TRIBUNA. El Escorial: una historia de mensajes e idolatría

TRIBUNA. El Escorial: una historia de mensajes e idolatría
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Un primer sábado de mes, en la nave Ave María, junto a Prado Nuevo, el orden de los actos es este. Primero se proyecta un mensaje: la voz grabada de Luz Amparo Cuevas, muerta en 2012, transmitiendo lo que la Virgen de los Dolores le dijo otro primer sábado de hace veinte o treinta años; en abril de 2025 tocó el de febrero de 2001. Después se reza el rosario. Después se celebra la misa, que la Asociación Pública de Fieles erigida por el Arzobispado de Madrid tiene autorizada allí desde 2009 y que predican los sacerdotes de la Obra. A los pies del altar, durante esa misa, he visto el retrato de la vidente en tamaño de cuadro. En un cartel de la misma nave se lee que el libro de sus mensajes es el más importante después de la Biblia. Y una mañana, en la homilía, el padre Sergio Frades dijo que Luz Amparo es santa, aunque la Iglesia todavía no la haya canonizado. Conviene retener el orden, porque es el argumento entero: la voz, luego la Virgen, luego Cristo; el retrato, luego el altar; el libro, luego la Biblia; el sacerdote, luego la Iglesia.

Quien no pueda ir a la nave puede ir a la web oficial, que dice lo mismo con más candor. En el menú «Oraciones» de pradonuevo.es las entradas son, por este orden, Jesucristo, María, San José, Espíritu Santo, Padre Eterno, san Juan Pablo II, Ángeles y Luz Amparo. La última tiene una página titulada sin rodeos «Oración a Luz Amparo». Es una colecta en regla: recuerda a Cristo que hizo a su sierva «partícipe de los padecimientos de tu Pasión y Muerte», pide por intercesión de ella la gracia de ser fiel a la propia vocación más la petición personal que cada cual quiera añadir, declara el íntimo deseo de verla glorificada por los méritos de esa participación, cierra con el «tú que vives y reinas» y manda padrenuestro, avemaría y gloria. La página no lleva licencia eclesiástica, ni cláusula de sumisión al juicio de la Iglesia, ni advertencia de uso privado. Lleva una estampa enlazada para imprimir. La tesis de esta tribuna es que nave y web cuentan la misma historia: en El Escorial la devoción ha emigrado de la Virgen a la vidente, y no por un exceso de los fieles sino por la lógica interna de los mensajes.

Porque en Lourdes y en Fátima las videntes desaparecen, Bernadette en Nevers, Lucía en Coimbra, y el mensaje no habla nunca de ellas. En Prado Nuevo el mensaje habla de ella sin parar. Son más de trescientos textos, transcripción de diálogos en trance, y en todos la Virgen o el Señor se dirigen a Amparo como hija mía cientos de veces, le dan órdenes físicas y comentan su vida. «Besa el suelo, hija mía, en reparación» abre mensaje tras mensaje durante veinte años. En agosto de 1990 le manda beber unas gotas del cáliz del dolor y la transcripción oficial anota entre paréntesis que se la oye tragar y toser. En febrero de 1990: «te quiero humilde, muy humilde». Ya en 1980, antes de la primera aparición, el Señor le había fijado la tarifa: por cada dolor suyo se convertirían trescientas almas, y los estigmas que sangraban ante los peregrinos cada primer sábado eran la moneda de ese cambio. Y el mensaje la defiende. Tras la agresión que sufrió en el prado en 1983, la Virgen le habla de «tus tres verdugos». En plena guerra con el Ayuntamiento que valló la finca, pide velar por este lugar contra los hombres ingratos. Y en 1990, cuando otros videntes se presentaron a competir, zanja la cuestión de personal: «cogí a un instrumento para comunicar al mundo el mensaje universal»; los demás son falsos profetas. Como la Gospa tomando partido por los franciscanos, la Dolorosa de Prado Nuevo toma partido en un pleito de lindes y en una competencia de videntes. Lo remata el último mensaje, el 4 de mayo de 2002: no habrá más, pero meditad todos, desde el primero hasta el último. Un texto que se cierra a sí mismo y ordena su propia meditación ha hecho lo que en teología se llama canon; la Obra publica desde entonces «los mensajes meditados», donde comprueba, dice, su concordancia con el Evangelio. El texto se examina a sí mismo y se aprueba.

