TRIBUNA. Garabandal: una historia de fisicismo y circo

TRIBUNA. Garabandal: una historia de fisicismo y circo

La tribuna sobre Medjugorje publicada en estas páginas despachaba a Garabandal en media frase, como el otro caso en que el esquema de Fátima degenera en una versión apocalíptica más espectacular que espiritual. La frase es exacta y merece el artículo que no tuvo, porque Garabandal no es un apéndice de Medjugorje sino su código fuente. Antes de que la Gospa repartiera diez secretos y prometiera una señal permanente en la colina, los Pinos de una aldea de Cantabria ya tenían su Aviso, su Milagro, su Castigo y su señal permanente, con veinte años de ventaja. Y tienen además una patología propia, que aquí llamaremos fisicismo: la sustitución de lo teológico por lo físico, de la fe por la expectativa de un acontecimiento con día de la semana, hora y cobertura televisiva. Sesenta y cinco años después del primer éxtasis, la Iglesia sigue diciendo «no consta» y el circo sigue diciendo «este año».

Conviene conceder primero lo que hay que conceder. Los dos mensajes de Garabandal, el del 18 de octubre de 1961 y el del 18 de junio de 1965, caben en diez líneas y no contienen nada censurable: sacrificio, penitencia, visitar al Santísimo, la copa que se llenaba y ahora rebosa, muchos cardenales, obispos y sacerdotes por el camino de la perdición, la Eucaristía a la que se da cada vez menos importancia. El obispo Beitia lo reconoció por escrito en julio de 1965: ni en la doctrina ni en las recomendaciones espirituales había materia de censura. De las cuatro niñas no consta escándalo. Hubo conversiones y las sigue habiendo. Si Garabandal fuera eso, no habría nada que escribir. Pero Garabandal no es eso; eso es el pretexto. El contenido proposicional de los mensajes es catecismo; su fuerza pragmática es otra, y se resume en dos palabras: manténganse a la espera. Lo que llena el pueblo cada 18 de junio y alimenta una bibliografía de decenas de títulos no son diez líneas de catecismo. Es física.

Entre junio de 1961 y noviembre de 1965 las niñas dijeron ver a San Miguel y a la Virgen del Carmen en unas dos mil ocasiones, y lo que atrajo a las multitudes no fueron los mensajes sino los cuerpos. Las marchas extáticas, de espaldas, de noche y a velocidad imposible por senderos de piedra; las caídas sin lesión; la insensibilidad a los alfileres que los médicos les clavaban y a las linternas que les enfocaban; el peso súbito que impedía a varios hombres levantar a una niña de doce años; los objetos besados y devueltos sin error a su dueño; el reconocimiento de sacerdotes vestidos de paisano. Y el «milagrucu» de la madrugada del 18 al 19 de julio de 1962, anunciado con quince días de antelación, cuando una forma blanca apareció sobre la lengua de Conchita ante una calle abarrotada y un hombre de negocios barcelonés que jamás había manejado un tomavistas disparó los ochenta fotogramas escasos que desde entonces circulan como prueba. Obsérvese el tipo de discusión: de un lado, una comisión diocesana que pincha, mide y concluye en octubre de 1962 que los fenómenos carecen de todo signo de sobrenaturalidad y tienen explicación natural; del otro, unos defensores que cuentan fotogramas y pesan niñas. Los dos bandos discuten de física. Nadie discute de teología, porque no la hay: dos mensajes de catecismo no dan para una disputa. Y cuando la física del presente quedó examinada y desestimada, los promotores hicieron lo único que podía salvar el dispositivo: trasladar la física al futuro.

