El orden de la caridad, explicado desde Ceuta: Quintana Paz y el padre Molina responden en La Sacristía de la Vendée

El orden de la caridad, explicado desde Ceuta: Quintana Paz y el padre Molina responden en La Sacristía de la Vendée

El capítulo, publicado el pasado 30 de agosto, reunió al filósofo y al vicario del santuario de Santa María de África para analizar la polémica desatada por las palabras del sacerdote en Telecinco tras la invasión de Ceuta. La tesis del coloquio: nadie ha rebatido lo que Molina dijo; todos han rebatido otra cosa.

La prueba de que el padre Jesús Francisco Molina habló bien es que nadie ha respondido a lo que dijo. Ésa fue la tesis con la que Miguel Ángel Quintana Paz abrió el coloquio de La Sacristía de la Vendée, publicado el pasado 30 de agosto, y la que sostuvo durante más de hora y media junto al padre Francisco José Delgado y, cuando la conexión lo permitió, junto al propio Molina, vicario parroquial del santuario de Santa María de África de Ceuta.

Quienes le han criticado, resumió el filósofo, o no le han escuchado o han preferido rebatir una frase que él nunca pronunció: que los extranjeros no son prójimos o que no hay que ayudarles. Lo que Molina dijo ante las cámaras de Vamos a ver fue otra cosa, mucho más antigua y mucho más difícil de contestar: que cuando los recursos no alcanzan para todos hay que elegir, y que la caridad tiene criterios para hacerlo.

Conviene recordar la literalidad, porque sobre ella giró todo el programa. Preguntado por la corriente de ceutíes que pide la retirada de las ONG para que los inmigrantes que permanecen en la ciudad pasen hambre y se marchen, Molina respondió que «la Iglesia no es una ONG y no tiene ONG», que su función principal no es atender al necesitado, «una de las principales, desde luego», sino administrar a su pueblo las necesidades sobrenaturales: los sacramentos, la predicación, la sustentación del pueblo de Dios. Añadió que si está en su mano ayudar lo hará, pero que los recursos no bastan, «no ya la Iglesia, sino Ceuta», que la ciudad ya tenía pobres antes y que si además hay que arrancar a esos pobres lo poco que hay para dárselo a quienes han entrado, la situación se complica mucho más: «Es la caridad la que exige esa jerarquía. Uno atiende antes a su prójimo, que es el próximo, el que tiene al lado. El ceutí antes que al que no lo es». Delgado hizo escuchar el corte íntegro al comienzo del programa, para que nadie pudiera alegar después que se había citado a medias.

El contexto lo fijó el propio Delgado, en ausencia de Góngora, que estaba de procesión. El 30 de julio decenas de miles de personas asaltaron la frontera; el Gobierno había cifrado las entradas en 72.000 y la Ciudad Autónoma en 80.000, tantas como habitantes tiene Ceuta. La mayoría había regresado a Marruecos en pocos días, pero permanecía entonces en la ciudad un número que nadie había sabido fijar: Interior había hablado de 5.000, Defensa de unos 8.000 y el Ejecutivo ceutí de hasta 11.000. Desde el asalto se habían denunciado agresiones —Delgado advirtió que no manejaba datos exactos—, un grupo de inmigrantes había emboscado a pedradas a una patrulla militar, y la tensión vecinal se había traducido el 27 de agosto en el bloqueo durante horas de un camión de Cruz Roja que llevaba comida a la playa del Trampolín. Fue en ese marco donde Telecinco preguntó a Molina cómo se toma la Iglesia que haya ceutíes pidiendo que las ONG se retiren.

