El decano que había olvidado el Padrenuestro

El decano que había olvidado el Padrenuestro

Noventa años después de su huida de Madrid, la conversión de Manuel García Morente sigue interpelando a la inteligencia sin Dios

El 26 de septiembre de 1936, Manuel García Morente, que había sido durante más de cuatro años decano de Filosofía y Letras de la Universidad Central, recibió el aviso de que iban a matarlo. Huyó de España y llegó a París con setenta y cinco francos en el bolsillo. Siete meses después, aquel filósofo que no era creyente cayó de rodillas en un piso vacío y descubrió que ya no recordaba cómo se rezaba.

Nacido en Arjonilla en 1886, Morente había dejado la política al proclamarse la República, tras ocupar la Subsecretaría de Instrucción Pública, y fue elegido por unanimidad decano de la Facultad. Impulsó un plan de reforma universitaria que llevó su nombre, y con él la Facultad estrenó nuevo estilo y nuevos edificios en la Ciudad Universitaria. Julián Marías lo recordaba como «el Decano», y añadía: «Lo era insuperable, desde todos los puntos de vista». Había sido católico practicante hasta la adolescencia; después, su pensamiento se construyó sin Dios, y en algún momento contra Él.

El 28 de agosto de 1936, mientras entregaba a Besteiro el decanato del que el Gobierno lo había destituido, le comunicaron por teléfono que su yerno había sido asesinado en Toledo. Tenía veintinueve años, era ingeniero, pertenecía a la Adoración Nocturna y acababa de ser padre por segunda vez. Morente cayó desvanecido al suelo. Besteiro consiguió un coche oficial con escolta para traer a Madrid a su hija, viuda a los veintidós años, y a sus dos nietos. En casa, las mujeres de la familia se reunían en un rincón y rezaban durante horas. Él escribiría después: «Yo entonces no podía, y acaso no sabía, rezar».

Aquellas semanas fueron de terror. Los milicianos se llevaron al hijo mayor de los vecinos, al que después asesinaron en Paracuellos. Morente quemó en la caldera la documentación de su etapa en el Gobierno, y al día siguiente registraron la casa. La familia pasaba el día tras las persianas, contando los escalones que subían los asesinos y respirando cuando pasaban de largo. El 26 de septiembre, un aviso confidencial le advirtió de que habían decidido darle muerte. Consiguió un salvoconducto gracias a un ministro amigo, salió hacia Barcelona, donde estuvo a punto de ser detenido por error, y el 2 de octubre llegó a París.

El exilio fue una humillación continua. Un amigo le prestó un cuarto y una viuda francesa le ofreció su mesa. Solo, en un octavo piso, pasaba las noches en vela preguntándose si había sido un cobarde al abandonar a sus hijas. Todo lo que intentaba por su cuenta fracasaba: las gestiones en la embajada inglesa, las de la Cruz Roja, la búsqueda de trabajo. En cambio, le llegaba sin buscarlo lo que no había pedido: un encargo editorial para hacer un diccionario, una cátedra en la Universidad de Tucumán, un encuentro casual que abrió la posibilidad de sacar a su familia de España.

Por tres veces le rozó la idea de una Providencia, y por tres veces la rechazó con lo que él mismo llamó terquedad y soberbia. Se sentía como una brizna de paja empujada por un huracán, pero se refugiaba en el determinismo. El 27 de abril de 1937 llegó un telegrama: el Gobierno negaba la salida a sus hijas. Solo en el piso, se obligó a pensar con método. Concluyó que su vida se había hecho sin él, que algo o alguien distinto de él la hacía y se la entregaba. Pero ese Dios de la filosofía, en el que se piensa y al que no se reza, le pareció cruel y lejano.

La rebelión llegó hasta el extremo. Pensó que el único acto libre que le quedaba frente a esa Providencia hostil era quitarse la vida, y se espantó de sí mismo al comprobar a qué callejón sin salida lo había llevado su razonamiento. Para distraerse encendió la radio. Sonaba música francesa: César Franck, la Pavana de Ravel y después un fragmento de Berlioz sobre la infancia de Jesús. Al terminar, apagó el aparato para no romper la paz que le había dejado, y por su mente empezaron a desfilar escenas de la vida de Cristo, hasta la cruz que se alzaba sobre una humanidad doliente.

Entonces lo entendió. «Ese es Dios, ese es el verdadero Dios, Dios vivo», se dijo. No el Dios geométrico e inhumano de los filósofos, sino el Dios hecho hombre que sufre como nosotros. Se arrodilló para rezar el Padrenuestro y descubrió, con horror, que lo había olvidado. Recordó a su madre, que había muerto cuando él tenía nueve años, y el regazo en que se apoyaba para rezar con ella. Tardó una hora en reconstruir la oración, algunas frases le salían en francés, y la copió en un librito de notas. Recuperó también el Avemaría. El Credo y la Salve se le resistieron.

Pasada la medianoche se quedó dormido en un sillón. Despertó sobresaltado, abrió la ventana y, al volverse, se quedó petrificado: «Allí estaba Él. Yo no lo veía, yo no lo oía, yo no lo tocaba. Pero Él estaba allí». Lo describió como una percepción sin sensaciones, que lo inundaba de un gozo que nada podía igualar y que terminó en un instante. Por un mercancías que pasó frente a la casa calculó que había durado algo más de una hora, aunque admitió que pudo ser un minuto. Solo encontró algo parecido en el capítulo 27 de la Vida de santa Teresa.

Lo más revelador es la cautela con que lo contó. El filósofo no se entregó al entusiasmo: examinó la hipótesis de la alucinación y la del engaño diabólico, y se resistió a creer que Dios hubiera querido visitar a un hombre que se tenía por pecador. Solo le hizo dudar un argumento: los frutos. Al día siguiente resolvió hacerse sacerdote. El 29 de junio de 1938, en Vigo, recibió lo que llamó su segunda primera comunión. Ingresó con los mercedarios de Poyo, fue ordenado el 21 de diciembre de 1940 y murió en Madrid el 7 de diciembre de 1942.

No habló de aquella noche con nadie, ni siquiera en confesión. En septiembre de 1940 la puso por escrito para su director espiritual, José María García Lahiguera, hoy venerable, y le pidió consejo y silencio. Noventa años después de su huida, la historia de Morente dice algo que la universidad de hoy necesita oír: la inteligencia más brillante puede construir un sistema entero para no rezar, y basta una noche de impotencia para que se derrumbe. El Dios que buscaba no estaba al final de un razonamiento, sino en la cruz de un hombre que lo esperaba.

Aquella relación es el centro de El hecho extraordinario, que publica Homo Legens con una introducción de Manuel Guerra Gómez sobre el itinerario espiritual de Morente y epílogos de José María Montiu de Nuix y Eudaldo Forment. Guerra sostiene que el cambio fue tal que cabe pensar en su beatificación. Morente encontró la clave de aquella noche mucho tiempo después, leyendo a san Agustín: «Inquieto está mi corazón hasta que en Ti descansa».

El hecho extraordinario, de Manuel García Morente. Introducción de Manuel Guerra Gómez. Epílogos de José María Montiu de Nuix y Eudaldo Forment Giralt. Bibliotheca Homo Legens.

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