El «Gran Milagro» de Garabandal: profecía que crece con los años

El «Gran Milagro» de Garabandal: profecía que crece con los años

Si ciertas profecías resultan difíciles de estudiar porque dicen harto poco, la del llamado «Gran Milagro» de Garabandal presenta el problema contrario: dice demasiado, pero no lo dice todo al mismo tiempo, ni en el mismo documento, ni por la misma persona, ni con idéntico grado de garantía. Cuando se lee hoy una página garabandalista y se encuentra, perfectamente compuesto, el anuncio de un jueves entre el 8 y el 16 de marzo, abril o mayo, a las ocho y media de la tarde, fiesta de un mártir de la Eucaristía, coincidente con un acontecimiento rarísimo de la Iglesia, precedido por un Aviso, seguido por una señal permanente en los Pinos, con enfermos curados, incrédulos convertidos, un Papa que lo contemplará desde donde se encuentre, el Padre Pío que también lo verá, un ciego que recibirá ojos nuevos y un jesuita cuyo cadáver reaparecerá incorrupto, se obtiene la impresión de estar ante una revelación primitiva, compacta y perfectamente fijada desde 1961, mas no es así. Lo que existe es un expediente que fue formándose por estratos durante más de medio siglo.

Y quizá lo más interesante sea estudiarlo sin acudir apenas a adversarios de Garabandal. Para reconstruir esta historia pueden utilizarse el propio Diario de Conchita, el libro favorable de Francisco Sánchez-Ventura, las entrevistas que los centros garabandalistas han conservado y difundido y, para algún punto concreto, un estudio académico publicado en American Anthropologist. De este modo se evita la sospecha de que la dificultad procede de una lectura hostil: en buena medida, son los mismos documentos utilizados para defender Garabandal los que permiten contemplar la curiosa evolución del anuncio.

El núcleo primitivo: una profecía bastante más sencilla

El primer cuidado que exige esta cuestión consiste en distinguir lo que escribió Conchita de lo que los editores añadieron después como explicación de lo escrito por Conchita. Su Diario, comenzado en 1962 y terminado en la segunda mitad de 1963, contiene un párrafo inequívoco en primera persona. Allí afirma que la Virgen le ha comunicado «la fecha del milagro y en qué va a consistir»; que deberá anunciarlo ocho días antes para que pueda acudir la gente; que el Papa lo verá desde donde esté, lo mismo el Padre Pío; que los enfermos presentes sanarán, los pecadores se convertirán y quienes contemplen el prodigio no podrán dudar. Éste es verdaderamente el núcleo antiguo y documentalmente más firme de la predicción.

Pero ocurre algo significativo. En las ediciones difundidas del Diario aparece, unas páginas antes, un largo párrafo entre corchetes, es decir, editorial, que reúne ya casi todo el repertorio conocido: jueves, santo mártir vinculado con la Eucaristía, gran acontecimiento eclesial, ocho y media de la noche, duración de diez o quince minutos, señal permanente, curaciones, Padre Pío, Papa… La propia tipografía permite advertir dónde termina la voz de Conchita y dónde comienza la sistematización del editor. No significa esto que esos datos sean necesariamente tardíos o falsamente atribuidos; significa algo más modesto, pero fundamental: no todos están contenidos en aquel párrafo autobiográfico original que tantas veces se cita como si los contuviera.

No obstante, varios de ellos aparecen muy pronto por otra vía. Francisco Sánchez-Ventura publicó en España en agosto de 1965 Las apariciones de Garabandal y aseguró conservar los originales de determinados textos «escritos de puño y letra de Conchita». Entre esos textos figura ya una descripción mucho más desarrollada: el Milagro coincidirá con un acontecimiento importante de la Iglesia y con la festividad de un «santo mártir de la Eucaristía»; acontecerá a las ocho y media de la tarde de un jueves; será visible desde el pueblo y las montañas circundantes; los enfermos presentes sanarán; los incrédulos creerán; y en los Pinos quedará para siempre una señal susceptible de ser filmada y televisada. Este documento es importante porque demuestra que buena parte del complicado programa posterior no nació ayer en Internet: estaba ya sustancialmente configurado en 1965.