Quintana Paz situó la respuesta en una tradición de siglos. El problema que Molina planteó en un minuto, dijo, es el que la tradición tomista lleva discutiendo desde Santo Tomás y el que Max Weber, «que no es un moralista, sino un analista de nuestra sociedad», formuló como conflicto entre principios y responsabilidad: qué hacer cuando no se puede ayudar a todos. Y no se puede. Nadie puede ayudar a la humanidad entera, y lo que no se puede hacer no puede ser obligatorio: «Si yo no puedo volar, no puede ser obligatorio para mí volar». Lo sintetizó Kant, recordó, pero no hace falta Kant para entenderlo. La cuestión, por tanto, no es si hay que ayudar, sino a quién se ayuda antes cuando la necesidad supera los medios, y para responderla el cristianismo dispone de criterios que «no son criterios locos», porque el cristianismo no es una ideología para desesperados: la razón natural, como no podía ser de otra manera, va de acuerdo con el mensaje cristiano.

El primero de esos criterios es la proximidad, y ahí el filósofo se detuvo en la etimología que muchos parecían descubrir durante aquellos días: prójimo es próximo, en castellano como en italiano y en latín, el que uno tiene delante, con el que se topa. Eso es exactamente lo que ocurre en la parábola del buen samaritano, esgrimida contra Molina como si la desconociera: el samaritano se topa con el herido y le socorre, como también se habían topado con él el sacerdote y el levita, que pasaron de largo. La parábola aporta además el segundo criterio, el de urgencia, que corrige al primero. Quintana Paz puso su propio ejemplo: su hermana le es más próxima que un desconocido, pero si de camino a casa de su hermana encuentra a un desconocido sangrando en la acera, la molestia de llegar diez minutos tarde es incomparable con la urgencia del que tiene enfrente. Lo que ocurría en Ceuta, sin embargo, es que las dos necesidades estaban delante a la vez, y entonces volvía a decidir la proximidad: si los que sangran son dos y uno es su amigo, uno atiende primero al amigo y después, si puede, al otro. «Ningún padre, si se han caído tres niños a la piscina, va primero a por los niños que no son sus hijos». Nada de esto era nuevo: a comienzos de 2025 el mundo entero discutió el ordo amoris cuando el vicepresidente Vance lo invocó y el Papa Francisco le respondió, y el filósofo celebró entonces, en un artículo, que se hubiera pasado de discutir los derechos de las minorías de moda a discutir a Santo Tomás.

Pero reconoció que la comparación con el debate norteamericano se quedaba corta, porque en Ceuta había un elemento que allí no estaba: el que necesitaba ayuda había entrado violentamente en territorio ajeno y tenía el regreso a media hora andando, «le bastan sus dos patitas». Eso cambiaba la naturaleza de la elección. Alimentar, alojar y dar servicios a quienes permanecían —levantar un campamento en la hípica, dijo Delgado, en una ciudad donde el espacio es un bien escaso— no era sólo ayudarles: era fomentar que se quedaran y que vinieran más, y por tanto dañar a los ceutíes, que habían perdido un verano entero de trabajo en la hostelería y el turismo. La disyuntiva real, sostuvo Quintana Paz, no era entre ayudar a unos o a otros, sino entre dañar a unos y no ayudar a otros, porque las dos cosas iban juntas. Y lo que los vecinos gritaban al camión de Cruz Roja no era «no les ayudéis», sino «por favor, no nos dañéis más». Delgado añadió la pregunta que el canutazo de Molina no tuvo tiempo de formular: por qué habría que perjudicar a los propios para ayudar a quien había venido por la fuerza. La respuesta, coincidieron ambos, tampoco era el maltrato: nadie proponía hacer daño a los que habían entrado; quienes defendían que se fueran lo hacían porque creían que era mejor para ellos y para Ceuta.

