Cobo, en Barcelona: dosieres de 800 páginas, ternas y un Papa que sigue «firmando papeles»

El arzobispo de Madrid, miembro del Dicasterio para los Obispos, detalló en la Tribuna Joan Carrera cómo se fraguan las ternas, pidió revisar ya el Código en clave sinodal y no discutió la premisa de una pregunta sobre la «extrema derecha»

Cobo, en Barcelona: dosieres de 800 páginas, ternas y un Papa que sigue «firmando papeles»
Foto: Archidiócesis de Madrid

El cardenal José Cobo dedicó cerca de una hora a explicar en Barcelona que la sinodalidad es «una vieja novedad», pero la información estuvo en el coloquio. Ante el catolicismo catalán de línea conciliar reunido en la XIV Tribuna Joan Carrera, el arzobispo de Madrid y vicepresidente de la Conferencia Episcopal, miembro del Dicasterio para los Obispos desde septiembre de 2023, describió cómo se arman las ternas episcopales, habló de dosieres de 800 páginas, aseguró que León XIV, operado dos días antes en el Policlínico Gemelli, sigue firmando, y reclamó una revisión del Código de Derecho Canónico en clave sinodal que, en sus palabras, «ya está siendo urgente». Cuando la moderadora le leyó una pregunta que daba por sentado el «peligro de que la extrema derecha llegue al poder», respondió con un alegato contra la polarización y no discutió la premisa.

El almuerzo-coloquio se celebró el jueves 15 de octubre, a seis semanas de las elecciones generales del 29 de noviembre. Cobo había pasado esa mañana por la Sagrada Familia y llegó a la Tribuna, que convocan entidades cristianas catalanas, para pronunciar la conferencia «La llamada a caminar en sinodalidad: una vieja novedad». La bienvenida dejó claro el terreno. «Juega en casa, aunque somos del Barça», le dijeron desde la organización, porque estaba ante «una iglesia decididamente conciliar», una «iglesia de los pobres y para los pobres» y una Iglesia «dialogante también con el mundo político». Según la prensa catalana, en la sala estaban el conseller de Justicia, Ramon Espadaler; el obispo auxiliar de Barcelona, Javier Vilanova; el obispo de Sant Feliu de Llobregat, Xabier Gómez, y el abad de Montserrat, Manuel Gasch. El cardenal Juan José Omella, arzobispo de Barcelona, no asistió porque dirigía unos ejercicios espirituales en Marsella. Moderó el coloquio Glòria Barrete, de Catalunya Religió.

Presentó al cardenal su vicario pastoral, José Luis Segovia, que repasó la biografía con tono de amigo: el nacimiento en Sabiote (Jaén), la emigración familiar a Madrid, el colegio salesiano, la licenciatura en Derecho en la Complutense, el seminario bajo el rectorado de Juan Martín Velasco, la ordenación en 1994, los años de viceconsiliario de las Hermandades del Trabajo, de vicario parroquial en San Leopoldo y de párroco y arcipreste. Después llegaron la vicaría episcopal, el obispado auxiliar, el arzobispado y el cardenalato, todo, dijo Segovia, «con una rapidez enorme». Lo definió como un «animal pastoral» con «una visión de la jugada que anticipa muchísimo el futuro» y presentó el gobierno de Madrid como eco de dos líneas que León XIV marcó en el último consistorio, la Evangelii gaudium y la Iglesia sinodal. Cobo empezó disculpándose por no poder hablar en catalán y agradeció la presentación con una broma: siendo su vicario pastoral, se había «ganado ya el postre».

La conferencia arrancó con dos imágenes. La primera fue la de los músicos del Titanic que siguen tocando mientras el barco se hunde. Leída como parábola, dijo Cobo, enseña que «es posible hacer muy bien aquello que siempre hemos hecho y sin embargo no responder a la realidad». La Iglesia puede celebrar bien, mantener sus estructuras y sostener instituciones de prestigio sin advertir «que el barco está cambiando». La pregunta, añadió, es «si seguimos escuchando lo que Dios nos pide ahora». La segunda imagen fue la de Jonás, el profeta que se resiste a ir a Nínive porque cree que la eficacia depende de él. «El problema de Jonás es que ya ha hecho un juicio sobre Nínive antes que Dios», resumió. La ciudad se convierte y el libro termina con una conversión pendiente, la del profeta. De ahí sacó Cobo la primera llamada de la tarde: «dejar de preguntarnos en la iglesia solamente qué tenemos que hacer nosotros y empezar a preguntarnos qué está haciendo Dios». Pensar que «los que llevamos a Dios somos nosotros», dijo, «es un tanto presuntuoso».

