Seis discursos y dos mitras para el Madrid de Cobo; para Barcelona, un ya veremos

Barcelona recibió al Papa con Gaudí, latín y un anfitrión que supo hacerse pequeño; Madrid, con seis intervenciones de su arzobispo. Roma ha premiado a Madrid.

Seis discursos y dos mitras para el Madrid de Cobo; para Barcelona, un ya veremos
Omella y Cobo

Uno aprende pronto, en la Iglesia como en cualquier oficina, que las recompensas no siempre siguen a los méritos, pero rara vez la lección se expone con la nitidez de este viernes. A las doce, la Santa Sede hizo público que León XIV ha nombrado obispos auxiliares de Madrid a Fernando Murga Gómez y Andrés Martínez Esteban, con lo que el cardenal José Cobo vuelve a disponer de cuatro. Ese mismo día, Juan José Omella rozaba los seis meses desde que cumplió ochenta años y los cinco años y medio desde que presentó la renuncia, y Barcelona seguía sin saber quién será su arzobispo. Las dos diócesis recibieron al Papa la misma semana de junio. Una lo recibió con Gaudí, con latín y con un anfitrión que supo hacerse pequeño. La otra lo recibió con su arzobispo. Roma ha premiado a la segunda.

Lo de Barcelona merece recordarse con precisión, porque la memoria eclesiástica es corta cuando le conviene. El 10 de junio, centenario de la muerte de Gaudí, el Papa celebró en la Sagrada Familia una misa en castellano, catalán y latín, y después bendijo desde la explanada la torre de Jesucristo, los ciento setenta y dos metros y medio que han hecho del templo la iglesia más alta del mundo, rematados por una cruz que el propio León XIV comparó en la homilía con un faro abierto al Mediterráneo. La liturgia fue sobria y vertical, a la medida del misterio que celebraba, y la piedra hizo lo que la piedra de Gaudí hace siempre, que es predicar sin micrófono. El anfitrión entendió el asunto. Omella había despachado la bienvenida en la catedral en un par de minutos, en las dos lenguas y sin pretensiones; en la Sagrada Familia se limitó a unas palabras finales de agradecimiento en las que tuvo, además, la elegancia de reconocer a su predecesor, el cardenal Martínez Sistach, el mérito de haber llevado el templo hasta su culminación. En toda su etapa del viaje sumó, según el recuento que publicó entonces este medio, entre diez y doce minutos de palabra. Quien tenía el escenario más fotografiado de la semana decidió no salir en la foto. Eugeni d’Ors dejó escrito que todo lo que no es tradición es plagio; en Barcelona, durante dos días, se celebró la tradición y nadie plagió nada.

En Madrid ocurrió lo contrario, y ocurrió seis veces. Cobo en el centro CEDIA de Carabanchel. Cobo en la vigilia de la plaza de Lima. Cobo en la misa del Corpus en Cibeles. Cobo en el Movistar Arena. Cobo ante la Virgen de la Almudena. Cobo en el Bernabéu. Seis intervenciones en tres días, entre veinte y veinticinco minutos de palabra acumulada ante el Papa y ante las cámaras, saludos que eran en realidad homilías de cuatro, cinco y hasta seis minutos con tesis propia, colocadas siempre en el instante previo a la palabra del Pontífice, que es aquel en que la audiencia es máxima y la paciencia, mínima. Subió al papamóvil, entregó regalos, apenas se despegó de su costado. Uno llegó a sospechar que el viaje apostólico tenía dos protagonistas y que uno de ellos había venido desde Roma para escuchar al otro. En Carabanchel nos habló de ciudades invisibles, y uno pensó en Calvino, en Marco Polo describiendo a Kublai Jan ciudades que nadie ha visto mientras el emperador escucha en silencio; con la diferencia de que el Jan, al menos, había preguntado. En Cibeles proclamó que la Iglesia no está llamada a levantar muros sino a abrir puertas. En el Movistar Arena, a cuyo encuentro el arzobispado había invitado al colectivo Crismhom, disertó sobre las amenazas que minan la civilización de los derechos humanos y la democracia, con un léxico que podría haber firmado cualquier organismo internacional y que, precisamente por eso, no necesitaba a un Papa delante para ser pronunciado.

A la sobreactuación de la palabra se sumó la de la escena. Los actos madrileños se envolvieron en esa estética de colores pastel, dinámicas de animador y testimonios guionizados que parece concebida para que nadie se asuste de nada, ni siquiera de la presencia real de Dios, y que rebaja la visita del Vicario de Cristo a jornada de convivencias de un colegio concertado, por decirlo de manera suave y benévola. Fue un atentado simultáneo contra la inteligencia y contra la estética, y no hay que separar los dos cargos, porque en el culto la fealdad nunca es inocente. Lex orandi, lex credendi, resume la vieja fórmula que se remonta a Próspero de Aquitania, y admite una versión doméstica: lo que se ve enseña lo que se cree. Lo que se vio en Madrid enseñaba que lo importante era el anfitrión.