Hasta aquí, por consiguiente, la historia puede reconstruirse con cierta limpieza. Hacia 1963 existe un núcleo: fecha conocida por Conchita, aviso público con ocho días de antelación, curaciones y conversiones, presencia visual a distancia del Papa y de Padre Pío. En 1965 se encuentra documentado el segundo estrato: jueves, 20:30 horas, mártir eucarístico, acontecimiento eclesial y señal permanente. Lo que todavía no encontramos reunido con la misma solidez son marzo, abril o mayo; los días del 8 al 16; el mes de abril exclusivamente; el santo de nombre extraño; el que no sea español; el año posterior a 2000, y todo el resto de las precisiones que convertirán con el tiempo una profecía religiosa en algo parecido a un problema de calendario perpetuo.

Entran en escena los nombres propios

Antes incluso de terminarse aquel primer desarrollo aparecen dos personas concretas cuyo futuro quedará ligado al Milagro. La primera es Joey Lomangino, norteamericano que había perdido la vista en un accidente. Aquí la documentación es particularmente interesante porque existe una carta atribuida a Conchita, fechada el 19 de marzo de 1964, cuya transcripción ha sido recogida incluso por un estudio académico. Conchita comunica a Joey que ese día, en una locución en los Pinos, la Virgen le ha dicho que recibirá «nuevos ojos» el día del gran Milagro. No se trata, pues, de un rumor aparecido décadas más tarde. La promesa individual es antigua y precisa.

El segundo es el jesuita P. Luis María Andreu, fallecido en agosto de 1961 después de haber exclamado «¡Milagro!» durante uno de los éxtasis. Una carta de Conchita derivada de una locución del 18 de julio de 1964 anuncia algo todavía más sorprendente: al día siguiente del Milagro se sacaría de la tumba al P. Andreu y aparecería incorrupto. La edición del Diario conserva esta formulación. Curiosamente, en una entrevista de 1973 Conchita lo expresó de forma ligeramente distinta: dijo que el día del Milagro su cuerpo sería hallado incorrupto. No es una diferencia capital —un día arriba o abajo resulta poca cosa dentro de un prodigio tan considerable—, pero es un buen ejemplo de lo difícil que resulta transformar toda esta tradición oral y escrita en una especie de protocolo notarial único.

Y entonces ocurrió algo que introdujo en la profecía una dificultad nueva. Padre Pío murió el 23 de septiembre de 1968. La predicción que el Diario había conservado era muy sencilla: Padre Pío «verá» el Milagro desde donde se encuentre. El problema no pasó inadvertido a los propios interesados. Una fuente favorable a Garabandal reconoce expresamente que Conchita quedó perpleja ante la muerte del capuchino porque la profecía parecía no haberse realizado. Aproximadamente un mes después llegó la explicación: el P. Bernardino Cennamo le habría asegurado que Padre Pío había visto anticipadamente el Milagro antes de morir, porque él mismo se lo había contado. El dato primitivo quedaba así preservado, aunque mediante un pequeño desplazamiento semántico: «lo verá» ya no significaba que viviría para contemplar el futuro acontecimiento cuando sucediese, sino que lo había contemplado previamente en una visión privada. La solución es posible, naturalmente; sólo que no es exactamente lo que el lector espontáneo habría entendido antes del 23 de septiembre de 1968.

Éste será un procedimiento que reaparecerá varias veces: cuando la historia plantea una dificultad, no se abandona la afirmación anterior; se amplía su interpretación. Cada nueva explicación permite conservar la pieza, aunque el puzle vaya necesitando instrucciones cada vez más detalladas.

De 1971 a 1978: el calendario se estrecha y, al mismo tiempo, se complica

La famosa franja del 8 al 16 de marzo, abril o mayo no pertenece al primitivo texto del Diario. Las fuentes garabandalistas suelen hacerla proceder de una conversación que Conchita habría mantenido con un grupo de estadounidenses el 10 de agosto de 1971: el Milagro tendría lugar entre los días 8 y 16 de marzo, abril o mayo, excluyéndose febrero y junio. El dato está hoy ampliamente repetido, pero su calidad documental es inferior a la carta de Joey o al manuscrito citado por Sánchez-Ventura: las páginas que lo transmiten reproducen la conversación, pero no ofrecen el original manuscrito o la grabación contemporánea que sí sería deseable poseer para una precisión de semejante calibre.