Cobo reconoció que la palabra incomoda. «Cuando hablamos de sinodalidad, aquí unos se ponen muy nerviosos», dijo, mientras otros la reciben con entusiasmo, con cansancio o como «una flor de un día». Su tesis es que no se trata de una invención, sino de algo que «está en el ADN de la Iglesia desde que nace en Pentecostés» y que en ciertos periodos se debilitó hasta volverse inoperante. «No avanzamos inventando, sino renovando y volviendo a los orígenes», sostuvo. Para respaldarlo citó a san Vicente de Lerins, el monje del siglo V que formuló el criterio clásico de la continuidad doctrinal, y su idea de que el verdadero desarrollo de la doctrina consiste en que «crezca permaneciendo idéntica». Cobo lo aplicó así: la Iglesia cambia «solo para seguir siendo ella misma», y la sinodalidad no consiste en «cambiar la identidad, como pueden decir algunos», sino en «un cambio de estilo», un cambio «del modo eclesial de proceder». Dejó dicho además que «la sinodalidad no altera la naturaleza jerárquica de la iglesia». Lo que hace, explicó, es obligar a entender la Iglesia como pueblo de Dios y a articular el ministerio ordenado, el sensus fidei y los carismas bajo lo que llamó «corresponsabilidad diferenciada».

El recorrido bíblico fue largo. Cobo presentó el caminar comunitario como «experiencia originaria» del pueblo de Israel y deslizó de paso una crítica a cierta espiritualidad en boga: «Nuestro Dios no es un Dios intimista, aunque ahora se quiera decir que es así solamente». Vio en Emaús «el prototipo de sinodalidad», con una secuencia que resumió en cinco palabras, «escucha, discernimiento, palabra, celebración y misión», y en el concilio de Jerusalén de Hechos 15 la fórmula de la decisión eclesial, que citó así: «Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros». Subrayó el orden de los factores. Primero el Espíritu y después el discernimiento, no que «la mayoría ha votado». Del Vaticano II destacó la recuperación de la Iglesia como pueblo de Dios y afirmó que se vive hoy «una nueva recepción del concilio y una nueva aplicación práctica». Recordó que Francisco puso la sinodalidad en el centro de la vida eclesial y aseguró que León XIV ha asumido el mismo camino: en el consistorio, dijo, uno de los subrayados fue «cultivar el estilo sinodal basado en el encuentro, la escucha y el discernimiento compartido».

Ordenó su propuesta en cuatro palabras. La primera, pueblo de Dios, con la cita de Lumen gentium 9 y el recordatorio de que el Concilio colocó ese capítulo antes que los dedicados a los ministerios. La segunda, bautismo: «Antes que ser laicos, religiosos, sacerdotes, obispos, todos somos fieles cristianos». La tercera, la «recíproca necesidad» entre pastores y fieles de Lumen gentium 32, que distinguió de la simple colaboración, porque el Espíritu «no ha entregado todos los dones a un ministerio». La cuarta, discernir juntos, porque el Espíritu actúa «en todo el pueblo de Dios», no solo en «los que tienen más tiempo». Ahí colocó su planteamiento sobre la autoridad. Las decisiones se elaboran con escucha, experiencias, competencias, oración y discernimiento, y «después, quien tiene la responsabilidad ministerial asume la decisión que le corresponde». Lo condensó en una frase: «No todos tenemos que decidir todo, pero nadie debería decidir en soledad aquello que necesitamos discernir juntos».