Ahí empieza el verdadero Garabandal, el que no ha ocurrido. Según lo que Conchita ha ido declarando desde 1962 en cartas y entrevistas, y que sus apóstoles recopilan con la minuciosidad de una ficha técnica, el Milagro tendrá lugar un jueves, a las ocho y media de la tarde hora española, entre el 8 y el 16 de marzo, abril o mayo (las fuentes bailan un día arriba o abajo), en la festividad de un mártir de la Eucaristía, coincidiendo con un acontecimiento singular de la Iglesia que, en palabras de la vidente, no es nada nuevo ni extraordinario, algo raro como la definición de un dogma. Durará entre diez minutos y un cuarto de hora. Se verá desde el pueblo y desde las montañas del contorno. Podrá filmarse y televisarse. El Papa lo verá desde donde esté. Los enfermos presentes sanarán y los incrédulos creerán. Quedará una señal permanente en los Pinos. Al día siguiente, el cuerpo del padre Luis Andreu, el jesuita que murió en agosto de 1961 tras asistir a un éxtasis, aparecerá incorrupto. Conchita lo anunciará ocho días antes, y ella misma explicó en 1977 cómo: a medianoche llamaría a Joey Lomangino, a la radio y a la televisión. Todo ello en los doce meses siguientes a un Aviso que cada ser humano del planeta experimentará en sí mismo. Se dirá que Fátima también anunció un prodigio con fecha, y es verdad: lo anunció en julio de 1917 para el 13 de octubre, y el 13 de octubre decenas de miles de personas vieron algo. Garabandal lleva sesenta y cuatro años anunciando todo menos la fecha, y sus fieles calculan jueves candidatos como quien calcula eclipses. Ninguna aparición aprobada ha producido jamás un pliego de condiciones semejante. Lo que Lourdes tiene de física es una fuente y una oficina médica que lleva casi siglo y medio rechazando curaciones; Garabandal las promete por anticipado y a la hora.

El problema no es que todo esto sea improbable, sino que es anticatólico en su estructura, no por lo que dice sino por lo que promete. «No quedará la menor duda de que viene de Dios», resume Conchita. Un milagro que no deja lugar a la duda no es un signo: es una coacción. Cristo rechazó exactamente ese milagro cuando se lo pidieron los escribas, y lo rechazó con una frase que los promotores deberían enmarcar: esta generación pide un signo y no se le dará más signo que el de Jonás. Abraham se lo explica al rico en la parábola de Lázaro: si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán aunque resucite un muerto. La fe es, por definición de la carta a los Hebreos, prueba de lo que no se ve, y el Señor declaró bienaventurados a los que no vieron y creyeron. Garabandal invierte la secuencia entera: propone una iluminación simultánea de todas las conciencias del planeta y, por si acaso, una señal filmable que convierta a los incrédulos; una gracia con cobertura universal y verificación notarial. Eso es el fisicismo: no la creencia en prodigios, que es católica, sino la pretensión de que lo sobrenatural se resuelva en un fenómeno físico público que haga innecesaria la fe. Es la teología de una retransmisión. Y tiene un síntoma clínico que cualquiera puede comprobar en los consultorios católicos de internet: el lector que escribía en 2025 contando que tiene preparados un párroco, un notario y un equipo de oftalmología para certificar, el día del Milagro, la curación de su esposa ciega. Nadie le ha engañado. Ha entendido perfectamente el producto.

Como la física está en el futuro, la devoción se convierte en espera, y la espera exige mantenimiento. Ahí aparece el circo, que no es la carpa ni la tienda de recuerdos sino algo más serio: una técnica de absorción de desmentidos perfeccionada durante seis décadas. En junio de 1963, al oír las campanas por Juan XXIII, Conchita dijo que la Virgen le había anunciado que después de aquel Papa solo quedaban tres y después el fin de los tiempos. Murió Pablo VI, murió Juan Pablo I, murió Juan Pablo II, y la profecía fue creciendo con cada entierro: eran cuatro pero uno no contaba; el fin de los tiempos no es el fin del mundo; «después» no significa inmediatamente, precisa el padre Saavedra, autor de la primera tesis doctoral sobre el asunto; con Francisco habría comenzado ese tiempo; un diario madrileño la enterró en mayo de 2025 entre las profecías que fracasaron con León XIV, y un medio afín a la causa había decidido en 2024 que la Gran Tribulación empezó el día en que Benedicto XVI renunció. Joey Lomangino, el ciego neoyorquino que fundó una de las principales asociaciones garabandalistas, recibió en marzo de 1964 una carta de Conchita: la Virgen le mandaba decir que recibiría ojos nuevos el día del gran Milagro. Murió ciego el 18 de junio de 2014 y en cuarenta y ocho horas la exégesis estaba lista: los ojos nuevos eran los de la eternidad, Joey había ofrecido su vista a Dios y, además, había muerto en el aniversario de la primera aparición, lo cual era un signo. Las propias videntes declararon ante el obispo Puchol, en cinco sesiones entre agosto y octubre de 1966, no haber visto a la Virgen, y el obispo lo hizo constar en su nota de marzo de 1967 hablando de un inocente juego de niñas; las negaciones se absorbieron porque, según los promotores, la Virgen había avisado en 1961 de que negarían. Hasta los obispos están previstos: circula entre los fieles que antes del Milagro el de Santander recibirá una prueba personal y retirará las notas negativas, de modo que cada nota negativa es un paso más hacia el Milagro. El propio mensaje de 1965, que manda por el camino de la perdición a muchos cardenales y obispos, funciona como seguro anticipado contra el juicio de cualquier obispo. Y Conchita dejó dicho en diciembre de 1962 que antes del Milagro mucha gente dejaría de creer, de modo que el descreimiento también confirma. Un sistema así no es una profecía; es una máquina sin salida. Lo notable es la contradicción que lo sostiene: Garabandal promete la física, que es lo único falsable, y el circo se encarga de que nada falsee jamás. Promete cronómetro y entrega hermenéutica.

