Pablo VI ¿y Garabandal? Una bendición no es un decreto ni una audiencia, una aprobación

Pablo VI ¿y Garabandal? Una bendición no es un decreto ni una audiencia, una aprobación
El Papa san Pablo VI desde el balcón de San Pedro

La afirmación de que Pablo VI avaló las supuestas apariciones de Garabandal suele presentarse mediante una acumulación de episodios: Conchita fue llamada a Roma, el cardenal Ottaviani la interrogó durante más de dos horas, el Papa le dirigió una bendición particularmente afectuosa, algunos religiosos recibieron palabras de aliento y determinados centros de difusión obtuvieron bendiciones apostólicas. Todo ello, reunido sin distinguir la naturaleza de cada hecho, produce la impresión de que existió una aprobación pontificia que los obispos de Santander no quisieron reconocer. Sin embargo, el examen de las fuentes permite reconstruir una historia bastante menos concluyente y, sobre todo, obliga a confrontar los relatos particulares con las comunicaciones oficiales de la Santa Sede durante el propio pontificado de Pablo VI. La cuestión no consiste en demostrar que el Papa jamás sintiera alguna impresión favorable hacia Garabandal: un juicio histórico no puede penetrar hasta ese extremo en las disposiciones interiores de una persona. Lo que debe determinarse es si los documentos permiten afirmar que reconoció la sobrenaturalidad de los acontecimientos o respaldó eclesialmente el movimiento surgido en torno a ellos, lo cual sería harto extraño, toda vez que no sólo falta una aprobación pontificia sino que existe una comunicación de la Congregación para la Doctrina de la Fe que niega expresamente que la Santa Sede hubiera aprobado, siquiera indirectamente, aquel peculiar movimiento.

Conchita en Roma: ¿espaldarazo a Garabandal?

Doña Concepción González viajó a Roma, según las reconstrucciones más habituales, entre los días 12 y 19 de enero de 1966, aunque algunas amplían ligeramente esas fechas. La acompañaron su madre, Aniceta, el sacerdote Luis Luna y otras personas relacionadas con la organización del viaje, entre ellas la princesa Cecilia de Borbón-Parma. Conchita fue recibida por el cardenal Alfredo Ottaviani, entonces pro-prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, recientemente reorganizada a partir del Santo Oficio. La entrevista no debe ser negada ni reducida a leyenda: aparece en distintas fuentes favorables y en declaraciones posteriores de la propia Conchita, quien recordó que la habían interrogado durante unas dos horas y le habían recomendado mantener reservado lo hablado. Lo que esas fuentes no proporcionan es el acta íntegra de la entrevista, con las preguntas, respuestas y eventuales conclusiones de los responsables del dicasterio. Y esta distinción resulta fundamental: recibir a una persona para interrogarla acredita interés en conocer su testimonio, no conformidad con él; el organismo encargado del discernimiento doctrinal escucha precisamente a quienes protagonizan fenómenos controvertidos; la audiencia constituye una diligencia de investigación, no su resolución favorable. Tampoco la cordialidad del cardenal puede convertirse en reconocimiento de las apariciones. Ottaviani podía tratar con bondad a una adolescente sometida a una situación compleja sin admitir por ello el origen sobrenatural de sus experiencias. La cortesía, la atención y la caridad no son fórmulas canónicas de aprobación.

Las recopilaciones favorables reproducen una carta de Conchita al Padre Gustavo Morelos, escrita después del viaje, en la que comunica su satisfacción y explica que no puede ofrecer detalles porque le han pedido guardar secreto. Debería bastar, pero también aquí, como en la siempre peregrina metodología garabandalista, aparece el desplazamiento interpretativo: la alegría de la entrevistada se utiliza para suplir el contenido reservado de la entrevista. Pero salir contenta de un encuentro puede significar simplemente haber sido escuchada o agradecer el trato recibido. La reserva tampoco favorece necesariamente una de las hipótesis: si el contenido permanece secreto, no puede invocarse como prueba pública de aprobación. El silencio conserva sólo una información no disponible; convertirlo en un espacio donde alojar la conclusión deseada es una operación comprensible desde el entusiasmo, pero insuficiente y poco honesta desde la historia. Lo mismo sucede con la afirmación de que Conchita comunicó a Ottaviani o a otras personas próximas al Papa la fecha del Milagro. Aun admitiendo que lo hiciera, recibir una predicción no equivale a autentificarla. La prueba exigiría conocer qué recibió exactamente el interlocutor, cómo quedó registrado y qué juicio formuló sobre ello.

