Vance gobierna con León XIII

Vance gobierna con León XIII

Tres horas en el podcast de Joe Rogan, sin guion y sin contradictor, dejan el inventario más completo hasta hoy de lo que cree el católico más poderoso de Estados Unidos: una economía política cristiana, una demonología y una teoría de la religión en la escuela pública.

Al vicepresidente de Estados Unidos le preguntaron cómo se arregla un país en el que los jóvenes se hacen socialistas porque no pueden comprar una casa, y contestó con Rerum novarum. No con una alusión: con la encíclica, recomendada en directo a la audiencia más grande del mundo como «una de las mejores cosas que ha escrito nunca un líder cristiano», resumida en su tesis —una vía media entre los niños de seis años en la fábrica y el socialismo— y desplegada como programa. Eso es lo que hay en el episodio 2526 de The Joe Rogan Experience, publicado el miércoles: casi tres horas sin guion, sin contradictor y sin más agenda que vender un libro, y por tanto el inventario más fiable disponible de lo que JD Vance cree. Cree que la doctrina social de la Iglesia es el instrumento de gobierno adecuado para la inteligencia artificial. Y cree en demonios.

El pretexto era Communion: Finding My Way Back to Faith, las memorias de su conversión al catolicismo que Harper publicó el 16 de junio, un mes después de un libro cuya gira arrancó al día siguiente del UFC en el jardín sur de la Casa Blanca —siete combates, siete nocauts, el cumpleaños de Trump, el duodécimo aniversario de boda de los Vance, Usha embarazada de treinta y nueve semanas del cuarto hijo—, que es por donde empieza la conversación y donde se queda veinte minutos. Es la segunda vez que Vance se sienta frente a Rogan; la primera fue el 31 de octubre de 2024, siendo candidato. La diferencia es que ahora negocia con Irán.

La economía política ocupa la última hora y es lo más articulado de la entrevista. Vance parte de una concesión que a Rogan le sorprende: sí, el sistema está amañado. Una ingeniera con mejor sueldo que el 75% de su generación le explicó en una cena que ya no aspira a lo que tuvieron sus padres; en Oceanside, el barrio de California donde se criaban los hijos de la tropa de Camp Pendleton, no hay casa por debajo del millón de dólares y ni los oficiales de Marines llegan. De ahí sale la advertencia que dirige a los suyos más que a nadie: «Si no volvemos a una comprensión más cristiana de la economía, el socialismo es la alternativa». La repugnancia republicana al socialismo le parece justificada y estéril mientras no se pregunte cómo se ha llegado hasta aquí, y su respuesta es una tercera vía «que ha existido en prácticamente todo el pensamiento económico cristiano desde hace dos mil años»: la desigualdad extrema genera problemas reales, pero sin propiedad privada —y sin un Estado que la proteja— no hay salida. Es, dicho por él, «mi respuesta cristiana». Y es también, dicho por él, la ocasión de promocionar el libro, lo que da pie al mejor gag de la tarde: Rogan le informa de que existe otro Communion, el de Whitley Strieber, y es sobre abducciones extraterrestres.

Con la IA, el esquema se sostiene y se afina. La analogía que maneja —se la dio el consejero delegado de una tecnológica— no es el paro masivo sino la revolución industrial: hubo empleo de sobra, pero la desigualdad se descontroló, y de los barones ladrones salieron el fascismo y el comunismo. La pregunta operativa, entonces, no es cuántos empleos se destruyen: es «cómo se asegura uno de que la gente normal conserve algún control» y no despierte en un mundo donde no puede comprar una casa y otro tiene treinta y cinco mansiones. Dos remedios: participación —asiento real en la mesa de negociación, con sindicatos rediseñados para el siglo XXI según el esquema de su amigo Oren Cass, más flexibles y menos tutelados por el legislador— y antimonopolio, porque un hipermonopolista que domine el sector y luego capture al gobierno y al sector no lucrativo deja a la gente fuera del trato, como los trusts del acero que Teddy Roosevelt describía más poderosos que el Estado. Admite que le acusan de ser demasiado prolaboral para un republicano y responde que la alternativa puede ser el comunismo. Y sitúa el diagnóstico histórico donde a este periódico le interesa: si Estados Unidos y Gran Bretaña capearon la revolución industrial mejor que ningún otro país occidental fue, primero, por unas instituciones religiosas fuertes; segundo, por instituciones de participación obrera. «Ahora mismo tenemos instituciones religiosas muy débiles». Lo dice de pasada, sin sacar consecuencias, y sigue con los sindicatos.

