El obispo auxiliar de ’s-Hertogenbosch (Países Bajos), Rob Mutsaerts, ha publicado en su blog Paarse Pepers una respuesta a las declaraciones del cardenal Arthur Roche, prefecto del Dicasterio para el Culto Divino, sobre la Misa tradicional. El texto plantea una pregunta de fondo: «¿Por qué prácticamente toda antigua tradición litúrgica católica es un tesoro, salvo la antigua liturgia romana?».
Mutsaerts sostiene que la Iglesia acoge con naturalidad las liturgias bizantina, maronita o armenia, pero trata como un problema el rito romano que celebró durante siglos. «De repente, la diversidad litúrgica se convierte en un problema», escribe el prelado, que añade que el rito romano tradicional «no es un intruso extranjero en la Iglesia católica; viene de su propia casa». A su juicio, «la unidad católica nunca ha sido sinónimo de uniformidad litúrgica».
Roche: Traditionis custodes no cambiará
La réplica responde a la entrevista que Roche concedió a AdVaticanum, en la que afirmó que León XIV no va a modificar Traditionis custodes ni a volver a Summorum Pontificum. El cardenal advirtió además de que rechazar el Concilio Vaticano II supone alejarse del centro del catolicismo y de que los fieles no deberían asistir de forma exclusiva a esa Misa. Roche sostuvo también que algunos grupos usan la liturgia anterior para oponerse a la reforma conciliar, lo que, según él, puede dañar la unidad eclesial.
Mutsaerts distingue entre quien rechaza el Concilio o la autoridad del Papa y quien simplemente ama la forma antigua de la Misa. De este último dice: «Simplemente va a Misa». En su opinión, un padre que lleva a sus hijos a la Misa tradicional no hace política eclesial.
El Concilio, el latín y los jóvenes
El obispo recuerda que el Vaticano II previó una reforma litúrgica, pero también afirmó la igual dignidad de los ritos legítimos y dio prioridad al latín y al canto gregoriano en el rito latino, por lo que, en su opinión, la liturgia antigua no puede presentarse como contraria al Concilio. Señala asimismo que la liturgia de la posguerra se ha desplazado hacia el protagonismo de la comunidad, y que la Misa tradicional compensa ese énfasis al subrayar la trascendencia de Dios.
Mutsaerts apunta además que muchos jóvenes se sienten atraídos por esta forma de celebración, lo que interpreta como indicio de que la modernización no siempre es el mejor camino para evangelizar. El prelado pide hacer sitio a la liturgia antigua y corregir los abusos en todas las formas de la Misa.
Dejamos a continuación la transcripción del artículo de mons. Mutsaerts publicado originalmente en su blog:
El lenguaje amenazante del cardenal Roche: ¡No vayan a la Misa tradicional! Pero ¿por qué? La Iglesia no necesita prohibir su pasado para asegurar su futuro
La Iglesia católica se enorgullece de su universalidad, atesora una impresionante diversidad de tradiciones litúrgicas y considera esa diversidad una expresión de su riqueza. Un católico puede asistir a la Divina Liturgia según la tradición bizantina, maronita, armenia o caldea. Nadie considera que eso constituya, en sí mismo, una amenaza para la unidad de la Iglesia. Pero en cuanto un católico desea asistir a la Misa tal como se celebró durante siglos en Roma, París, Ámsterdam y prácticamente toda la Iglesia latina, algunas autoridades eclesiásticas de Roma comienzan a preocuparse.
De repente, la diversidad litúrgica se convierte en un problema. De repente, el apego a la Tradición resulta sospechoso. Y, de repente, hay que proteger la unidad de la Iglesia frente a personas que desean rezar como lo hacían sus antepasados. Esto plantea una pregunta que no tiene nada de irrazonable: ¿por qué prácticamente todas las antiguas tradiciones litúrgicas católicas constituyen una riqueza, excepto la antigua liturgia romana?
El cardenal Roche afirmó recientemente, en una entrevista con AdVaticanum publicada el 13 de octubre de 2026, que los grupos tradicionalistas utilizan en ocasiones la liturgia anterior para oponerse a la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II. Según el cardenal, semejante actitud puede perjudicar la unidad eclesial. Advirtió que quien rechaza el Concilio se aleja del centro del catolicismo. Además, sostuvo que, a su juicio, los católicos no deberían asistir exclusivamente a la Misa antigua. Aquí es necesario establecer una distinción importante.
