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La noche era fría y llovía sobre el Foro romano. Junto a la silla del magistrado, clavado en una tabla que sostenía un pilar, colgaba un pergamino escrito en letras grandes: el edicto de Diocleciano y Maximiano contra los cristianos, que la ciudad debía descubrir al amanecer. Lo custodiaba un centinela dacio gigantesco, con orden de atravesar con la lanza a quien se acercara sin dar la consigna. Se acercaron dos. Uno era un centurión de fuerza descomunal; el otro, un muchacho alto y delgado. Un cuarto de hora después estaban de vuelta en una casa de la Suburra, riéndose, con el edicto arrugado entre las manos. Lo echaron al fuego.
La escena pertenece a Fabiola, la novela que el cardenal Nicholas Wiseman publicó en 1854 y que durante más de un siglo estuvo en casi todas las bibliotecas familiares católicas. Homo Legens la recuperó en 2021, en traducción y con prólogo de Ignacio Peyró. Merece leerse con ojos de adulto: detrás del folletín de catacumbas hay mucha historia real y algunas licencias bien calculadas.
El muchacho es Pancracio, un adolescente cristiano, hijo de un mártir; el centurión, Cuadrado, oficial de la cohorte que manda el tribuno Sebastián. Antes de salir, cuenta Wiseman, pasan por la casa del viejo sepulturero Diógenes, encargan una cena que les servirá de coartada, y Pancracio pide al anciano que le cuente cómo murió san Lorenzo, al que dice haber visto en la parrilla. El chico se declara débil, sin otra cosa que ofrecer que su buena voluntad. Esa misma noche demuestra lo contrario.
El responsable del edicto es Corvino, el villano de la novela, que ha extremado las precauciones porque de Oriente ha llegado una noticia inquietante: en Nicomedia, la capital de Diocleciano, un soldado cristiano ha arrancado y roto el edicto imperial. Corvino lo hace clavar de madrugada, rodea el Foro de soldados de Panonia y elige una consigna que, según cree, ningún cristiano se atrevería a pronunciar: «la divinidad de los emperadores». En latín, Numen Imperatorum.
Ahí está la gracia del episodio. Al amanecer, Corvino encuentra la tabla desnuda y al dacio impasible. La lanza del centinela yace partida en dos y su espada brilla sobre un tejado vecino. El gigante, que nunca fue a la escuela, jura que sí le pidieron la consigna y que se la dieron bien clara: Nomen Imperatorum, el nombre de los emperadores. Una sola letra separa la fórmula idolátrica de la inocente, y al bárbaro le da lo mismo. Cuadrado no tuvo que mentir ni que adorar a nadie: le bastó con cambiar una vocal. Wiseman, que en otro capítulo subraya que los cristianos de aquella Roma guardaban su secreto sin recurrir nunca a la mentira, resuelve así el dilema con una sonrisa.
La mañana siguiente es un pequeño tratado sobre cómo nace un bulo. En las termas, unos aseguran que han hallado al centinela muerto de veintisiete puñaladas; otros, que dos brujas lo hicieron volar con unos polvos mágicos hasta el tejado de la basílica Emilia. Un filósofo pedante explica la receta, a base de lentejas recogidas cuando el sol está en Libra, y concluye que los cristianos son capaces de cualquier cosa.
La travesura tiene un precio. Junto al pilar, Corvino ha encontrado un pequeño cuchillo que reconoce: era de un antiguo compañero de escuela. Ese hallazgo pone en marcha la persecución personal contra Pancracio, que acabará en el anfiteatro, ante el emperador Maximiano, en algunas de las páginas más recordadas del libro.
¿Qué hay de verdad en todo esto? Más de lo que parece. Lo de Nicomedia es histórico: el 23 de febrero de 303 fue derribada la gran iglesia de la ciudad y al día siguiente se publicó el primer edicto de persecución. Eusebio de Cesarea cuenta que un cristiano de alto rango lo arrancó y lo hizo pedazos; Lactancio, que también lo recoge, desaprueba el gesto. Ninguno de los dos da su nombre: los martirologios antiguos lo llaman Juan, y una tradición posterior quiso ver en él a san Jorge, que es la que sigue el novelista. Pancracio también existió. Según la tradición, fue un mártir romano de catorce años, muerto en la persecución de Diocleciano hacia el año 304 y enterrado en la vía Aurelia, donde todavía se alza la basílica que lleva su nombre. Lo que ninguna fuente atribuye al santo es la noche del Foro: Wiseman traslada a Roma la audacia de Nicomedia y se la regala al adolescente. Tampoco en el martirio se ata a la tradición, que habla de decapitación: la novela lo lleva ante las fieras.
El autor sabía de qué hablaba. Nacido en Sevilla en 1802 y formado en Roma, en 1850 se convirtió en el primer arzobispo de Westminster tras el restablecimiento de la jerarquía católica en Inglaterra, y concibió Fabiola en parte como respuesta a Hypatia, la novela anticatólica de Charles Kingsley. Peyró recuerda en el prólogo que en España la comentó Fernán Caballero y que la lee Ana Ozores en La Regenta.
La noche del edicto es solo un capítulo de una novela por la que pasan Inés, Tarsicio y el maestro Casiano, la conversión de una patricia escéptica y el secreto de una esclava que no se desvela hasta el final. Se lee como lo que fue para varias generaciones: una aventura con mártires y, de paso, una manera de aprender quiénes fueron.
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