El punto filipino de León XIV y el Santo Niño que no firma nada debajo

Por: David Alonso

El punto filipino de León XIV y el Santo Niño que no firma nada debajo
Pope Leo XIV during his weekly general audience in St. Peter's square at the Vatican on May 13, 2026.

León XIV tiene un punto filipino. Lo tiene de fábrica, porque es agustino, y los agustinos llegaron a Cebú en 1565 con Legazpi y con Urdaneta (que era de la casa), y lo tiene sobre todo en el otro sentido, el del Diccionario, que es el que aquí interesa.

La Academia define al punto filipino como «pícaro, persona poco escrupulosa, desvergonzada, etc.», y añade, con esa mano izquierda que solo tienen los lexicógrafos y los confesores: «Suele emplearse con cierta benevolencia». Empléese, pues. Sobre el origen hay versiones, como en todo lo castizo. Que si los hijos díscolos que las familias facturaban a Manila para quitárselos de encima, que si los peninsulares que andaban por allí sin oficio conocido y con mucho postín, que si un timo con negocio imaginario en el archipiélago…

Lo de Prevost es literal antes que figurado. Como prior general hizo de Valladolid uno de sus centros de operaciones en España, y allí se alojaba en el Real Colegio de Agustinos Filipinos, de donde salieron dos mil frailes hacia las islas. En enero de 2004 andaba por Cebú bendiciendo un convento. O sea, que ha hecho noviciado en las dos acepciones.

¿Y la segunda? El 14 de septiembre cumplió 71 años y ese mismo día la Sala de Prensa publicó el motu proprio que levanta a los cardenales de la Curia el recorte del diez por ciento que Francisco les había aplicado en 2021, cuando la pandemia, el déficit y aquello del «futuro sostenible», que así se llamaba la norma. (Que el día de tu cumpleaños invites tú es costumbre española; hacerlo con los ahorrillos del anterior ya es más de punto.)

Dos días después, memoria de san Cipriano, a quien se atribuye el extra Ecclesiam nulla salus, salió la nota por los sesenta años de Nostra aetate. La firman Tucho Fernández, Koch y Koovakad. Debajo, en dos líneas, lo que importa: «Ex Audientia, 22 de junio de 2026» y el nombre del Papa.

La nota cita a Benedicto XVI en Ratisbona sin escribir Ratisbona. Dice «un conocido discurso» y habla de «un emperador bizantino». Tan conocido que no hace falta nombrarlo, como esos coches que llegan al desguace con el número de bastidor limado. Se cumplían veinte años y cuatro días.

Hay algo de Toni Kroos en todo esto. En cierto modo, León XIV juega de mediocentro alemán: no corre, no protesta, no se tira al suelo, toca cortito y al pie y acaba el partido con la ropa tan blanca como la empezó (de blanco, además). El balón pasa siempre por él y nunca se le ve en el resumen; en el resumen salen los goles, las tarjetas y Tucho, que es quien se lleva los pitos. El «Ex Audientia» es su pase de seguridad. Ha estado en la jugada, pero el remate lo firma otro. Francisco era un nueve que pedía todos los balones, incluidos los que iban fuera.

De la viveza criolla al punto filipino, con escala en Chiclayo.

El santo de la casa, por cierto, empezó robando peras. Lo cuenta él mismo en el libro II de las Confesiones: tenía dieciséis años, no tenía hambre y las peras acabaron en los cerdos. Robó por el gusto. La orden trae la picaresca en los papeles de familia, y el pícaro español, de Lázaro a Guzmán de Alfarache, siempre tuvo algo de fraile sin convento. Este ha encontrado convento. Y qué convento.

El sábado, en la carta a los obispos de Iberoamérica por santo Toribio de Mogrovejo (uno de Mayorga, Valladolid otra vez), escribía que «hay realidades de una diócesis que difícilmente alcanzan un escritorio». Lo escribía, claro, desde un escritorio. No truena, no fulmina, no se mancha: exaudiencia.

En Cebú sigue el Santo Niño que los agustinos custodian desde 1565. Sostiene el mundo con una mano y bendice con la otra, a la vista de todos. No firma nada debajo. Tampoco necesita la benevolencia del Diccionario.

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