La segunda parte, que Cobo llamó «el segundo plato», enumeró seis retos planteados «desde la experiencia pastoral de una diócesis como Madrid». El primero es «la necesidad urgente de recuperar una cultura bautismal», es decir, pasar de una Iglesia sostenida por «una herencia sociológica» a otra formada por bautizados conscientes de su vocación. «El bautismo no genera individuos. El bautismo genera un nosotros eclesial», dijo. Contó que Madrid ha abierto ocho centros piloto de catecumenado de adultos en barrios distintos, porque «no es igual hacer un cristiano en el norte de Madrid que en el sur de Madrid», y que la formación del laicado no debe servir para «formar colaboradores», sino cristianos que vivan su vocación en la familia, el trabajo y la sociedad.

El segundo reto es pasar de la colaboración a la recíproca necesidad. Cobo admitió que «todavía persiste una visión según la cual el sacerdote tiene una misión mayor» y los laicos le ayudan, y lo situó en su diócesis con ironía: «todavía pasa en Madrid, aquí no me imagino». «El laico no tiene importancia solo cuando ocupa espacios clericales», añadió, sino por su experiencia «familiar, profesional, política, social». Su fórmula fue «nadie sobra, pero nadie basta». Explicó que Madrid está rehaciendo una estructura territorial pensada para «un Madrid de los años 50», con el fin de reducirla, reforzar los arciprestazgos y potenciar el trabajo transversal entre delegaciones, parroquias, colegios y movimientos.

El tercero consiste en «elaborar juntos las decisiones, ejercer de forma nueva la autoridad», con especial peso del «rendir cuentas, no solo las económicas». «Quien ejerce autoridad debe escuchar, decidir, explicar y revisar», dijo, y añadió que la transparencia «no es una categoría simplemente económica o social», sino eclesial, porque obliga a decir «por qué se han tomado las decisiones y cómo se han tomado las decisiones». Como termómetro señaló los consejos pastorales y describió una decisión de gobierno con consecuencias para el clero madrileño: los estatutos aprobados en Madrid los hacen obligatorios y prevén un coordinador laico en cada consejo. Reconoció que la medida ha causado «alguna dificultad» porque «hay algunos que no querían».

El cuarto reto es lo que llamó «escuchar a personas concretas». Cobo criticó que se hable de jóvenes, mujeres, pobres, migrantes o alejados como colectivos sin rostro, y que se hable mucho de ellos y poco con ellos. «No basta constituir una iglesia para los pobres. Necesitamos que los pobres hablen», afirmó. Propuso como método la conversación en el Espíritu y contó que llegaba del encuentro de Roma por los diez años de Amoris laetitia, al que asistió como invitado personal del Papa: «Hemos estado una semana entera todos los días […] ejercitando la conversación en el espíritu». La contrapuso a los debates y mesas redondas «donde cada uno va y se convence a sí mismo y a los suyos», y anunció asambleas en parroquias y una próxima asamblea de jóvenes con esa misma dinámica.

El quinto reto, que calificó de «muy del Papa León», es pasar «de la polarización a la polifonía» y de la yuxtaposición a la red. «Pentecostés no eliminó las lenguas», recordó. Pidió sostener «que el desacuerdo es legítimo, pero no tiene que romper la comunión y menos a las personas», y lamentó que parroquias, colegios, Cáritas, vida consagrada y movimientos trabajen cada uno «en su ámbito». En este punto hizo balance de la visita papal de junio, que según dijo dio «un espaldarazo importante» a los encuentros que la archidiócesis mantenía «con universidades, con empresarios, con sindicatos, con cristianos que venían de otras sensibilidades políticas». «Si tiene una misión la Iglesia en el mundo público es provocar estos encuentros», dijo, «aunque a veces todos nos den un poco una colleja cada uno», porque «eso es lo que tienen los que ponen la mesa».

El sexto reto es formar discípulos misioneros. «No basta con poner una asignatura en el seminario», advirtió, ni con «hacer documentos, que eso es una tentación». Puso como ejemplo Convivium, la asamblea presbiteral que Madrid celebró en febrero. Los sacerdotes, dijo, no pidieron documentos ni estructuras nuevas, sino que descubrieron «la alegría del encuentro de los distintos», curas que «por ideología» o por trayectoria nunca habían coincidido. Del seminario madrileño contó que funciona ya con «órganos de gobierno nuevos», con «asesoramiento por laicos» y con «presencia de las familias». Cerró el bloque definiendo la sinodalidad como «una conversión personal, institucional, de estructuras y de corazón».

