Uno escucha Sexto Continente los lunes a las ocho con la disciplina con que un entomólogo vuelve al mismo tronco: no por esperanza de novedad, sino por fidelidad al método. Este lunes el tronco ha dado más de sí que de costumbre. Monseñor José Ignacio Munilla, obispo de Orihuela-Alicante, abrió el programa con una catequesis contra el victimismo, ese «narcisismo a la llorona», y para apuntalarla acudió a Viktor Frankl y a «una página del conocido libro Un hombre para la eternidad», que el obispo dice haber leído de seminarista. Un hombre para la eternidad es la película de Zinnemann sobre Tomás Moro; el libro de Frankl se titula El hombre en busca de sentido. Uno se lo perdona sin esfuerzo, porque a Moro le cortaron la cabeza por negarse a firmar lo que le ponían delante, y esa es, como se verá, exactamente la acusación que el obispo iba a formular un rato después contra Delcy Rodríguez, solo que al revés. De aquella página, en todo caso, sacó una frase de Dostoievski que uno anotó para usos propios: «solo temo una cosa, no ser digno de mis sufrimientos». Buen arranque. Luego pasó a la actualidad.
La actualidad era el acuerdo petrolero entre el Gobierno de Trump y el de Delcy Rodríguez, que el obispo declaró «profundamente inmoral» antes de razonarlo, según advirtió él mismo con una franqueza que uno agradece, y que explicó con un vídeo de dos minutos de una cuenta de Instagram en el que se reconoce que las cláusulas decisivas del acuerdo no se han hecho públicas. Uno no va a discutirle la cuenta, aunque la hizo delante de todos: dividió lo que Caracas espera recaudar en tributos entre lo que hay bajo tierra, llamó al cociente precio del barril, dijo «sabemos dividir», y uno dividió con él y le salió lo mismo, que es lo preocupante. No la va a discutir porque el acuerdo, sinceramente, le importa un pepino. Lo que le importa es lo que el obispo hizo a continuación con él.
Porque el obispo, quizá consciente de que la indignación sin jerarquía es solo ruido, se puso a jerarquizar, y hay que citarlo literalmente porque hay frases que no admiten paráfrasis: «Es gravísimo que los políticos que apoyan las agendas abortistas, LGTB, etcétera, obviamente es de máxima gravedad sus políticas. Pero también merecen la misma consideración los políticos que están aprovechando la pobreza o la incapacidad de determinadas naciones, como es el caso de Venezuela, de gobernarse democráticamente, para extraer todos los recursos». La misma consideración. Uno ha vuelto sobre la frase varias veces por si el «también» escondía un matiz. No lo esconde. Un obispo ha dicho en una radio católica que promover el aborto y firmar una concesión petrolera en condiciones ventajosas merecen la misma consideración moral. No una consideración análoga, ni parecida, ni comparable en algún respecto: la misma. Y lo ha dicho de un contrato que, según reconoce su propio programa, nadie ha podido leer entero, lo cual añade a la equivalencia el detalle de que uno de los dos términos es desconocido. El aborto pesa lo que pesa; el acuerdo pesa lo mismo, y no sabemos lo que pesa.
En mayo se explicó aquí, a propósito del mismo obispo y con la nota doctrinal de 2002 en la mano, que la teología moral católica distingue entre los actos intrínsecamente malos, cuya maldad no depende de circunstancias ni intenciones, y el vasto territorio de lo contingente, donde la doctrina fija principios y deja las soluciones al juicio prudencial. No hace falta repetirlo. Basta añadir un texto que Munilla, por edad y por oficio, conoce: el memorándum que el cardenal Ratzinger envió en 2004 a los obispos norteamericanos sobre la comunión de los políticos. «No todas las cuestiones morales tienen el mismo peso moral que el aborto y la eutanasia», escribió quien iba a ser Benedicto XVI; un católico puede discrepar del Papa sobre la pena capital o sobre la decisión de hacer la guerra sin quedar por ello indigno de comulgar, porque «puede haber una legítima diversidad de opinión entre católicos sobre la guerra y la pena de muerte, pero no sobre el aborto y la eutanasia». Ratzinger hablaba de la guerra, esto es, de matar. Si sobre matar cabe legítima diversidad de opinión entre católicos, sobre una concesión de hidrocarburos cabe, a fortiori, un océano. Munilla no solo iguala lo que Ratzinger separó: iguala algo que está varios pisos por debajo de lo que Ratzinger separó. En mayo la nivelación venía disfrazada de ecuanimidad, con aquel «todos los partidos fallan» que repartía culpas a partes iguales. Hoy viene sin disfraz. La misma consideración.