Que un socialista razonara de otro modo lo entendía, dijo Delgado; que lo hiciera gente de Iglesia le parecía «repugnante», porque presentar como cristiana una exigencia que ningún cristiano puede aceptar aleja a la gente de la fe. Quintana Paz lo ilustró con el «sueño imaginario» que había contado aquella mañana: doscientas personas se le meten en su piso de sesenta metros cuadrados y llega un jesuita a decirle que lo cristiano es mantenerlas. No conocía, dijo, a ningún párroco, a ningún delegado de Cáritas ni a ningún jesuita que, si le entraran dos desconocidos por la fuerza en casa, en lugar de invitarles a salir se pusiera a alimentarlos y a prestarles el cargador del móvil. Esa transformación de la fe en algo ridículo la utilizan algunos deliberadamente, para presentar el cristianismo como irracional, pero otros muchos se la creen, y con ésos, concluyó, lo que toca es evangelizarlos.

El programa dedicó un tramo largo a lo que Delgado llamó «desubicaciones» del debate, con un nombre propio al que ambos dijeron apreciar: el historiador Alejandro Rodríguez de la Peña, que había escrito en X que siempre se opondría a la violencia letal, en particular contra mujeres y niños desarmados. Nadie había propuesto matar a nadie, respondió Delgado: los que pedían que se fueran estaban siendo «de lo más moderaditos», porque había métodos infinitamente más sencillos. Y señaló la contradicción: en el mensaje siguiente el propio Rodríguez de la Peña pedía «blindar militarmente» Ceuta y Melilla, es decir, admitía la disuasión armada que en el anterior parecía repudiar. Delgado recordó que más del noventa por ciento de quienes habían entrado eran varones jóvenes, que la cuestión era qué hacer con ellos cuando se presentaran ante una frontera blindada, y que en todo caso había que distinguir entre el injusto agresor y el agredido, distinción que el debate público había invertido hasta presentar a los ceutíes como si «simplemente pasaran por allí». Quintana Paz llevó el asunto al terreno de George Lakoff: la cuestión era el marco. Si el marco era que en Ceuta había gente que quería matar moros, se discutía una cosa; si el marco era lo que realmente ocurría, se discutía otra, y quien introducía el primero sacaba la conversación de su sitio. Lamentó además que, cuando la gente respondió a Rodríguez de la Peña con argumentos, éste hablara de ataques y bloqueara a sus críticos: un intelectual que expone una idea en público no puede victimizarse cuando se la rebaten; debe responder. Recordó que le había invitado varias veces a debatir en público y por escrito, sin éxito, y fijó la regla del juego: si tenía un documento que probara que Israel y Estados Unidos promovieron la invasión de Ceuta, «cambiaré de idea»; si no lo tenía, estaba difamando, y un medievalista acostumbrado a fundar sus afirmaciones en documentos debería aplicar el mismo criterio a la actualidad.

Ahí entró la otra lectura que Delgado quiso desmontar: la que atribuía la «crisis» a una operación «anglosionista» que utilizaba a los inmigrantes como munición de guerra híbrida. Que Marruecos había estado detrás lo veía cualquiera, concedió; que la finalidad fuera presionar al Gobierno español, también podía ser. Pero toda ideología recorta la realidad, y ésta recortaba el hecho de que esa «munición humana» tenía inteligencia y voluntad. Los que habían venido habían venido porque habían querido: unos de juerga, y ya se habían ido; muy pocos huyendo de algo grave; otros buscados por la justicia o expulsados de Europa que intentaban volver por la puerta de atrás; y otros que, según dijo, se estaban armando con sprays de pimienta facilitados por alguna ONG y habían atacado a un contingente militar. Eximirles de responsabilidad porque «mi ideología me dice que esto es el anglosionismo malvado» era dejar que la ideología pudriera la cabeza. La realidad «tiene la mala costumbre de ser poliédrica»: cabían a la vez la presión diplomática y económica sobre Marruecos y, para los que estaban en la calle, «¿queréis un bocata? Toma bocata, y por la puerta a tu casa». Como muestra de quién estuvo detrás del detonante jurídico de la «crisis», mostró en pantalla la web de No Name Kitchen, una de las tres entidades que litigaron hasta el Supremo el caso que dio lugar a la sentencia sobre los rechazos en frontera por mar, presidida por una bandera que, dijo, «no es precisamente muy israelí». Y añadió una observación geopolítica: ni Irán ni China ni los palestinos, presentados durante años como los aliados naturales de España, habían dicho una palabra en apoyo de Ceuta, y Marruecos mantenía con Hamás y con la Autoridad Palestina las relaciones que mantenía.

