El Santuario de los Mártires Mexicanos, en Guadalajara, fue el escenario el pasado lunes 20 de julio de 2026 de una emotiva celebración eucarística que reunió a cerca de ocho mil fieles, alrededor de quinientos sacerdotes, cincuenta obispos y tres cardenales para dar gracias a Dios por los cincuenta años de ministerio sacerdotal del cardenal José Francisco Robles Ortega, arzobispo de Guadalajara. Entre los prelados que acompañaron al jubilar destacó la presencia del cardenal Norberto Rivera Carrera, arzobispo emérito de México, cuya asistencia subrayó la comunión del episcopado mexicano en torno a una trayectoria marcada por la fidelidad y la sencillez, además del presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, el obispo de Cuernavaca, Ramón Castro Castro.
La Eucaristía fue presidida por el propio cardenal Robles Ortega. Al inicio de la celebración, el nuncio apostólico en México, Joseph Spiteri, leyó el mensaje que el Papa León XIV envió al purpurado. El Santo Padre reconoció la diligente actividad, la solicitud apostólica y el ministerio de profunda espiritualidad ejercido durante cinco décadas y deseó al cardenal salud y abundantes gracias para continuar anunciando el Evangelio. Durante la misa de acción de gracias se utilizó el primer cáliz con el que el entonces joven sacerdote celebró su cantamisa en 1976 en la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores en Mascota. Al concluir, se le entregó un ramillete espiritual elaborado con oraciones de los fieles y una réplica de la imagen de la Dolorosa de Mascota, advocación mariana que lo ha acompañado desde su infancia. La jornada terminó con un refrigerio en el propio santuario y una convivencia en el Seminario menor amenizada con mariachi.
José Francisco Robles Ortega nació el 2 de marzo de 1949 en Mascota, Jalisco, como el tercero de dieciséis hermanos del matrimonio formado por Francisco Robles Arreola y Teresa Ortega. Creció en el rancho El Troje en un ambiente de trabajo agrícola, disciplina familiar y profunda religiosidad. Su padre cultivaba la tierra y era conocido en el pueblo por sembrar arroz; su madre se dedicaba por completo al hogar. Desde pequeños, los hermanos aprendieron a cumplir tareas cotidianas y a vivir la fe de manera común, rosario en familia, la asistencia a la Iglesia y el servicio como monaguillo formaron parte de su niñez. Una religiosa, Martha Soltero, maestra en el Colegio Morelos, cultivó en él y en otros niños el interés por el sacerdocio. Su abuela paterna, María Arreola Caro, también influyó de manera decisiva al destinar recursos en su testamento para “el querido seminarista”.
A los doce años, terminada la primaria, ingresó al Seminario de Tepic como era costumbre en aquella época. Cumplió trece años durante el primer curso de formación. La separación de la familia le produjo nostalgia y angustia hasta el punto de regresar a casa con la intención de no continuar. Sin embargo, la inquietud sembrada desde niño, el deseo de ser sacerdote que nació al servir en el altar y al convivir con seminaristas que volvían a Mascota en vacaciones, no se apagó. Durante la etapa de filosofía enfrentó una crisis más profunda, en la que se preguntaba si podía comprometer toda su vida al ministerio. El acompañamiento de formadores, del director espiritual y de sacerdotes amigos, junto con la perseverancia en la oración, le permitió purificar sus motivaciones. “Ninguna vocación nace aislada; la llamada de Dios necesita un entorno donde pueda germinar”, repitió el cardenal en estos días de jubileo.
Tras estudiar filosofía en el Seminario mayor de Guadalajara y teología en el Seminario de Zamora, fue ordenado el 20 de julio de 1976 para la diócesis de Autlán por imposición de manos del obispo José Maclovio Vázquez Silos. Inmediatamente después viajó a Roma donde, entre 1976 y 1979, obtuvo la licenciatura en Teología Dogmática en la Pontificia Universidad Gregoriana. A su regreso fue nombrado párroco del Santuario de Guadalupe de Autlán, profesor de filosofía y teología y más tarde rector del Seminario diocesano. Posteriormente se desempeñó como vicario general y administrador diocesano tras la muerte de su obispo. Esos años forjaron en él un estilo pastoral cercano, sencillo, centrado en la formación de los futuros sacerdotes.
El 30 de abril de 1991, san Juan Pablo II lo nombró obispo auxiliar de Toluca y titular de Bossa. Fue consagrado el 5 de junio de ese mismo año. En 1996, a la muerte del obispo Alfredo Torres Romero, asumió como obispo titular de Toluca, sede que gobernó hasta el 25 de enero de 2003 cuando el mismo pontífice lo designó arzobispo de Monterrey. Allí permaneció hasta el 7 de diciembre de 2011. En cada una de estas sedes desarrolló un ministerio caracterizado por la promoción de la educación, el diálogo interreligioso y la paz. Participó en el Sínodo de los obispos para América en 1997 y presidió diversas comisiones de la Conferencia del Episcopado Mexicano.
El 24 de noviembre de 2007, Benedicto XVI lo creó cardenal en el consistorio de ese día y le otorgó el título de Santa María de la Presentación, del que fue el primer titular. El capelo cardenalicio consolidó su presencia en la Iglesia universal. Ha sido miembro de la Comisión Pontificia para América Latina, del Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización y de la Congregación para los Obispos. Participó en el cónclave de 2013 que eligió al Papa Francisco.
El 7 de diciembre de 2011, Benedicto XVI lo nombró arzobispo de Guadalajara y tomó posesión el 7 de febrero de 2012. Desde entonces ha pastoreado una de las diócesis más importantes de México, con una larga tradición evangelizadora, abundantes vocaciones y una historia marcada por mártires. Ha presidido la Conferencia del Episcopado Mexicano en dos periodos, de 2012 a 2015 y de 2016 a 2018, destacando por su defensa de la vida, la justicia, la paz y los derechos humanos, así como por su capacidad de mantener la debida independencia frente a las autoridades civiles. En Guadalajara ha subrayado constantemente la necesidad de una Iglesia centrada en la comunión con Dios y el servicio a los más necesitados. Ha acompañado a las comunidades afectadas por la violencia, ha impulsado la promoción de las vocaciones y ha mantenido un estilo pastoral sencillo, fiel a su lema episcopal: “En la sencillez de la fe”.
En su homilía del 20 de julio, el cardenal Robles Ortega expresó profunda gratitud a Dios, a su familia y a las Iglesias particulares que marcaron su camino. Recordó que antes de ser ministros somos discípulos y que antes de hablar de Cristo debemos escucharlo. Dirigiéndose a los sacerdotes presentes, les invitó a no perder el gozo de la vocación y a mirar el pasado con agradecimiento, reconociendo la fidelidad de Dios a pesar de los límites humanos. La celebración no fue solo un acto de reconocimiento personal, sino una oportunidad para que toda la Iglesia diocesana valore el don del sacerdocio y renueve el compromiso con la promoción vocacional.
Cincuenta años después de aquella ordenación en 1976, el cardenal José Francisco Robles Ortega sigue proclamando, con su vida y su ministerio, que la fidelidad de Dios es más grande que las debilidades humanas. En la sencillez de la fe, la Iglesia de Guadalajara y de México da gracias por un pastor que ha sabido caminar detrás del único Pastor. Desde este blog nos unimos a la alegría de la Iglesia de Guadalajara por los 50 años del arzobispo, cardenal José Francisco Robles Ortega.