¿Bendecir a una peregrina más es autentificar sus «visiones»?

La frase más repetida es conocida: «Conchita, yo te bendigo y conmigo te bendice toda la Iglesia». La propia Conchita la confirmó en una entrevista realizada por el jesuita Francis Benac en junio de 1978, posteriormente reproducida en Garabandal Journal. Sin embargo, al describir las circunstancias, Conchita habló del Papa avanzando en la silla gestatoria, de personas situadas junto a ella y de unas palabras que podían oír quienes estaban alrededor. Éste es un dato relevante, porque algunas narraciones hablan de una audiencia privada con un reducido número de asistentes, mientras otras sitúan el episodio al terminar una audiencia general, el miércoles 19 de enero de 1966. ¿Las versiones podrían llamar «privado» a un breve intercambio personal dentro de un acto público?

En los comentarios incorporados a una edición del Diario de Conchita también se describe al Papa descubriéndola entre la multitud mientras salía en la silla gestatoria y dirigiéndole una bendición. Pero ese pasaje pertenece a la explicación editorial que acompaña al texto, no a una entrada autógrafa de Conchita.

Además, incluso aceptando, por extraño que suene, que Pablo VI pronunciara aquella frase, eso no declara sobrenaturales las apariciones. La expresión «conmigo te bendice toda la Iglesia» —absolutamente inusitada en un Papa, y aún más en la sobriedad verbal de Montini— no reconocería una aparición, ni autentificaría un mensaje, ni confirmaría una profecía, ni modificaría las disposiciones del obispo competente. Los Papas bendicen a innumerables personas cuyas experiencias, opiniones o proyectos no han examinado exhaustivamente. Una bendición pide la gracia de Dios, no constituye una ratificación universal de cuanto sostiene su destinatario; si así fuera, habría que atribuir al Pontífice una cantidad inmensa de aprobaciones contradictorias, deducidas de encuentros breves y gestos de cortesía. Mas la discusión sobre la autenticidad de la frase no agota el problema: aunque se demostrase, quedaría por adverar lo que algunos quieren que significase.

«La historia más hermosa de la Humanidad desde el Nacimiento de Cristo» ¡Sic!

Tal afirmación sobre Garabandal atribuida a Pablo VI, añadiendo una comparación con una nueva presencia de la Virgen en la tierra, en una audiencia del jesuita Xavier Escalada, supuestamente acompañado por el Padre Pedro Arrupe, prepósito general de la Compañía de Jesús, la sostienen publicaciones de la «Difusora Mariana» de México y de la «Legión Blanca Peruana». También reproducen una carta del Padre Ramón María Andreu, fechada en Valladolid el 13 de abril de 1967, en la que confirma que Escalada y Arrupe estuvieron con el Papa, quien habría dado permiso para continuar difundiendo el mensaje. Dejando aparte que cuesta trabajo imaginar que Montini pronunciase frase tan rotunda, y… justamente ante Arrupe. ¡Y algunas versiones añaden exhortaciones aún más terminantes! Para establecer el valor de la carta de Andreu habría que precisar cómo y por quién supo el contenido de la audiencia y qué palabras confirma exactamente. En todo caso, confirmar que aquellos dos jesuitas fueron recibidos por el Papa no tiene nada que ver con una metodología medianamente seria, que requiere localizar la declaración más próxima al interlocutor inmediato, precisar la fecha de la audiencia y distinguir el relato original de sus sucesivas ampliaciones. Cuanto más excepcional es una afirmación atribuida al Sumo Pontífice, menos razonable resulta establecerla mediante una cadena de referencias cuya dependencia no se esclarece, y todo lo más que se menciona es un imprimatur concedido el 7 de noviembre de 1968 por Mons. Alfonso Zaplana Bellizza, obispo de Tacna, a una publicación peruana que recogía las palabras atribuidas a Pablo VI, mas ello no demuestra que el obispo presenciara la conversación ni que hubiera comprobado su literalidad. Un imprimatur no convierte a quien lo concede en testigo presencial ni sustituye el juicio del Ordinario competente sobre una «aparición»: la autorización para imprimir un texto y la autentificación histórica de cada una de sus noticias pertenecen a planos diferentes.