Quintana Paz, a quien Delgado pidió que analizara «como filósofo» el fenómeno, remitió a su prólogo al libro de Anthony Esolen sobre la doctrina social de la Iglesia publicado por Homo Legens, donde se plantea si esa doctrina es una ideología y responde que no. Las ideologías, explicó, son artefactos de apenas dos siglos, propios de las sociedades de masas y de las democracias incipientes del XIX, que pretenden dos cosas incompatibles: explicar toda la realidad económica, política y social, y a veces toda la historia, y hacerlo de modo que pueda contarse en tres o cuatro pasos al compañero de sindicato o al vecino. Simples e hipercomplejas a la vez, sólo sobreviven prescindiendo de regiones enteras de la realidad. Y eso era lo que había pasado con Ceuta. Primero se dijo que Pedro Sánchez había resuelto la «crisis» en cuarenta y ocho horas sin volver de vacaciones; después, cuando la realidad no se dejó resolver, hubo que buscar culpables, y se emprendió una campaña, «paradoja de las paradojas», para señalar al único partido que llevaba años proponiendo fortificar la frontera con la oposición de todos los demás, incluido el PP que gobierna Ceuta. Cuando la realidad había saltado —ceutíes sufriendo, mujeres agredidas, una ciudad pequeña que perdía espacio cada día—, el filósofo la leyó en clave del gran reemplazo de Renaud Camus: si entraban extranjeros y salían ceutíes, ésa era la invasión perfecta, el primer paso de una sustitución de las naciones que beben de Atenas, Roma y Jerusalén, y que resultaba que se habían negado a ser reemplazadas.

De los argumentos ajenos pasó a la paradoja de los jesuitas. Durante décadas, recordó, hizo fortuna en el mundo jesuítico la llamada ética de la situación, que rechazaba los principios absolutos y exigía atender a la circunstancia concreta, a los participantes, a lo que le pasa a la gente; una corriente con nombres protestantes como Bultmann y Tillich, que Pío XII condenó, y con versiones católicas más moderadas, de Häring a Marciano Vidal, en la misma Salamanca desde la que intervenía. Pues bien, los herederos de esa tradición habían salido a decirle al vicario de Ceuta, desde Lima, que él no sabía nada de la situación y que quien la conocía era el jesuita Hernán Quezada, que se presentó en redes como moralista antes de replicarle. No era una cuestión de kilómetros, precisó Quintana Paz, sino de conocimiento de los detalles: Quezada sabía que en Ceuta se habían denunciado violaciones —el filósofo habló de siete u ocho niñas, con cifras que él mismo dio por abiertas— y sabía, por tanto, que lo que pedía a los ceutíes era que soportaran esa «lotería macabra» o que encerraran a sus hijos en casa, como contaba una vecina en televisión. Molina, en cambio, dejó claro que el orden de la caridad no era «los míos primero» en todo caso y para cualquier cosa, lo cual sería nepotismo: se combinaba con las urgencias y, como añadió Delgado, con el hecho de que quien te estaba agrediendo necesitaba, antes que nada, que se le hiciera dejar de agredir.

