Juan José Omella tiene hoy ochenta años y cuatro meses y sigue siendo arzobispo de Barcelona con todas sus facultades. Presentó la renuncia a comienzos de abril de 2021, días antes de cumplir setenta y cinco; el 21 de abril pasado cumplió ochenta. Cinco años y cinco meses después no hay coadjutor, no hay administrador, no hay fecha. La Iglesia le ha retirado el voto para elegir Papa y le conserva el gobierno de más de dos millones de bautizados, lo cual aclara cuál de las dos tareas considera Roma verdaderamente delicada. El canon 401 lleva un lustro esperando en Barcelona a que alguien lo lea.
Que Francisco lo prolongara tenía su lógica. Omella presidía la Conferencia Episcopal hasta marzo de 2024, era su hombre en España y, según contó el propio cardenal en la Sagrada Familia en julio del año pasado, el Papa argentino le había repetido que la jubilación sería a los ochenta. Francisco puso la fecha y no vivió para verla. Lo que carece de lógica es que León XIV, elegido con aureola de canonista, doctor por el Angelicum, profesor de derecho canónico en el seminario de Trujillo, de quien se contó que la noche misma de su elección pidió a dos cardenales que le ayudaran a devolver el derecho a la Iglesia, dejara pasar esa fecha sin un gesto. La dejó pasar. Después vino el viaje que el propio Omella había ido a pedir a Roma: torre de Jesucristo, misa del 10 de junio, agradecimiento nominal al cardenal en la homilía. El entorno del arzobispo llevaba un año anunciando que aquello sería su último hito. Ha resultado ser un hito más. Van casi tres meses desde que el Papa despegó de El Prat y en Barcelona manda el mismo que presentó la renuncia cuando León XIV era obispo de Chiclayo.
El canon 401 es, si se quiere, un canon amable: ruega al obispo que renuncie y encomienda al Papa que provea «teniendo en cuenta todas las circunstancias». Cinco años dan para muchas circunstancias. Pero la norma no es letra muerta cuando Roma quiere aplicarla. Francisco aceptó la renuncia de Schönborn el día exacto en que cumplió ochenta, nombró administrador apostólico y Viena esperó a su arzobispo sin que se hundiera nada. León XIV aceptó la de Zornoza en Cádiz en noviembre y puso administrador el mismo día. Hay fórmulas. Se conocen. Se usan cuando se quiere.
Lo de Barcelona no es una laguna del derecho sino una decisión de no decidir, y tiene una explicación menos jurídica que aritmética. Barcelona es la única sede de España en la que cada polo de poder eclesiástico tiene candidato y ninguno tiene mayoría. Omella y Cobo empujan desde octubre a Roselló, el mercedario de Pamplona, que se autodescartó en público con la boca pequeña y fue recibido en audiencia privada en febrero. El catalanismo eclesial, según publicó El Mundo, lleva meses moviendo piezas en Roma para un perfil identitario, Planellas o el abad de Montserrat. Quienes esperan un giro recitan a Saiz Meneses y a Conesa. Y desde Doctrina de la Fe se asoma, según fuentes romanas que este medio publicó en octubre, Jordi Bertomeu, con los apoyos que conserva en el entorno de Scicluna y del cardenal Barreto. Un Papa cuyos nombramientos españoles han consistido hasta ahora en combinar sensibilidades y no incomodar a nadie se encuentra en Barcelona con que cualquier nombre disgusta a tres de cada cuatro. La solución elegante es no nombrar. Y la manera más elegante de no nombrar es que el titular no se vaya.
Permítaseme una hipótesis que no aspira a más. Nombrar a Bertomeu para Barcelona es, con la mochila que arrastra, poco menos que impensable; media Curia lo diría en voz alta si se le preguntara y la otra media lo piensa sin que se le pregunte. Pero nombrar a otro es decirle a Bertomeu que no, y decirle que no al hombre que en una misma causa ha sido investigador, redactor del precepto penal, portavoz y comisario liquidador tiene un precio que en Roma nadie ha querido calcular. Entre el disgusto de Bertomeu y la vacante de Barcelona, alguien ha concluido que la vacante sale más barata. En Roma decir que no siempre cuesta más que no decir nada. De ahí que la sede se gobierne por el método más antiguo de la Curia, que es dejar que el tiempo trabaje: mientras Omella aguante, nadie le ha dicho que no a nadie. Un Papa que vino a devolver el derecho a la Iglesia no debería temer el enfado de un oficial de dicasterio. Salvo que lo tema.
Entre tanto, Omella no gobierna como un interino. En julio destituyó a los directores de la residencia sacerdotal por mala gestión, según Crónica Global; sigue nombrando, firmando y presidiendo. Tiene ochenta años y cuatro meses, un Papa que le dijo que se fuera a los ochenta y otro que vino a restaurar el derecho. El canon 401 rige en toda la Iglesia. Solo falta que llegue a Barcelona.