Después de que Emmanuel Macron promulgara la ley que introduce definitivamente en Francia el denominado «derecho a la ayuda a morir», el arzobispo de París, monseñor Laurent Ulrich, ha llamado a los católicos a no acogerse personalmente a esta nueva posibilidad y a mantener su compromiso con el cuidado y el acompañamiento de los enfermos. La norma, promulgada el 18 de agosto y publicada este miércoles 19 en el Journal officiel, incorpora al ordenamiento francés la posibilidad de recurrir, bajo determinadas condiciones, a una sustancia letal para provocar la propia muerte.
En un mensaje publicado el mismo 19 de agosto bajo el título Fin de vie: appelés à agir et prier —Final de la vida: llamados a actuar y rezar—, Ulrich reconoce que la nueva ley forma ya parte del derecho francés, pero sostiene que esto «no es el final del combate» para quienes defienden otra respuesta ante la enfermedad y el final de la vida.
Francia incorpora la «ayuda a morir» a su legislación
La promulgación culmina un largo proceso parlamentario seguido durante los últimos meses por InfoVaticana. La Asamblea Nacional aprobó definitivamente el texto el pasado 15 de julio por 291 votos contra 241, después de sucesivos desacuerdos con el Senado, que había rechazado la iniciativa en varias ocasiones.
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La Ley n.º 2026-794 define la «ayuda a morir» como el derecho de una persona que cumpla los requisitos establecidos a recurrir a una sustancia letal. Como regla general, será el propio solicitante quien se la administre; cuando físicamente no pueda hacerlo, podrá intervenir un médico o un enfermero en las condiciones previstas por la norma.
Entre los requisitos figuran ser mayor de edad, tener nacionalidad francesa o residencia estable y regular en Francia, padecer una enfermedad grave e incurable que comprometa el pronóstico vital y se encuentre en fase avanzada o terminal, sufrir un padecimiento refractario al tratamiento o considerado insoportable por el paciente y conservar la capacidad de expresar una voluntad libre e informada.
El Consejo Constitucional examinó la ley el 14 de agosto y declaró conforme a la Constitución su núcleo, con determinadas reservas de interpretación. Superado ese último control, Macron promulgó la norma el 18 de agosto y esta apareció en el Journal officiel del día siguiente.
La oposición de los obispos franceses
La Iglesia en Francia ha mantenido una posición contraria a la legalización durante toda la tramitación. Tras la aprobación definitiva en julio, la presidencia de la Conferencia Episcopal Francesa calificó la decisión como un «grave punto de ruptura» y advirtió de las consecuencias que podía tener para enfermos, ancianos, personas con discapacidad y otros colectivos vulnerables.
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El propio Ulrich había intervenido durante el proceso. A comienzos de julio, cuando el texto todavía no había completado su recorrido parlamentario, afirmó que «más que una ayuda para morir, nuestra sociedad necesita una ayuda para vivir» y reclamó que el acceso a los cuidados y al acompañamiento tuviera prioridad.
Ulrich denuncia una contradicción con los cuidados paliativos
Ahora, una vez promulgada la ley, el arzobispo de París centra su mensaje en lo que considera una contradicción entre el nuevo «derecho» y la apuesta paralela del Estado por los cuidados paliativos.
Ulrich recuerda que la promoción y el desarrollo de estos cuidados fueron respaldados por unanimidad en el Parlamento y constituyen una prioridad nacional. Sin embargo, lamenta que la muerte pueda ser ofrecida a las personas más frágiles antes de que exista una cobertura suficiente y equitativa de los cuidados paliativos en todo el territorio francés.
Esta cuestión estuvo presente durante la tramitación. La Asamblea Nacional aprobó por unanimidad una iniciativa destinada a reforzar los cuidados paliativos mientras avanzaba, de forma mucho más dividida, la legislación sobre la «ayuda a morir».
Para Ulrich, la respuesta al final de la vida debe partir de otro principio: «Esta vida que recibimos y que nunca nos pertenece debe ser amada y cuidada», mientras que su final debe ser «acompañado y aliviado».
«Elegir no pedir este nuevo derecho»
El arzobispo plantea además una respuesta concreta para los católicos ante el nuevo marco jurídico. Aunque reconoce que la eutanasia y el suicidio asistido son ya posibilidades contempladas por la legislación francesa, pide que esa posibilidad legal no determine las decisiones personales.
«Nos corresponde, en primer lugar, elegir no pedir beneficiarnos de este nuevo “derecho”», afirma Ulrich. «La eutanasia y el suicidio asistido existen ahora como una posibilidad: nada debe obligarnos a hacerlos existir como realidades en nuestras vidas».
El prelado se refiere también a las reservas formuladas por el Consejo Constitucional y considera que pueden ofrecer un margen para que las instituciones dedicadas específicamente al acompañamiento de enfermos graves y a los cuidados paliativos mantengan su identidad. Su deseo, afirma, es que puedan continuar siendo lugares «donde no se matará».
Acompañar a quienes podrían pedir la muerte
Ulrich pide que el rechazo a la eutanasia tenga también una traducción práctica. Invita a los católicos a implicarse personalmente en el acompañamiento de ancianos, enfermos, personas vulnerables y pacientes que se encuentran al final de la vida.
El arzobispo distingue entre el alivio médico del dolor, que corresponde a los profesionales sanitarios, y la compañía que cualquier persona puede prestar. Frente a la posibilidad de que alguien llegue a sentirse «inútil, pobre o indigno hasta el punto de pedir la muerte», propone responder mediante la presencia, la escucha y el acompañamiento.
La movilización de la Iglesia francesa en defensa de la vida no comenzó con la aprobación definitiva de la ley. Durante la tramitación, los obispos convocaron jornadas de oración y una novena por la vida, además de dirigir sucesivos llamamientos a los parlamentarios.
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Ulrich pide finalmente rezar por las personas que se encuentran al final de su vida, por los profesionales sanitarios que deberán enfrentarse a solicitudes de muerte, por quienes accedan a ellas y por las familias, que —advierte— pueden quedar desorientadas o divididas ante las situaciones derivadas de la nueva legislación.
«Tendremos que permanecer cerca de cada uno, continuar sosteniendo firmemente lo que creemos justo y verdadero, pero acoger, consolar y acompañar», concluye el arzobispo de París.