En 1973, una entrevista a Conchita añade otras piezas. Ella asegura nuevamente que conoce día, mes y año; afirma que la fecha llegará «pronto», aunque sólo la revelará ocho días antes; precisa que los enfermos presentes serán curados cualquiera que sea su enfermedad o religión; que todos los presentes creerán; que los pecadores se convertirán; y ofrece una descripción verdaderamente singular de la señal que quedará en los Pinos: podrá verse, fotografiarse y televisarse, se podrá tocar pero no sentir y será, dice, «como humo». Añade además que Joey Lomangino recuperará la vista y que un muchacho paralítico, cuyos padres procedían de Garabandal, también será curado.

El «pronto» de 1973 lleva ya más de medio siglo de respetable existencia. Esto, por sí solo, no refuta nada, porque pronto carece de unidad de medida y la literatura profética conoce bien la notable elasticidad de ciertos adverbios; sí aconseja, en cambio, no utilizarlos como instrumento cronológico demasiado fino.

Todavía más enjundiosa es la entrevista del 7 de febrero de 1974, publicada en Needles. Conchita explica allí que el «gran acontecimiento» que coincidirá con el Milagro será un hecho eclesial singular, muy raro, ocurrido otras veces pero nunca durante su vida, algo —dice sólo como comparación— semejante a la definición de un dogma, por cuanto afectará a toda la Iglesia. Aclara además que dicho acontecimiento no será consecuencia del Milagro: sencillamente coincidirán ambos el mismo día. Cuando le preguntan cómo anunciará la fecha, responde que probablemente a medianoche, ocho días antes, llamará a Joey, a la radio, a la televisión y a quien pueda difundir rápidamente la noticia.

Aquella misma entrevista contiene dos datos decisivos. El primero es que, preguntada por cuánto tiempo mediará entre el Aviso y el Milagro, Conchita responde con toda sencillez: «No lo sé». Conviene recordarlo porque tres años después, en febrero de 1977, Mari Loli aseguró que el Milagro se produciría dentro del año siguiente al Aviso. Por tanto, la conocida fórmula «el Milagro tendrá lugar menos de un año después del Aviso» no es propiamente una precisión de Conchita: procede de Mari Loli y convive con la declaración explícita de Conchita de que ella ignoraba ese intervalo.

El segundo dato afecta otra vez a Joey. En 1974 ya no se habla solamente de unos ambiguos «ojos nuevos». Conchita especifica que en el momento del Milagro Joey tendrá nuevos ojos y después verá permanentemente. La frase importa mucho porque dificulta considerablemente convertir posteriormente aquellos «nuevos ojos» en una metáfora puramente espiritual.

En febrero de 1977 llega una precisión directa y sólidamente transmitida: preguntada expresamente por los meses en que puede producirse el Milagro, Conchita responde: «de marzo a mayo». Afirma además que alguien situado en las montañas, si puede ver los Pinos, podrá contemplarlo claramente. El cuadro empieza, pues, a parecer bastante cerrado: jueves, 20:30, entre marzo y mayo y —si aceptamos la conversación de 1971— entre el 8 y el 16. La cuadrícula resulta lo bastante estrecha como para mantener ocupados durante décadas a los aficionados al calendario, pero, curiosamente, lo bastante ancha como para seguir ofreciendo posibilidades año tras año.

El cadáver que ya se había descompuesto

La entrevista que el jesuita P. Francis Benac hizo a Conchita en junio de 1978 permite observar con extraordinaria nitidez otro de estos reajustes. Benac le pregunta por la profecía del P. Luis Andreu. Conchita insiste: después del Milagro, el cuerpo del sacerdote será encontrado incorrupto. Entonces Benac le recuerda un hecho nada menor: cuando la sepultura fue abierta para trasladar sus restos a Loyola, el cuerpo estaba descompuesto. Conchita responde que lo sabe. Benac pregunta, con comprensible lógica, cómo puede conciliarse una cosa con la otra, y ella contesta sustancialmente que la Virgen dijo que después del Milagro sería encontrado incorrupto y que ella no sabe cómo ocurrirá.

