Lo que une a Munilla y Mercant con el Padre Ángel

Un obispo tenido por conservador y un tomista de sotana ilustran la tesis de Quintana Paz sobre el wokismo 2: no entra por la doctrina, sino por el enemigo

Lo que une a Munilla y Mercant con el Padre Ángel

Cuenta Churchill en sus memorias que la víspera de la invasión alemana de la Unión Soviética, en junio de 1941, su secretario John Colville le hizo notar el apuro: él, anticomunista de primera hora, iba a tener que salir en defensa de Stalin. «Si Hitler invadiera el infierno —contestó—, yo haría al menos una referencia favorable al diablo en la Cámara de los Comunes». Quien la pronunció era un político, no un pastor de almas; la guerra era de verdad; y en ningún momento confundió al diablo con otra cosa. Pues bien, hay estos días en la Iglesia española quien, por aversión a su Hitler particular, anda prodigando referencias favorables, y ni es político, ni está en guerra, ni parece haber reparado en los cuernos del aliado. El fenómeno tiene ya nombre, y el nombre se lo ha puesto Miguel Ángel Quintana Paz.

En dos artículos publicados en The Objective los días 2 y 16 de septiembre, Quintana Paz ha descrito lo que en Estados Unidos llaman ya Woke 2. El primero, el de la década pasada, tenía por campo de batalla el cuerpo: pronombres, cuotas, lavabos. El segundo cambia el reparto. La víctima sagrada pasa a ser el inmigrante —y «quien hoy dice «inmigrante» acaba diciendo «islam»», apostilla—, la política exterior se convierte en el centro de gravedad de toda la moral, y el aliado natural es cualquiera que aborrezca la herencia de Atenas, Roma y Jerusalén. En la segunda entrega el filósofo se preguntaba si la Iglesia sabrá resistir, y se contestaba que teme más alianzas que críticas, por tres razones: porque el wokismo entra en los salones cristianos disfrazado de amor a las víctimas, porque la fiebre de la Teología de la Liberación nunca terminó de bajar y porque la inmigración da de comer a demasiadas estructuras eclesiales. Sus ejemplos eran de manual: el Servicio Jesuita a Migrantes, que persiguió durante nueve años, hasta el Supremo, penas de cárcel para siete melillenses deslenguados en Facebook, y el padre Ángel, que al poco de la invasión de Ceuta declaró santos a los recién llegados.

A uno le interesan hoy dos casos que no son de manual, precisamente porque ninguno de sus protagonistas pasaría jamás por progre. El primero es un obispo al que media España tiene por conservador de una pieza. El segundo, un sacerdote mallorquín de sotana, doctor en Estudios Tomísticos y en Derecho, autor de más de mil páginas contra Karl Rahner. Parecen habitar galaxias distintas, y es probable que se profesen una estima perfectamente descriptible. Fíjense, sin embargo, en que los dos tienen bastante en común con el Padre Ángel.

Monseñor José Ignacio Munilla, obispo de Orihuela-Alicante, dedicó el 18 de septiembre su programa Sexto Continente, en Radio María, a la regulación de la inteligencia artificial. En esa misma emisión llamó a lo de Ceuta invasión, «esa especie de marcha verde o guerra híbrida de Marruecos», recordó que le había dedicado un programa entero el 3 de agosto y puso en antena una plegaria cantada, escrita por un oyente, en la que se pide a la Virgen de África que salve a la patria. Un rato después la patria ya era sospechosa. «La soberanía nacional no puede convertirse en soberanía absoluta», sentenció; ante una tecnología universal «no podemos permitirnos volver a una política cada vez más particularista, más autárquica, más nacionalista», y eso, insistió, «no puede ser». Lamentó que Estados Unidos esté persiguiendo al tribunal internacional de La Haya, «incluso persiguiendo a los jueces de ese tribunal». De los organismos internacionales admitió las «corruptelas», pero «tiene que haber unos organismos internacionales y ya los iremos mejorando». Y detrás del enfrentamiento entre potencias vio a «Satanás frotándose las manos» —«eso no lo dijo el Papa», tuvo la honradez de precisar—.

Nadie discute que la soberanía no sea absoluta: lo enseñaron Vitoria y Suárez mucho antes de que existiera un solo funcionario en Ginebra. La cuestión es otra, y es de pura prudencia, esa virtud que monseñor invocó con tanto énfasis: cuando se cede soberanía hacia arriba, conviene saber quién vive en el piso de arriba. Y aquí hay hemeroteca. En 1998, cuando se redactaba en Roma el estatuto de ese mismo tribunal de La Haya por el que ahora se duele el obispo, la delegación de la Santa Sede tuvo que batirse para que no entrara en él la figura del «embarazo forzado», que sus promotores entendían como la negativa a practicar un aborto; de prosperar, advirtieron los diplomáticos vaticanos, aplicar las leyes provida de un Estado podría acabar tipificado como «crimen de guerra». Lograron una cláusula de salvaguarda. La Santa Sede, por cierto, sigue sin ratificar aquel estatuto. Más cerca en el tiempo: el caso Beatriz ha tenido once años a El Salvador, cuya Constitución reconoce como persona al concebido, en el banquillo interamericano. La Comisión de Derechos Humanos pretendía que esa protección fuese declarada contraria a los derechos humanos —llegó a hablar de tortura—. La Corte de San José no se atrevió a tanto en diciembre de 2024, pero condenó al país por «violencia obstétrica» y le ordenó protocolos. Ya los iremos mejorando, dice monseñor. Es un plan. Al nasciturus salvadoreño le habría venido bien que la mejora llegase antes que la demanda.