Terminó en la Sagrada Familia. Recordó a Valentina, la niña ciega que durante la visita del Papa explicó con una maqueta táctil la torre de Jesucristo: «Una niña que no ve podía ayudar a quienes vemos a contemplar mejor». La basílica, dijo, es obra de Gaudí y también de arquitectos, obreros anónimos y hasta de los vidrios sacados de botellas. «Nada sobra». Volvió a Jonás para despedirse con una confesión: «Nosotros caminamos sin saber cuál es el mapa. Yo no lo sé. Y me lo preguntan mucho, ¿qué tenemos que hacer? Digo, no lo sé». La pregunta final, propuso, no es qué estructuras hay que cambiar, sino «qué iglesia estamos generando con nuestra forma de relacionarnos».

El cardenal pidió responder de pie para ver a toda la sala, y Barrete agrupó las preguntas por bloques con una advertencia sobre la brevedad de las respuestas, porque había muchas. La primera tocó los seminarios. Un asistente dijo tener la impresión de que en ellos no se forma en sinodalidad, «por lo que observamos en algún sacerdote joven». Cobo, que según explicó coordinó el grupo cuatro del Sínodo, dedicado a la formación, respondió que «hay experiencias de todo tipo». Lo que se busca, dijo, no es una asignatura, sino «que la formación tenga una estructura sinodal», con familias y laicos implicados, y que el seminario no sea «un colegio mayor donde se forma un staff». De los seminaristas dijo que son hijos de su tiempo y añadió: «Nos gustaría que los jóvenes fueran de otra manera. Bueno, eso lo decían también de nosotros». Admitió que los seminarios van acogiendo el modelo «con cierta lentitud» y deseó que lo hagan «con un poquito más de gracia».

Otra pregunta planteó si el temor a las rupturas, «a que otros se bajen», frena las reformas. Cobo vino a admitirlo. «El trauma que tiene la iglesia desde el principio es la ruptura», dijo, porque a una madre lo que más le duele «es la salida del hijo». Contrapuso la lógica de un jefe que despide a la primera con la de la maternidad: «la madre es la que más tarda en echarte de casa». No nombró a ningún grupo. Como ejemplo de lo contrario, de un regreso, contó que la víspera había asistido a «la incorporación de los caldeos después de muchos siglos». La Iglesia caldea está en comunión con Roma desde mediados del siglo XVI. Lo que se celebró el miércoles 14 en la plaza de San Pedro, en la misa de clausura del encuentro sobre Amoris laetitia que presidió el cardenal Luis Antonio Tagle en sustitución del Papa hospitalizado, fue la manifestación pública de la comunión eclesiástica que León XIV concedió en abril al nuevo patriarca de Bagdad de los Caldeos, Polis III Nona.

Sobre el papel de la mujer, Cobo rechazó plantearlo como un reparto de roles o como una cuestión de cupos. Frente a quienes reclaman que haya «tantas mujeres», propuso: «tengamos bautizados y respetémonos». Fue más lejos en el diagnóstico. El problema de la Iglesia, dijo, ha sido asumir categorías de una época y trasladarlas a ella, y «ese ha sido nuestro pecado». Agradeció a «nuestra cultura» que haya «espabilado» a la Iglesia, a la que describió como «una institución que tiene mucho tiempo y que tiene que espabilar mucho». Afirmó que la dignidad de la mujer en la Iglesia «es indiscutible» y pidió paciencia con la comparación de una familia, cuya estructura no cambia porque llegue alguien a imponerlo. Aun así, concluyó que hay que «cambiar la partitura» para atender «un déficit que hemos descubierto ahora mismo».