El Evangelio tiene previsto este caso con una exactitud que debería inquietar a más de un prelado. Cuando des limosna, advierte el Señor en el capítulo sexto de San Mateo, noli tuba canere ante te, no vayas tocando la trompeta delante de ti para que te alaben los hombres: amen dico vobis, receperunt mercedem suam, en verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Hasta este viernes uno leía el versículo en clave escatológica; León XIV lo ha convertido en crónica. La recompensa ha llegado en forma de dos mitras, y las dos salen de casa. Murga, bilbaíno de 1965, arquitecto antes que sacerdote, es moderador de la Curia madrileña, cargo que él mismo describió en julio como una especie de jefe de personal, y fue el coordinador técnico de la etapa madrileña del viaje; sería injusto imputarle el color pastel, pero la coordinación técnica de aquellos días fue suya. Martínez Esteban, madrileño de 1971, doctor en Historia de la Iglesia por la Gregoriana y antiguo director del Archivo Diocesano, es vicario general del Ordinariato para los fieles orientales, cuyo ordinario es, cómo no, el propio Cobo. El canon 377 encomienda al obispo diocesano que necesita un auxiliar proponer a la Santa Sede una lista de al menos tres presbíteros, y Cobo se sienta además desde 2023 en el Dicasterio para los Obispos. Los nombramientos quedaron firmados, según se ha publicado, antes de que el Papa ingresara el día 13 en el Gemelli. El 15 de junio ya le había escrito a Cobo para agradecerle la acogida. Ahora le ha contestado con hechos.

Se dirá, con razón, que Madrid necesitaba auxiliares. Jesús Vidal se fue a Segovia en diciembre de 2024 y José Antonio Álvarez murió hace poco más de un año, de modo que Cobo llevaba tiempo gobernando con la mitad de los obispos que había tenido. Es cierto. Barcelona espera sucesor desde abril de 2021, que es una necesidad algo más antigua, y la falta de un auxiliar se suple repartiendo agenda, mientras que la de un sucesor no la suple nadie.

A Barcelona le queda el resto del pasaje: et Pater tuus, qui videt in abscondito, reddet tibi, y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará. Omella cumplió ochenta años el 21 de abril y ese mismo día, por la norma que Pablo VI fijó en 1970 para los cardenales, perdió el voto en un eventual cónclave y dejó de pertenecer al Dicasterio para los Obispos, del que era miembro desde 2014. Quedó fuera de la Sixtina y fuera del organismo que ha de proponer a su sucesor, pero dentro del palacio episcopal y con todas sus facultades. Ningún canon se lo impide: el 401 pide la renuncia a los setenta y cinco y deja al Papa decidir cuándo aceptarla. Francisco, según contó el propio Omella, le había anunciado la jubilación a los ochenta, y aceptó la de Schönborn el día exacto en que los cumplió. León XIV, canonista de formación, ha dejado pasar abril, la visita, el verano y la Merced. La recompensa de lo escondido está siendo en Barcelona tan escondida que ni el interesado parece haberla visto llegar, o la ha visto y la calla: cuando el 8 de octubre le preguntaron por el secreto de su relevo, bromeó con que para eso es obispo y cardenal.

Hay explicaciones, y es de justicia darlas. Nadie iba a relevar al anfitrión antes de la visita que él mismo había ido a pedir a Roma, y según Catalunya Religió el proceso no arrancó oficialmente hasta junio, cuando el nuncio Piero Pioppo hizo las últimas consultas para cerrar la terna. A finales de septiembre el Ara daba por agotados los tres meses de cortesía posteriores a la visita y la sucesión por hecha; desde comienzos de octubre, Catalunya Religió y El Nacional señalan como nombre mejor situado al obispo de Girona, el cisterciense Octavi Vilà, antiguo abad de Poblet, y sitúan el anuncio antes de que acabe el mes, no antes de que Omella regrese de dar ejercicios espirituales a sacerdotes en Marsella. Todo eso explica el calendario de Barcelona. No explica que Madrid haya pasado delante, ni responde a la pregunta que uno acaba haciéndose: qué tiene Barcelona que merezca ser postergada. No es una sede menor ni una sede tranquila, y quizá ahí esté la respuesta. En Barcelona cada sensibilidad eclesial tiene su candidato, el entorno del arzobispo saliente, el catalanismo, quienes esperan un giro, quienes cuentan con valedores en los dicasterios romanos, y ninguna tiene mayoría, de modo que cualquier nombre deja heridos en las otras tres. Deshojar la margarita de una sede así no es un trámite: cada pétalo arrancado es alguien a quien hay que decirle que no, y en Roma siempre ha salido más barato no decidir que decir que no. Si finalmente es Vilà, la Curia habrá dado con la fórmula más curial imaginable, un monje catalán, un hombre puente, como lo llama la prensa catalana, a quien nadie podrá presentar como la derrota de nadie. Encontrarlo habrá costado seis meses. En Madrid no había margarita. Bastaba con decir que sí a quien pedía, y Cobo, si algo ha demostrado este año, es que sabe pedir en voz alta.

Es una pena que sea precisamente Barcelona la que reciba este trato. La diócesis que mejor entendió que cuando viene Pedro el obispo del lugar se hace pequeño, la que regaló al pontificado su imagen más hermosa, una cruz encendida sobre la ciudad a ciento setenta metros de altura, recibe a cambio cuatro meses de silencio y un arzobispo al que el derecho ha retirado del cónclave y de la Curia, pero no de su sede. Madrid, que ofreció pastel y seis discursos, estrena cuatro auxiliares. La lección que el episcopado español sacará de este otoño no figura en ningún documento de la Conferencia Episcopal, pero se aprenderá mejor que todos ellos: la trompeta funciona. Uno cree, porque lo dice el Evangelio, que el Padre que ve en lo escondido acabará recompensando a Barcelona. El Evangelio no precisa el plazo, y la Curia, como de costumbre, ha decidido interpretar el silencio del texto con generosidad. Receperunt mercedem suam. En Madrid, Cobo ya ha cobrado. En Barcelona, ya veremos.


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