Recuperemos los esponsales

Recuperemos los esponsales
<a href="https://collection.ncartmuseum.org/objects/64/the-marriage-of-the-virgin" target="_blank" rel="noopener"><em><strong>Los desposorios de la Virgen</strong></em></a>, de Esteban Márquez de Velasco, h. 1693 [Fuente: North Carolina Museum of Art]

Por K. E. Colombini

Gracias a la sabiduría de los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI, los católicos que llegaron a la edad adulta después del Concilio Vaticano II han podido probar algo de la tradición litúrgica católica que antes no tenían a su alcance, y muchos han decidido que les gusta.

Ante todo, esto ha sucedido a través de la Misa Tradicional en Latín (MTL) del Misal Romano de 1962, el último publicado antes de los importantes cambios litúrgicos del Vaticano II y del posterior Misal de 1970. Hasta el brusco giro de ciento ochenta grados que supuso la carta apostólica del papa Francisco de 2021, Traditionis custodes, y sus documentos posteriores, la Misa Tradicional en Latín –a la que el papa Benedicto XVI había concedido mayor libertad– vivió un resurgimiento que llenó los bancos de las iglesias e inspiró a muchos.

Sin embargo, como en la tradición todo está conectado, han vuelto también otras prácticas devocionales que merecen igualmente nuestra atención y nuestro apoyo. Lo que se había perdido durante años se encontró de nuevo, y así se descubrió que era aún más valioso.

Caí en la cuenta de esto hace poco, cuando nuestra hija menor se comprometió. Como es de inclinación más tradicional, litúrgicamente hablando, ella y su prometido optaron por un breve rito de esponsales en su parroquia, uno de los dos oratorios de nuestra arquidiócesis donde se celebra la Misa tradicional.

Los obispos han impuesto a menudo a quienes buscan los sacramentos requisitos que pueden ir más allá de lo razonable: exigir «horas de servicio comunitario» para la Confirmación, por ejemplo, o retiros de fin de semana para parejas antes del matrimonio. De hecho, en lo que se refiere a la preparación para el matrimonio en la Iglesia católica, ha surgido toda una pequeña industria de programas, con nombres como TOBET4Engaged, FOCCUS, SmartLoving, Witness to Love, Better Together o Joy-Filled Marriage. En cierto modo, cabía esperarlo, ya que los párrocos intentan asegurarse de que las parejas comprometidas estén preparadas para un matrimonio que debe durar hasta la muerte en medio de una cultura que da a entender justamente lo contrario.

Es fácil comprender la preocupación por la preparación matrimonial cuando se observan las tasas de divorcio o de nulidad entre los católicos de Estados Unidos. Históricamente, en Estados Unidos no solo se han declarado más nulidades que en cualquier otro país, sino que se rechaza menos del 10 por ciento de las solicitudes. Esto dice algo sobre el estado de la preparación para el matrimonio, y no es nada bueno.

Uno puede discrepar personalmente de los obstáculos para recibir los sacramentos, y no es difícil encontrar historias terribles al respecto. Sin embargo, en lo que se refiere al matrimonio, también se puede sostener que la ceremonia tradicional de los esponsales sería una sabia incorporación a la preparación matrimonial y que, como mínimo, los sacerdotes y demás personas encargadas de ayudar a las parejas comprometidas deberían sin duda ofrecerla y fomentarla. El rito de los esponsales está impregnado de tradición, pero tiene todo lo que debería atraer a la sensibilidad católica moderna. Es breve y en lengua vernácula. Y ni siquiera hay que arrodillarse.

El rito dura unos diez minutos, y en él el sacerdote anima a la pareja con palabras como estas:

En el tiempo que media hasta entonces, se prepararán para el sacramento del matrimonio mediante un período de noviazgo virtuoso, de modo que, cuando llegue el feliz y bendito día en que se entreguen irrevocablemente el uno al otro, hayan puesto un sólido fundamento espiritual para largos años de piadosa prosperidad en la tierra y, al final, para la bienaventuranza juntos en la vida venidera. Que la unión que hoy se proponen consumar como marido y mujer sea hallada digna de ser, con toda verdad, imagen y realidad sacramental de la unión de Cristo con su amada Esposa, la Iglesia.

A continuación, los novios intercambian una promesa que no difiere mucho de los votos matrimoniales que pronunciarán unos meses más adelante; las palabras de la mujer son semejantes a las del hombre, que dice: «En el nombre del Señor, prometo que un día te tomaré por esposa, según las ordenanzas de Dios y de la santa Iglesia. Te amaré como a mí mismo. Te guardaré fe y lealtad, y así te ayudaré y consolaré en tus necesidades; todo esto, y todo lo que un hombre debe hacer por su prometida, prometo hacerlo por ti y cumplirlo por la fe que hay en mí».

Luego el sacerdote bendice el anillo de compromiso, el hombre lo coloca en el dedo de su prometida invocando a la Santísima Trinidad, y cada uno sella los esponsales con un beso, no dado al otro, sino a la imagen de la crucifixión que suele encontrarse en el misal del altar, en la página que está frente al comienzo del Canon Romano. Quizá sea esta la parte mejor y más profunda.

Ya antes del Concilio Vaticano II el rito de los esponsales no era una experiencia común para los católicos de Estados Unidos, pero eso no es en absoluto motivo para desaconsejar que se extienda su uso hoy. «Lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande y no puede ser improvisamente totalmente prohibido o incluso perjudicial», escribió el papa Benedicto XVI en una carta de 2007 a los obispos que acompañaba a su Summorum Pontificum, que permitía un uso más amplio de los ritos tradicionales. Lamentablemente, demasiadas prácticas litúrgicas y paralitúrgicas tradicionales y beneficiosas fueron de hecho prohibidas y consideradas perjudiciales, ya fuera en la parroquia, en la diócesis o incluso en el Vaticano.

Los desafíos que enfrenta la Iglesia en la época actual son grandes. Aun así, pequeños pasos pueden ayudar a restablecer un mejor equilibrio entre lo antiguo y lo nuevo y, en este importante caso concreto, contribuir a fomentar matrimonios que duren.

Sobre el autor

K. E. Colombini escribe desde San Luis (Misuri). Ha publicado en The National Catholic Register, Homiletic & Pastoral Review, First Things, The Front Porch Republic, The American Conservative y otros medios.

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