En el verano de 1976, mientras en Écône se ordenaban sacerdotes contra la prohibición expresa de Roma, el hombre al que media Iglesia tradicional señalaba como el gran demoledor de la misa antigua estaba al frente de la representación pontificia en Teherán. Y desde allí escribió a la Secretaría de Estado para proponer algo que todavía hoy desconcierta: que se volviera a autorizar la misa tradicional, con condiciones, para desactivar el conflicto con monseñor Lefebvre.
El episodio lo reconstruye el historiador francés Yves Chiron en Annibale Bugnini. Reformador de la liturgia, una biografía publicada en Francia en 2016 que Homo Legens acaba de editar en español. Según su autor, es la primera obra dedicada por entero al religioso vicenciano que dirigió la reforma litúrgica posconciliar. Chiron se apoya, entre otras fuentes, en las memorias autobiográficas que Annibale Bugnini terminó de escribir en Irán en 1977 y que no se publicaron hasta 2012, en el centenario de su nacimiento.

Para entender la escena hay que recordar cómo había llegado Bugnini a Persia. En julio de 1975, después de más de una década como secretario del Consilium y luego de la Congregación para el Culto Divino, fue apartado de golpe cuando Pablo VI fusionó ese dicasterio con el de Sacramentos. Según relata el autor, rechazó un primer destino como nuncio en Uruguay, con el argumento de que no hablaba español, y en enero de 1976 aceptó ser enviado a Irán, donde la lengua diplomática era el francés.
Mientras tanto, el pulso entre Roma y Écône se endurecía. El 29 de junio de 1976 Lefebvre ordenó a trece sacerdotes pese a la prohibición recibida, y el 22 de julio la Santa Sede le impuso la suspensión a divinis. A comienzos de ese mes, cuenta Chiron, el secretario de Estado, el cardenal Jean Villot, había enviado a todas las nunciaturas un amplio dosier sobre el caso. Bugnini lo leyó en Teherán y contestó con una carta reveladora: consideraba a Lefebvre un hombre obstinado, y todavía más dañinos a sus colaboradores, pero aconsejaba seguir con la paciencia, la exhortación y la oración, y evitar a toda costa una ruptura que haría mucho más difícil cualquier regreso. La sanción, sin embargo, ya estaba decidida.
Lo más llamativo llegó en septiembre. El cardenal Sergio Pignedoli, de camino a Japón, hizo escala en Teherán para visitar a su amigo. Chiron sostiene que no fue solo un gesto de amistad: Pablo VI quería hacer llegar una muestra de afecto al colaborador al que había tenido que apartar un año antes, y así se lo dejaría entrever al propio Bugnini en una audiencia de marzo de 1977. En aquellas conversaciones salió el caso Lefebvre, y Pignedoli animó al nuncio a trasladar a Roma la idea que le rondaba.
Bugnini volvió a escribir a Villot. Su propuesta, tal como la resume el libro, constaba de cuatro compromisos. Lefebvre debía declarar que la nueva misa no era herética ni protestante, y que tampoco lo eran quienes la habían preparado y aprobado. A cambio, se emplearía el ordinario del misal de 1962, aunque con las lecturas del nuevo leccionario, en lengua vernácula y desde un ambón vuelto hacia los fieles. La misa antigua se celebraría en iglesias determinadas y a horas fijas, o para grupos que tuvieran dificultades para adaptarse al nuevo rito, y su aplicación quedaría al cuidado pastoral del obispo diocesano. El hombre que había conducido la reforma estaba esbozando, con años de antelación, algo muy parecido a un régimen de indulto.
La respuesta llegó a comienzos de octubre por boca de Villot. El Papa, le transmitió, no veía oportuno conceder entonces lo que se había negado en el pasado, para no agravar la confusión y el malestar ni restar credibilidad a la Santa Sede. «La puerta cerrada por Pablo VI sería reabierta por Juan Pablo II», escribe Chiron, que recuerda después el indulto de 1984, el motu proprio de 1988 y el Summorum Pontificum de Benedicto XVI en 2007.
El episodio no rehabilita a Bugnini ni lo convierte en lo que no fue. Chiron sostiene que la reforma que preparó fue más allá de lo que el Concilio había previsto, y no ahorra al lector juicios severos de quienes trabajaron a su lado, como el del cardenal Antonelli, que le reprochaba una grave falta de formación teológica. Pero la carta de Teherán complica la caricatura: el responsable de sustituir el viejo ordinario de la misa fue también quien, desde su destierro, imaginó una fórmula para que ambos ritos convivieran sin romper la comunión.
Medio siglo después, con la misa tradicional y la Fraternidad San Pío X de nuevo en el centro de la conversación eclesial, aquella carta se lee con otros ojos.
La biografía recorre el resto de su trayectoria: la misa «parafraseada» que Bugnini ensayó con grandes carteles en una barriada de barracones de las afueras de Roma, su apartamiento en vísperas del Concilio, el método con que preparó la constitución sobre la liturgia, su caída en 1975 y la acusación de pertenecer a la masonería, que el autor examina con las fuentes en la mano. Y deja abierta la pregunta con la que se cierra el libro: si Bugnini amó y sirvió de verdad a la liturgia, como quiso que dijera su epitafio, o contribuyó a lo que el cardenal Ratzinger llamó su desintegración.
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Homo Legens Annibale Bugnini. Reformador de la liturgia Yves Chiron · Bibliotheca Homo Legens · 19,90 € |
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