Aquí conviene una nota de hemeroteca. La encíclica que Vance recomienda —sin llegar a nombrarla— es del 15 de mayo de 1891. El 15 de mayo de 2026, en su 135.º aniversario, León XIV firmó Magnifica humanitas, «sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial», publicada el 25 de mayo. Su número 5 sostiene que los motores de la innovación ya no son los Estados sino actores privados, a menudo transnacionales, «dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos», y que el poder tecnológico presenta hoy «un rostro inédito, predominantemente privado», más difícil de gobernar y de orientar al bien común: exactamente la tesis del hipermonopolista, dos meses antes y con firma. Vance dijo a la NBC el 26 de mayo que había leído «trozos sueltos» y que lo leído «suena muy profundo, el tipo de cosa que uno esperaría de un líder de la Iglesia». En julio recomienda el texto de 1891. Del de mayo, ni una palabra en tres horas.

La cuestión bélica llega por una vía inesperada. Rogan le lee la denuncia que un suboficial cursó en febrero ante la Military Religious Freedom Foundation de Mikey Weinstein —adelantada por el periodista Jonathan Larsen— según la cual su mando abrió un briefing de disponibilidad de combate, sonriendo, para anunciar que Trump había sido «ungido por Jesús para encender la señal en Irán» y provocar el Armagedón, con citas del Apocalipsis. Vance frena en seco: «Si yo estoy en esa reunión, echo el freno». Distingue después providencia de presunción, que es lo correcto y no es trivial —todo entra en el plan de Dios, incluso lo terrible, pero de ahí no se sigue nada sobre esta guerra—, se ampara en Lincoln —«esperas estar del lado de Dios; no das por supuesto que Dios se haya puesto del tuyo»— y formula: «Hay guerras justas, hay guerras necesarias, pero la guerra es siempre algo que se intenta evitar. Creo que eso es un principio cristiano fundamental». Añade que desconfía del relato porque la prensa tergiversa y que quiere confirmarlo antes de fustigar a nadie, pero que ese lenguaje no se fomenta desde el gobierno.

El problema del enunciado es el calendario. En abril, con la ofensiva Epic Fury en marcha desde el 28 de febrero, Vance invocó la doctrina de la guerra justa para responder a las objeciones de León XIV, y el obispo auxiliar de Brooklyn James Massa, presidente del Comité de Doctrina de la Conferencia Episcopal norteamericana, emitió un recordatorio de la enseñanza de la Iglesia sin nombrarlo. En mayo, Magnifica humanitas declaró obsoleta esa misma doctrina, demasiado usada para justificar cualquier guerra, y Vance aplaudió: «hay que actualizar la doctrina de la guerra justa […] es exactamente lo que el Papa intenta hacer, y me alegro de que lo haya hecho». En julio vuelve al enunciado íntegro, como principio cristiano fundamental, sin mencionar la revisión que celebró. Actualizar no es abolir, y la contradicción no es formal; pero el vicepresidente ya había dicho, a propósito de las intervenciones papales sobre Irán, que en algunos casos sería mejor que el Vaticano se ciñera a las cuestiones morales y a lo que ocurre dentro de la Iglesia católica, y dejara al presidente de Estados Unidos dictar la política americana. Uno empieza a entender qué magisterio le resulta utilizable.

El único desarrollo teológico sostenido de la entrevista, sin embargo, no es la guerra: es la demonología, y es lo que llevan los titulares. Rogan le recuerda que en marzo, ante Benny Johnson, dijo que los ovnis no son alienígenas sino demonios. Vance lo confirma y razona: no es un hiperracionalista, cree que ocurren cosas sobrenaturales, y si lo que describe la casuística es un ser humanoide pero no humano, de poder prácticamente infinito, que se lleva gente y experimenta con ella, «puedes llamarlo alienígena si quieres, pero hay bastante precedente histórico para llamarlo demonio». Rogan le opone el caso Travis Walton, de 1975, donde los seres curan al abducido y le hablan telepáticamente, y Vance concede sin pestañear: «eso suena a ángel». La discusión escala hasta si una civilización un millón de años más avanzada sería distinguible de lo sobrenatural —«para mi perro no hay diferencia real entre Dios y yo: enciendo la luz, hago aparecer comida»— y termina en una concesión que ningún titular ha recogido: preguntado si admite que un ángel, un demonio y un extraterrestre son cosas distintas, responde que sí, que lo concede, que su argumento era sobre percepción y no sobre metafísica. Reconoce que no ha mirado los archivos por falta de tiempo, no de acceso —«tengo acceso ilimitado a la información»—, promete dedicarle un par de semanas y colarse con una cámara; cuando Rogan le advierte que entonces no le enseñarán nada, contesta: «no se me da bien mentir».