Quien niega por principio la validez de la nueva Misa, rechaza la autoridad pontificia o afirma que la Iglesia católica posterior al Vaticano II ya no es la Iglesia católica adopta, efectivamente, una posición problemática. Pero quien ama la Misa tradicional, profundiza en su fe gracias a ella, acepta la doctrina católica y permanece fiel al Papa no puede ser acusado sin más de lo mismo. El apego a una tradición litúrgica no equivale al rechazo del Magisterio. Precisamente esta distinción corre el riesgo de perderse en el debate actual.
La Iglesia católica comprende 24 Iglesias sui iuris: la Iglesia latina y 23 Iglesias católicas orientales. Estas poseen distintas tradiciones litúrgicas. Pensemos en las tradiciones bizantina, alejandrina, antioquena, armenia y siríaca oriental. También dentro del mundo católico occidental existen usos litúrgicos particulares, entre ellos el rito ambrosiano de Milán. Y nadie tiene por qué temer por la unidad de la Iglesia cuando un sacerdote católico bizantino se encuentra ante el iconostasio, el incienso se eleva abundantemente y los fieles participan en una liturgia que difiere en numerosos aspectos de la Misa romana habitual.
Porque la unidad católica nunca ha sido sinónimo de uniformidad litúrgica. Es más, el Concilio Vaticano II afirma expresamente en Sacrosanctum Concilium que todos los ritos legítimamente reconocidos tienen igual dignidad y que la Iglesia desea conservarlos y promoverlos. Se trata de una afirmación notable a la luz de las declaraciones del cardenal Roche. Si la diversidad litúrgica no perjudica necesariamente la unidad de la Iglesia, ¿por qué habría de hacerlo la liturgia romana de tantos siglos? Al fin y al cabo, la fe católica no es un conjunto de costumbres cuya fecha de caducidad pueda determinar una comisión eclesiástica.
La práctica litúrgica de la posguerra ha mostrado un desplazamiento desde la trascendencia de Dios hacia la comunidad como centro. Cuando la Eucaristía se asemeja cada vez más a una comida compartida, a una celebración de los vínculos humanos o a una ocasión para la creatividad pastoral, la dimensión sacrificial corre el riesgo de quedar relegada a un segundo plano. Precisamente frente a esto, la liturgia tradicional, con su orientación constante hacia Dios, constituye un contrapeso visible. Y quizá ahí radique parte de la incomodidad: la Misa tradicional en latín sigue proclamando algo antiguo que hoy se olvida con facilidad. El papa Benedicto comprendió algo esencial: la Iglesia no puede afirmar de manera creíble que aquello que ayer consideraba sagrado deba ser visto hoy como un peligro.
¿Se está utilizando el Concilio Vaticano II como punto de ruptura? Aquí el debate toca un problema más profundo. Un concilio se sitúa dentro de esa Tradición. No inaugura una Iglesia nueva. El Vaticano II previó una reforma de la liturgia, pero estableció al mismo tiempo que debía conservarse el latín en los ritos latinos y que el canto gregoriano ocupa un lugar preferente. Buena parte de lo que hoy se considera típicamente tradicionalista era, por tanto, algo completamente natural para los padres conciliares. Por eso resulta extraño que el apego a la liturgia anterior se presente como una oposición al propio Concilio.
La crítica a determinados aspectos de la reforma litúrgica posconciliar no equivale automáticamente a rechazar el Concilio Vaticano II. De hecho, la reforma litúrgica fue desarrollada e implantada en gran medida después del Concilio. Eso no significa que todas las críticas sean acertadas. Significa únicamente que ese debate puede ser legítimo.
Cuando un concilio es tratado, en la práctica, como una frontera absoluta entre una Iglesia antigua y otra nueva, se produce precisamente la ruptura que se afirma querer evitar. La Iglesia católica no es una institución refundada en 1965. Es la misma Iglesia que recibió a los apóstoles, dio origen a los Padres de la Iglesia, construyó las catedrales medievales, celebró el Concilio de Trento y convocó el Concilio Vaticano II. Quien cree verdaderamente en la continuidad de la Iglesia no tiene por qué temer su pasado.
El cardenal Roche apela constantemente a la unidad de la Iglesia. Eso, en sí mismo, es completamente legítimo. La unidad no es una característica secundaria de la Iglesia, sino que pertenece a su propia esencia. La cuestión es qué entendemos por unidad. La unidad en la fe católica, en los sacramentos y en la comunión con el sucesor de Pedro es algo distinto de la uniformidad en la expresión ritual.
