En la cripta de la catedral de Santander, bajo un Cristo de madera del que apenas se distinguen los pies, alguien colocó anoche tres letras de cartón contra el frontal del altar. HKN. Encima, la custodia. Delante, un lienzo blanco con un lema pintado a mano en el azul corporativo. Y alrededor, cincuenta velas dispuestas con un criterio que no es el del Caeremoniale sino el de la temperatura de color: 2700 kelvin, cálida, la que mejor sale.
La cuestión no es el gusto. El gusto es opinable y quien escribe tiene poco. La cuestión es jurídica, y luego es otra cosa peor.
El canon 1210 dispone que en un lugar sagrado sólo se admita aquello que favorece el ejercicio o el fomento del culto, la piedad y la religión, y prohíbe cuanto no esté en consonancia con la santidad del lugar. No dice «cuanto sea feo». Dice cuanto sea ajeno. La Instrucción General del Misal Romano, al regular el altar, establece que sobre la mesa se coloque únicamente lo requerido por la celebración, y ordena moderación en el ornato, porque el adorno debe conducir a lo que se celebra y no distraer de ello. El Ritual del culto eucarístico fuera de la Misa manda, para la exposición en custodia, cuatro o seis velas e incienso, como en la Misa. En la imagen difundida se cuentan tres. Tres cirios y unas cincuenta velitas de té. La rúbrica perdió por goleada contra la iluminación de escena.
Y está el canon 838, párrafo cuarto, que atribuye al obispo diocesano dar normas litúrgicas obligatorias en la Iglesia que se le confía. Y el 22 de la Sacrosanctum Concilium, que en una frase que en España se cita mucho para el latín y nunca para esto establece que nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie nada por iniciativa propia en la liturgia. La liturgia no es de quien la organiza. Ese es exactamente el punto.
Dirán, y no es un mal argumento, que las órdenes llevan siglos bordando su escudo en los frontales, que los benedictinos tienen su cruz y los dominicos su perro con la antorcha, y que aquí no se ha puesto nada encima de la mesa sino apoyado en el suelo. El escudo de una orden identifica a quien custodia perpetuamente ese lugar, está tejido en la tela, se hereda, y su función es decir quién reza aquí todos los días desde 1483. Las siglas montadas para un acto identifican al promotor de un evento ante un público que no está en la cripta. La primera marca dice quién sirve. La segunda dice de quién es esto. No es la misma preposición y no es el mismo pecado.
Porque aquí llegamos a lo que de verdad importa, que ya no es rubricista.
La adoración eucarística es el único acto del culto católico definido íntegramente por la desaparición del sujeto. Trento, sesión decimotercera, canon sexto: al Santísimo se le debe culto de latría, el que se rinde a Dios y a nadie más. En la Misa hay ministro, hay asamblea, hay lecturas, hay una liturgia de la palabra donde alguien habla. En la exposición no hay nada de eso. Hay un objeto luminoso y una habitación de gente callada que se está quitando de en medio. Es teológicamente el momento en que uno menos existe. Ponerle a eso el anagrama de la asociación organizadora no es una falta de decoro. Es una contradicción performativa. Se rotula como propiedad el único acto cuya gramática consiste en no ser propietario de nada.
Y esto ya no se hace por soberbia, que sería más antiguo y más redimible. Se hace porque la Hora Santa ha dejado de ser un acto y ha pasado a ser un formato. Un formato tiene identidad visual, tiene una fuente tipográfica, tiene un lema de campaña que este año es «A ti te alabo» y el que viene será otro, tiene una paleta, y sobre todo tiene una relación de dependencia con la cámara que lo está esperando. La escena de Santander no está compuesta para los que estaban en la cripta. Los que estaban en la cripta no necesitan saber dónde están. Está compuesta para quien la ve en vertical, a las dos de la mañana, entre un reel de un gimnasio y otro de un chalado explicando criptomonedas, y necesita reconocer la marca en segundo y medio antes de que el pulgar siga subiendo. Esas tres letras son, técnicamente, una marca de agua. Cumplen la función exacta del watermark: impedir que el contenido circule sin atribución.
Ahí está el problema con la palabra «carisma». La Christifideles laici, al enumerar los criterios de eclesialidad de las agregaciones de fieles, pone en primer término la vocación a la santidad y, en lugar destacado, el testimonio de una comunión firme y convencida con el Papa y con el obispo. La Iuvenescit Ecclesia insistió en que el don carismático se reconoce, entre otras señales, por su docilidad a la autoridad y por no constituirse en cuerpo paralelo. La comunión es lo contrario de la diferenciación de producto. Un movimiento cuyo signo distintivo consiste precisamente en hacer distinguible el sacramento común no está aportando un carisma a la Iglesia. Está segmentando el mercado.
Nada de esto es responsabilidad de los chavales que colocaron el cartón. Los chavales hicieron lo que han visto hacer y lo hicieron con una devoción que probablemente sea mejor que la del que firma. Es responsabilidad de quien tenía la llave. El canon 1213 reserva a la autoridad eclesiástica el ejercicio de sus potestades en los lugares sagrados, y el 1220 le encarga velar por su decoro. Alguien con jurisdicción sobre la cripta de la catedral de Santander vio el montaje y no dijo nada, o lo vio antes y dijo que sí, que muy bonito, que qué bien que vengan jóvenes. Ese es el reportaje. No el logotipo: la firma que lo autorizó.
Y encima de todo aquello, casi invisible en la penumbra porque nadie lo iluminó, seguía colgado un Cristo con su rótulo. Cuatro letras. Ya había una marca clavada en aquel presbiterio, y llevaba allí ochocientos años, y no era la suya.
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