Una santa poseída durante cuarenta días: la carmelita que el demonio no consiguió hacer rendirse

Marco Tosatti reconstruye en «Padre Pío contra Satanás» la gran posesión que sufrió en 1868 Mariam Baouardy, la novicia árabe del Carmelo de Pau, según el relato de su confesor

Una santa poseída durante cuarenta días: la carmelita que el demonio no consiguió hacer rendirse

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Entre los santos que la Iglesia celebra el 1 de noviembre hay una carmelita a la que sus hermanas vieron, durante cuarenta días del verano de 1868, tirar el rosario al suelo, burlarse del Ángelus y decir del crucifijo que era solo un pedazo de madera. No era una monja que hubiera perdido la fe. Según su confesor, era una novicia poseída por el demonio. Se llamaba Mariam Baouardy, había nacido en Galilea en 1846 y el papa Francisco la canonizó el 17 de mayo de 2015.

El periodista italiano Marco Tosatti, durante años vaticanista de La Stampa, reconstruye su historia en Padre Pío contra Satanás, un libro con dos mitades. La primera sigue la guerra del demonio contra el fraile de Pietrelcina; la segunda, titulada «Historias de santos endemoniados», nace de una pregunta que le sugirieron sus conversaciones con el exorcista Gabriele Amorth: cómo es posible que personas a las que la Iglesia propone como modelo de perfección hayan estado, durante un tiempo, a merced de Satanás. Tosatti ve en ello «un “cortocircuito” extraordinario e interesante».

La vida de Mariam ya era extraordinaria antes de llegar al convento. Huérfana siendo muy niña y criada por un tío que se la llevó a Alejandría, se negó a los trece años a casarse con el hombre que le habían elegido. Poco después, en septiembre de 1858, un antiguo criado de la familia, musulmán, intentó convencerla de que abandonara su fe; ante su negativa, le cortó el cuello y la dio por muerta. Sobrevivió, y la cicatriz, cuenta Tosatti, la vieron después varios médicos. Analfabeta y con un francés que hacía reír a sus compañeras, entró en junio de 1867 en el Carmelo de Pau con el nombre de sor María de Jesús Crucificado.

Allí, según el relato de su confesor, el padre Estrate, que Tosatti sigue de cerca, empezaron las vejaciones. Una hermana que estaba en otra parte le llevó una manzana en pleno ayuno; una superiora que nunca había entrado en su celda le prohibió comulgar. Y llegó lo que el libro llama la gran posesión, que según Estrate comenzó al mediodía del 26 de julio de 1868 y terminó, también al mediodía, el 4 de septiembre.

El abad Manaudas, superior del seminario mayor de Bayona, que predicaba entonces los ejercicios a la comunidad, se convirtió en su exorcista. Las escenas que recoge el libro son de una crudeza notable: la novicia que interrumpe al predicador para llamarlo mentiroso o anima a sus hermanas a saltar la clausura, y la religiosa que, en cuanto queda libre unos minutos, llora porque cree que Dios la ha abandonado y repite como una niña los actos de amor que le dicta el sacerdote. Tosatti destaca un detalle que el confesor anotó con cuidado: la voz que hablaba por su boca reconocía que tenía prohibido hacer nada contra la modestia de la novicia, porque ella nunca había pecado en eso.

El núcleo de la batalla, tal como lo narra el libro, fue una apuesta. Al demonio le bastaba con que Mariam, en su estado normal, dijera una sola vez que ya no quería sufrir más. Lo intentó cuarenta veces, y cuarenta veces ella, al volver en sí, respondió lo contrario. En el combate final, cada asalto terminaba con la novicia ofreciendo su dolor por la Iglesia, por los pecadores o por quienes no la conocen, y uniéndolo a una escena de la Pasión: el huerto de los Olivos, el beso de Judas, las caídas bajo la cruz. En un momento, cuenta el autor, el abad y las monjas se postraron en el suelo, y la voz admitió que aquel gesto de humildad la desarmaba.

Hay en el relato una ironía que el tiempo se encargó de cerrar. En uno de los asaltos, según Estrate, el demonio se burla de los sacerdotes y les pide con sorna que informen de todo al Papa, para que algún día canonicen a la «arabita», como la llamaban. Pío IX, de cuyo hábito colocaron un trozo sobre la poseída, no llegó a ver nada de eso. Juan Pablo II la beatificó en 1983. Francisco la llevó a los altares ciento cuarenta y siete años después de aquel verano en Pau.

Tosatti no ignora que todo esto admite una lectura psiquiátrica, y discute en la introducción con el racionalismo que, a su juicio, descarta de antemano cualquier explicación no material. Para él, la posesión de un santo no es una mancha en su biografía, sino una forma extrema de purificación. Mariam profesó después en Mangalore, en la India, volvió a Pau, fundó el Carmelo de Belén y murió allí el 26 de agosto de 1878, con treinta y dos años. Las hermanas de Pau, según el libro, la vieron subir a la copa de los árboles del jardín cantando al amor de Dios.

El capítulo convive en el libro con otras dos vidas poseídas, la de la beata Eustoquia de Padua, en el siglo XV, y la de Cristina de Stommeln, en el XIII, y con la larga lucha del Padre Pío, que según se cuenta en sus páginas llegó a tratar al diablo casi como a un vecino molesto al que ponía motes. Entre Todos los Santos y los Fieles Difuntos, deja una pregunta que el propio Tosatti reconoce que no sabe cerrar: por qué Dios permite que pasen por ahí precisamente los que más quiere.

Portada de «Padre Pío contra Satanás», de Marco Tosatti

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