Cuando el prodigio suplanta al signo: Garabandal y la tentación del fisicismo religioso

Lo inexplicable no es de por sí sobrenatural: de «no sé cómo sucedió» no se sigue «lo hizo la Virgen María»

Cuando el prodigio suplanta al signo: Garabandal y la tentación del fisicismo religioso

Carlos Balén ha publicado en InfoVaticana un artículo muy sugerente sobre Garabandal, señalando como uno de los rasgos más característicos de aquellos sucesos el «fisicismo»: la extraordinaria concentración de la atención en fenómenos corporales, mensurables, visibles, sorprendentes. El cristianismo no desconfía de la materia; todo lo contrario: la fe cristiana es escandalosamente corporal, el Verbo se hizo carne, Cristo resucitó con su cuerpo, esperamos la resurrección de la carne, el agua bautiza, el óleo unge, las manos ordenan, el pan y el vino son convertidos sacramentalmente en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Un cristianismo que quisiera librarse de lo físico dejaría de ser cristiano. Por eso, el problema de Garabandal no consiste simplemente en que allí se narren fenómenos físicos sino en que lo físico deje de ser signo subordinado al misterio y se convierta en criterio de autenticación de lo sobrenatural, cuando lo extraordinario se identifica con lo divino, cuando lo inexplicable comienza a funcionar como sinónimo de milagroso. Ahí el fisicismo deja de ser una mera afición al prodigio y se convierte en un error metafísico. Y éste es uno de los puntos más débiles de todo el montaje garabandalista.

Lo inexplicable no es de por sí sobrenatural

Es una distinción que la vieja teología conocía perfectamente y que hoy parece haberse olvidado: sobrenatural no significa inexplicable. Una cosa puede superar nuestras actuales posibilidades de explicación y continuar perteneciendo enteramente al orden creado; nuestra ignorancia acerca de la causa de un hecho no transforma esa causa en Dios. Santo Tomás define el milagro, en sentido propio, no como aquello que el hombre desconoce, sino como lo que acontece fuera del orden causal de toda la naturaleza creada. Dios puede obrar fuera del orden de las causas segundas precisamente porque Él no es una causa más dentro del universo, sino la Causa primera de todo cuanto existe. El propio Dicasterio para la Doctrina de la Fe recordaba en 2025 esta doctrina tomista: Dios puede producir efectos sin las causas segundas ordinarias o efectos que exceden absolutamente su capacidad. La distinción es capital. Hay fenómenos que pueden ser extraordinarios respecto del hombre y, sin embargo, no exceder el poder de toda naturaleza creada. Es lo que la tradición teológica ha llamado, en diversos sentidos, preternatural. Santo Tomás llega a afirmar expresamente que los espíritus creados pueden producir fenómenos que a nosotros nos parezcan milagrosos, aunque no sean milagros simpliciter. Los demonios pueden realizar cosas que parecen milagros «respecto de nosotros», porque desconocemos todas las posibilidades de la naturaleza creada; pero no pueden actuar fuera del orden total de la creación. Esta precisión cambia radicalmente la discusión sobre Garabandal. Supongamos, por un momento, y sólo a efectos del razonamiento, que fueran rigurosamente ciertos todos los fenómenos extraordinarios que narran sus defensores; supongamos que no pudiéramos explicar naturalmente alguno de ellos: todavía no habríamos demostrado absolutamente nada acerca de la presencia de la Virgen. Ése es el salto ilegítimo. De «no sé cómo sucedió» no se sigue «lo hizo la Virgen María». Entre ambas afirmaciones hay un abismo metafísico.