Frente a esa máquina, el expediente eclesiástico es de una monotonía poco habitual. Doroteo Fernández, administrador apostólico, en agosto y octubre de 1961: prematuro, no consta. Beitia, en octubre de 1962 y julio de 1965: sin signo de sobrenaturalidad, explicación natural, nada censurable en la doctrina, prohibición a los sacerdotes de subir sin licencia. Puchol, en 1967: ni apariciones ni mensajes. Cirarda, contra todo culto. Del Val, en diciembre de 1977, y con un estudio interdisciplinar que concluyó en 1991 con idéntico resultado. Vilaplana llevó ese estudio a Roma y la Congregación para la Doctrina de la Fe le respondió el 28 de noviembre de 1992 que no veía motivo para intervenir y le sugería reafirmar, si lo juzgaba oportuno, el non constat unánime de sus predecesores. Sánchez Monge, en octubre de 2022, cuando un acto garabandalista pretendió celebrarse en el CEU de Madrid y acabó en el restaurante de un club de tiro: sigue vigente la valoración de Roma, no hay signos de sobrenaturalidad. Y el cardenal Fernández, el 19 de septiembre de 2024, en la misma rueda de prensa en que bendecía pastoralmente Medjugorje: Garabandal tiene un non constat, que bajo las normas de 2024 podría corresponder a un curatur, y el obispo de Santander no tiene interés en precisar nada. La diócesis, consultada: no habrá declaraciones. Siete obispos, dos comisiones, tres cartas romanas, sesenta y tres años de la misma frase. Pocas devociones no aprobadas tienen un expediente tan limpio en su contra.

Y sin embargo. Las peregrinaciones crecen, y la diócesis lo admitía ya en 2018 limitándose a recordar que deben aprobarse por la autoridad eclesiástica. Una película de 2018 llevó la historia a los cines de España y de varios países de América; un documental de 2022 presumía, según celebraba Hispanidad, de ciento setenta mil visionados en treinta y seis horas. Un programa de televisión sobre lo paranormal le dedica especiales periódicos, el último con una socialite evocando su experiencia infantil en el pueblo. Una comunidad vinculada al Hogar de la Madre proyectó en 2024 una ermita en suelo rústico y la diócesis tuvo que recordar que sin su autorización será culto privado. Una infanta apareció ese verano fotografiada junto a una de las videntes. Un exministro del Interior que probablemente acabe preso por graves delitos pidió en 2025 al Vaticano que abriera una nueva investigación. En YouTube, los vídeos de diciembre de 2025 y enero de 2026 anuncian las tres fechas posibles y las profecías de Garabandal para este año. El pueblo, que se despoblaba, vive de ello, y la devoción tiene tienda en internet. Nada de esto necesita aprobación. Necesita únicamente que no llegue la palabra prohibetur, y la palabra no llega, porque la Iglesia de 2024, la misma que prefiere suspender el juicio en Medjugorje, ha inventado para estos casos un verbo que lo dice todo: curatur, se cuida. Se cuida; no se juzga.

Lo más irónico es que la Iglesia dijo en 1965 exactamente lo que había que decir, y lo dijo bien: en la doctrina no hay nada que censurar; en los fenómenos no hay nada sobrenatural. Esa distinción, hecha por un obispo de provincias con una comisión de médicos, es más teológica que toda la bibliografía garabandalista junta, porque separa lo que la fe afirma de lo que los cuerpos hacen. Garabandal la invirtió: convirtió la doctrina en pretexto, los fenómenos en prueba y el futuro en producto. Y la Iglesia de hoy, que tenía la distinción hecha, prefiere cuidarla a aplicarla. El cuadro queda así: en los Pinos, una Virgen con cronómetro, que sabe el jueves, la hora, el santo y la duración; en Santander y en Roma, una Iglesia sin reloj, que lleva sesenta y cinco años sin encontrar el momento de repetir lo que ya dijo.

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