¿Y qué dicen cuando no hablan de ella? Mayormente catecismo con temblor, y entreveradas, frases que ningún obispo firmaría: que la masonería se ha metido en la Iglesia; que alguna vez acaso no se consagre el Cuerpo de Cristo porque el sacerdote no hace intención, línea que la propia web ha tenido que glosar con citas del Éxodo para que no suene a lo que suena; que «faltan segundos para que venga el Castigo», en febrero de 1983, y llevamos cuarenta y tres años de segundos; que, presentándose como Virgen del Pilar, «todo el que no crea en María no entrará en el reino del cielo»; que el día de Difuntos de 1996 las almas del purgatorio salieron por el prado «en tropel». Y, sobre todo, un catálogo de catástrofes prometidas, trombas de agua, huracanes, terremotos, mares desbordados, repartido a lo largo de veinte años de primeros sábados. Un corpus así es inofensivo mientras se queda en la nave. El problema es lo que produce cuando sale a la calle, y se vio el 9 de noviembre de 2024, diez días después de la DANA de Valencia, con más de doscientos treinta muertos todavía sin enterrar del todo. Ese sábado el padre Frades subió al ambón de la nave con un librillo de mensajes, buscó uno de noviembre de 2000 que anunciaba trombas de agua y naciones sepultadas bajo escombros, preguntó a los fieles de cuándo era, y explicó que lo de Valencia, y el volcán de Canarias, y no sé qué terremoto, eran purificaciones que Dios permite y de las que Dios se vale para salvar almas; que decirlo no era políticamente correcto, pero había que decirlo; que «no es amenazar ni meter miedo, es una realidad». La homilía está en el canal oficial de YouTube y la recogió la prensa nacional en enero de 2025. El delirio no está en los mensajes, que son tan vagos que veinticuatro años de lluvias en España bastan para cumplirlos. Está en el uso: un sacerdote católico sustituyendo el leccionario por un librillo de revelaciones privadas para explicar doscientas treinta muertes. Y está en lo que omite. Cuando le contaron a Cristo lo de los dieciocho aplastados por la torre de Siloé, dijo dos cosas: que no eran más culpables que los demás, y que si no os convertís pereceréis todos igualmente. Frades se quedó con la segunda mitad y puso en lugar de la primera a la vidente. El Evangelio niega la aritmética del castigo; Prado Nuevo la predica con fecha de mensaje.

La construcción de la santa no ha hecho falta improvisarla: está en la biografía oficial. Fue bautizada Luz y llamada Amparo por su madrina, y según sus biógrafos lo ignoró toda su vida hasta que en las primeras apariciones oyó que el Señor la llamaba Luz; de modo que «tu sierva Luz Amparo», el vocativo de la oración, es un nombre que solo existe si las apariciones son verdaderas. La biografía enumera sus carismas como quien inventaría una sacristía: bilocación, cardiognosis, profecía, sanación, asunción de enfermedades ajenas, osmogenesia o perfume sobrenatural, multiplicación de alimentos, treinta y un años de estigmas. Murió, dice, a la hora nona, la misma en que murió Cristo, y en viernes, el último de su prolongada pasión, y murió en olor de santidad, fórmula que la misma página aplica a su director espiritual. La muerte de su hijo en 1996 figura en la cronología como un martirio por la Obra, sin que conste causa judicial alguna. Hay un librito de pensamientos de Luz Amparo, de bolsillo, ideal para meditar todos los días, y en 2026 un nuevo libro de su vida cuyo título repite el epitafio del sepulcro, junto al solar de la capilla derribada: «Ella es la que nos enseñó a amar». En un cementerio cristiano esa frase tiene un solo dueño, el que nos amó primero, y aquí se la han dado a ella. Cuando la familia quiso trasladar los restos tras el derribo, en 2020, los seguidores se opusieron por escrito: moverlos perjudicaría la petición directa de los fieles ante el sepulcro y la futura apertura del proceso de beatificación. La página añade, como descargo, que será la Iglesia la que se pronuncie sobre su posible santidad. A la Iglesia le dejan el decreto, que es lo de menos.

