León XIV ha aprobado la concesión del Premio Ratzinger 2026 a John C. Cavadini, profesor de Teología de la Universidad de Notre Dame y especialista en san Agustín, y se lo entregará el 19 de diciembre en el Palacio Apostólico. La Fundación Vaticana Joseph Ratzinger-Benedicto XVI lo presenta como lo que es en el aula: un patrólogo de primera fila. Lo que la Fundación no dice es que Cavadini es coautor, y editor anfitrión, de la serie académica que en 2022 sostuvo con todas las letras que Benedicto XVI se equivocó con Summorum Pontificum. El premio que lleva el nombre de Ratzinger va a parar al teólogo que impugnó la decisión litúrgica más personal de Ratzinger. Y lo firma el Papa.
Conviene decir primero quién es el premiado, porque la biografía refuerza la tesis en vez de debilitarla. Cavadini no es un progresista de campus. Es una criatura de Benedicto XVI: en noviembre de 2009 el Papa alemán lo nombró miembro de la Comisión Teológica Internacional para un quinquenio y lo hizo caballero de San Gregorio Magno a petición del entonces obispo de Fort Wayne-South Bend, John D’Arcy, que lo elogió por haber fichado teólogos sólidos para Notre Dame. Es consultor del Comité de Doctrina de la Conferencia Episcopal estadounidense desde 2006. Como jefe del departamento entre 1997 y 2010 contrató especialistas en Newman, Balthasar, Ratzinger, Ireneo y Gregorio Nacianceno y enderezó un claustro que hasta entonces miraba a Canterbury. En 2006 reprochó por escrito al rector Jenkins que su defensa de los Monólogos de la vagina apenas mencionara a la Iglesia. Y la propia Fundación ya lo había distinguido en 2018, con tres colegas, con el Premio Razón Abierta en la sección de docencia. Nadie puede acusarlo de heterodoxia. Por eso el caso es más grave que si el premiado fuera un jesuita de la revista America.
Entre septiembre y noviembre de 2022, en Church Life Journal, la revista del McGrath Institute for Church Life que él mismo dirige, Cavadini publicó con Mary Healy y el capuchino Thomas Weinandy cinco entregas sobre los éxitos y fracasos de la reforma litúrgica posconciliar, recogidas después en un solo texto. El blanco declarado era lo que los autores llaman el movimiento de la misa tradicional, y el momento no era casual: Traditionis custodes tenía poco más de un año. Los tres teólogos escribieron que, al normalizar la misa tridentina, Benedicto «socavó el principio por el que, como él mismo insiste, debe interpretarse el Vaticano II», la hermenéutica de la continuidad. Dicho en castellano llano: Summorum Pontificum fue un error de Ratzinger contra el propio Ratzinger. La réplica tradicionalista fue inmediata, de Joseph Shaw en la Latin Mass Society a Peter Kwasniewski, y cuajó después en un volumen colectivo, Illusions of Reform, que acusa a la serie de idealizar el Movimiento Litúrgico, caricaturizar a los fieles preconciliares y despachar con dureza a quienes rezan con el misal de 1962.
Lo que Benedicto quiso con Summorum Pontificum lo dejó escrito él mismo en la carta a los obispos de 2007: una reconciliación interior en el seno de la Iglesia, sobre el principio de que lo que fue sagrado para las generaciones anteriores «permanece sagrado y grande» también para nosotros. Y lo que sintió cuando Francisco lo desmontó lo contó Georg Gänswein a Die Tagespost en la entrevista publicada el día de su muerte: leyó Traditionis custodes «con dolor en el corazón», porque su intención había sido que quienes tenían su hogar en la misa antigua encontraran paz, también paz litúrgica, y alejarlos de Lefebvre. Esa paz litúrgica es exactamente lo que la serie de Cavadini declara un desacierto.
Aquí entra la Fundación. Las candidaturas al Premio las propone al Papa un comité científico de cinco miembros de nombramiento pontificio, hoy los cardenales Kurt Koch y Ángel Fernández Artime, los arzobispos Rino Fisichella y Bruno Forte y el obispo de Ratisbona Rudolf Voderholzer, todos designados por León XIV. El consejo de administración que suscribe el comunicado incluye al propio Gänswein, hoy nuncio en Lituania, que este verano volvió a pedir la revisión de Traditionis custodes y presidió la misa de la entrega del premio de 2025. Es decir: el testigo del dolor de Benedicto forma parte de la institución que premia a quien sostuvo que ese dolor era el precio de un error.
El premio no llega en el vacío. La liturgia quedó fuera del consistorio de enero, donde el cardenal Roche repartió a los purpurados una ponencia en defensa de Traditionis custodes, y volvió a quedar fuera del de junio. El 29 de julio el propio Roche aseguró en The Tablet que León «no va a volver a Summorum Pontificum». El 2 de agosto La Razón añadió, con fuentes vaticanas anónimas, que aquella ponencia se redactó a petición del Papa, que la supervisó y «no cambió ni una coma». Frente a eso, las audiencias a Burke, Sarah, Müller, Zen y Schneider, y la concedida en marzo a los sociólogos Bullivant y Cranney, autores de un estudio sobre los fieles de la misa antigua en Estados Unidos, habían alimentado la hipótesis de un Papa en busca de una salida. El Premio Ratzinger a Cavadini es la última señal, y apunta en la misma dirección que Roche.
Se dirá que el premio reconoce la patrística y no la liturgia, que Cavadini firmó la serie a tres manos y que los autores argumentan desde la hermenéutica de la continuidad de Ratzinger, no contra ella. Todo es cierto y nada cambia la sustancia. Una Fundación cuyo fin estatutario es promover el estudio del pensamiento de Benedicto XVI ha decidido que impugnar su paz litúrgica no es impedimento para llevar su nombre en un diploma, y el Papa lo ha aprobado. Que un agustino premie a un agustinólogo es una coincidencia amable. La noticia es la otra: el 19 de diciembre, en el Palacio Apostólico, León XIV entregará el Premio Ratzinger al hombre que escribió que Ratzinger se equivocó.
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