Humanidad, por favor

Humanidad, por favor
<a href="https://www.royalacademy.org.uk/art-artists/work-of-art/satan-summoning-his-legions" target="_blank" rel="noopener"><em><strong>Satanás convoca a sus legiones</strong></em></a>, de sir Thomas Lawrence, 1796-1797 [Royal Academy, Londres]

Por Anthony Esolen

El otro día vi la foto de una tarea escolar que había hecho un chico y que la maestra le había marcado como incorrecta. La pregunta decía: «¿Qué es mayor, 0,2 o 0,14?». El chico respondió, correctamente, que 0,2. Pero la maestra escribió: «¡0,14 tiene más cifras! Por favor, estudia». Casi no sé por dónde empezar. ¿Una maestra que no sabe qué significan los decimales? Supongo que habría pensado que 0,20 era mayor que 0,2, ¡y que 0,2000 era mucho mayor que ambos!

También tuve ocasión de escribir sobre el poema de Gerard Manley Hopkins «Hurrahing in Harvest» y, como estoy lejos de casa y de mis libros, tuve que buscarlo en internet. El primer sitio que apareció ofrecía un breve análisis, protegido por derechos de autor. Era obra de la IA, plagado de estupidez e incoherencia. Pero ¿cómo puede un algoritmo saber lo que es contemplar las nubes en un cielo otoñal luminoso y ventoso, y mucho menos saber lo que es pensar o alabar a Dios?

El trabajo del administrador humano del sitio, que presentaba a Hopkins, no era mejor. Me temo que, aunque el hombre occidental ya no atienda el mandato amoroso del Génesis, «Creced y multiplicaos», la estupidez sí lo hace, y seguirá haciéndolo en quienes no tienen una verdadera educación que los proteja de ella.

Luego di con un fragmento del podcaster Ben Shapiro entrevistando al popular divulgador de la ciencia y despreciador de la religión Neil deGrasse Tyson. El tema era la libertad y el enigma aparentemente insoluble —insoluble solo si se niega la realidad— de los hombres que fingen ser mujeres e irrumpen en los deportes femeninos. «Es un país libre», dijo Tyson, y concluyó que eso significa que a uno debería permitírsele hacer lo que quiera en lo sexual, porque la libertad, tal como él la entendía, era algo meramente negativo: salvo un daño material evidente, nadie puede prohibirte tu fuente de placer favorita.

Señalé que ni uno solo de los antiguos filósofos paganos, ni siquiera Epicuro, habría estado de acuerdo con él. Todos entendían la diferencia entre libertad y libertinaje. Todos advertían que el libertinaje esclaviza.

Los cristianos estaban de acuerdo. He aquí al arcángel Miguel respondiendo a Adán en El paraíso perdido, después de que Adán expresara su disgusto al oír que uno de sus descendientes, Nemrod, sería el primer tirano, un «poderoso cazador»:

Pero sabe además
que, desde tu caída original, la verdadera libertad
se ha perdido, la cual siempre con la recta razón habita
gemela, y sin ella no tiene ser propio.
Oscurecida o desobedecida la razón en el hombre,
de inmediato los deseos desordenados
y las pasiones advenedizas arrebatan el gobierno
a la razón, y reducen a servidumbre
al hombre hasta entonces libre. Puesto que, pues, él permite
que dentro de sí reinen poderes indignos
sobre la libre razón, Dios, en justo juicio,
lo somete desde fuera a señores violentos
que a menudo, con igual falta de mérito, esclavizan
su libertad exterior: la tiranía ha de existir,
aunque no por ello tenga excusa el tirano.

Una nación licenciosa es también una nación estúpida. Su esclavitud es inevitable. Lo mismo vale para todos los grupos humanos —las iglesias y las escuelas no son en absoluto inmunes— y para cada persona.

Habrán notado que usé como ejemplos tres cosas que encontré en internet. Desconfío de ella, porque siento el poderoso impulso de nadar en esa laguna de información y deformación, donde las pasiones se mantienen siempre a fuego lento, hasta levantar una constante dermatitis del alma. Quizá noten también que en cada caso yo contaba con un contrapeso, algún medio para juzgar lo que veía o para liberarme de esa fuerza magnética.

Pero resulta agotador en ambos sentidos. Y si a mí me lo resulta, ¡cuánto más lo será para los jóvenes que no tienen a Hopkins ni a Milton al alcance de la mano ni en el corazón, ni siquiera los hechos más simples de la aritmética!

Las generaciones anteriores no podían distraerse tanto, porque les faltaban los medios; ni podían ser tan estúpidas, porque las exigencias cercanas y apremiantes de la vida se lo impedían. Como confirmación, mientras estaba enfermo en cama, abrí al azar un viejo libro que tenía en la mesita de noche y allí leí un discurso pronunciado en el Senado por John Sherman, hermano menor del célebre general William Sherman, sobre la moneda de oro y de plata, sus valores relativos y el precio de las mercancías, en especial las que producían los agricultores.

Nadie podría escribirlo hoy: demasiado reflexivo, demasiado cuidadoso, demasiado juicioso con las pruebas y demasiado culto. John Sherman nunca fue a la universidad.

A veces me pregunto si la Iglesia aprovechará esta oportunidad para preservar una vez más el saber humanístico en una época profundamente oscura. El problema es que esta vez la oscuridad no está afuera, presionando contra los muros. Está adentro.

Sabemos leer, si por leer entendemos descifrar letras en una página. Pero la verdadera lectura requiere tiempo, paciencia, ecuanimidad, mientras que todo lo que nos rodea devora nuestro tiempo, nos distrae y nos inquieta. Hoy más que nunca necesitamos escuelas católicas, pero ¿quién enseñará en ellas? Hoy más que nunca necesitamos maestros y ministros católicos que vuelvan nuestras mentes y nuestros corazones hacia las cosas eternas, pero ¿cómo puede lograrse en medio de tanto ruido?

Haré una sugerencia entre las cien que podrían hacerse. Recuerden el poder del silencio y del canto. Ambos están cerca de la oración, y por eso el Infierno no sabe nada de ellos. Saquen las pantallas de nuestras escuelas: ruido y adicción al ruido.

Enseñen a los alumnos a escuchar verdadera música; esa es una de las cosas para las que puede servir la monstruosa internet. Enséñenles a cantarla, y a amar cantar. Podría decir que hay que hacerlo todo de nuevo, salvo que ninguna cultura humana antes de la nuestra tuvo que hacer lo que surgía con tanta naturalidad. La canción antigua más tonta que puedan enseñar está más cerca del amor de Dios que todos los gritos, denuncias, discursos de venta, obscenidades y frivolidades de internet.

En cualquier caso, y por todos los medios, vuelvan a ser humanos, como Dios quiso que fuéramos.

Sobre el autor

Anthony Esolen es conferenciante, traductor y escritor. Entre sus libros se encuentran Out of the Ashes: Rebuilding American Culture y Nostalgia: Going Home in a Homeless World, y el más reciente, The Hundredfold: Songs for the Lord. Es profesor distinguido en el Thales College. No dejen de visitar su nuevo sitio web, Word and Song.

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