A Mindszenty no le pedían la vida: le pedían una firma

A Mindszenty no le pedían la vida: le pedían una firma

Setenta años de la revuelta húngara de 1956

En el otoño de 1956, durante los pocos días en que la revuelta húngara pareció abrir una grieta en el régimen comunista, el cardenal József Mindszenty volvió a ejercer como primado, habló por radio desde el Parlamento y acabó refugiado quince años en la embajada estadounidense. Su historia recuerda algo que el cristiano de hoy ha olvidado: hay regímenes que no le exigen morir, sino firmar o, al menos, callar y otorgar.

A principios de los años cincuenta, creció en Europa oriental la agitación en pos de una mayor libertad política, y en 1956 el movimiento alcanzó a Hungría. El dirigente comunista moderado Imre Nagy volvió al poder y llegó a poner en libertad a los presos políticos, pero sus concesiones solo aumentaron la presión de obreros y estudiantes, que amenazaban con acabar con el régimen y romper con Moscú. Jruschov envió el ejército y la revuelta fue aplastada. En medio de aquellas jornadas, desde la mañana del 31 de octubre hasta la tarde del 3 de noviembre, el primado de Hungría, recién liberado, volvió a actuar en público.

József Mindszenty había nacido en 1892 en Csehimindszent, hijo de un agricultor, y fue ordenado sacerdote en 1915. Conoció pronto la cárcel. En 1919, tras dirigir un periódico muy crítico con los intentos comunistas de infiltrarse en el Gobierno, fue detenido por el régimen de terror de Béla Kun. En 1944, ya obispo de Veszprém por nombramiento de Pío XII, protestó junto a los demás obispos húngaros cuando se confinó en guetos a los judíos de Budapest, y prohibió que se celebrara ninguna misa ni tedeum mientras las iglesias exhibieran carteles que anunciaban acciones de gracias por la expulsión de los judíos de su ciudad. Aquello le valió una segunda detención.

El 8 de septiembre de 1945 le comunicaron que Pío XII quería confiarle la archidiócesis de Esztergom y, con ella, la primacía de Hungría. Pidió veinticuatro horas para pensarlo. Los comunistas avanzaban con astucia: participaban en actos católicos para parecer religiosos mientras el Gobierno suprimía la catequesis de los niños y limitaba a dos los periódicos católicos, con el pretexto de la escasez de papel. El primado respondió con una campaña de oración y penitencia en todas las diócesis. En febrero de 1946 predicó en Budapest que «solo una humanidad orante puede construir un mundo mejor». A partir de ese momento fue un hombre señalado.

En 1948 el régimen desató la ofensiva. La consigna no dejaba lugar a dudas: «¡Aniquilaremos a Mindszenty! El bienestar del pueblo húngaro y la paz entre la Iglesia y el Estado dependen de ello». Se lanzó una campaña de prensa que lo acusaba de ser cruel con el pueblo, se ordenó a escolares y obreros salir a la calle a manifestarse contra él y se hizo creer que sus propios obispos querían destituirlo. A muchos húngaros se les obligó a firmar peticiones que exigían su renuncia. Es el primer indicio de lo que buscaba el poder: no bastaba con apartar al cardenal; hacía falta que su caída pareciera voluntaria y respaldada por nombres.

El arresto llegó la víspera de la fiesta de san Esteban, el primer mártir. Los agentes entraron en la residencia de Esztergom con los motores de los coches en marcha. El propio Mindszenty lo contó después: se arrodilló en el reclinatorio a rezar y luego salió a la puerta, donde el agente al mando le anunció que venían a detenerlo. Cuando pidió la orden de detención, le respondieron que no la necesitaban. Lo trasladaron al número 60 de la calle Andrássy, en Budapest, que él describió como «un auténtico núcleo del horror», un centro de tortura montado por húngaros formados en la escuela de la Gestapo.

Allí lo desnudaron, trataron de lavarle el cerebro, lo torturaron y lo interrogaron innumerables veces, siempre con las mismas preguntas. Querían saber cuándo se había convertido en enemigo del Estado; él respondía que el pueblo húngaro no lo tenía por tal. Le preguntaban por qué se oponía al progreso; contestaba que nunca lo había hecho, pero que no sabía llamar progreso a lo que había visto hacer con su país. Los cargos rozaban lo grotesco: conspirar con Otto de Habsburgo en torno a la corona de san Esteban y buscar a los americanos para provocar una tercera guerra mundial. Una y otra vez le exigieron que firmara una declaración que certificara esos cargos. Tras cada negativa, lo devolvían a la celda.

En febrero de 1949 fue llevado a juicio, que resultó poco más que un ejercicio de propaganda, y condenado a cadena perpetua. En prisión se levantaba a las cinco de la mañana. Solo después de nueve meses le permitieron celebrar la eucaristía, y aun así no con frecuencia; podía tomar prestado un libro por semana. Sostuvo aquellos años con la oración. «La estancia en la cárcel puede orientar el alma del hombre hacia Dios», escribió. Rezaba seis rosarios diarios por todos los anhelos del mundo.

Cuando la revuelta de 1956 fue sofocada, eligió no caer de nuevo en manos del régimen: «Subí a la salvadora cubierta que representaba la embajada americana para evitar mi deportación a la Unión Soviética». El presidente Eisenhower le permitió instalarse allí, y el cardenal Spellman consiguió que una organización católica estadounidense costeara su manutención, para que nadie pudiera reprochar a los Estados Unidos que mantuvieran indefinidamente a un sacerdote católico. Permaneció en la embajada quince años sin salir ni de día ni de noche. Escribió sus memorias, atendió al personal católico y se ganó el respeto de sus anfitriones, aunque no compartieran su fe.

Con la distensión entre Nixon y el mundo comunista, el clima cambió. En septiembre de 1971 quedó libre, y su primera parada fue el Vaticano. Pablo VI lo abrazó, le colgó su propia cruz pectoral y lo invitó a concelebrar la misa de apertura del sínodo, donde lo llamó «emblema de la inquebrantable fortaleza de la fe y la adhesión a la Iglesia». Pasó el resto de su vida en un seminario de Viena. Hoy, miles de personas acuden cada año a rezar ante su tumba en la catedral de Esztergom.

Vista de lejos, su vida parece una sucesión de cárceles. Vista de cerca, es una sucesión de papeles que otros querían firmados. Las peticiones de renuncia arrancadas a los fieles, la declaración que debía certificar los cargos. El poder no necesitaba su muerte: necesitaba su nombre al pie de una mentira. Es la misma trampa que tendieron a Tomás Moro, cuya esposa intentaba convencerlo de que prestara un juramento que, al fin y al cabo, eran solo palabras. Al cristiano de hoy casi nadie le pide la sangre. Le piden una firma, un silencio, una fórmula.

El padre Charles P. Connor titula «el mártir incruento de Hungría» el capítulo que dedica al cardenal en Defensores de la fe, ahora en segunda edición. En el prólogo, Eduardo Habsburgo advierte que «parece que los mártires se han vuelto muy poco populares», y recuerda que a Moro le bastaba decir «unas cuantas palabras estúpidas» para salvarse. Y Connor escribe de los mártires de la Reforma que estaban dispuestos a morir por un misterio, «pero nunca por un signo de interrogación». Mindszenty no derramó su sangre, pero entregó décadas de vida en celdas y embajadas. Queda para cada lector la pregunta de qué firmaría él por mucho menos.

 

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