Cuando por fin logró conectarse, desde fuera de Ceuta y con una línea que se cortó varias veces, Molina rebajó la épica. Lo primero que quiso decir es que la reacción le había parecido desproporcionada: en dos cortes de tres minutos no había hecho más que repetir lo que sus vecinos llevaban tres semanas diciendo ante las cámaras —madres de las niñas de comunión del año pasado, gente conocida de la parroquia—, y lo que llamó la atención fue que lo dijera un sacerdote, y joven. Sacó de ello una lección para sí mismo, que no había cumplido aún tres años de ministerio: la gente estaba deseando que la Iglesia diera una orientación clara, y eso exigía a los sacerdotes estar «muy atentos, muy bien formados» para orientar al pueblo de Dios ante lo que ocurría. Lo segundo fue el diagnóstico de sus críticos: falta de realismo. Le asombraba que se contestara desde el idealismo y la abstracción a lo que pasaba en un lugar concreto, y que quienes lo hacían ignoraran la literalidad de sus palabras, discutieran cosas que nadie había dicho y hablaran «sobre un terreno que no es el real». Le hizo gracia la sucesión de presentaciones —soy moralista, soy teólogo— seguidas de peroratas que nada tenían que ver con Ceuta; él, dijo, no era teólogo ni especialista en nada, era músico, lo que mejor sabía hacer era tocar el órgano, y de teología tenía las nociones del seminario. Pero la pregunta que nadie respondía era la única que importaba: «¿Qué hacemos con las diez mil personas que están en la calle?». La polémica sobre a quién había que ayudar antes era, en su opinión, falsa, construida sobre palabras que no dijo, y esquivaba la única salida en la que todos salían bien parados, que había formulado hasta el presidente de la ciudad: que se marcharan. Ellos encontrarían recursos donde los hubiera, porque en Ceuta no los había, y los ceutíes recuperarían su vida.

Sobre la frase de la ONG, Molina explicó lo que quiso decir. Cuando uno habla con los medios se nota que quien no entiende lo que es la Iglesia, o directamente no tiene fe, necesita que la Iglesia se justifique por su función social, y por eso le preguntaban qué estaba haciendo para dar de comer. La Iglesia no estaba para eso, dijo: cuando pudiera lo haría, «no se me va a morir nadie de hambre en mis manos si de mí depende», pero su primera función en aquel momento era consolar y orientar a un pueblo de Dios que sufría, y las primeras víctimas eran los ceutíes, «los únicos que no han buscado esta situación». Consolidar la unidad, la concordia y la paz en una ciudad muy nerviosa, y orientar moralmente sobre cuestiones de las que nadie hablaba y que eran más delicadas que la falsa polémica: el uso de la violencia que empezaba a popularizarse y el derecho de protesta.

Quintana Paz subrayó que esa distinción, lejos de ser una ocurrencia, reproducía casi literalmente una advertencia de Joseph Ratzinger en una alocución radiofónica de 1969 recogida después en Fe y futuro: pronto tendremos sacerdotes reducidos al papel de trabajadores sociales y el mensaje de la fe reducido a una visión política. Si en 1969 ya hacía falta aclararlo, cuánto más hoy, cuando el periodista exige al cura que justifique su existencia demostrando que es un buen trabajador social. Que Jesús no fundó una ONG no significa que la atención a los pobres no esté en la misión de la Iglesia; al contrario, su trayectoria de dos mil años en hospitales, hospicios y asistencia no admite comparación con ninguna otra institución, y menos aún la tarea, «a años luz de cualquier otra cosa», de haber configurado una civilización entera en la que atender al pobre se ve como necesario. Pero esa tarea sólo tiene sentido desde un mensaje sobrenatural: nadie dedica su vida al moribundo que va a morir en veinte minutos, como las hijas de la Madre Teresa, si no cree que ese moribundo tiene algo después. Por eso le pareció brillante que Molina empezara por ahí, y advirtió del peligro contrario, el de la publicidad de la Conferencia Episcopal para la casilla de la renta, que enseña cuántas obras de caridad hace la Iglesia y qué ONG tan eficaz es. Molina, dijo, cambió el foco «y lo ubicó donde lo ubicaba Ratzinger». Si no se partía de ese paradigma, remató el vicario, no se estaba hablando de la misma cosa cuando se decía «Iglesia», y no había interlocución posible.

