La Catedral de Morelia se llenó de fieles, sacerdotes, religiosas, seminaristas, obispos y autoridades civiles la mañana del lunes 10 de agosto de 2026. El repique de las campanas anunció el inicio de la Santa Misa de exequias por el eterno descanso de Carlos Garfias Merlos, arzobispo emérito de Morelia, quien falleció el jueves 6 de agosto de 2026 en su natal Tuxpan, Michoacán, a los 75 años de edad. El templo principal de la capital michoacana se convirtió en escenario de una despedida solemne y profundamente emotiva, donde el dolor de la separación convivió con la firme proclamación de la esperanza cristiana.
Presidió la eucaristía José Armando Álvarez Cano, arzobispo de Morelia, quien había sucedido a Garfias Merlos tras la aceptación de su renuncia canónica por el papa León XIV el 19 de enero de 2026. Concelebraron numerosos sacerdotes del presbiterio arquidiocesano y obispos de distintas diócesis, entre ellos algunos que habían compartido el ministerio episcopal con el difunto en las sedes de Ciudad Altamirano, Nezahualcóyotl y Acapulco y su antecesor, el cardenal Alberto Suárez Inda. En las bancas y pasillos se congregaron familiares, religiosas, seminaristas, feligreses de diversas parroquias y representantes de autoridades locales, entre ellas el presidente municipal de Morelia, Alfonso Martínez Alcázar. Durante la celebración se dio lectura a un mensaje de condolencias enviado por el papa León XIV desde el Vaticano, gesto que subrayó la comunión de la Iglesia universal con la comunidad michoacana.
El cuerpo de Carlos Garfias Merlos había sido velado inicialmente en la parroquia de Santiago Apóstol de Tuxpan, su tierra natal, donde el cardenal Alberto Suárez Inda presidió una eucaristía el viernes 7 de agosto. El domingo por la tarde fue trasladado a la Catedral de Morelia para ser velado. Centenares de fieles desfilaron ante el féretro, sobre el cual se colocaron sus ornamentos episcopales, la mitra y el báculo, símbolos de su servicio pastoral. La noche del domingo y la madrugada del lunes la catedral permaneció abierta, permitiendo que el pueblo de Dios rezara el rosario, cantara y ofreciera su última despedida personal al pastor que los había acompañado durante casi una década al frente de la arquidiócesis.
La misa de exequias transcurrió en un clima de solemnidad y recogimiento. Las lecturas proclamadas, del profeta Isaías, de la Primera Carta a los Corintios y del Evangelio de Juan sobre la resurrección de Lázaro, orientaron toda la celebración hacia la victoria de Cristo sobre la muerte. En la homilía, José Armando Álvarez Cano ofreció una profunda meditación que no se detuvo en el dolor, sino que condujo a la asamblea hacia la esperanza pascual.
El arzobispo de Morelia saludó con cariño al pueblo de Dios reunido y recordó que la liturgia de las exequias no permite permanecer únicamente en el sufrimiento de la separación. “Las lecturas que acabamos de escuchar no están centradas en la muerte, sino en la victoria definitiva de Cristo sobre la muerte”, afirmó. A partir del banquete anunciado por el profeta Isaías, donde Dios arranca el velo que cubre a los pueblos y destruye la muerte para siempre, Álvarez Cano subrayó que la fe de la Iglesia proclama hoy para Carlos Garfias aquello mismo que él anunció tantas veces en innumerables funerales: que la muerte no es el final, sino el paso hacia la vida eterna.
De la segunda lectura, destacó la imagen paulina de Cristo como “primicia” de los que han muerto. La resurrección del Señor no es un hecho aislado, sino el comienzo de una humanidad nueva. “No despedimos simplemente a un hombre que concluyó una larga trayectoria pastoral. Acompañamos a un discípulo que ahora es llamado a participar plenamente de la Pascua del Señor”, dijo. Toda la vida episcopal de Carlos Garfias Merlos, anunció el Evangelio, confirmó en la fe a su pueblo, ordenó sacerdotes, promovió vocaciones, celebró los sacramentos y trabajó para que Cristo reinara en los corazones, estaba orientada a predicar ese Reino que ahora se convierte para él en esperanza cumplida.