Aquí conviene ser exacto, porque la palabra idolatría es fuerte. No es idolatría en el sentido de los catecismos: nadie en la nave Ave María adora a Amparo Cuevas como a Dios. Es algo más antiguo y más español: el santo de la casa antes que el santo del altar, la vidente antes que la Virgen, la voz antes que la Palabra. Los profetas llamaban idolatría a cualquier culto que ocupa el sitio de otro. Y el derecho de la Iglesia distingue poco más. El canon 1187 reserva el culto público a quienes la autoridad de la Iglesia ha inscrito en el catálogo de santos y beatos; una oración rezada en casa no es culto público, y pedir la intercesión de un difunto con fama de santidad está permitido, es de hecho el presupuesto de toda causa. Lo que la Iglesia prohíbe antes de la beatificación son los signos públicos, el retrato en el altar, la invocación en la liturgia, y lo prohíbe hasta el punto de que toda causa debe comprobar, antes de nada, que ese culto no existe. Por eso la oración de la web es doblemente reveladora. Primero, por el género: es la oración tipo de los siervos de Dios con causa abierta, sin el título, sin la licencia que la praxis exige a las estampas como el canon 826 a los libros de oraciones, y sin la cláusula «si es de tu agrado» que deja el resultado a Dios; hace lo que haría una causa, producir fama y gracias atribuidas, sin que haya causa, y lo hace desde la institución que un día las presentará. Segundo, por la premisa: «partícipe de los padecimientos» admite la lectura paulina, válida para cualquier abuela, y la de Prado Nuevo, que son los estigmas; y los méritos por los que pide su glorificación son los de esa participación. La oración hace afirmar a quien la reza, ante Dios y como premisa, que los estigmas fueron obra de Dios, que es exactamente lo que la Iglesia dice que no consta. Cada pieza es defendible por separado: el sepulcro para la petición directa, la estampa para la petición a distancia, la biografía para la fama, el retrato para el altar, la homilía para el veredicto. Juntas son un culto. Y un culto es lo único que puede impedir la canonización que piden: si algún día un obispo abriera la causa, lo primero que tendría que hacer es mandar retirar el cuadro.

De ahí el valor de la frase de Frades. «Es santa, pero la Iglesia todavía no la ha canonizado». El adverbio es el tiempo verbal de Prado Nuevo. La Obra exhibe una carta de Suquía de 1986 en que el cardenal matiza su nota de 1985: la Iglesia solo ha dicho que todavía no consta. Todavía no consta la aparición, todavía no está canonizada la vidente, todavía no hay capilla. El «todavía» convierte cada silencio de la Iglesia en una demora y cada no en un aún no. Y quien lo pronuncia desde el ambón no es un peregrino exaltado. Es un sacerdote de la Obra que ha ejercido de párroco en Santa María de la Alameda, en la misma archidiócesis, y que predica en una misa que el cardenal Rouco autorizó en esa misma nave en 2006 y para todos los primeros sábados desde 2009, en un lugar al que el Arzobispado permitió acudir al clero en 2010, para una asociación cuyos capellanes nombra el arzobispo desde 1994 y que actúa, por el canon 315, bajo la alta dirección de la autoridad que la erigió. En septiembre de 2024 el cardenal Fernández situó El Escorial en la categoría de curatur, cuya primera instrucción al obispo es no alentar el fenómeno y buscar formas alternativas de devoción. Las formas alternativas de devoción que se practican en Prado Nuevo son el retrato de la fundadora a los pies del altar y la DANA como lectura del día. El Arzobispado repite que nunca ha reconocido nada sobrenatural allí. Es verdad y es irrelevante: lo que ha reconocido es todo lo demás, y bastarían dos líneas, retirar el cuadro y la estampa o darles licencia con la cláusula que les falta. No se ha escrito ninguna de las dos, que se sepa.

Queda el cartel, que es lo más grave y lo menos visible. El Catecismo, en su número 67, enseña que las revelaciones privadas no pertenecen al depósito de la fe, que no mejoran ni completan la Revelación definitiva de Cristo y que sirven para vivirla mejor en una época determinada. Ratzinger, al comentar el secreto de Fátima en el año 2000, lo resumió en una frase de manual: una revelación privada es una ayuda que demuestra su credibilidad precisamente devolviéndonos a la Revelación pública. Un cartel que declara el libro de los mensajes el más importante después de la Biblia hace lo contrario: coloca la voz de una mujer de Peñascosa por encima de los Padres, de los concilios y del Catecismo que acabo de citar, en el lugar donde esa voz se proyecta antes del rosario y antes de la misa, y donde un sacerdote la lee en vez del Evangelio para explicar a los muertos de Valencia. No es una exageración devota. Es la pretensión de un segundo depósito, y una revelación privada que dice eso de sí misma ha respondido por su cuenta a la pregunta que la Iglesia lleva cuarenta y un años sin responder. No consta que sea sobrenatural. Consta lo que quiere ser.

Tiene razón el padre Frades en la segunda mitad de su frase. La Iglesia todavía no ha canonizado a Luz Amparo. Lo único que ha hecho, de momento, es prestarle el altar a quien la canoniza.

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