Una prodigiosa acumulación de física

Lo sorprendente de Garabandal es precisamente la densidad y repetición de fenómenos de este género. Las propias fuentes favorables hablan de marchas extáticas comenzadas en agosto de 1961, durante las cuales las niñas avanzaban o retrocedían con los ojos elevados, recorrían terrenos difíciles y llegaban a correr a gran velocidad; otras páginas apologéticas describen insensibilidad a pinchazos, quemaduras o focos luminosos, rigidez corporal, alteraciones aparentemente extraordinarias del peso, caídas sin lesión, levitaciones o posiciones interpretadas como antigravitatorias. Se añaden luego los objetos. Rosarios, medallas, crucifijos y alianzas eran entregados para que la supuesta aparición los besara; después las niñas, todavía en éxtasis y mirando hacia arriba, los devolvían, según los testimonios, a sus propietarios. Las mismas fuentes aseguran que la aparición distinguía objetos ya besados de otros que no lo estaban y que sólo aceptaba determinados anillos, particularmente alianzas matrimoniales. Hay también relatos de objetos perdidos cuya localización habría sido indicada por la visión. El padre Ramón Andreu cuenta, por ejemplo, la recuperación de la cruz desaparecida de un rosario después de que se preguntara a la supuesta Virgen por su paradero. Y todavía encontramos más: la Virgen aparecería algunas veces con el Niño Jesús y se lo entregaría a las niñas, que afirmaban sentir su peso aunque de un modo singular; le ofrecían piedrecillas para hacerlo reír y hablaban con Él con la espontaneidad propia de su edad.

No entro ahora a establecer cuáles de estos hechos están suficientemente documentados, cuáles fueron magnificados por la transmisión posterior, cuáles pueden tener una explicación psicológica o fisiológica y cuáles siguen resultando realmente extraños. No es necesario para nuestro argumento. Lo que interesa es el patrón, porque es el mismo universo garabandalista el que presenta esta interminable fenomenología física como argumento de credibilidad. Hay cuerpos que pesan, cuerpos que no pesan, cuerpos que no sienten; carreras, ojos, luces, caídas; objetos que aparecen, objetos que desaparecen, objetos reconocidos, objetos besados; un Niño cuyo peso se siente; una Hostia que se hace visible; una futura señal que podrá ser contemplada y fotografiada. Es una extraordinaria invasión de lo religioso por lo verificable. Y ahí comienza la pregunta propiamente teológica: ¿es ése el lenguaje habitual con el que Dios conduce al alma hacia la fe?

Lo exterior es precisamente lo menos seguro

San Juan de la Cruz habría mirado todo esto con una reserva formidable, no porque negara las visiones, ni el demonio, ni los milagros, sino precisamente porque creía firmemente en las tres cosas. En el libro segundo de la Subida del Monte Carmelo, cuando trata de las aprehensiones sobrenaturales recibidas mediante los sentidos, formula una regla de discernimiento que resulta casi inquietante aplicada a nuestro caso: cuanto más exterior y corporal es una manifestación, menos proporcionada está a la unión espiritual con Dios y más fácilmente puede ser ocasión de engaño. Llega a escribir que las cosas corporales, precisamente por ser más exteriores, «menos provecho hacen al interior y al espíritu», y advierte del peligro de que el alma juzgue que una cosa es mayor simplemente «por ser más sensible». Ésta es exactamente la tentación del fisicismo: pensar que unas niñas resultan más convincentes porque pesan de pronto demasiado, que una aparición es más indubitablemente mariana porque alguien camina hacia atrás sin caerse, que el cielo se acredita mejor porque sabe dónde está una cruz perdida, que la identificación de una alianza matrimonial proporciona mayor certeza que la humilde oscuridad de la fe. El Doctor Místico invierte completamente esa escala: lo sensible no es más seguro por ser sensible; puede ser precisamente lo contrario.

El Santo afirma además que tanto Dios como el demonio pueden representar imágenes extraordinarias en la imaginación, y por eso enseña que el cristiano no debe cebarse en ellas ni siquiera cuando parecen buenas. Y cuando se trata de aprehensiones exteriores es todavía más severo: «el demonio gusta mucho cuando una alma quiere admitir revelaciones», porque encuentra así ocasión de introducir errores y perjudicar a la fe. No hace falta declarar demoníaco Garabandal para comprender la enorme actualidad de esta advertencia.