A petición de Delgado, Molina hizo una crónica de la calle. Durante aquella semana había bajado después de misa a ver el ambiente «como si fuera un periodista». Lo primero, un fenómeno que no había visto nunca en España: una manifestación cada tarde, todas las tardes, más días de los que duró la reacción al 11-M, y pacífica, algo encomiable porque la gente estaba «muy cabreada y muy tensa» y los conatos de violencia habían sido pocos, de personajes contados y sin ataques a personas. Pero cada día había más enfado y más ganas de lío, y empezaba a pensarse en Ceuta que a alguien le interesaba un estallido social. Le preocupaba especialmente el comienzo del curso: padres que pasaban por la parroquia y hablaban de no llevar a los hijos al colegio, porque los centros de los barrios más próximos a la frontera estaban «tomados, quizá no dentro, pero por fuera», con calles llenas de gente durmiendo en el suelo por las que tendrían que pasar los adolescentes. Desde la Iglesia, dijo, quería invitar a la calma, pero cada día que pasaba la gente hacía menos caso, y los sacerdotes se estaban quedando «sin recursos en el sentido moral»: no defendería jamás la bondad de la violencia, que es intrínsecamente mala, pero era comprensible el nivel de tensión al que se estaba llegando. Su vaticinio personal era que el 2 de septiembre, Día de Ceuta y fecha de las concentraciones convocadas en toda España, sería el termómetro; y lanzó una invitación a todo el que le escuchara, estuviera donde estuviera: salir con una bandera de España delante del Ayuntamiento a pedir «orden, paz y libertad».

Delgado quiso dejar constancia del texto que la polémica no había leído: la cuestión 26 de la Secunda Secundae de la Suma Teológica, sobre el orden de la caridad, del que ya había hablado San Agustín. Santo Tomás se pregunta ahí si debemos amar más a los que están más unidos a nosotros o a los mejores, y responde que amar a alguien «porque es consanguíneo o allegado o conciudadano, o por cualquier otro motivo lícito ordenable al fin de la caridad, puede ser imperado por esta virtud». Distingue la caridad afectiva de la efectiva y sostiene que naturalmente se ama con más afecto a quien se debe amar más con los hechos, como los padres a los hijos que dependen de ellos. Y señala una diferencia que Delgado consideró decisiva para Ceuta: hay prójimos que lo son por un origen natural que no puede perderse —el que nació y vivió al lado de casa—, mientras que la bondad de la virtud puede adquirirse y desaparecer; de ahí que por caridad uno pueda querer que quien le es más allegado sea mejor y alcance mayor bienaventuranza. Eso, dijo, era literalmente lo que tenía que hacer un párroco o un vicario: procurar que los suyos fueran mejores, que vivieran más la unión con Dios, fuente de la caridad. Quien descuidaba eso por preocuparse de colectas y cuestiones de ONG hacía lo contrario de lo que debía; puso como ejemplo a Mensajeros de la Paz, «una empresa dedicada a servicios caritativos» cuyo fundador, en su opinión, apartaba las almas de Dios cuando negaba la doctrina de la Iglesia. La misma lógica valía para el que venía: en las Cáritas parroquiales de muchos pueblos había una cola de personas de cierta procedencia religiosa que recibían la bolsa de alimentos, y en algunos sitios se habían llegado a retirar las cruces para no ofender; pero la misión de quien hacía caridad no era sólo dar de comer, sino que quien se acercara se convirtiera y conociera a Jesucristo, «si no, apaga y vámonos». La Iglesia, remató, debería ser precisamente muy no gubernamental, cuando las ONG suelen ser muy gubernamentales: recordó el caso de Accem, la antigua Comisión Católica Española de Migración, que ya decía no ser de la Iglesia pero estaba poblada de curas, monjas y gente ligada a instituciones eclesiales, y que había declarado en su última memoria más de 225 millones de euros de ingresos, casi el noventa por ciento procedentes de la Administración General del Estado.

