno, y zanjó: «No sé si alguien tiene ganas de ser obispo».

El capelo depende solo del Papa, y ahí dejó un apunte sobre el pontificado anterior. Con Francisco era muy difícil no aceptar, dijo, porque anunciaba los nombramientos desde la ventana del palacio apostólico y el elegido podía no saber nada. A él lo creó cardenal Juan Pablo II en 1998, «pero me preguntaron antes, claro, porque podía haberlo rechazado». Recordó el caso de Romano Guardini: Pablo VI le ofreció el cardenalato en 1965 y el teólogo no lo aceptó, aunque dejó escrito que aquel ofrecimiento, como confirmación papal de toda su trayectoria intelectual, fue una de las mayores alegrías de su vida.

El entrevistador le preguntó por Cónclave, la película de Edward Berger que, en sus palabras, deja entrever politiqueo y luchas de poder entre cardenales progresistas y conservadores. Rouco contó que, sabiendo el guion que iba a desarrollar, no quiso verla, porque «tiene poco que ver con la realidad». Él, que votó en los cónclaves de 2005 y 2013, describió cómo es uno: los cardenales entran en la Capilla Sixtina tras invocar al Espíritu Santo con el Veni Creator; allí no se habla, se reza y se vota; cada uno deposita su papeleta en el altar con una fórmula que es oración y compromiso ante el Señor; los propios cardenales recogen, cuentan y revisan los votos, y si nadie alcanza los dos tercios se repite la votación. Después, cena en la residencia de Santa Marta y cada uno a su habitación o a la capilla. Se puede hablar con alguien, admitió, pero no hay más. «Mucho más sencillo de lo que cuentan en la película».

Sobre el ateísmo fue breve. Tiene sentido lógico como negación de Dios, pero «para negar a Dios tienes que poder demostrar que no existe», un silogismo que se contradice a sí mismo y del que parte, recordó, la prueba de San Anselmo.

Más extensa fue su respuesta a la objeción de quien nace católico en España como otro nace musulmán en Marruecos: ¿por qué nuestro Dios es el verdadero? Rouco contestó con la historia. La relación de Dios con el hombre se hace densa en Oriente Medio, en el pueblo de Israel, rodeado de culturas como la persa y en contacto con la razón griega, y culmina en Jesús de Nazaret, una novedad que irrumpe en la historia, una revelación de Dios «que es plena». En el Israel de hoy, apuntó, los católicos pesan más de lo que dice su número, sobre todo por el Camino Neocatecumenal, «una fundación española» con un gran centro de espiritualidad en Galilea. Conocer esa revelación depende de la libertad de las personas y de los pueblos, y ahí trazó la diferencia. El cristianismo se propagó en sus primeros siglos sobre el martirio. El islam, en cambio, «nace de forma muy impuesta»: el norte de África era cristiano y dejó de serlo, dijo, no por un movimiento de conversión interior, sino por superpoblación, repoblación y acción violenta sobre sus comunidades.

España conservó la fe con libertad y con coste. Los españoles, afirmó, no fueron cristianos «porque iban a hacer mejor comercio con Roma»: mantener la fe costó el martirio bajo el Imperio, costó bajo el dominio visigodo y, tras la invasión musulmana de 711, costó la Reconquista. Hay quien quiere revisar el concepto, admitió, pero es «un hecho indiscutible». Invocó al abuelo de su entrevistador, Ricardo de la Cierva, y La España inteligible de Julián Marías para recordar que los españoles no quisieron ser musulmanes y que eso siempre costó. «Ha habido libertad en todo ese proceso».

A quien le cuesta mantener la fe le propone empezar por «aceptar la humildad de ser hombre». Nadie está aquí porque quiso estar ni sigue aquí porque quiere; si mis padres me quisieron, a ellos alguien los quiso antes, y en el fondo alguien me ha querido y me sigue queriendo, porque si no, no estaría aquí. Si ese que me quiere dejara de quererme, seríamos nada. Tampoco cree que las dudas sean cosa de las nuevas generaciones: «Todos hemos tenido nuestras crisis de fe». La suya llegó en Mondoñedo, con dieciséis años, estudiando el idealismo alemán, Kant y Hegel. Si lo que veo y entiendo es subjetivo, se preguntaba, el Padornelo, el pico que tenía encima del seminario, ¿está o no está? «Lo pasé fatal». Se lo consultó al formador, un cura joven formado en Comillas, que se reía muchísimo de él y no lo tomaba en serio. El padre espiritual, en cambio, sí.

Para quien busca recomendó el Jesús de Nazaret de Benedicto XVI, aunque advirtió que exige cierta cultura, y El Señor de Guardini. Sobre todo, Introducción al cristianismo, que Ratzinger pensó en Tubinga para estudiantes en crisis interior en vísperas de mayo del 68. Rouco recurrió a él en Salamanca entre 1973 y 1975, años que describió como el momento crítico de la transición española, cuando era consiliario de un círculo de estudiantes de la universidad civil vinculado a la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, jóvenes con problemas de fe más o menos justificados intelectualmente. Razón, corazón, voluntad y vida forman una unidad, explicó: uno puede enfilar la vida por el camino de la ciencia, pero las decisiones últimas las toma con todo lo que es.