El prodigio no es el milagro

He aquí otra distinción esencial: prodigio y milagro no son sinónimos. El milagro cristiano es signum; no sólo asombra: significa. Por eso, en el Evangelio, Cristo no realiza fenómenos para exhibir poder físico. Cura al paralítico y aquel cuerpo levantado manifiesta una realidad infinitamente más profunda: «para que sepáis que el Hijo del hombre tiene poder de perdonar pecados»; devuelve la vista y conduce hacia la luz de la fe; multiplica los panes y prepara la inteligencia para el Pan de vida; resucita a Lázaro y revela: «Yo soy la resurrección y la vida». La física está subordinada a la teología. El prodigio queda absorbido por el misterio.

En Garabandal se produce demasiadas veces el movimiento contrario: el fenómeno termina siendo interesante por su fenomenicidad misma. ¿Cuánto pesaba la niña? ¿Cuántos hombres podían levantarla? ¿A qué velocidad corría? ¿Cómo podía saber quién era el propietario de la medalla? ¿Cómo encontraba un objeto perdido? ¿Reaccionaba la pupila? ¿Tocaban los pies el suelo? Se comprende la fascinación humana. Lo que cuesta comprender es su necesidad teológica, porque una Santísima Virgen que durante miles de encuentros necesita multiplicar esas pequeñas certificaciones físicas parece entrar en una dinámica extraña al modo sobrio con que Dios acostumbra a acreditar sus obras. No faltan milagros en Lourdes ni prodigios en Fátima, pero el milagro no constituye allí una interminable mecánica demostrativa y, sobre todo, no convierte a la Madre de Dios en protagonista habitual de experimentos sobre gravedad, analgesia, localización de objetos o reconocimiento de propietarios.

Cuando el sacramental se acerca peligrosamente al talismán

Un aspecto teológicamente peculiar es el de los objetos besados. La Iglesia es muy amiga de las cosas santas: besamos reliquias, veneramos imágenes, llevamos escapularios y medallas, bendecimos rosarios, asperjamos con agua bendita. No hay en ello nada mágico precisamente porque todo remite a una realidad que trasciende el objeto. El Catecismo enseña que los sacramentales son signos instituidos por la Iglesia que disponen para recibir la gracia y santifican las circunstancias de la vida por la intercesión eclesial. Una medalla bendecida no contiene una energía. Un crucifijo no es un amuleto. El agua bendita no es una sustancia dotada de propiedades ocultas. Su eficacia pertenece al orden de la oración de la Iglesia y de la disposición creyente.

En Garabandal, sin embargo, aparece algo teológicamente distinto. Según las propias fuentes garabandalistas, la aparición habría afirmado que Dios realizaría prodigios a través de aquellos objetos por ella besados; se llegó incluso a transmitir que quienes los llevaran con fe padecerían su purgatorio en la tierra. El problema es serio, porque se está atribuyendo a una experiencia privada, no reconocida por la Iglesia, la capacidad de constituir de hecho una nueva categoría de objetos religiosamente privilegiados: objetos que no se distinguen por una bendición litúrgica, por una reliquia auténtica o por la disciplina sacramental de la Iglesia, sino por haber entrado físicamente en contacto —un contacto invisible para los demás— con una figura contemplada exclusivamente durante un trance. La semejanza con la lógica talismánica resulta casi chusca, porque la acumulación de poderes religiosos alrededor del objeto material desplaza fácilmente la fe desde aquello que el signo significa hacia la materialidad del signo mismo. Y eso es justamente fisicismo religioso. Si el sacramental dice per visibilia ad invisibilia, el talismán afirma: en esta cosa hay un poder. La diferencia teológica es inmensa.

Ni la parapsicología ni el demonio son Dios

Los difícilmente explicables defensores de unos fenómenos negados por las propias videntes argumentan de la siguiente manera: nadie ha conseguido explicarlos; luego necesariamente son sobrenaturales. Pero queda por demostrar la segunda proposición: incluso si existieran auténticos fenómenos parapsicológicos —cuestión cuyo estatuto científico continúa siendo discutido— seguirían perteneciendo, en cuanto capacidades de una criatura humana, al orden creado. Una telepatía real, una percepción extrasensorial real o cualquier facultad psicofísica desconocida sería extraordinaria, pero no divina. Mucho más importante resulta la categoría clásica de lo preternatural. La teología católica jamás ha enseñado que todo fenómeno que exceda las capacidades humanas ordinarias proceda de Dios; al contrario: precisamente porque afirma la existencia de inteligencias espirituales creadas, admite la posibilidad de acciones que superen nuestras fuerzas sin superar la naturaleza creada.