Al detenerse en el diálogo de Jesús con Marta ante el sepulcro de Lázaro, Álvarez Cano subrayó la pregunta personal del Señor: “¿Crees tú esto?”. La Iglesia hace suya hoy la confesión de Marta. “Creemos que Cristo ha vencido a la muerte. Creemos que el ministerio de un obispo no termina en el sepulcro. Creemos que la comunión de los santos continúa más allá de esta vida. Y creemos que el Señor recibe hoy a quien durante tantos años lo sirvió como pastor de su Iglesia”.
El arzobispo actual desarrolló entonces una reflexión sobre el misterio episcopal. En una época marcada por la incertidumbre, la violencia, el miedo y el desaliento, el obispo está llamado a mantener fija la mirada en Cristo resucitado para ayudar a los demás a no perder la esperanza. Su misión no consiste únicamente en administrar una diócesis, sino en hacer presente a Cristo, el Buen Pastor que nunca abandona su rebaño. Álvarez Cano evocó la enseñanza del papa Francisco sobre el pastor que camina delante, en medio y detrás del rebaño, y recordó las palabras de Benedicto XVI: “quien tiene esperanza vive de otra manera”.
Al evocar la figura concreta de Carlos Garfias, señaló su amor por la formación, su preocupación por los seminarios, su trabajo con los jóvenes, su impulso a la pastoral orgánica y su constante invitación a vivir la sinodalidad. Sin embargo, si hubiera que destacar un rasgo particularmente significativo, “muchos pensaríamos inmediatamente en su compromiso por la construcción de la paz”. En las distintas diócesis que sirvió, Ciudad Altamirano, Nezahualcóyotl, Acapulco y Morelia, marcadas por la violencia, Carlos Garfias Merlos comprendió que la Iglesia no podía permanecer indiferente. Promovió una cultura del encuentro, impulsó espacios de diálogo, favoreció procesos de reconciliación y alentó iniciativas orientadas a reconstruir el tejido social. “La paz no era simplemente ausencia de violencia, era fruto de la justicia, del perdón y de la conversión del corazón”, explicó Álvarez Cano. Su palabra fue firme para denunciar la violencia, pero siempre llena de esperanza, convencido de que el Evangelio conserva toda su fuerza para transformar personas y comunidades.
“La muerte de un obispo no significa que su voz se apaga”, afirmó el celebrante. Su enseñanza, su ejemplo, sus gestos de caridad y las semillas de esperanza que sembró permanecen vivos en el corazón del pueblo que pastoreó. Esa es la herencia más hermosa que un pastor puede dejar: una comunidad que continúa caminando con la mirada puesta en Cristo. La mejor manera de honrar su memoria, subrayó, no consiste únicamente en recordar su obra, sino en continuar las auténticas mociones del Espíritu que Dios inspiró en su servicio. “Que los sacerdotes sigamos siendo hombres de comunión, que nuestras comunidades sean verdaderas escuelas de reconciliación, que nunca cedamos a la lógica del odio o de la división, que trabajemos siempre por una Iglesia capaz de tender puentes, escuchar, dialogar y anunciar la esperanza”.
La homilía concluyó con una invitación a renovar la fe: “Lo haremos con lágrimas, porque el amor también llora. Pero lo haremos con esperanza, porque la fe nos asegura que el sepulcro no tiene la última palabra. La última palabra pertenece a Cristo resucitado”. José Armando Álvarez Cano encomendó a Carlos Garfias Merlos a Nuestra Señora de la Salud, patrona de la Arquidiócesis de Morelia, para que lo acompañe al encuentro definitivo con el Buen Pastor a quien sirvió durante toda su vida sacerdotal y episcopal.
Al término de la Eucaristía, el féretro fue conducido hacia la cripta situada junto al altar mayor. En medio de oraciones, cantos y no pocos aplausos espontáneos de la feligresía, los restos mortales de Carlos Garfias Merlos fueron depositados en la Cripta de los Arzobispos de la Catedral de Morelia. Allí, junto a otros pastores que lo precedieron en el servicio de esta Iglesia particular, reposa su cuerpo en espera de la resurrección.