Dos años sin justicia tras masacre de once “mártires por la paz” en Chiapas

Pueblo Creyente peregrina en Nueva Morelia

Dos años sin justicia tras masacre de once “mártires por la paz” en Chiapas

Cientos de fieles del Pueblo Creyente de la parroquia San Pedro y San Pablo de la diócesis de San Cristóbal de Las Casas, recorrieron este martes las calles y veredas del ejido en una peregrinación para conmemorar el segundo aniversario de la masacre que segó la vida de once personas inocentes el 12 de mayo de 2024. Con velas encendidas, imágenes religiosas y pancartas que clamaban memoria y justicia, los participantes honraron a los asesinados en medio de la disputa por el control territorial y reafirmaron su compromiso con la defensa de la tierra y la construcción de la paz.

Bajo el lema evangélico “Felices los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt. 5,9), el comunicado del Pueblo Creyente, leído durante el acto, lleva por título “Si el sistema los sepulta, por justicia nosotros no los olvidemos”. El documento, fechado este mismo 12 de mayo, describe el dolor que aún lacera a la comunidad, aunque dos años después sus miembros se mantienen de pie. “Nos arrebataron sus vidas, experimentamos dolor y sufrimiento, pero su sangre bañó las raíces de este pueblo que entrañablemente mantiene viva su memoria y su dignidad”, afirma el texto. A pesar del tiempo transcurrido, los habitantes continúan enfrentando el miedo, el control, la violencia psicológica, la inseguridad y la indiferencia de un Estado que, según denuncian, sigue maquillando la realidad de Chiapas con un discurso que no responde a la experiencia cotidiana de los pueblos.

Las once víctimas, todas ellas defensoras del territorio y opositoras a la explotación minera, eran  Ignacio Pérez, Isidra Sosme, Teresita de Jesús Arrazate, Rosalinda Bravo, Alfonso Pérez, Yojari Belén Pérez, Dolores Arrazate, Azael Sánchez Escalante, Joel Escalante, Urbano y Brandi. La mayoría pertenecía a una misma familia extensa. Según los testimonios recogidos y la investigación inicial, un grupo armado irrumpió en la comunidad alrededor de las 5:30 de la tarde, los ejecutó y luego calcinó sus cuerpos en una casa. La diócesis de San Cristóbal de Las Casas, en una carta emitida pocos días después de la tragedia, fue categórica, los once ejecutados y calcinados “eran inocentes”. No colaboraban con el crimen organizado; su único “delito” había sido defender la tierra frente al avance de los proyectos mineros y la violencia generada por la disputa entre cárteles.

Dos años después, el Pueblo Creyente no se limita a recordar. Denuncia que la violencia no ha cesado y que los mártires por la paz, defensores de la madre tierra y el territorio, “como chispas que se propagan en un cañaveral siguen animando la lucha y resistencia de nuestras comunidades”. La peregrinación se realizó en un contexto marcado por el control persistente de grupos criminales que disputan el territorio, con repercusiones recientes en Nicolás Ruiz y Carranza, donde se han registrado nuevos episodios de violencia. Los fieles exigen el reconocimiento oficial de las masacres ocurridas en Chicomuselo, Nicolás Ruiz y otros pueblos donde los grupos armados se enfrentan por el dominio de la región. Reclaman justicia para todas las víctimas de la violencia y, de manera particular, para sus hermanos y hermanas de Nueva Morelia, así como para el padre Marcelo Pérez Pérez, el catequista Simón Pedro Pérez López y Lorenzo, también asesinados en la zona.

El mensaje es firme en su rechazo a las causas estructurales de la tragedia. Los peregrinos demandan que se haga efectiva la declaratoria oficial de cancelación de la explotación minera en Chicomuselo y que se ponga fin a la venta de alcohol y drogas que lacera la vida comunitaria y el futuro de los jóvenes, las niñas y los niños. Asimismo, condenan las amenazas, el hostigamiento, la presión y la intimidación contra las comunidades, así como la persecución y el hostigamiento a quienes realizan labor pastoral. “Como cristianos no podemos ni debemos quedarnos al margen en la lucha por la paz y la justicia”, recuerda el comunicado, citando el Tercer Sínodo Diocesano.

Los fieles evocan las palabras del Papa Francisco sobre los mártires que arriesgan la vida por encarnar el Evangelio de amor, paz y fraternidad. Afirman que la vivencia de la cruz y la resurrección debe llevarlos a perder el miedo y a ser “libres y fuertes como un árbol de raíz profunda”. El documento concluye con un llamado a los pueblos a resistir ante la violencia y a buscar caminos de unidad que fortalezcan los lazos comunitarios. Invocan “una paz desarmada, desarmante y también perseverante”, citando al papa León XIV: “Que la locura de la guerra llegue a su fin y que la tierra sea cuidada y cultivada por quienes todavía saben engendrar, saben custodiar y saben amar la vida”.

La masacre de Nueva Morelia no fue un hecho aislado. Se inscribe en una ola de violencia en Chiapas impulsada por el control territorial entre grupos criminales, el interés económico en los recursos minerales y la debilidad institucional. A dos años de distancia, familiares y comunidades siguen exigiendo que las investigaciones avancen y que los responsables sean procesados. La impunidad, denuncian, alimenta el miedo cotidiano y el desplazamiento forzado.

Durante la peregrinación, los participantes abrazaron simbólicamente el dolor de las familias que aún lloran a sus seres queridos y a los miles de desaparecidos en el estado. “Somos una sola familia humana”, afirmaron, y urgieron a poner fin a “esta pandemia de destrucción y muerte”.

El acto de memoria y resistencia del Pueblo Creyente no solo honra a los once mártires. Mantiene viva la esperanza en una Chiapas azotada por la violencia. Su mensaje resuena más allá de las montañas de Chicomuselo: mientras el sistema intente sepultar la verdad, la memoria popular y la fe comprometida seguirán exigiendo justicia, paz y respeto al territorio. Dos años después, Ignacio, Isidra, Teresita, Rosalinda, Alfonso, Yojari, Dolores, Azael, Joel, Urbano y Brandi no son solo nombres en una lista de víctimas, para esas comunidades son semillas de liberación que continúan germinando en la lucha pacífica de un pueblo creyente que se niega a olvidar.

 

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