La visita de León XIV a España deja, junto a las imágenes multitudinarias, una radiografía involuntaria de los dos grandes arzobispados del país. Y los datos —que son tozudos— dibujan un contraste difícil de ignorar: el cardenal José Cobo ha convertido cada acto madrileño en una oportunidad de tribuna propia, mientras el cardenal Juan José Omella ha ejercido en Barcelona el papel que el protocolo asigna al anfitrión: abrir la puerta, ceder la palabra y mantener una posición discreta.
En un viaje apostólico, el ordinario del lugar tiene reservada una función precisa y limitada: recibir al Papa en su diócesis y dirigirle un saludo de bienvenida. Nada más. El protagonista absoluto de cada celebración, de cada plano y de cada titular es —debe ser— el Sucesor de Pedro, que es a quien las multitudes han venido a ver y a escuchar. Los dos anfitriones de esta visita partían, además, de situaciones bien distintas: Omella, a sus 80 años, es un arzobispo en la recta final de su mandato, con la renuncia presentada hace tiempo y nada que ganar; Cobo, vicepresidente de la Conferencia Episcopal y purpurado en plena proyección, tenía en esta semana el mayor «escaparate» de su carrera, y se ha notado demasiado la ansiedad por aprovecharlo del madrileño.
Los números
El arzobispo de Madrid tomó la palabra en seis ocasiones en tres días: en el centro CEDIA de Carabanchel, en la vigilia de la Plaza de Lima, en la misa del Corpus en Cibeles, en el encuentro «Tejer Redes» del Movistar Arena, en la oración a la Virgen de la Almudena y en el encuentro diocesano del Bernabéu. Se subió al papamovil, entregó regalos, se ubicó a su costado constantemente. El arzobispo de Barcelona intervino cuatro veces en dos días: catedral, Estadi Olímpic, Sant Agustí del Raval y Sagrada Familia.
Pero la diferencia no está tanto en el número de intervenciones —Madrid tuvo una jornada más— como en la naturaleza de las mismas. Los discursos hablan por sí solos: los saludos de Cobo fueron auténticas piezas programáticas, mini-homilías de cuatro, cinco y hasta seis minutos con tesis propia, desplegadas sistemáticamente en el instante previo a la palabra del Papa y en los momentos de máxima audiencia. El tiempo de palabra acumulado del cardenal de Madrid —entre veinte y veinticinco minutos ante el Papa y las cámaras— duplica con holgura el de su homólogo barcelonés, que apenas suma entre diez o doce en toda su etapa del viaje.
Omella despachó la bienvenida en la catedral en apenas dos minutos, bilingüe y sin pretensiones. Su saludo en el Estadi Olímpic —el único algo más extenso, dedicado a explicar al Papa el simbolismo de los castells— fue calificado por la propia Vatican News de «muy breve pero significativo». Y en el acto de mayor proyección internacional de todo el viaje, la misa del centenario de Gaudí en la Sagrada Familia, con la bendición de la torre de Jesucristo dando la vuelta al mundo, el cardenal se limitó a unas breves palabras finales de agradecimiento en las que, además, tuvo la elegancia de reconocer el mérito de su predecesor, el cardenal Lluís Martínez Sistach, en la culminación del templo. Quien tenía el escenario perfecto para el lucimiento renunció a él.
El contenido
Tampoco el contenido fue inocente. Cobo fue, con mucha diferencia, el más ideológico de los dos. En Carabanchel teorizó sobre las «ciudades invisibles»; en Cibeles proclamó que la Iglesia «no está llamada a levantar muros, sino a abrir puertas»; en el Movistar Arena glosó las «crisis y amenazas que minan la Civilización de los Derechos Humanos y la Democracia». Léanse en serie y se verá el hilo: un alineamiento inmigracionista tan insistente que rozó la sobreactuación, como si el anfitrión necesitara demostrar al invitado, acto tras acto, que había hecho los deberes del pontificado. Discurso político-pastoral con sello de autor, repetido ante el invitado como quien aprovecha la mejor audiencia de su vida para colocar el ideario de la casa.
A la sobreactuación del mensaje se sumó la de la puesta en escena. Los actos madrileños se envolvieron en una estética blanda e infantilizada —de catálogo de Ikea, podría decirse: colores pastel, dinámicas de animador, testimonios guionizados alineados con la agenda del discurso—, más propia de un encuentro escolar que de la visita del Vicario de Cristo. La comparación con la liturgia del centenario de Gaudí en la Sagrada Familia, sobria, vertical y a la altura del misterio, no necesita comentario.
Los breves discursos de Omella, por contraste, hablaron del Papa, de Gaudí, de la Cruz y de los pobres del Raval. Ni una tesis propia, ni un mensaje a la galería, ni un posicionamiento eclesiástico-político aprovechando el micrófono. «Estamos ansiosos de escuchar sus palabras», dijo en Montjuic. Esa es, exactamente, la función del anfitrión cuando viene Pedro.
Nadie nos acusará de complacencia con el cardenal Omella, cuya gestión hemos criticado cuando ha habido motivo. Precisamente por eso cabe decirlo sin sospecha: en esta visita, Barcelona ha dado una lección de estilo. El arzobispo que se va ha entendido que cuando viene el Papa, el obispo local se hace pequeño. El vicepresidente de la Conferencia Episcopal, en cambio, ha aprovechado cada foco, cada plano y cada turno de palabra para proyectarse como el verdadero coanfitrión político-pastoral del pontificado en España, hasta el punto de resultar incómodo para no pocos de los presentes.