La abundante y peculiar literatura garabandalista recoge otras bendiciones papales: una a los centros de Inglaterra e Irlanda, solicitada en diciembre de 1968 y dada en marzo de 1969; otra a una organización mexicana en junio de 1969; y distintos encuentros con grupos de peregrinos que portaban imágenes o estandartes de Garabandal. Cada episodio exigiría examinar su soporte original: petición, respuesta, destinatario, formulación y contexto. No basta conocer cómo lo interpretaron sus beneficiarios. Una bendición apostólica —expide cientos al día la Limosnería Apostólica, y docenas la Secretaría de Estado— no constituye aprobación del movimiento al que pertenecen los peticionarios, y menos, en este caso, la autentificación de unas controvertidas «apariciones» desautorizadas por el Ordinario. También debe distinguirse entre bendecir una imagen de la Virgen y reconocer la realidad de una aparición concreta representada en ella. La maternidad de María y la devoción a Nuestra Señora del Carmen no dependen de Garabandal: gracias a Dios son muy anteriores.

Sobre Garabandal, Roma siempre con los obispos de Santander

Frente a las conversaciones favorables atribuidas al cardenal, entonces pro-prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, existe una carta oficial suya al obispo de Santander, Mons. Vicente Puchol Montis, fechada el 7 de marzo de 1967, con protocolo 1065/64, en la que agradece su prudencia y comunica que, examinada la documentación, la Congregación considera que la cuestión ha sido estudiada y resuelta por el obispo y no encuentra razón para intervenir. Esta carta fue escrita después del viaje de Conchita a Roma. Por tanto, cualquier reconstrucción del supuesto respaldo de Ottaviani debe confrontarse con su actuación documentada posterior; no puede seleccionarse la entrevista de 1966 como si no existiera la correspondencia de 1967, que, si no constituye una declaración de la falsedad de las «apariciones», menos las aprueba: reconoce la gestión diocesana y no asume la causa mediante una investigación romana sustitutiva.

Dos años después, el 10 de marzo de 1969, otra carta del nuevo prefecto, cardenal Franjo Šeper, al nuevo obispo de Santander, Mons. José María Cirarda, reiteró que no habían aparecido elementos nuevos que justificaran una intervención directa. La Congregación distinguía su aprecio por la prudencia diocesana de un juicio propio sobre la sobrenaturalidad, pero consideraba las disposiciones del Ordinario suficientes para orientar a los demás obispos frente a peregrinaciones y actos motivados por las supuestas «apariciones». Roma no había emitido una sentencia autónoma sobre el origen sobrenatural de los fenómenos, pero abstenerse de emitir tal sentencia no equivalía a aprobarlos ni a conceder una libertad indiscriminada para promoverlos fuera de la competencia del obispo. La ausencia de una declaración romana no es un aval romano, menos aún cuando el mismo documento indica la orientación pastoral que debe seguirse.

Un año más tarde, el 21 de abril de 1970, en otra carta al arzobispo de Nueva Orleans, Mons. Philip M. Hannan, el cardenal Šeper negó que existiera un investigador privado oficial del Papa para Garabandal, rechazando las afirmaciones que pretendían situar la verificación del fenómeno exclusivamente en manos de Pablo VI, en detrimento de la autoridad del obispo de Santander: la Santa Sede no había aprobado, ni siquiera indirectamente, el movimiento, ni alentado o bendecido a sus promotores o centros. Tan evidente declaración institucional debería impedir la interpretación de un respaldo de la Santa Sede. Aunque Pablo VI pudiera haber bendecido a una o varias personas relacionadas con Garabandal, eso no acreditaba una aprobación eclesial, paralela al organismo competente durante su pontificado.

Las poco verosímiles palabras atribuidas —sólo eso— a Pablo VI no permiten invocarlo como garante de la sobrenaturalidad de Garabandal. Incluso una simpatía privada sería distinta de un pronunciamiento. La veneración al Papa exige respetar esa diferencia. No se honra su autoridad haciendo hablar a una bendición como si fuera un decreto, ni relegando las comunicaciones oficiales cuando resultan menos útiles que los relatos particulares. Tanto más cuanto que no se tiene la menor prueba documental de tal afición a Garabandal y a Conchita por parte de un introspectivo Papa —Paolo Mesto según los italianos— que en su visita a Fátima en 1967 no quiso hablar con la Hermana Lucía, con quien apenas se dejó retratar brevemente.


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