Jack Valero dirige la Oficina de Comunicación del Opus Dei en el Reino Unido y acaba de publicar un libro de testimonios, El Opus Dei sin filtros. Vida Nueva, que lo entrevistó esta semana, le preguntó por quienes dentro de la Obra ven una degradación en la revisión de los estatutos que puso en marcha Francisco. Él prefiere llamarla «un ajuste canónico para que el carisma se viva mejor en la Iglesia de hoy». Lo dice un numerario. Valero es laico y célibe, y para el Código de Derecho Canónico, tal como quedó en agosto de 2023, ya no es miembro de la prelatura del Opus Dei, sino un laico que coopera con ella por convenio.
El canon 294 establece desde 1983 que las prelaturas personales se componen de presbíteros y diáconos del clero secular. En agosto de 2023 Francisco reescribió los dos cánones siguientes. Desde entonces la prelatura se asimila a las asociaciones públicas clericales, y su prelado es un moderador con facultades de Ordinario. Los laicos pueden dedicarse a sus obras apostólicas mediante convenios, quedando a salvo el canon 107, que les da como Ordinario al obispo de su domicilio. El motu proprio entró en vigor el mismo día de su publicación y lleva la cláusula de rigor, la que lo hace prevalecer sobre cualquier disposición contraria, incluso sobre las que merecerían mención especial.
La Obra se acoge a sus estatutos de 1982, que definen el Opus Dei como una prelatura que comprende «a la vez clérigos y laicos» y ponen a sus fieles bajo la potestad del prelado. Francisco ordenó adaptarlos en 2022 y siguen sin adaptar. Pero el propio Código establece que una ley universal no deroga el derecho particular salvo que lo diga expresamente, y eso es lo que dice esa cláusula final. Los estatutos de 1982 valen en lo que no contradiga los nuevos cánones, y lo que convertía a los laicos en miembros de la prelatura es justo lo que los contradice.
Los estatutos nuevos, que según el canon 296 deben fijar cómo cooperan los laicos, se entregaron en Roma el 11 de junio de 2025. En febrero, según comunicó la propia prelatura, León XIV le dijo a Ocáriz que seguían en estudio y que no se podía prever una fecha de publicación. Los laicos del Opus Dei llevan así más de dos años fuera de la prelatura y sin el estatuto que debería regular su relación con ella.
Según sus propias cifras, el Opus Dei tiene unos 94.000 miembros, y de ellos algo más de 2.100 son sacerdotes. Si se aplica el Código, la prelatura la forman esos sacerdotes, y el resto, casi el 98 %, son laicos con convenio. Hace un año este periódico tituló «El Opus Dei, al borde de dejar de existir» la información sobre unos estatutos que repartirían la Obra en tres entidades, con los sacerdotes en la prelatura y los laicos, numerarios incluidos, en una asociación de fieles aparte. Esos estatutos no harían más que poner por escrito lo que el Código ya dice.
En la entrevista Valero explica qué es el Opus Dei, y lo hace con una precisión que no le conviene. Recuerda que el fundador decía que «tanto si eres hombre como mujer, casado o célibe, sacerdote o laico, todos tenemos la misma vocación». Y añade que la institución que soñó san Josemaría es aquella en la que todos están «al mismo nivel», sin «unos más altos o más bajos». El Código ha trazado la raya justo entre el sacerdote y el laico, con los unos dentro de la prelatura y los otros cooperando desde fuera, y si eso no es poner a unos más altos y a otros más bajos, se le parece mucho. La web de la prelatura sigue diciendo que todos sus fieles «son y se sienten en igual grado miembros». Sentirse, desde luego, pueden.
Como precedente, Valero recuerda que san Josemaría aceptó «con mucha alegría» que la Obra fuera instituto secular. El fundador lo contó de otra manera en la carta con la que pidió permiso a la Santa Sede para el congreso especial de 1969, donde escribió que para obtener la aprobación de 1947 «se debió forzar su primitivo espíritu». La Obra tardó treinta y cinco años en llegar a la prelatura de 1982, la fórmula que por fin reunía a sacerdotes y laicos bajo un mismo régimen. Es esa fórmula la que el Código ha desmontado.
Y como prueba de que Francisco no quería atacar a la Obra, Valero cita las beatificaciones de Álvaro del Portillo y Guadalupe Ortiz de Landázuri, a quienes presenta como «miembros de la Obra». Del Portillo, que fue el primer prelado, era sacerdote. Guadalupe era numeraria, laica como el propio Valero, así que con el Código de hoy solo uno de sus dos ejemplos contaría como miembro de la prelatura.
Valero asegura que en la Obra están «muy tranquilos». Él lleva desde agosto de 2023 fuera de la prelatura sin haberlo notado, que debe de ser lo que entiende por un ajuste canónico.
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