Por Daniel B. Gallagher
Tras dos años de predicar el Evangelio al pueblo guale a lo largo de la costa de la actual Georgia, fray Pedro de Corpa tenía mucho que agradecer. A diferencia de otros misioneros, no necesitaba escolta militar, porque los nativos lo recibían en paz. Caminaba descalzo entre ellos, aprendió su lengua y obtuvo un éxito mayor que el de los jesuitas que lo habían precedido. Los guales incluso lo ayudaron a construir dos asentamientos misionales conocidos como Nuestra Señora de Guadalupe de Tolomato y Santa Catalina de Guale.
Entre los recién bautizados estaba el presunto heredero del cacicazgo, Juanillo. Después de casarse sacramentalmente con una mujer en la Iglesia, Juanillo tomó otra esposa. La reprensión pública de fray Pedro llevó a Juanillo a organizar una sublevación en 1597. El 14 de septiembre –fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz–, Juanillo reunió a una banda de guerreros de la tribu y mató a golpes a fray Pedro mientras se preparaba para la misa. Luego, la jubilosa partida de guerra le cortó la cabeza al fraile y la alzó en lo alto de una pica para que todos la vieran.
La beatificación que se celebra hoy en Savannah de fray Pedro y otros cuatro franciscanos españoles será la primera en el sur de los Estados Unidos. El obispo Stephen Parkes destaca la importancia de honrar a hombres que derramaron su sangre no solo por Cristo, sino «por la santidad del matrimonio», y añade que «tenemos que seguir promoviendo el matrimonio y la vida familiar como una prioridad para nuestro país, para nuestras comunidades, para nuestra sociedad».
El mensaje de los «mártires de Georgia» es claro: vale la pena morir por el matrimonio. La única manera de promover una convivencia pacífica es defender el matrimonio, aunque cueste la vida.
No hace falta sumergirse a fondo en la historia cristiana para ver hasta qué punto esto ha sido siempre central en la predicación del Evangelio. El martirologio primitivo muestra que morir por Cristo era a menudo el acto de toda una familia.
Después de que san Getulio fuera martirizado hacia el año 120, su esposa Sinforosa se negó a ofrecer sacrificios a los dioses romanos. Su desobediencia a la orden del emperador le costó no solo la vida a ella, sino también a sus siete hijos. Una historia semejante se cuenta de santa Felicidad, que murió en Roma hacia el año 165. El concepto de «iglesia doméstica» era prácticamente indistinguible del de la familia.
«La familia –enseñó el Papa Benedicto XVI– es la Iglesia doméstica y debe ser la primera escuela de oración. En la familia es donde los niños… aprenden a percibir el sentido de Dios» y a «vivir en una atmósfera marcada por la presencia de Dios».
El mensaje de los mártires de Georgia está íntimamente ligado al de los primeros mártires romanos. El primer paso para crear «una atmósfera marcada por la presencia de Dios» es la promesa mutua de un hombre y una mujer de «ser fieles», de «amarse» y de «respetarse» «en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad». Si no empieza allí, no conducirá al testimonio heroico de una santa Sinforosa o de un beato Pedro.
La beatificación de los cinco mártires españoles es un magnífico recordatorio de que vale la pena morir por el matrimonio. Si creemos que nunca seremos llamados a derramar sangre para defender el matrimonio cristiano, basta recordar con qué rapidez se volvieron las tornas contra fray Pedro y sus compañeros.
Casi nadie previó lo grave que sería la crisis en los años previos y posteriores a la promulgación de Humanae Vitae en 1968. La agitación en torno a la formulación de la enseñanza magisterial sobre la anticoncepción artificial le causó a san Pablo VI un intenso sufrimiento, y es providencial que los dos milagros que llevaron a su canonización en 2018 tuvieran que ver con la curación milagrosa de la vida prenatal: uno en California y el otro en Verona.
La intercesión celestial de san Pablo VI no sorprende, dada su incansable misión de promover el matrimonio y la familia con un vigor notable mientras aún estaba en la tierra. «Todo ataque al valor fundamental de la familia –predicó en 1969–, ya sea el erotismo o la violencia, la defensa del divorcio o de actitudes antisociales entre los jóvenes, es un ataque al verdadero bien del hombre».
Sus palabras revelan que la poligamia a la que se opusieron fray Pedro y sus compañeros no es más que la punta de un iceberg que incluye capas de aborto, anticoncepción artificial, uniones entre personas del mismo sexo y fecundación in vitro.
En una entrevista concedida a principios de este año, el expresidente de la Pontificia Academia para la Vida y gran canciller del Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II para las Ciencias del Matrimonio y de la Familia, el arzobispo Vincenzo Paglia, explicó que había introducido cambios drásticos en el Instituto debido a lo que percibía como su preocupación por las «normas morales abstractas» y su falta de un enfoque «interdisciplinario».
La sangre derramada por fray Pedro y sus compañeros demuestra que las «normas morales abstractas» y el «enfoque interdisciplinario» son lo que menos debería preocuparnos. Irónicamente, las quejas del arzobispo Paglia son típicas de esa misma obsesión ad intra que denunciaba el Papa Francisco. Enseñar, defender y vivir las verdades fundamentales del matrimonio y la familia es la verdadera preocupación, y un éxito inicial nunca garantiza que el camino futuro vaya a estar libre de tropiezos.
El 13 de mayo de 1981 –fiesta de Nuestra Señora de Fátima–, Juan Pablo II subió al papamóvil para dirigirse al estrado de la plaza de San Pedro para su audiencia general semanal. Estaba especialmente entusiasmado porque iba a anunciar la fundación de un nuevo instituto dedicado al estudio del matrimonio y la familia. Ese entusiasmo se vio truncado por cuatro balas disparadas a quemarropa por Mehmet Ali Ağca, una de las cuales estuvo a punto de matar al pontífice. En lugar de celebrar la creación del nuevo instituto, Juan Pablo luchaba por su vida en el Hospital Gemelli.
San Juan Pablo nunca dudó en relacionar tanto a la Virgen como sus planes de anunciar el Instituto para el Matrimonio y la Familia con el atentado de aquel día. Por la gracia de Dios, sobrevivió para llevar adelante esos planes, y nos enseñó que el matrimonio y la familia no son un apéndice del Evangelio, sino que están en su mismo centro.
Pocas cosas en esta vida merecen que uno muera por ellas, pero el matrimonio y la familia sin duda están entre ellas.
Sobre el autor
Daniel B. Gallagher enseña filosofía y literatura en Ralston College. Anteriormente se desempeñó como secretario de latín de los Papas Benedicto XVI y Francisco.