La profecía, por tanto, cambia inevitablemente de naturaleza. Mientras el cadáver no había sido examinado, «será encontrado incorrupto» podía entenderse como la conservación milagrosa ordinariamente atribuida a ciertos santos. Comprobada su descomposición, lo anunciado exige ya algo distinto y todavía mayor: una futura recomposición sobrenatural de un cadáver que se sabe corrompido. No hay contradicción lógica si se admite de antemano semejante intervención divina; pero la afirmación queda también situada en un terreno en el que ninguna comprobación presente puede afectarla. Todo queda pendiente del acontecimiento futuro que precisamente se intenta demostrar.

En la misma entrevista, Benac pregunta otra cosa muy pertinente: cuando se dijo que «el Papa» contemplaría el Milagro desde donde estuviera, ¿se hablaba del Papa entonces reinante? Conchita responde que no; cuando hizo aquella afirmación reinaba Juan XXIII y la Virgen no especificó de qué pontífice se trataba: simplemente dijo «el Papa». Esto significa que uno de los datos aparentemente más impresionantes posee, en realidad, una elasticidad temporal muy notable: mientras exista un Papa cuando suceda el Milagro, la condición podrá considerarse cumplida.

Tres Papas, cuatro Papas y un Papa que no cuenta

Mención aparte merece la famosa «profecía de los tres Papas», porque aquí la aritmética alcanza cierta delicadeza. La tradición sitúa el episodio en torno a la muerte de Juan XXIII, el 3 de junio de 1963: después de aquel pontífice quedarían solamente tres Papas y después vendría el «fin de los tiempos», expresión que Conchita diferenciaría del fin del mundo. Existe además un apoyo independiente, aunque retrospectivo, en un estudio antropológico académico que recoge esta tradición como ya establecida en 1963.

Lo verdaderamente interesante sucede en una entrevista grabada por Mons. Francisco Garmendia en agosto de 1981. Conchita afirma con toda precisión: cuando vivía Juan XXIII, la Virgen dijo que «quedaban tres Papas». Garmendia realiza inmediatamente la cuenta delante de ella: Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II, y exclama que el cerco se está estrechando. Conchita no corrige la enumeración diciendo que Juan Pablo I no deba contarse; vuelve a hablar sencillamente del «fin de los tiempos».

Después la interpretación cambió. Las exposiciones favorables a Garabandal comenzaron a explicar que, en realidad, tras Juan XXIII habría cuatro pontífices, pero uno de ellos no debía computarse porque reinaría muy poco. El elegido para ocupar esta curiosa categoría de Papa verdadero pero aritméticamente prescindible fue, naturalmente, Juan Pablo I, cuyo pontificado duró 33 días. Los tres que «cuentan» pasan así a ser Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI, de modo que con Francisco habría comenzado el «fin de los tiempos». Las páginas garabandalistas presentan hoy esta lectura abiertamente y algunas aseguran que la excepción del pontificado brevísimo ya habría sido conocida en 1963, aunque esa precisión no aparece en la entrevista de 1981 justamente cuando Garmendia cuenta expresamente a Juan Pablo I como uno de los tres.

Había, sin embargo, que resolver un pequeño inconveniente adicional: si Francisco inauguraba el «fin de los tiempos», ¿debía ser él el último Papa? La respuesta elaborada fue que no: «fin de los tiempos» designaría una época, de duración indeterminada, durante la cual seguiría habiendo Papas. La misma fuente favorable lo afirma expresamente. Así se llegó sin especial dificultad a León XIV, elegido el 8 de mayo de 2025, 267.º sucesor de San Pedro.

Nada de esto constituye una imposibilidad teológica; pero sí produce un efecto documental curioso. La profecía que parecía ofrecer una cuenta atrás —tres Papas y después…— termina admitiendo que, después de los tres, puedan venir cuantos Papas correspondan durante un «fin de los tiempos» cuya duración nadie conoce. La cifra queda salvada, pero pierde casi toda utilidad para fechar nada. Es una supervivencia impecable conseguida al módico precio de renunciar a la función cronológica que hacía inicialmente tan llamativa la cifra.

Joey Lomangino y los ojos que debían ver

Algo semejante, aunque mucho más delicado humanamente, ocurrió con Joey Lomangino. Recordemos la sucesión: carta del 19 de marzo de 1964, «recibirás nuevos ojos el día del gran Milagro»; entrevista de 1973, recuperará la vista; entrevista de 1974, «tendrá nuevos ojos» y verá permanentemente después. No estamos ante una inferencia de adversarios de Garabandal: son afirmaciones conservadas en fuentes garabandalistas y la carta de 1964 está reproducida en una revista académica.