Y no la presentó como opinión. La presentó como profecía: «en esa dimensión profética de nuestra vocación bautismal, estamos llamados a levantar la voz y a decir: esto es profundamente inmoral». El Concilio tiene un párrafo para este momento, y no está en el Syllabus sino en Gaudium et spes, número 43: cuando los fieles, con igual sinceridad, juzgan de distinta manera un asunto temporal, «a nadie le está permitido reivindicar en exclusiva a favor de su parecer la autoridad de la Iglesia». Munilla no reivindicó la autoridad de la Iglesia; reivindicó la del bautismo, que es más grave, porque el bautismo lo tenemos todos, y la puso al servicio de una equivalencia que el Magisterio ha rechazado por su nombre. Es lo contrario de la prudencia, que Aristóteles definió como la virtud de las cosas contingentes, es decir, de las que pueden ser de otra manera, es decir, de las que conviene mirar antes de hablar de ellas. Un contrato petrolero es lo más contingente que existe: depende del precio del crudo, de la fórmula fiscal, del operador, del plazo, de si el próximo gobierno lo respeta. Un aborto no depende de nada. Meter las dos cosas en la misma frase con la misma cadencia no es rigor moral: es esprit de géométrie aplicado donde Pascal reservaba el esprit de finesse.
El obispo tiene, además, un criterio general que considera decisivo: negociar con un gobierno ilegítimo es inmoral. Uno no entra en si Delcy Rodríguez es lo que el obispo dice que es, una «títere» que «firma lo que sea» si no quiere «acabar en la cárcel como Maduro». Entra en el criterio, porque el criterio, tomado en serio, se lleva por delante a la Secretaría de Estado. La Santa Sede renovó en octubre de 2024, por cuatro años más, su acuerdo con la República Popular China sobre el nombramiento de obispos, con un gobierno que no ha ganado una elección desde 1949 y que tiene obispos católicos encarcelados o en paradero desconocido. La Ostpolitik de Casaroli negoció durante dos décadas con gobiernos que ni Munilla llamaría legítimos. La nunciatura de Caracas no cerró sus puertas con Maduro dentro de Miraflores. Uno no dice que todo eso estuviera mal. Dice que si negociar con un gobierno ilegítimo es, tout court, «profundamente inmoral», el obispo de Orihuela acaba de condenar a varios pontificados y al cardenal Parolin sin darse cuenta; y que si no lo es, entonces el criterio no era un criterio sino un adjetivo.
Hay más, y es de método. El juicio de intenciones, que es lo que se le reprochó en junio cuando atribuyó a todo un partido la frase de un diputado, se administra en este programa al por mayor: a Trump, que «no intervino para liberar sino para espoliar»; a las petroleras, que saben lo que hacen porque «tontos no son»; a los norteamericanos que quieran gasolina más barata; y, por si faltaba alguien, a María Corina Machado. La premio Nobel de la Paz ha criticado el acuerdo, sí, pero ha criticado a Delcy Rodríguez y no a Trump, y el obispo sabe por qué: «no se ha atrevido a decir una palabra sobre Trump, porque también ella tiene su libertad comprometida por Estados Unidos». Tomen nota de la hermenéutica, porque es del obispo y no de uno: cuando alguien calla sobre el poder del que depende, el silencio se explica por la dependencia.
Porque lo que uno echa de menos en Sexto Continente no es petróleo. Uno tiene delante la lista pública de los programas desde mayo: el memorándum entre Estados Unidos e Irán, la guerra de Trump contra la Corte Penal Internacional, el informe de la ONU sobre genocidio en Gaza, Vox y el aborto, Bolaños contra Argüello, la invasión de Ceuta, el nuevo presidente de Colombia y ahora el petróleo venezolano. Del lado de la Iglesia, las excomuniones a los lefebvristas, resumidas en que «no hay ortodoxia sin obediencia al Papa», y las perlas del viaje papal a España, en tres entregas. Uno no discute la selección; cada cual pone el micrófono donde quiere. Constata lo que no está. No está Chiclayo, donde el caso del padre Eleuterio Vásquez, denunciado por tres hermanas por abusos sufridos de niñas, se cerró en noviembre mediante la dispensa del estado clerical, solicitada por el propio acusado y concedida por el Papa, sin juicio ni sentencia sobre el fondo y contra la petición expresa de las denunciantes de que la causa llegara hasta el final. No está Cusco, donde el 13 de agosto un oficial del Dicasterio para la Doctrina de la Fe y comisario pontificio para el Sodalicio depositó hojas de coca en un «pago a la tierra» en la apertura de un encuentro que Vatican News presentó como preparación del viaje de León XIV al Perú, y cuyo rito Vatican News omitió. No está la promoción, dos semanas después y con derecho de sucesión, del obispo auxiliar que ofrendó justo antes que él. Uno es justo: entre el 17 de agosto y el 4 de septiembre no hubo programa, y los profetas también veranean. Pero el obispo volvió el día 4 y habló de la Guadalupana, y volvió el día 7 y habló de Delcy Rodríguez y de la ley francesa de eutanasia. Dos programas, cero menciones. Y Chiclayo no es de agosto: es de noviembre, de diciembre, de mayo, de todos los lunes y viernes desde entonces, y no ha cabido nunca.
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