La religión en la plaza pública ocupa media hora larga y es el pasaje donde más se define. Rogan ataca el mandato tejano de exhibir el Decálogo en todas las aulas públicas —ley de 2025, avalada hace poco por un tribunal federal de apelación y camino del Supremo— con el argumento del congresista demócrata James Talarico, seminarista protestante: imponer el cristianismo aleja del cristianismo. Vance responde con una tesis fuerte y una débil. La fuerte: la libertad religiosa es una aportación cristiana a la civilización occidental, derivada de la dignidad de la persona, porque cada uno ha de encontrar su camino a Dios y eso no se fuerza; y expulsar la religión de la plaza no deja la plaza vacía, la entrega al secularismo, que es la tesis de Rehnquist. La débil: un cartel no fuerza a nadie, exponer no es imponer, y en una democracia plural los niños se exponen a cosas. Por el camino ofrece la frase que un lector católico debería subrayar: «probablemente ocho de ellos son cosas con las que espero que todo el mundo esté de acuerdo, aunque no sean religiosos». Los otros dos son los que hablan de Dios. El Decálogo defendido como patrimonio cultural de Occidente y no como ley divina; la tabla primera, fuera del cómputo. Y una descripción de su propio apostolado que explica bastante: «Yo no predico a la gente. No entro en la Casa Blanca a decirle a mis empleados que sigan a Jesús. Intento vivir de una manera que despierte curiosidad».

De inmigración habla veinte minutos y ni una sola vez en clave teológica. El argumento es estrictamente salarial: César Chávez era restriccionista porque los patronos importaban mano de obra barata para hundir los jornales; los socialistas democráticos dicen defender al trabajador y practican fronteras abiertas, que es lo único que a las grandes empresas les importa de verdad; un directivo de una cadena hotelera se le quejó de que sin ilegales tendría que pagar más; en Foxconn hay redes antisuicidio en las azoteas. Ni ordo amoris, ni Francisco, ni la reprimenda de noviembre de los obispos norteamericanos contra las deportaciones masivas indiscriminadas. Esta ausencia sí significa algo, porque es precisamente la discusión que su propio libro sí libra: el encuentro «inquietante» de abril de 2025 con Parolin y Gallagher, que este medio contó en su día, y del que Vance salió quejándose de que el Vaticano no pasara de los tópicos.

Del resto —lo que abrirá los telediarios— basta el inventario. Irán: el memorando de Islamabad, los halcones que «no saben decir qué quieren conseguir», el bulo de los 300.000 millones, la advertencia contra el escenario libio y su corolario migratorio, la negativa a hacer de comentarista sobre una decisión ya tomada por el presidente. Israel: «que se vayan al infierno», dice de los influencers pagados que sabotean la negociación, en referencia al reportaje de Time sobre Brad Parscale y Clock Tower X; se describe como «el moderado razonable» de ese debate y sostiene que lo grave no es que los países intenten influir, sino que la influencia extranjera altere el juicio americano. Epstein: «Si la gente quiere decir que gestionamos mal la publicación de los papeles: culpables». El pecado original, sostiene, está en la orden de registro de 2007, tan estrecha que lo relevante ni se buscó y probablemente se destruyó; se declara «uno de los conspiranoicos originales» del caso y admite que morirá creyendo que hay una historia ahí sin poder probarla.

La última frase del episodio es suya: «Cómprate Communion, Joe, y la próxima vez hablamos de religión, de fe y de los Diez Mandamientos». Habló de las tres cosas durante tres horas. Solo que la fe, en su boca, funciona ya menos como confesión que como caja de herramientas: León XIII para el capital, Lincoln para la guerra, el Apocalipsis para los que se pasan de frenada y Rehnquist para el aula. Todo perfectamente ortodoxo y todo perfectamente disponible.

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