A Ratzinger lo había descubierto hacia 1961 gracias a unos apuntes de las clases de teología fundamental que había impartido en Frisinga a finales de los cincuenta, prestados por un sacerdote alemán, Martin Huber. Los leyó «como una explosión de luz»: la supuesta oposición entre usar la razón y abrirse a la fe quedaba disuelta. Desde entonces compró todo lo que salió de su pluma, y hoy tiene a Ratzinger en doble formato, las monografías y las obras completas. Citó también a los clásicos españoles de la espiritualidad: San Juan de la Cruz, en pleno tercer centenario de su canonización, cuya poesía «te toca lo más hondo de tu interior», y los Ejercicios de San Ignacio, que han influido muchísimo en su vida. Confiaba en que León XIV tuviera presente al místico en su viaje a España, entonces inminente.

¿Cómo se acerca a Dios quien no tiene fe o lleva años lejos de la Iglesia? Rouco citó conversiones célebres, como la de Paul Claudel en Notre-Dame en la Navidad de 1886, pero apuntó a una vía más común: la liturgia, «bien celebrada». Puso como ejemplo a Iesu Communio, la familia de contemplativas de La Aguilera (Burgos), numerosa y joven, y a los monasterios de vida contemplativa, femeninos o masculinos, cuando la comunidad es observante, fiel y orante. Cáritas es importante, precisó, pero la obra material por sí sola no resuelve el problema de la fe. Contó que dos ministros de asuntos sociales, uno de un gobierno del PP y otro del PSOE, le dijeron lo mismo: que Cáritas hacía mucho, pero que ellos, con su presupuesto, podían «infinitamente más». Materialmente, reconoce, tenían razón; pero Cáritas daba «mucho más que un don material». Cuando a comienzos de este siglo puso como ejemplo la política familiar de Alemania y Francia, con el Kindergeld que se paga por hijo y por mes, le respondieron que no había recursos. Su réplica: «No me vengan a mí con el cuento de que no hay recursos. Hay recursos para lo que ustedes quieren».

Una amistad ayuda, y la dirección espiritual también, pero «llega un momento en que estás solo con Él»: nadie puede decir el sí por uno, y convertirse es rendirse «al más grande», al que quiere salvarte y al que le debes lo más básico, tú mismo. A la pregunta de si hace falta tocar fondo respondió que en tantos años ha conocido «de todo», casos sorprendentes incluidos, y evocó uno que atribuye a una intervención extraordinaria de Dios: el de Manuel García Morente, decano de Filosofía y Letras de la Universidad Central, que huyó a París en 1936 después de que asesinaran en Toledo a su yerno y que allí, en 1937, vivió una experiencia de la presencia de Dios que le cambió la vida. Volvió a España, se ordenó sacerdote y murió dos años después, lo que Rouco lamenta porque podría haber ayudado mucho a otros. Todos los grandes santos, añadió, fueron conversos: San Pablo, San Agustín, San Ignacio de Loyola. Y pidió vivir el camino con «una cierta paz».

El entrevistador le recordó una noticia polémica de 2013, según la cual había designado a ocho exorcistas para Madrid ante el aumento de peticiones, y le preguntó si el diablo existe. «Sí existe, existe». Se apoyó primero en la Escritura: Jesús expulsaba demonios, un dato que aparece una y otra vez en los sinópticos, en el libro histórico más estudiado de la humanidad, analizado al milímetro por una exégesis a la que contribuyeron el libre examen protestante y la crítica racionalista. Remitió a la introducción del segundo tomo del Jesús de Nazaret de Ratzinger sobre el método histórico y el teológico. Admite que puede haber trastornos psíquicos, pero no solo: «había más», también «ahora hay más», y «hay psiquiatras que lo reconocen claramente», algunos de los que él trató. ¿Ha presenciado algún exorcismo? «Hombre, eso no».

La pregunta le llevó a su generación, la de la posguerra: una Europa que se reconstruía tras la Segunda Guerra Mundial y una España que salía de una guerra civil con una historia de martirio que calificó de increíble y buscaba la reconciliación y el perdón, empezando por los mártires. Evocó el discurso de Juan Pablo II en Santiago en 1982, que pedía a Europa volver a sus raíces; la democracia cristiana de los cincuenta y sesenta, heredera del Zentrum de la Alemania de Bismarck; el congreso de Bad Godesberg, con el que la socialdemocracia alemana renunció al marxismo, y la crisis de finales de los sesenta, que la Escuela de Fráncfort encauzó, dijo, en parte hacia la revolución y en parte ayudando a superarla. Observó que el romanticismo, que en Irlanda, Grecia, Italia o Alemania empujó hacia la independencia o la unidad nacional, en España funcionó al revés y alimentó los particularismos de Cataluña, el País Vasco y, en parte, Galicia, y que en la Europa de posguerra nadie hablaba de izquierda y derecha, sino de socialistas, comunistas, liberales o democristianos. Luego se detuvo: «Yo no sé a qué venía esto, ya hemos hablado tanto».