Molina confesó no tener presente la cita de la Secunda Secundae, pero reconoció en ella el sentido común de siempre dicho con la claridad de la escolástica, y la tradujo a su deber concreto. Al día siguiente volvía a la parroquia y sabía a qué tenía que dedicarse: sentarse en el confesionario, estar en el despacho, decir misa, hacer dirección espiritual, atender a los jóvenes, montar retiros. No tenía por qué cambiar su modo de vida porque la situación fuera la que era, y tampoco le correspondía Cáritas, por simple organización. A eso se refería: a que «más que nunca hay que estar con quien hay que estar en estos días, atendiendo, consolando, orientando». Estaba seguro de que los inmigrantes que estaban en la calle pasaban hambre y frío y sufrían, y si al día siguiente se fuera a repartir mantas y bocadillos y a hacer café con leche estaría muy bien, pero «está peor abandonar a toda la gente que sí es mi responsabilidad». Y eso valía para todos los ceutíes, como padres, trabajadores y miembros de la comunidad: si todos se dedicaban a lo otro, Ceuta se paralizaba. El mejor ejemplo, dijo, lo daban los militares, de los que tenía muchos amigos —él es de San Fernando, donde la Infantería de Marina está muy presente— y a los que había recibido aquellos días simplemente para charlar: gente que llevaba cuatro días sin dormir patrullando, que había visto marcharse a su mujer y a sus hijos a la península el mismo día del asalto y no había vuelto a pisar su casa, que hacía el trabajo que a los críticos no les gustaba porque implicaba detener a quien delinque y poner orden. «Están dando la vida por todos nosotros, más que yo». Anteponían el deber de proteger a los suyos sin darse a pensamientos abstractos, y fueron ellos quienes en los primeros días repartieron agua desde camiones a quienes habían entrado, mientras les invitaban a volver a la frontera. Si se impusieran las recomendaciones de los críticos, ironizó, los militares tendrían que quitarse el uniforme y ponerse a repartir bocadillos.

Quintana Paz cerró su turno con dos cabos que Delgado había dejado abiertos. El primero, el padre Ángel, que se había plantado en Ceuta nada más empezar la «crisis» para declarar ante las cámaras que los recién llegados «son unos santos». Decirlo, sostuvo el filósofo, era hacerles un mal terrible y un desprecio a las víctimas: a las chicas agredidas se les decía que las había agredido un santo, con lo que la culpa acababa siendo suya, argumento que, según recordó, también habían esgrimido algunos de los que habían entrado. Si hay un rasgo de Jesús que reconocen todos los estudiosos, creyentes y hostiles, es que llevaba muy mal el fariseísmo, la exhibición de la propia bondad; y muchos de los que dicen seguirle caen una y otra vez en lo que algunos llaman narcisismo espiritual.