Le plantearon después que, pese a los avances, sacerdotes y obispos siguen tomando decisiones de trascendencia de forma unilateral. Cobo respondió que eso se acaba «por convencimiento, no por imposición», distinguió entre la toma de decisiones y su ejecución y rebajó el peso de los textos romanos, porque los documentos de la Santa Sede, dijo, tienen «su recorrido». Lo decisivo, sostuvo, es una «conversión de relaciones» que permita a la comunidad pedir cuentas a quien decide, ya sea «un laico autorizado o un ministro o un presbítero que no quiere consultar a nadie», con una pregunta sencilla: «oye, ¿por qué has tomado esta decisión?». Llegó a proponer «una cuaresma para que esta conversión de relaciones se pueda ir produciendo».

La pregunta que más esperaba la sala llegó a continuación. ¿Cómo y cuándo se aplicará la sinodalidad, o la rendición de cuentas, a la elección de obispos? El autor de la pregunta lo concretó: no sabía si en la sala habría mucha gente que pudiera levantar la mano para decir que había sido consultada en la elección del próximo arzobispo de Barcelona. Alguien apostilló «Secreto Pontificio» y hubo risas. «Pues aquí está la pregunta del millón», admitió Cobo, que avisó de que sería breve. Desde la mesa le tranquilizaron («El restaurante no cierra») y él contestó: «No seré rápido». Fue la respuesta más larga y más informativa de la tarde.

Cobo partió de un principio: la elección de un obispo «no es simplemente una elección parlamentaria», sino un diálogo doble entre la comunidad local y el resto de la Iglesia, que armoniza Pedro para que ninguna Iglesia particular se dé sus pastores a sí misma. A partir de ahí habló desde dentro. «Me toca estar en el dicasterio de obispos», dijo, y en los «2 años y medio, 3 años» que lleva en él ha visto cómo «el procedimiento va cambiando continuamente». Explicó que la consulta la coordinan los nuncios y que no se limita a la diócesis vacante. En el caso de Madrid, puso como ejemplo, se pregunta también fuera quién podría ir a la sede. El nuncio sistematiza las candidaturas, cuenta quién aparece «dos veces, tres veces, ocho veces», estudia las dificultades y envía un primer estudio al dicasterio, que hace el suyo y a veces pide más información. «Me consta, lo digo porque tenemos los informes de 800 páginas», precisó.

Defendió el secreto con un argumento personal: los procesos son largos y reservados porque «estamos hablando de la vida de la gente», y un informe puede contener datos que no tienen por qué ser públicos. «Hablamos de personas, no hablamos de cargos», resumió. Contó que el dicasterio aspira a una consulta «igualitaria entre laicos y ministros», con el mismo número de consultados de cada grupo, pero que muchas respuestas no llegan. Para una diócesis pequeña, detalló, puede haber unos 80 informes iniciales y una segunda ronda si no bastan, dirigida a los órganos de gobierno, a los grupos más relevantes de la diócesis, a la provincia eclesiástica y a las diócesis por las que haya pasado el candidato. Lo que no habrá, aclaró, es una consulta abierta: «No vamos a ponerlo en la plaza de la parroquia o de la catedral, quien quiera que informe».

Describió también la fase final. Un ponente del dicasterio, «una persona que es un héroe», lee el expediente completo y resume lo recibido sobre cada candidato: la opinión de la zona, la de fuera y la del nuncio. Después discute la plenaria. «Estamos 18», precisó, y recordó que hasta hace poco formaba parte de ella el cardenal Omella, que «ya se despidió». Omella cumplió 80 años el 21 de abril, edad a la que los cardenales dejan de ser miembros de los dicasterios de la Curia. Al Papa, explicó Cobo, llegan tres nombres, aunque los candidatos pudieran ser quince. Dijo que la tarea del dicasterio es garantizar que el proceso sea consultivo y enriquecerlo «con criterios de sinodalidad», aunque admitió que cambiar las cosas del Vaticano y de Roma es algo que va «un poquito más» despacio que en otros lugares. Atribuyó a León XIV, que fue prefecto del dicasterio antes de su elección, un conocimiento directo de esas dificultades y aseguró que «ya ha empezado a incorporar cambios», sin concretar cuáles. Cobo habló de tres años de Prevost al frente del dicasterio. Fueron algo más de dos, entre 2023 y su elección en mayo de 2025.

