Hay una talla románica en el Alto Aragón por la que un obispo está dispuesto a dimitir, invocando a Eleazar y a los mártires de 2 Macabeos, y una prelatura dispuesta a publicar escrituras de 1962 con inscripción registral de Benabarre. El objeto del pleito mide poco más de medio metro. La distancia que se disputa, de la ermita al retablo del templo nuevo, cabe en el mismo recinto cercado, porque así lo estipuló el acuerdo de 1966 que ambas partes citan. Se está litigando, con lenguaje de expolio y de intrigas mafiosas, si Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad debe estar en un edificio o en el de al lado.
Uno lee el comunicado del obispo Pérez Pueyo y entiende la emoción: la Madre vuelve a casa, el pueblo la tocó, la besó, la vistió, la escondió de los rojos a riesgo de la vida. Uno lee las precisiones de la Prelatura y entiende la exasperación: la propiedad nunca se discutió, el dominio útil se cedió a perpetuidad, la imagen preside desde 1975 un retablo público y gratuito por el que han pasado diez millones de peregrinos. Lo que no entiende uno es en qué momento la Iglesia dejó de saber lo que es una imagen.
Porque la diferencia entre una talla y la Eucaristía es exactamente la contraria de la que ambos comunicados presuponen. La Hostia parece pan y no lo es. La talla parece la Virgen y no lo es. Nicea II lo dejó resuelto hace doce siglos con una fórmula que cualquier seminarista sabe recitar y que aquí nadie parece recordar: el honor que se tributa a la imagen pasa al prototipo. La madera es indiferente. Se venera a la Madre de Dios, no al nogal (o al álamo, o a lo que quede bajo las restauraciones de 1964 y 1970, que también autorizó el obispo de entonces). Cuando una diócesis dice que no puede «privar a este pueblo de su Madre» por un traslado de decenas de metros, y cuando una prelatura defiende una cláusula notarial que exige que «la imagen» reciba culto en su templo, los dos están haciendo la misma teología, que es la del talismán. La Presencia Real, esa sí, exige el objeto: si se lleva el copón, se lleva a Cristo. Si se lleva la talla, se lleva una talla.
La devoción popular sabe esto mejor que sus pastores. La Virgen de la Cabeza que sube cada abril al cerro de Andújar es de 1944; la original la quemaron en el 37. Nadie ha suspendido la romería por falta de autenticidad. Media España reza ante réplicas de imágenes que el terror rojo redujo a ceniza, y la fe no ha notado la diferencia, porque la fe nunca fue al carbono-14. Lourdes no tiene reliquia. Fátima tiene una imagen de encargo de 1920. La devoción se traspasa como el fuego de una vela a otra, y la vela vieja no queda por ello desairada.
De modo que, si uno fuera el Opus Dei (Dios no lo quiera, dirán en Barbastro), haría lo obvio: encargar una réplica exacta, colocarla en el retablo de Torreciudad y devolver la original a la ermita con un acta notarial diciendo que el obispo haga con ella lo que quiera. Coste: una cláusula de 1966. Beneficio: la prueba pública de qué va este asunto. Si el obispo acepta, la Virgen está en su casa milenaria, los peregrinos bajan andando a besarla y nadie ha dimitido. Si el obispo rechaza, habrá que preguntarle por qué le importa qué madera hay en cada altar, y la respuesta ya no será devocional.
Y a la inversa. Si la diócesis creyera lo que predica sobre el signo y lo significado, podría ella misma encargar la réplica para la ermita y dejar de hablar de expolio. No lo hará, porque la palabra «original» hace en su comunicado el trabajo que en otros hace la palabra «patrimonio»: convertir la piedad en título de propiedad. Pérez Pueyo ha renunciado por escrito a la gestión del templo, a las cuentas, a las empresas, a cualquier compensación. Ha pedido al Papa que Torreciudad sea santuario internacional dependiente de Roma, lo cual tiene su gracia si se recuerda que el Opus proponía justo lo contrario, santuario diocesano, es decir, bajo él. Cada parte quiere entregar el santuario a quien la otra no soporta. Y en medio, el único bien que ninguno cede es un objeto que, según la doctrina que ambos enseñan, no es más que un signo.
El sábado la talla irá a la ermita por un día, para la romería de Vírgenes de Ribagorza y Sobrarbe, y volverá. El obispo ha dicho que jamás firmará una fórmula en que la Virgen viva en casa ajena y visite a sus hijos. Esa fórmula es la que se estrena el 5 de septiembre con su bendición. Habrá que ver quién la ha autorizado, y si el comisario Arellano, que llegó como plenipotenciario a petición de la diócesis, es ya el mediador que la diócesis lamenta.
Mientras tanto, la catequesis. Un pueblo al que se le enseña que su Madre está en una madera concreta y no en otra idéntica es un pueblo al que se le ha enseñado a confundir el sacramento con el recuerdo. Y una prelatura que blinda con escrituras el lugar exacto de esa madera confunde el culto con la cláusula. Los dos tienen razón en lo jurídico y los dos se equivocan en lo mismo. La talla vale lo que vale la fe de su pueblo. Lo que no vale es lo que le están haciendo pagar por ella.