La respuesta más blanda que la radio de los obispos dio esta semana a la campaña del aborto del Ministerio de Sanidad no salió de una tertulia de la mañana, donde uno está expuesto a cualquier cosa, ni de un magacín de la tarde, donde a veces se dice lo que hay que decir, sino de uno de los pocos espacios en los que COPE habla expresamente como Iglesia. Fue en La Linterna de la Iglesia, el viernes 25 a las diez y media de la noche: tres minutos de monólogo de Irene Pozo, que dirige y presenta el programa y que desde 2023 es la responsable del área sociorreligiosa de Ábside Media, el grupo de COPE y TRECE, cargo para el que, según informó entonces este portal, la eligió la propia Conferencia Episcopal. Tres minutos sobre el aborto en el programa de la Iglesia, y ni una sola vez la palabra hijo.
Conviene recordar qué había sobre la mesa. Sanidad presentó el martes 22 una campaña institucional con el lema «Todo estará bien», y la ministra, en el mismo acto, anunció que ha pedido a la Abogacía del Estado que obligue a Madrid a levantar el registro de médicos objetores y llamó «negacionista» a una periodista que le preguntó si el feto sufre. La propia COPE lo fue contando durante tres días, con desigual entusiasmo (el programa estrella, con bastante poco), y José Luis Restán, en su editorial del miércoles, habló de una de «las inmoralidades supremas de esta época» y le devolvió a la ministra el adjetivo: la negacionista era ella. El viernes le tocaba a la Iglesia.
El monólogo no fue un desliz de directo. Es un texto escrito, leído de corrido y colgado esa misma noche en la web de la cadena como «monólogo destacado», bajo un titular elegido por la casa: «La libertad no consiste solo en poder elegir, consiste en poder hacerlo con toda la información». Lo firmaría sin pestañear cualquier comité de ética de un hospital público (es, en rigor, la doctrina del consentimiento informado), y el resto del texto no lo desmiente. Arranca con una concesión: toda mujer merece respeto, escucha y acogida, y nadie puede frivolizar con un embarazo inesperado. Sigue con una tesis: una decisión no es del todo libre si no se conocen todas las opciones, porque decirle a una mujer «tú decides» «es importante. Pero no basta». Reclama para ella el derecho a saber qué ayudas existen, cita el dato de Red Madre (ocho de cada diez mujeres que llegaron con dudas siguieron adelante tras ser acompañadas), admite que después de un aborto «algunas hablan de alivio» y otras de duelo o de culpa, recuerda que España registra unos 33 abortos por cada cien nacimientos y llega a su frase más firme: «El aborto no nos puede dar igual. No porque queramos señalar o juzgar a nadie, sino porque hablamos de una vida y de una mujer que necesita ser cuidada». Añade que cuidar «nunca es ofrecer una única salida», que la libertad sin verdad ni acompañamiento puede acabar en abandono, y a continuación, sin transición, entra una aseguradora que «suma tranquilidad» y te ofrece La Linterna de la Iglesia.
Lo que no hay en esos tres minutos se cuenta rápido, porque es casi todo. «Embarazo» sale tres veces; «derecho», otras tres, y las tres es derecho de la mujer: a conocer, a saber, a conocer toda la realidad. «Vida», referida al que va a nacer, una sola, y en pareja: «hablamos de una vida y de una mujer». Hijo, ninguna. Niño, bebé o no nacido, tampoco. No aparecen Dios, ni Cristo, ni el Papa, ni los obispos, ni una línea del Magisterio, ni una sola obra de la Iglesia (el acompañamiento que se elogia es el de Red Madre, que es una fundación civil), y la única vez que suena la palabra Iglesia es en el nombre del programa, cuando entra el patrocinador. Hasta la primera frase tiene su trampa: habla de «decisiones que cambian una vida para siempre», y es verdad que la de la madre cambia. La del hijo no cambia. Se acaba.
