Sobre las satisfacciones de escuchar

Sobre las satisfacciones de escuchar

Por Francis X. Maier

Suann, mi hermosa esposa desde hace 56 años, tiene una sonrisa radiante. La usa cada vez que cuento cierta historia, que es más o menos así. Hace un año o dos, empecé a notar que mi audición empeoraba. Lo atribuí a la edad; para un hombre de setenta y tantos años, es algo habitual. Pero parecía especialmente marcado en casa. Suann decía algo —algo claramente importante, a juzgar por su tono— y yo lo oía amortiguado o confuso.

Esto no le gustó nada, ni siquiera cuando le expliqué la compleja física en juego. A las ondas sonoras les cuesta atravesar paredes, techos y pisos (como los nuestros). Los ángulos de 90 grados, tan comunes en una casa moderna (también como la nuestra), plantean otro molesto problema de acústica. Insatisfecha, me sugirió en cambio que fuera al médico. Y fui. Una joven y competente especialista me hizo una batería completa de pruebas y, al final, me informó: «Su audición es excelente, señor Maier; lo que necesita trabajo es su escucha».

Suponiendo que uno tenga los conductos auditivos sanos, oír las muchas ondas sonoras que emite, por ejemplo, un cónyuge amado ocurre lo admitamos o no. Ignorar pedidos o instrucciones confusos puede parecer tentadoramente razonable, pero puede terminar mal.

Escuchar, en cambio, implica intención, atención y comprensión. Los dos grandes poemas épicos de Homero, La Ilíada y La Odisea, tienen más de 12.000 versos cada uno. Los aedos de la antigua Grecia los recitaban de memoria, durante horas. Y el público griego escuchaba, durante horas. Vivían los recitales de forma oral, porque las palabras no se pusieron por escrito como textos formales hasta una etapa tardía del desarrollo de los poemas. Aun así, las multitudes quedaban embelesadas, porque escuchar una historia o un poema bien narrados tiene un efecto eléctrico sobre la imaginación; un efecto que ninguna pantalla puede igualar, y que ni siquiera la lectura de una gran novela u obra de teatro logra reproducir del todo.

Todo lo cual es un preámbulo de lo que sigue.

Noviembre es una especie de mes vestíbulo. Es un lugar del calendario donde nos detenemos a rezar por los fieles difuntos, pero también a hacer un balance honesto de nuestra propia vida. En estos días de otoño que se apagan, estamos llamados a reflexionar sobre los cuatro novísimos —muerte, juicio, Cielo e Infierno— antes de entrar en el Adviento y en un nuevo año litúrgico. La muerte nos llega a todos. Noviembre es un tiempo para recordarlo. Nuestras vidas, nuestras decisiones y nuestras acciones importan. Y tendrán consecuencias en la vida futura.

En su libro Things Worth Dying For, Charles Chaput señala que, aun con una fe firme en Dios como Autor de la belleza y del amor, la idea de ser juzgados después de la muerte por Alguien «que nos conoce mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos» puede resultar profundamente inquietante. En ese encuentro, veremos con intensa claridad «quiénes somos realmente y en qué nos hemos convertido», y probablemente seremos «nuestros propios fiscales más severos».

Por eso señala:

Lo más aterrador de la muerte no es que Dios, cuando lo veamos cara a cara, vaya a ser un «juez implacable» con un registro de nuestros crímenes. Jesús describe una y otra vez a Dios como un Padre amoroso. Y ningún Padre así permitirá la destrucción de su hijo a menos que el hijo le impida activamente evitarla. Si a un alma le queda una brasa de amor y bondad de su peregrinación terrena, Dios buscará reavivarla con su aliento. Así que el pensamiento verdaderamente aterrador sobre la otra vida no es que Dios pueda condenarnos. Es que nosotros podemos condenarnos libremente. Podemos elegir el Infierno porque nos hemos convertido en el tipo de criaturas que lo prefieren.

Por desgracia, este es el problema al que nos enfrentamos al reflexionar sobre las realidades eternas y nuestro lugar personal en ellas, dado el momento actual de Estados Unidos. Vivimos en una cultura ferozmente materialista de ruido las 24 horas, opiniones tóxicas y comercio, que oscurece cualquier horizonte más allá de sí misma. Es también una burbuja cada vez más poslectora, gracias al deterioro de la capacidad de lectura, al ritmo frenético de la vida moderna y a las distracciones adictivas de la televisión y de internet. Puede que queramos leer algún día la Divina Comedia de Dante, pero buena suerte para encontrar el tiempo y el silencio necesarios.

Y eso nos devuelve, por un camino indirecto, al valor de escuchar.

Durante la última década, mientras me ocupaba de mis tareas diarias y manejaba, escuché magníficas versiones íntegras de El Decamerón de Boccaccio, Los cuentos de Canterbury de Chaucer y una docena de otros textos clásicos que de otro modo nunca habría leído. Pero especialmente útiles para nuestros fines, aquí y ahora, son las asombrosas narraciones íntegras de Heathcote Williams del Infierno, el Purgatorio y el Paraíso de Dante, disponibles en Naxos Audiobooks.

Si quieren que el terror los lleve a una vida de conducta virtuosa para Navidad, mientras quedan cautivados por una voz extraordinaria, su lectura del Infierno cumplirá su cometido. Sus interpretaciones del Purgatorio y del Paraíso son igualmente potentes, aunque por razones más felices. Asegúrense de conseguir las narraciones de Williams. Existen otras buenas lecturas, pero yo diría que las suyas son las mejores.

Hay más. La lectura de Joss Ackland de Cartas del diablo a su sobrino (The Screwtape Letters) y la narración de Julian Rhind-Tutt de El gran divorcio (The Great Divorce), ambas obras de C. S. Lewis y ambas disponibles en Audible, son excelentes recursos para un noviembre de reflexión y conversión. Y, por último, Descent into Hell, de Charles Williams (sin parentesco con Heathcote) —amigo de C. S. Lewis y probablemente el miembro más extraño de los Inklings—, es la curiosa pero cautivadora historia de dos almas. Una se salva por su disposición a amar y a compartir las cargas de los demás; la otra se condena por una vida de egoísmo e ilusiones. Narrado por David Pickering, también está disponible en Audible y vale mucho la pena escucharlo.

Supongo que la lección es esta: escuchar la obra de grandes hombres y mujeres cristianos tiene un poder propio y único para encender la imaginación y sanar el corazón herido o confundido. Necesitamos mucho más de eso. Sobre todo ahora.

Y en cuanto a mí, ahora no solo oigo, sino que también escucho, mucho mejor que antes. Suann seguramente estaría de acuerdo. La prudencia es buena medicina.

Sobre el autor

Francis X. Maier es investigador principal en estudios católicos del Ethics and Public Policy Center. Es autor de True Confessions: Voices of Faith from a Life in the Church.

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