El argumento oficial sostiene que la Misa tradicional en latín, a diferencia de las liturgias orientales, se ha convertido para algunos grupos en un símbolo de resistencia a la reforma y a la autoridad de la Iglesia. Ese argumento merece ser considerado seriamente. Pero el problema de ese razonamiento es que fácilmente pasa de juzgar determinados abusos a emitir un juicio general sobre toda una comunidad litúrgica. ¿Por qué deberían sufrir las consecuencias las familias, los jóvenes, los sacerdotes y los religiosos que no desean otra cosa que celebrar la liturgia tradicional en plena comunión eclesial?
Un padre que lleva a sus hijos a la Misa antigua porque allí experimenta de manera especialmente intensa la santidad de la Eucaristía no está haciendo política eclesiástica. Simplemente va a Misa.
La historia de la Iglesia no se caracteriza únicamente por la renovación, sino también por la conservación. Traditio significa transmisión: recibir aquello que uno mismo no ha inventado y transmitirlo a la siguiente generación. Precisamente por eso resulta llamativo que, en una época en la que se habla constantemente de escuchar a los fieles, los deseos de los católicos de orientación tradicional encuentren a veces tan poca comprensión. Una Iglesia que quiere escuchar al mundo también debería escuchar a sus propios hijos (¿o acaso la sinodalidad significa otra cosa?). Especialmente cuando esos hijos no piden menos doctrina católica, sino precisamente su proclamación íntegra. ¿O quizá sea ese el problema?
Un enfoque sensato ofrecería espacio a la liturgia antigua allí donde sea sinceramente deseada, exigiría al mismo tiempo fidelidad a la comunión eclesial y corregiría los abusos en todas las formas litúrgicas. Porque esto último también merece atención. Quien regula estrictamente la Misa antigua por preocupación por la santidad y la unidad de la liturgia debe actuar con la misma seriedad frente a los abusos en la nueva Misa.
Quizá lo más llamativo sea que la Misa tradicional en latín no atrae exclusivamente a personas que crecieron antes del Concilio. También los católicos jóvenes se sienten atraídos por ella. Cuando los jóvenes eligen conscientemente el silencio, el canto gregoriano, la precisión ritual y una liturgia que apenas se acomoda a la preferencia contemporánea por la espontaneidad y la comprensión inmediata, eso significa algo. Sugiere que la modernización no siempre es el mejor camino para la evangelización.
Quizá el hombre moderno anhele precisamente aquello que no es moderno. Quizá no busque una liturgia que se parezca lo máximo posible al mundo en el que vive cada día y que no tiene nada que ofrecerle, sino una liturgia que le ayude a elevarse por encima de ese mundo. Esto no es un argumento contra la nueva Misa. Es un argumento contra la idea de que la renovación litúrgica coincide necesariamente con la adaptación al espíritu de los tiempos.
Sería lamentable que la Misa tradicional en latín terminara convirtiéndose en víctima de una lucha eclesiástica en la que ya no se trata realmente del culto divino, sino de la interpretación de los últimos sesenta años. Porque entonces una liturgia que durante siglos ha formado santos y santificado a innumerables fieles sería tratada como un problema que debe resolverse. Serían deseables aquí menos sospechas, más honestidad histórica, mayor profundidad teológica y, sobre todo, más generosidad pastoral.
El et-et católico, el célebre principio católico del «tanto lo uno como lo otro», también podría constituir aquí un punto de partida fecundo. Tradición y desarrollo legítimo. Unidad y diversidad. Fidelidad al Concilio y respeto por los siglos que lo precedieron. La nueva Misa y espacio para la liturgia romana transmitida por la Tradición, dentro de la comunión de la Iglesia.
Eminencia, la Iglesia no necesita prohibir su pasado para asegurar su futuro. Una Iglesia que confía verdaderamente en la Tradición viva puede permitirse amar su propia historia. Una Iglesia que acoge con alegría en su seno las liturgias bizantina, maronita y armenia tampoco debería sentirse tan amenazada por una Misa romana que durante siglos le fue tan querida.
Al fin y al cabo, la Misa tradicional en latín no es una intrusa extranjera en la Iglesia católica; procede de su propia casa. Y una Iglesia madre no debería tratar a sus propios hijos como extraños porque les guste rezar en la lengua de sus abuelos.
+ Rob Mutsaerts