Remató la explicación con una definición. No se busca «un líder ni un parlamentario», sino «un pastor», y al final del proceso «Pedro decide», después de escuchar a todos. Añadió un deseo dirigido a la sala: «espero que el Papa os presentará un obispo magnífico». La cifra de las 800 páginas provocó un comentario desde la mesa y Cobo volvió sobre ella para explicar las consultas. Reconoció que en España hay muchos procesos abiertos y bromeó con que habrá que abrir en el dicasterio «un departamento solo para España». Según el recuento que este portal publicó en julio, había entonces cuatro diócesis vacantes y seis obispos por encima de los 75 años.

La sala quería una fecha para Barcelona y no la obtuvo, pero sí una señal. Entre bromas sobre si el nombramiento sería «muy bueno» o «muy pronto», Cobo insistió en que la última decisión y los tiempos corresponden al Papa, y descartó que el ingreso hospitalario vaya a paralizar los nombramientos: «No piensen que va a parar porque ya está […] recibiendo y ya está tomando y firmando papeles». León XIV había sido operado el martes 13 en el Gemelli, donde le extirparon el lóbulo inferior del pulmón derecho, y el Vaticano confirmó que la lesión era un adenocarcinoma. Sobre Barcelona, el cardenal añadió que la archidiócesis tiene «unos obispos auxiliares muy buenos que mientras tanto están ahí». «No pondremos en un compromiso a nadie», cortaron desde la mesa antes de pasar a la siguiente pregunta. Fuera de micrófono, según escribió Jordi Llisterri en su columna de Catalunya Religió, Cobo comentó a algunos asistentes que el nombramiento no tardará mucho.

La pregunta siguiente la presentó Barrete como «complicada porque es una realidad» y la leyó tal como llegó: «España está en un momento de gran polarización. Hay peligro de que la extrema derecha llegue al poder. ¿Qué nos puede decir sobre esto?». Venía acompañada de otra sobre inmigración y sobre si la Iglesia puede contribuir a evitar la polarización. Cobo no cuestionó la premisa ni nombró a ningún partido, y la parte migratoria quedó sin respuesta. Arrancó con el discurso de León XIV en el Congreso de los Diputados, que describió como una parábola de la política: palabras que todos aplaudieron «no porque estén de acuerdo, sino porque eran palabras desarmadas», y la imagen de la claraboya del hemiciclo, por donde entra la luz para todos. «Estamos en un momento donde es crucial el valor de la palabra desarmada y desarmante», dijo. Añadió que no se trata «simplemente» del miedo o de la oposición, en una frase que dejó sin completar, y que «la iglesia nunca puede estar en esto»: «No nos pueden obligar o contigo o contra ti».

Pidió dos cosas para la campaña. La primera, valorar la palabra y atreverse a «hablar de política pero con mayúsculas». La segunda, no cruzar una frontera que definió con precisión: «el riesgo es la denigración de la persona». «Podemos discutir las ideas y es bueno discutir las ideas. El problema es cuando ya queremos aniquilar a la persona», dijo, y calificó esa deriva de «línea roja que no debemos consentir». «El otro, aunque no coincida para nada conmigo, no merece un insulto mío», añadió, antes de la frase que recogieron los titulares del día: «Me da miedo que esta polarización en la que vivimos desemboque en una deriva de […] un juego de puñales que se cruzan». Reivindicó que la Iglesia ha sido en otros momentos un «instrumento de consenso, instrumento de diálogo» y se dirigió a la sala: «aquí algunos de ustedes han estado y han participado en ello».

Varias preguntas coincidieron en que la gente de base no entiende la palabra «sinodal» y propusieron sustituirla por «participación». Cobo defendió conservarla, como se conservan «ágape» o «eucaristía», por ser la palabra original, y recordó que los documentos la acompañan de la fórmula «comunión, participación y misión». Su argumento de fondo fue generacional. En un mundo que potencia la individualidad, dijo, los jóvenes hablan de «Dios y yo», y por eso la sinodalidad «es muy disruptiva». Respondió también a quienes sostienen que es «un invento»: «No, pues mira, pues está ahí», desde el principio de la Iglesia.