Joey murió el 18 de junio de 2014 sin haber recuperado la vista. Su muerte produjo comprensible desconcierto entre quienes durante décadas habían esperado verlo contemplar corporalmente el Milagro; él mismo había sido uno de los principales propagadores mundiales de Garabandal.

Es posible, naturalmente, reinterpretar los «ojos nuevos» como ojos glorificados, ojos espirituales o visión desde la eternidad. El lenguaje religioso permite esas lecturas. Pero aquí vuelve a producirse el mismo fenómeno que con Padre Pío: la interpretación disponible después del fallecimiento no es la interpretación natural que tenían las palabras mientras la persona vivía, y resulta especialmente difícil de armonizar con la precisión de 1974 de que Joey, a partir de aquel momento, vería permanentemente. La profecía no desaparece; cambia de registro. Y cada cambio de registro aumenta un poco la distancia entre la formulación original y la solución posterior.

2018: el Padre Morelos consigue averiguar abril

Todavía faltaba una de las capas más pintorescas del expediente. El 6 de octubre de 2018, Guadalupe Morelos de Kania, sobrina del sacerdote mexicano Gustavo Morelos, publicó el recuerdo de una conversación que su tío habría mantenido a solas con Conchita casi medio siglo antes. Es importante subrayar la naturaleza de la fuente: no estamos ante una cinta de aquella conversación ni ante una carta escrita entonces por Conchita, sino ante una sobrina recordando en 2018 lo que su tío le había referido décadas atrás. Y la propia testigo, con laudable sinceridad, reconoce al final que tenía once años, que habían pasado 47 años y que sobre algunos detalles no podía asegurar si los había oído a su tío o posteriormente a otras personas.

Con esas precauciones, la conversación merece ser contada porque es casi una miniatura perfecta de todo el problema. El P. Morelos habría intentado sortear la prohibición de revelar la fecha mediante preguntas a las que Conchita sólo tendría que responder sí o no. ¿Primeros tres meses del año? No. ¿Primer semestre? Sí. ¿Mes de Jesús? No. ¿Mes de María? No. Descartados así marzo, mayo y junio, el sacerdote concluye triunfalmente: abril. Conchita habría respondido afirmativamente. ¿Entre los días 7 y 17? Sí. ¿El mártir es Jesús? No. ¿Lo has visto en el calendario? Sí. ¿Es español? Conchita cree que no, porque tiene un nombre muy extraño que nunca había oído. Después, al ir tanteando años, ella habría indicado que faltaba mucho tiempo, que sería ya muy vieja para anunciarlo por radio y televisión y, finalmente, habría confirmado que tendría lugar después del año 2000.

Así, una conversación conocida públicamente en 2018 estrecharía retrospectivamente la profecía hasta dejarla en un jueves de abril entre el 8 y el 16, después del año 2000, fiesta de un mártir eucarístico varón, aparentemente no español y de nombre poco familiar para una niña cántabra de los años sesenta. Es difícil negar que el problema empieza a adquirir una cierta belleza combinatoria.

Y aquí aparece la secular búsqueda del santo misterioso. San Tarsicio parecería candidato insuperable: se le denomina «mártir de la Eucaristía»; desgraciadamente su fiesta es el 15 de agosto, fuera de los meses permitidos. San Hermenegildo, por el contrario, cae espléndidamente el 13 de abril y su martirio estuvo directamente relacionado con su negativa a recibir la comunión de manos de un obispo arriano; pero tiene la descortesía de ser un príncipe visigodo de España, lo que tropieza con el recuerdo tardío de que el santo no sería español. La beata Imelda Lambertini, celebrada en mayo y estrechísimamente vinculada a la Eucaristía porque murió después de recibir milagrosamente la Comunión, se acomoda admirablemente a una parte del acertijo, pero presenta otro inconveniente: no es mártir.

Cada candidato parece poseer justamente las virtudes necesarias para que se piense en él y el pequeño defecto suficiente para que haya que seguir buscando. Y así el santoral, que normalmente ayuda a los fieles a llegar al cielo, presta en este caso el servicio suplementario de proporcionar materia para calendarios durante generaciones.

¿Qué queda cuando se ordenan los papeles?