Nada de esto es un matiz de estilo, porque la Iglesia tiene escrito qué hacer exactamente en este caso. Evangelium vitae advierte contra la «terminología ambigua» que oculta la naturaleza del aborto y pide, ante algo tan grave, el valor de «llamar a las cosas por su nombre», sin compromisos cómodos (n. 58); denuncia las expresiones que distraen del hecho de que está en juego el derecho a la existencia de una persona humana concreta (n. 11); y declara que el aborto directo es siempre un desorden moral grave, en cuanto eliminación deliberada de un ser humano inocente (n. 62). El monólogo dice embarazo donde la encíclica dice ser humano, reserva el derecho para la madre y, cuando llega el momento de juzgar el acto, se ampara en que no quiere juzgar a nadie (la Iglesia lleva veinte siglos distinguiendo el pecado del pecador; aquí, para no juzgar al pecador, se suprime el pecado). Toma incluso prestada una idea muy de Juan Pablo II, la de la libertad desligada de la verdad, y la vacía: en la encíclica, la verdad que la libertad olvida es la vida del otro; en La Linterna es la información sobre ayudas y secuelas. Esa información es exactamente lo que la ley Aído obligaba a entregar a la mujer antes de abortar y lo que la reforma de 2023 suprimió, cosa que el monólogo tampoco menciona.
Tampoco hace falta ir a Roma. En junio de 2009, la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal tituló su declaración sobre el anteproyecto de aquella ley «Atentar contra la vida de los que van a nacer, convertido en «derecho»», y escribió en ella que decidir abortar es «quitar la vida a un hijo ya concebido». Diecisiete años después, el programa de la Iglesia en la radio de esos mismos obispos habla de derecho sin comillas y de decisión sin hijo. Y el código ético y de línea editorial de la propia COPE, publicado en su web institucional, promete la «defensa incondicional de toda vida humana, desde su concepción hasta su fin natural», con unos derechos que no pueden condicionarse bajo ningún concepto. Incondicional, dice. El monólogo lo condiciona todo a la información y al acompañamiento, y a defender la vida concreta de alguien no llega nunca.
Lo llamativo es que la radio sí sabía decirlo. Cuatro horas antes, en La Tarde, el conductor zanjó el debate sobre el dolor fetal con una claridad que no necesita catequesis: «en el aborto lo que se hace es matar al hijo que la mujer lleva en su seno». Y media hora después del monólogo, en el mismo programa, la corresponsal de la cadena resumía los discursos de León XIV en París recordando que, para el Papa, la tutela del derecho a la vida es el fundamento de cualquier otro derecho humano. De modo que el viernes, en la radio de los obispos, el magacín de la tarde dijo hijo y dijo matar, el Papa habló del derecho a la vida, y el programa de la Iglesia, entre uno y otro, dijo embarazo y dijo decisión.
No se trata de Irene Pozo, que dice cosas sensatas sobre el acompañamiento (y alguna, como que el aborto no nos puede dar igual, que en otro sitio sería una obviedad y aquí es casi una audacia). Se trata de que la respuesta más tibia de la cadena a la campaña del «todo estará bien» salió del espacio desde el que COPE habla en nombre de la Iglesia, firmada por la persona a la que los obispos encargaron sus contenidos religiosos, y de que aquí no tienen tertuliano detrás del que esconderse. La encíclica que la Iglesia dedicó a la vida empieza por el anuncio de un nacimiento, «os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador». El Evangelio de Lucas hace que el primero en reconocer a Cristo, que aún no había nacido, sea otro niño que tampoco había nacido: «saltó de alegría la criatura en mi vientre». La Escritura lo llama criatura; el programa de la Iglesia, embarazo. Todo estará bien, dice el Ministerio; suma tranquilidad, dice el patrocinador. Y entre los dos, en la radio de los obispos, el hijo se quedó sin nombre.
«COPE, la radio de los obispos» es una sección diaria de InfoVaticana. Escuchamos atentamente la radio de nuestros obispos y les contamos lo que encontramos: publicidad, invitados, lenguaje, lo que se dice y lo que se calla. COPE pertenece en un 75% a Ábside Media, la empresa que la Conferencia Episcopal creó en 2020 con sus acciones y las de la mayoría de las diócesis. Además los jesuitas y agustinos forman parte del accionariado.
De lo que suena en ella responden, cada uno a título personal, todos los obispos españoles.
Lea también