Muy de mañana, el miércoles 4 de noviembre de 2026, el grupo de peregrinos de la diócesis de Apatzingán arribó a la Basílica de Guadalupe. Llegaron a la Casita Sagrada para la celebración eucarística de su visita anual, como lo ha hecho el territorio eclesial cada año en medio de la misma geografía de conflicto. Procedían de una región de Tierra Caliente donde la vida cotidiana se mide por el cobro de cuotas, los desplazamientos forzados, los enfrentamientos entre grupos del crimen organizado y la presión constante sobre productores, transportistas y familias.
El obispo Cristóbal Ascencio García encabezó la peregrinación. En su homilía no ofreció un discurso de mero trámite. Planteó que peregrinar es caminar: un desplazamiento concreto hacia la eternidad que no borra la realidad que se deja atrás. En ese marco, dirigió a la Virgen de Guadalupe una oración directa en la que depositó, como padre, pastor e hijo, las preocupaciones que carga la diócesis.
“Sabemos que una madre se preocupa de sus hijos, lo hemos experimentado en carne propia. Sabemos que una madre hace todo lo posible y quisiera hacer hasta lo imposible para solucionar los problemas de sus hijos”, comenzó.
Luego, sin rodeos, pasó al registro de lo que ve y escucha en su territorio: “Madre, quiero decirte que me sigue preocupando la inseguridad y la violencia que vive en nuestra, que vivimos en nuestra diócesis. Sé que todo México está pasando por la misma situación, pero eso no es consuelo para mí”.
La oración enumeró hechos verificables en la zona. Familias que emigran por miedo a que les arrebaten la vida. La extorsión que empuja a la pobreza extrema. Jóvenes que ingresan a los grupos del crimen organizado —“digo a los grupos porque son muchos”. La indiferencia de quienes “comprometieron velar por la seguridad del pueblo y ahora se olvidan de que esta debe ser prioridad en las agendas, en las de servicio”. También mencionó los contingentes de maestros, doctores, transportistas, campesinos y agricultores que se manifiestan en carreteras y ciudades mostrando inconformidad. “Desde luego, es una forma de manifestar la inconformidad, estas manifestaciones”.
Ascencio García no presentó la situación como un fenómeno lejano o excepcional. La situó dentro de un diagnóstico más amplio: “La situación de mi diócesis, y creo que de nuestro país, no es sencilla. Parece que le hemos dado la espalda a Dios y nos hemos arrodillado ante los ídolos. El espejismo que muestra el poder y el dinero ha conducido a muchas personas, mexicanos, hermanos, a desviarse del camino, de la verdad, del camino correcto”. Agregó que la avaricia de algunos “acumulan como si fueran a ser eternos en esta tierra”.
Como pastor, el obispo dio cuenta de su propio trabajo: “Como obispo he tocado puertas que no se han abierto, he hablado quizá a hombres sordos. Como hombre pastor, hombre y pastor de esperanza, creo que las cosas pueden mejorar”. Y volvió a la oración: “Y aquí estamos, a tus pies, Madre nuestra, expresándote de mi parte mi sentir y el sentir de mi diócesis. Tengo fe en Dios, tengo fe en tu intercesión, Santa María, madre nuestra de Guadalupe, tengo fe en tu intercesión. Creo en tantas personas buenas que viven en esa diócesis, que muchos piensan que todos están mal. Creo en muchas personas buenas que somos mayoría en esa diócesis, que desean un mundo mejor, que la esperanza se irá haciendo realidad”.
La oración no se detuvo en el diagnóstico. Pasó a una exigencia de conversión dirigida a distintos actores. A “mis hermanos que militan en tantos grupos del crimen y que se les ha dejado actuar”. A quienes “creen que van por el camino correcto de una forma equivocada”. A “nosotros, los creyentes, para no tener miedo, ser luz, viviendo en la verdad, en la justicia”. Y a “aquellos que están para servir y no para servirse del pueblo, quienes sirven como autoridades”.
El obispo conectó la súplica con el relato de las bodas de Caná. Allí, ante la falta de vino y la preocupación de los servidores y los invitados, María “contemplativa, viendo la realidad de todos, no negando la realidad, les dijo, hagan lo que Él les diga, señalando a Jesús”. El mensaje que extrajo fue concreto: “Hermanos, hemos traído nuestras preocupaciones, cada uno las trae a nuestra madre del cielo. Debemos, desde luego, ver qué nos dice Jesús, qué nos dice. Hagan lo que Él les diga”. Recordó la primera lectura del día —siguen trabajando por su salvación con humildad y temor de Dios— y aplicó el mismo criterio a la paz y la justicia: “Sigan trabajando, no dejen de trabajar por la paz, por la justicia, porque reina la verdad. Sigan trabajando con humildad y temor de Dios, pues Él es el que les da la energía interior para que puedan querer y actuar conforme a la voluntad de Dios. Esta es una invitación de la palabra de Dios, a no cansarnos, a seguir trabajando sin perder la esperanza, trabajar conforme a la voluntad de Dios”.