Sobre la Virgen pidió no confundir la devoción con algo meloso o sentimental, porque «es mucho más serio»: en la encarnación del Hijo de Dios «no hay carne de varón», todo lo humano se lo da ella y lo sigue ofreciendo. De ahí su defensa de la piedad popular mariana, «muy certera siempre», aunque haya que ahondar en ella. Era final de mayo, y recordó cómo en la Salamanca de los cincuenta aquellos seminaristas mayores, intelectuales y ya un poco críticos, tenían cada día las flores a la Virgen y por la noche iban cantando Venid y vamos todos como chavales de parroquia. Hoy le toca cantar el himno de la Almudena.

A la fórmula «soy católico, pero no practicante» le dedicó una definición: «una expresión evasiva de que eres católico, pero te cuesta serlo, no has ganado la batalla y no quieres planteártela». Para ganarla propuso los ejercicios de San Ignacio: «hay que tener una segunda conversión». El entrevistador admitió que a veces va a misa como quien va a fichar, y Rouco enumeró lo que falta: una formación mínima sobre lo que es la misa, atención a las lecturas y al salmo, y conciencia de que en la parte sacramental ocurre un misterio de presencia de Cristo del que se participa a fondo al comulgar, «una especie de don que tú recibes para tu semana, para tu trabajo, para todo». Sin eso sirve para poco, aunque «hay una cierta fidelidad que también vale».

Reconoció que en torno a la liturgia antigua hay «un gran debate de nuevo». Él celebró con el rito vigente desde Trento entre 1959 y 1965 o 1966, todo en latín salvo la predicación, incluida la lectura del Evangelio, y todo «más misterioso». Los fieles seguían la misa con su misal. Hoy nadie lo lleva, y corresponde a los obispos y a los sacerdotes, dijo incluyéndose, ofrecer otras ayudas contra la rutina, como el libro de cantos Gotteslob en Alemania, además de llegar a la iglesia un poco antes. Semanas después, en una entrevista con La Nuova Bussola Quotidiana, pediría comprensión hacia los fieles vinculados a la misa tradicional.

En esta conversación se fijó en otra cosa: antes de misa el templo se ha convertido en «una especie de sala de conversación», algo que «no lo hemos superado» y que no es «buena cosa» para tener conciencia de la presencia de Cristo. De niño, al abrir la puerta de la iglesia, había silencio completo. Cuando el entrevistador apuntó que antes ni siquiera se salía dando la espalda al altar, Rouco rebajó la imagen: habría quien lo hiciera, pero «no tanto». Recomendó leer lo que dice de la Eucaristía el Catecismo de la Iglesia Católica, «un libro intelectualmente muy valioso», y conocer la estructura de la misa, que mucha gente ignora.

¿Por qué cuesta tanto hablar de Dios en público? «Porque el poder del mal está ahí», y está vivo. El triunfo definitivo de la gracia se produce en cada uno a la hora de la muerte y será completo cuando la creación llegue a su final; entretanto hay que vencer. En ese marco situó el dolor físico, psicológico y espiritual, y la guerra: «Nadie puede decir: no va a haber una guerra atómica. ¿Quién lo sabe?». Nada de eso contradice el misterio pascual, porque desde el punto de vista humano «la cruz fue un fracaso total». La modernidad no ha sido la época más fácil para vivir la fe en público, y el siglo XX trajo una opresión devastadora en la que uno se jugaba la vida. Por eso toda vida tiene algo de martirio: el bien «tiene que luchar para imponerse», con las armas del espíritu.

La muerte la abordó sin eufemismos. ¿Qué hay después? «Pues la vida», respondió: la vida «ya sin límite ninguno», la gloria, pero condicionada por la libertad de cada uno. «La respuesta al problema de la muerte es el Resucitado», y resucitar con Él, pero hay que quererlo: «Te quieren para que quieras, no te quieren para llevarte como un muñeco por la vida». ¿Le tiene miedo? «Hombre, pues algo sí, claro». No sabe si existe quien no lo tenga, salvo Santa Teresa, que moría porque no moría. Propone mirar la muerte como una forma de martirio: duele, pero se dice que sí, como Jesús, a quien la Pasión le dolió tremendamente y se quejó al Padre, pero resucitó. Y habló de sí mismo: «Voy al encuentro de alguien, de Jesús resucitado, y voy sabiendo que hay un cierto juicio». El que juzga, añadió, es un amigo, uno que te quiere, y así hay que confiarse.

Al final de la vida, dijo, lo importante es haber sido «suficientemente humilde para saber que todo lo que ha sido su vida, todo lo bueno, es fruto del don», del amor del Señor que te ha guiado y acompañado, y de su Madre. Cuando le preguntaron cómo le gustaría ser recordado, admitió que nunca se lo había planteado, y respondió: «Que reconozcan que he sido un sacerdote, pero un católico que quiso ser fiel, que pretendió responder a ese don con muchos vaivenes a lo largo de su vida, pero en el fondo siempre quiso corresponder a ese don con darse, dar la vida».

Lea también

Ayuda a Infovaticana a seguir informando