Por eso Cristo advierte acerca de falsos profetas capaces de ofrecer «grandes signos y prodigios» (Mt 24,24), y san Pablo habla de «signos y prodigios engañosos» (2 Tes 2,9). El demonio no crea, no resucita verdaderamente a los muertos, no puede producir un milagro en sentido metafísicamente estricto; pero la teología católica le reconoce capacidad para actuar sobre realidades sensibles, imaginación, movimientos locales y fuerzas naturales de una manera que puede desbordar extraordinariamente nuestra experiencia. De nuevo: extraordinario no equivale a divino. Y esto obliga a formular con enorme cautela una hipótesis que no debe convertirse nunca en acusación: si algunos fenómenos de Garabandal no fueran explicables por mecanismos naturales ordinarios, ello no demostraría su procedencia celestial. La posibilidad de una causalidad preternatural seguiría metafísicamente abierta. No afirmamos que la hubiera; afirmamos que el razonamiento «no puede explicarse, luego era la Virgen» es teológicamente inválido.

Un juego puede convertirse en otra cosa

Hay además una circunstancia inicial que debe tratarse sin crueldad hacia unas niñas de once y doce años, pero también sin edulcorarla. El propio diario de Conchita, reproducido hoy por páginas favorables a Garabandal, cuenta que el 18 de junio de 1961 las niñas habían ido a coger clandestinamente unas manzanas, que después comenzaron a lanzar piedras hacia el lugar donde decían que estaba el demonio y que finalmente jugaban con piedras a modo de canicas cuando comenzó la primera experiencia visionaria. Nada de esto prueba falsedad alguna. Dios puede elegir a quien quiere y encontrarse con una criatura en el instante que quiere. Pero tampoco sería serio ignorar la capacidad que tiene una dinámica infantil, una sugestión compartida, una expectación creciente y la atención progresiva de un pueblo entero para adquirir vida propia.

Las Normas del Dicasterio para la Doctrina de la Fe de 2024 exigen precisamente considerar, junto con otros elementos, posibles errores sobre los hechos, componentes subjetivos añadidos inconscientemente, alteraciones psíquicas o fenómenos colectivos. El mismo documento recuerda que algo atribuido a iniciativa divina puede proceder de la fantasía, del deseo de novedad o de otras causas humanas. ¿Podría sobre una dinámica originariamente humana insertarse después una acción preternatural? Si la teología católica no permite excluirlo a priori, tampoco permite afirmarlo sin pruebas. Pero hay un principio elemental: la fascinación por lo extraordinario constituye un terreno mucho menos seguro que la obediencia, la humildad, los sacramentos y la fe desnuda. San Juan de la Cruz lo sabía muy bien: el engaño diabólico no necesita comenzar necesariamente con una posesión o con una manifestación grotesca; puede comenzar precisamente aprovechando una mentira, una ilusión, una curiosidad o una credulidad y alimentándolas con verdades, emociones religiosas y prodigios suficientemente ambiguos para conservar la fascinación. Por eso resulta tan peligrosa la afirmación: «Como hay frutos buenos, no puede ser del demonio». La tradición espiritual nunca ha razonado con semejante ingenuidad.