La diócesis de Apatzingán abarca municipios como Aguililla, Apatzingán, Buenavista, Tepalcatepec y otros de la región donde, según reportes del Observatorio de Seguridad Humana de la Región de Apatzingán (OSHRA) y otras fuentes, se documentan repuntes de homicidios, eventos con explosivos, desplazamiento forzado y extorsión sistemática.
El “cobro de piso” funciona, en la práctica, como un segundo impuesto que se suma a los gravámenes legales y condiciona la actividad agrícola, comercial y de transporte. Productores de limón y otros cultivos han denunciado durante años las cuotas, las amenazas y el control sobre precios y distribución. Familias abandonan comunidades tras enfrentamientos o ante el riesgo de minas y drones. Jóvenes ingresan a grupos criminales en un contexto de pocas alternativas y presión territorial. Autoridades municipales y estatales han enfrentado protestas de distintos gremios que señalan la prioridad que debería tener la seguridad.
Ascencio García ha repetido este diagnóstico en otras ocasiones. Semanas antes, en la catedral de Apatzingán, al recordar el asesinato del líder citricultor Bernardo Bravo Manríquez, habló de los impuestos oficiales y del “cobro de piso” como mecanismos que asedian a los pueblos.
Los peregrinos de Apatzingán se dirigieron después al Santuario de Cristo Rey en el Cerro del Cubilete. Allí, el jueves 5 de noviembre, se celebró la misa. El desplazamiento de un santuario a otro no cambió el contenido de lo que se había depositado el día anterior: la realidad de una diócesis que carga desplazamientos, extorsiones, reclutamiento de jóvenes y la indiferencia de quienes deberían priorizar la seguridad.
Lo que se escuchó en la homilía no fue una promesa de solución inmediata ni un llamado a resignarse. Fue el registro de un pastor que nombra lo que ocurre, familias que se van, jóvenes que entran a grupos, autoridades que no priorizan, protestas en las carreteras, y lo presenta a la Virgen como preocupaciones de un padre y un hijo. Al mismo tiempo, insiste en que la mayoría de la gente de la diócesis son personas buenas que desean un mundo mejor y que la conversión se exige a criminales, a creyentes y a quienes ejercen autoridad. El caminar de la peregrinación, hacia la eternidad y de regreso a los municipios de origen, se presenta como la continuación de ese trabajo concreto por la paz y la justicia, sin negar la realidad que se encuentra al volver.
La oración del obispo Cristóbal Ascencio se transcribe a continuación:
“Madre, quiero decirte que me sigue preocupando la inseguridad y la violencia que vive en nuestra, que vivimos en nuestra diócesis. Sé que todo México está pasando por la misma situación, pero eso no es consuelo para mí.
Me duele ver familias desplazadas que emigran por miedo a que les arrebaten la vida. Me duele tanto la extorsión que nos va conduciendo a la pobreza extrema. Me duelen tanto los jóvenes que ingresan a los grupos del crimen organizado, digo a los grupos porque son muchos.
Me duele la indiferencia de aquellos que comprometieron velar por la seguridad del pueblo y ahora se olvidan de que esta debe ser prioridad en las agendas, en las de servicio.
Me ha dolido ver contingentes de maestros, doctores, transportistas, campesinos, agricultores que se manifiestan en carreteras, en ciudades, mostrando inconformidad por las situaciones que estamos viviendo. Desde luego, es una forma de manifestar la inconformidad, estas manifestaciones.
Madre mía de Guadalupe, la situación de mi diócesis, y creo que de nuestro país, no es sencilla. Parece que le hemos dado la espalda a Dios y nos hemos arrodillado ante los ídolos. El espejismo que muestra el poder y el dinero ha conducido a muchas personas, mexicanos, hermanos, a desviarse del camino, de la verdad, del camino correcto.
Es tanta la avaricia de algunos que acumulan como si fueran a ser eternos en esta tierra. Como obispo he tocado puertas que no se han abierto, he hablado quizá a hombres sordos. Como hombre pastor, hombre y pastor de esperanza, creo que las cosas pueden mejorar.
Y aquí estamos, a tus pies, Madre nuestra, expresándote de mi parte mi sentir y el sentir de mi diócesis. Tengo fe en Dios, tengo fe en tu intercesión, Santa María, madre nuestra de Guadalupe, tengo fe en tu intercesión. Creo en tantas personas buenas que viven en esa diócesis, que muchos piensan que todos están mal.
Creo en muchas personas buenas que somos mayoría en esa diócesis, que desean un mundo mejor, que la esperanza se irá haciendo realidad. Madre, no podemos seguir viviendo de esta manera. La conversión, la conversión nos está llamando a todos, a mis hermanos que militan en tantos grupos del crimen y que se les ha dejado actuar.
La conversión a mis hermanos que creen que van por el camino correcto de una forma equivocada. Conversión de nosotros, los creyentes, para no tener miedo, ser luz, viviendo en la verdad, en la justicia. Conversión de aquellos que están para servir y no para servirse del pueblo, quienes sirven como autoridades”.