La pregunta sobre el Derecho Canónico obtuvo la respuesta más concreta. ¿Exige la sinodalidad una revisión a fondo del Código? «Yo creo que ese es el escalón siguiente», contestó Cobo. La dificultad, explicó, es que se trabaja una espiritualidad sinodal y unos organismos, «pero nos falta […] la estructura canónica para desarrollarla». Puso el ejemplo de los consejos pastorales, que «canónicamente no son obligatorios», y a los que Madrid ha tenido que dar «una estructura canónica de obligatoriedad». Dijo que lo ha planteado «en distintos foros» y que «esa revisión del derecho canónico en clave sinodal ya está siendo urgente». El Código vigente deja el consejo pastoral diocesano a que lo aconsejen las circunstancias pastorales (c. 511) y el parroquial al juicio del obispo, oído el consejo presbiteral (c. 536 §1), de modo que la obligatoriedad decidida en Madrid entra en las facultades del arzobispo. El mismo canon establece que el consejo parroquial lo preside el párroco y que tiene voto meramente consultivo (c. 536 §2), un marco con el que tendrá que convivir el coordinador laico que describió el cardenal.

Representantes de la Fundació Escola Cristiana de Catalunya preguntaron por el papel de la escuela católica ante la secularización. Cobo respondió que la escuela «no puede estar sola», que antes podía porque la sociedad era homogénea y que ahora necesita a la familia y a la parroquia, en una aldea que eduque entera. Su advertencia de futuro fue una educación que no sea «deshumanizante» ni deje que al alumno «le eduque la inteligencia artificial», y que pueda decir que «la persona está en el centro».

La pregunta sobre las periferias, sobre dónde no quiere ir hoy la Iglesia y cómo se soporta el desgaste de estar siempre en la frontera, arrancó los aplausos de la sala. «La frontera es nuestro sitio, no puede ser desgaste. Si la frontera desgasta, estamos mal», dijo Cobo, que citó a Pablo VI y su Iglesia «prioritariamente samaritana». Aceptó el diagnóstico de declive («Somos menos, somos pocos y muchos dicen somos mayores»), pero ofreció otra lectura: «No conozco una realidad de exclusión donde no hay algo de iglesia», al menos en Madrid. Lo que ha salvado a la Iglesia, sostuvo, no ha sido el poder ni el número, y tampoco tener razón: «El que tengamos la razón, pues tampoco, porque a lo mejor no la tenemos por qué tener». Lo que salva es la caridad. «El día que perdamos eso, la iglesia deja de ser iglesia».

La última pregunta llegó de Madrid y versó sobre Convivium. Cobo explicó que el clero madrileño no se reunía nunca, que a lo sumo se juntaban 500 sacerdotes de un presbiterio de unos 1.800 «de todo tipo», y que el proceso previo se organizó por edades y no por vicarías. Contó que en una mesa de conversación en el Espíritu coincidieron sacerdotes de posiciones muy distintas que le pidieron una foto porque nunca habían imaginado sentarse juntos, y lo presentó como prueba de que no es la idea lo que une, sino que «la iglesia es el vínculo». Habló de curas que se enfrentan en las redes y luego se abrazan, y resumió la experiencia como «un chute importante para la Iglesia de Madrid». La asamblea de jóvenes, anunció, seguirá el mismo estilo.

Barrete cerró el coloquio con un abrazo «desde la distancia» y una bienvenida a Cataluña. Cobo se despidió pidiendo a los presentes que sigan añadiendo retos a su lista y que sean «buenos discípulos de la sinodalidad», y comparó el trabajo pendiente con el análisis de Amoris laetitia diez años después de su publicación. Los organizadores anunciaron que la XV Tribuna Joan Carrera tendrá como ponente, el 2 de febrero, a Andrea Tornielli, director editorial del Dicasterio para la Comunicación. Para entonces, a juzgar por lo que el arzobispo de Madrid dejó caer en Barcelona, la sucesión de Omella debería estar resuelta.


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