La ortodoxia de los mensajes tampoco resuelve el problema

Los únicos dos breves mensajes de Garabandal contienen exhortaciones católicas: penitencia, oración, Eucaristía, sacrificio, conversión. El obispo Eugenio Beitia reconoció en 1965 que no encontraba materia de censura doctrinal en esas recomendaciones, aunque mantuvo el juicio negativo respecto de la sobrenaturalidad de los fenómenos. Pero esto tampoco prueba el origen divino: un mensaje puede decir cosas verdaderas sin proceder de una aparición celestial. De hecho, san Juan de la Cruz advertía precisamente que el engaño puede comenzar por verdades y elementos verosímiles para obtener crédito antes de introducir otros elementos. La ortodoxia es una condición necesaria para reconocer una revelación privada, pero no es un requisito suficiente. «Hay que rezar, hacer penitencia y amar la Eucaristía» es verdadero independientemente de Garabandal. Lo era antes de 1961 y lo seguirá siendo independientemente de las presuntas apariciones. Quizá éste sea el modo de salvar todo lo bueno que haya podido producirse alrededor de Garabandal: quedarse con aquello que pertenece al Evangelio y desprenderlo de todo lo que necesita de Garabandal para sostenerse.

La Iglesia no necesita saber cuánto pesaba una niña

Desde 1961 los distintos Ordinarios de Santander han mantenido la misma reserva sobre el carácter sobrenatural de los hechos; hubo incluso pronunciamientos que afirmaron una explicación natural de los fenómenos. El Dicasterio para la Doctrina de la Fe recordó en 2024 que Garabandal permanece bajo el antiguo non constat, señalando que una situación semejante podría corresponder hoy a categorías como curatur. Y esa categoría en las Normas actuales se aplica cuando existen «varios o significativos elementos problemáticos» pero, dada la difusión del fenómeno y la existencia de ciertos frutos espirituales, no resulta aconsejable una prohibición perturbadora; en tal situación se pide al obispo no alentar el fenómeno, buscar otras expresiones devocionales y, en su caso, reorientarlo pastoralmente.

Es la sabiduría de la prudencia: la Iglesia no necesita demostrar cómo corría una niña hacia atrás, ni si una alteración aparente de peso tenía explicación neurológica, muscular, psicológica, fraudulenta, parapsicológica o preternatural, porque el discernimiento teológico no consiste en agotar todas las causas posibles de un fenómeno antes de negarse a atribuírselo a la Madre de Dios. La carga de la prueba funciona al revés: no corresponde a la Iglesia demostrar que María no movió aquel cuerpo; corresponde a quienes atribuyen a la Madre del Señor una intervención extraordinaria ofrecer razones suficientes para semejante atribución. Y hasta hoy la Iglesia no las ha encontrado.

La fe no pesa

Podría resumirse todo en esta paradoja: el cristianismo cree en milagros, pero no cree en el milagro como sustituto de la fe. El Catecismo llama a los milagros «motivos de credibilidad», signos racionales que acompañan a la Revelación; pero el acto de fe no se produce porque una evidencia física haya acorralado al entendimiento, sino porque la voluntad, movida por la gracia, asiente libremente a Dios que revela. Por eso no está muy formada una espiritualidad que vive esperando una prueba física definitiva: el Aviso universal, el Milagro visible, la fecha, la hora, la señal permanente, aquello que finalmente obligará al mundo a reconocer que todo era verdad.

Dios puede hacer lo que quiera, pero nosotros no podemos reconocer como divino todo aquello que nos deslumbra. La gran tradición mística católica camina precisamente en dirección contraria: cuanto más avanza el alma, menos necesita agarrarse a voces, figuras, sensaciones y prodigios. San Juan de la Cruz pide apartar los ojos de aquello que puede verse y entenderse distintamente para ponerlos en aquello que no cae bajo los sentidos: la desnudez oscura y segura de la fe. Tal es la objeción más fundada que puede formularse contra el fisicismo de Garabandal: no que allí haya habido demasiada materia, sino que se haya pedido a la materia que demuestre lo que sólo Dios puede revelar; no que unas niñas corrieran demasiado deprisa, pesaran demasiado, encontraran objetos imposibles o devolvieran medallas sin equivocarse, sino que sesenta y cinco años después continúe hablándose de esas cosas como si en ellas estuviera escondida la identidad de la Mujer que se aparecía, noche tras noche, sin dejar dormir a nadie, entrando en todas las casas del pueblo montañés.


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