El segundo cabo fueron los jesuitas. El Servicio Jesuita a Migrantes fue, junto a No Name Kitchen y Coordinadora de Barrios, una de las tres entidades que litigaron hasta obtener la sentencia 814/2026 del Supremo sobre las devoluciones por mar, la que los Gobiernos de Madrid y Rabat habían señalado como detonante del asalto, y recibía además mucho dinero público. Quien recibía millones ligados a la gestión migratoria y después opinaba sobre migración, razonó Quintana Paz, no estaba en la mejor posición para juzgar con neutralidad, como el vecino que forma parte del tribunal de la oposición a la que se presenta su mujer. Observó que a la mayoría de los jesuitas españoles «se les ha caído la wifi» aquellos días, mientras Quezada, desde Lima, sí se había lanzado. Y recordó lo que le tenía «atribulado» desde marzo: en Melilla, el Servicio Jesuita a Migrantes ejerció junto a la Fiscalía la acusación contra vecinos que en 2017 se habían quejado en un grupo de Facebook, con expresiones que el propio filósofo admitió que fueron más altas de lo debido, de la apertura de un centro de menores. Absueltos en primera instancia y condenados por la Audiencia Provincial, el asunto llegó hasta el Supremo, que en febrero confirmó penas de prisión rebajadas por las dilaciones del proceso: inferiores a dos años y por tanto en principio no ejecutables, pero que constan y se sumarían a cualquier otra condena. Lo que en el Reino Unido parecía una distopía —la policía en casa por un comentario en redes— ya ocurría en España, y lo protagonizaba una obra de la Compañía de Jesús. Su reproche no era tanto la posición como la doble cara: quien creyera que había que meter en la cárcel a quien protestaba contra un centro de menores, que lo dijera a la cara, que se mostrara como tal y lo argumentara, y a lo mejor convencía a alguien; pero que no se presentara ante el Gobierno como la ONG más favorecedora de la migración para recibir millones y ante los fieles fingiera no saber de qué se le hablaba. Los jesuitas a los que había preguntado, dijo, tampoco sabían nada: aquellos días la wifi les iba lentísima. Delgado añadió, a partir del mensaje de un espectador, que el abogado que llevó el caso ante el Supremo trabajaba para el Servicio Jesuita a Migrantes, y que las tres entidades se habían atribuido públicamente la sentencia en redes el 9 de julio. Su exigencia fue la misma: «Que vuestro sí sea sí y vuestro no sea no».

En cuanto a las réplicas escritas, Delgado las despachó con rapidez. Vida Nueva se había limitado a señalar lo que Molina había dicho. Religión Digital fue más lejos y quiso darle una lección de teología: el sacerdote leyó entero el artículo de José Carlos Enríquez Díaz, buscando argumentos, y encontró una sucesión de citas bíblicas sobre la caridad con las que estaba de acuerdo «de cabo a rabo», pero ninguna explicación de por qué esas citas irían contra lo que Molina dijo. Lo mismo hizo Quezada, que envió al vicario la parábola del buen samaritano por si en el seminario de Cádiz no la enseñaban. Lo que esa gente quería hacer creer, replicó Delgado, era que el samaritano, al llegar junto al herido, preguntó quién le había asaltado para ayudar al asaltante. La parábola dice lo contrario: se ayuda a quien ha quedado en situación de vulnerabilidad y desde luego no se ayuda a que haya más asaltos. Y si en vez de viajero uno es militar, su manera de ser buen samaritano es impedir que entren a asaltar; si es profesor, enseñar que eso no se hace; si es padre, enseñárselo a sus hijos.

Molina pidió la última palabra para hablar de lo que sí le afectaba aquellos días: la persecución en redes, «el primer paso donde empieza toda esa persecución general». Hizo examen de conciencia —quizá perdía demasiado tiempo en X, quizá era «un poquito bocazas»—, pero le dolía ver a gente, y especialmente a sacerdotes, quemar el teclado para acusar, exponer y perseguir en lugar de discutir: no había debate racional ni exposición de ideas ni exposición a la posibilidad del propio error, sino un deseo de ridiculizar al otro y quedar por encima. Su mensaje para quienes vivían ahí fue que salieran, porque perdían el tiempo, se hacían daño y no sacaban nada bueno. Él no había buscado la exposición; habló porque un vecino de Ceuta con un pequeño altavoz tenía la responsabilidad de usarlo, y no le interesaban los debates, ni las tertulias, ni la televisión: era feliz diciendo misa, rezando y tocando el órgano. Delgado celebró que, hasta entonces, ningún obispo le hubiera llamado al orden, como suele ocurrir cuando un cura sale en las noticias, y Molina cerró con la normalidad como programa: volvía aquella semana a preparar el curso y las actividades de la parroquia, la feria no se había cancelado, la Virgen de África había salido a la calle con más gente que nunca, la novena se había celebrado entera y todas las iglesias de Ceuta habían seguido abiertas. «Por lo menos en la Iglesia seguimos haciendo vida normal».

Ayuda a Infovaticana a seguir informando