Después de reconstruir la cronología, la cuestión se vuelve bastante más sencilla. Sí existe una profecía del Milagro atribuible documentalmente a Conchita; pero no existe un único documento primitivo en el que aparezca, desde el comienzo, el complejo sistema que hoy suele presentarse como una revelación perfectamente unitaria. Hay un núcleo antiguo y fuerte; hay precisiones escritas de 1964-65; hay entrevistas de los años setenta que añaden o aclaran elementos; hay datos transmitidos por conversaciones cuya documentación original no aparece; hay divergencias entre las propias videntes; hay explicaciones producidas después de la muerte de las personas afectadas por determinadas predicciones; y finalmente hay recuerdos de segunda mano publicados medio siglo después que todavía restringen más el calendario.

La diferencia no es pequeña. Para aceptar todo el conjunto como una sola profecía perfectamente coherente es necesario conceder prácticamente el mismo valor a un párrafo escrito por Conchita hacia 1963, una carta suya fechada en 1964, un manuscrito que Sánchez-Ventura afirma conservar en 1965, una conversación con estadounidenses atribuida a 1971, entrevistas de 1973, 1974, 1977, 1978 y 1981, la afirmación distinta de Mari Loli acerca del intervalo entre Aviso y Milagro, una explicación recibida después de la muerte de Padre Pío, una reinterpretación de la muerte de Joey, una nueva aritmética pontificia que permite no contar a Juan Pablo I y un recuerdo publicado en 2018 por una señora que declara honestamente que no está segura de todos los detalles que oyó cuando tenía once años. El conjunto puede armonizarse; ciertamente puede. Sólo requiere una labor de armonización de notable constancia.

Y ésta es la observación más seria que puede hacerse sin herir a nadie. Una predicción gana fuerza cuando los acontecimientos posteriores van estrechando inequívocamente su sentido; la pierde cuando son los acontecimientos los que obligan a ensanchar el sentido de las palabras anteriores. El Padre Pío debía ver el Milagro: murió, y entonces se supo que lo había visto anticipadamente. Joey debía recibir ojos nuevos y ver después permanentemente: murió ciego, y los ojos pudieron entenderse de otra manera. El P. Luis sería hallado incorrupto: se comprobó que estaba descompuesto, y entonces la incorruptibilidad pasó a ser una futura restauración después del Milagro. Después de Juan XXIII quedarían tres Papas: Juan Pablo I fue contado expresamente en 1981, pero más tarde dejó de contar; Benedicto XVI ocupó su puesto; Francisco pasó a inaugurar el «fin de los tiempos» y, para que León XIV no causara dificultad alguna, el fin de los tiempos quedó definido como una época en la que pueden seguir sucediéndose los pontífices. Cada dificultad encuentra una respuesta; lo notable es que ninguna respuesta parece capaz de disminuir el número de posibilidades futuras.

Hay, además, una consecuencia paradójica. La enorme acumulación de datos produce una sensación de precisión: jueves, 20:30, marzo-mayo, quizá abril, días 8-16, mártir eucarístico, acontecimiento eclesial, ocho días de preaviso, señal, Papa, Pinos… Pero cuando se examina de cerca la procedencia de cada pieza, esa precisión se deshace en distintos grados de certeza, distintos años, distintos testigos y distintas reinterpretaciones. Lo que parecía una profecía cada vez más verificable termina siendo un sistema cada vez más difícil de refutar, porque siempre queda abierta una distinción, una excepción, una acepción distinta de una palabra o una información que todavía no se conocía.

Nada obliga al católico a internarse indefinidamente en semejante laberinto. El Catecismo recuerda que las revelaciones privadas, incluso cuando son reconocidas, no pertenecen al depósito de la fe; su función nunca es completar la Revelación definitiva de Cristo. Quizá ésta sea, finalmente, la salida más descansada de todo el problema. Para vivir la fe católica no hace falta averiguar qué jueves de abril caerá entre el 8 y el 16, descubrir qué mártir eucarístico posee un nombre suficientemente extraño, decidir qué Papa cuenta y cuál no, ni determinar de qué manera unos ojos que debían ver pueden comenzar a hacerlo después de haber sido cerrados por la muerte. La fe tiene misterios ciertamente más altos; pero, por fortuna, bastante menos necesitados de cálculo. 

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