Lo notable es que el propio discurso que Munilla citó en su apoyo —el de León XIV al cuerpo diplomático, el 9 de enero— dice las dos cosas. El Papa lamentó, en efecto, el debilitamiento del multilateralismo. Pero en ese mismo texto expresó su honda preocupación por los proyectos destinados a financiar la movilidad transfronteriza para acceder a «el llamado «derecho al aborto seguro»», proyectos que no suelen gestarse en los ayuntamientos, y deploró que en Occidente se estreche a ojos vistas el espacio de la libertad de expresión mientras prospera una neolengua de corte orwelliano. El Papa, pues, defiende el arbitraje internacional y a renglón seguido avisa de lo que el árbitro lleva en el maletín. Monseñor se queda con la primera mitad. ¿Por qué? Porque en su programa el villano tiene nombre propio. Aranceles, petróleo venezolano, Groenlandia, Canadá, Irán: todo lo enumeró como «el patrón común» de una política exterior «cada vez más centrada en la soberanía nacional». Hasta la regulación de los algoritmos acaba siendo, en Sexto Continente, un capítulo de la causa general contra Donald Trump. Quintana Paz señalaba como rasgo del Woke 2 que la política exterior se vuelve el epicentro de todo lo demás. Ahí lo tienen, con solideo.

Mosén Jaime Mercant no comparte con Munilla ni la eclesiología ni, sospecha uno, la agenda de contactos. Lo suyo es el tomismo de estricta observancia, y cuando le cuelgan etiquetas responde con que si critica el liberalismo le llaman comunista, si critica el comunismo le llaman liberal. Lleva razón en que impugnar el liberalismo desde santo Tomás es tradición vieja y honorable. El problema empieza cuando de la impugnación se pasa al aplauso. Estos días se ha sabido que la Fiscalía pide tres años de prisión, el cierre de la cuenta y el borrado de los mensajes para un policía local que, desde un perfil futbolero con seudónimo y 25.000 seguidores, tuiteó contra los inmigrantes magrebíes tras los sucesos de Torre Pacheco. Uno no ha leído esos tuits y no pondría la mano en el fuego por su buen gusto. Sí ha leído a quienes lo celebran. Un activista de los que lucen triángulo rojo junto al nombre se ufanaba de haberle quitado «la capucha» y haberlo denunciado en 2025; lo ilustraba con una captura de Diario Red, el digital de Pablo Iglesias, y con un emoticono de gafas de sol. El tuitero Fonsi Loaiza difundía nombre y fotografías del agente. Y debajo de uno y otro, como quien se asoma al corrillo, aparecía el mosén confraternizando con la izquierda más extremísima. Al primero le apuntó: «Ha puesto el candado a su cuenta…». Al segundo: «Si es culpable, espero que, como mínimo, le expulsen del cuerpo de policía». Hasta a Óscar Puente le comentaba los tuits el bueno de Mercant. ¡Qué bochorno!

¿Qué une, entonces, al obispo y al tomista con el Padre Ángel? Desde luego no el Wokismo 1: Munilla lleva años batiéndose contra la ideología de género y Mercant ha dedicado su vida académica a desmontar a Rahner. Por eso son interesantes. El Woke 2 no entra por la puerta que ellos vigilan, sino por otra que tienen abierta de par en par: la del enemigo. Cada cual tiene su Hitler. Para monseñor es Trump y el «primero los míos»; para el mosén, el liberalismo en todas sus advocaciones, de Milei para abajo. Y a ambos les estorba lo mismo, que es la nación concreta, la que tiene fronteras, policías y el derecho a decidir qué leyes se da. El uno la disuelve hacia arriba, camino de La Haya; el otro jalea que se la vacíe por abajo, vecino a vecino, en la Fiscalía de odio; y en los dos casos quien recoge el paquete es el mismo progresismo del que ambos se creen a salvo. Quintana Paz daba tres motivos por los que el clero sucumbirá. Estos dos casos sugieren un cuarto, que no es pecuniario ni teológico: el rencor hacia los propios. Corruptio optimi pessima.

Mosén Mercant llama «sanedrín» a quienes en las redes le llaman comunista. La imagen es suya, pero conviene terminarla. Lo que el cuarto Evangelio reprocha a los sumos sacerdotes no es haber criticado a nadie, sino haber gritado ante Pilato, por aversión a un enemigo más cercano, la frase más impropia que cabía en sus bocas: «No tenemos más rey que el César» (Jn 19,15). Aborrecían al César. Pero aquel día les venía bien.

 

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