El cardenal George Jacob Koovakad, prefecto del Dicasterio para el Diálogo Interreligioso, anunció el 7 de octubre en la Pontificia Universidad Antonianum de Roma que la jornada interreligiosa convocada por Juan Pablo II en Asís el 27 de octubre de 1986 «entra en la enseñanza ordinaria del Magisterio». El título de ingreso es la nota 200 de Magnifica humanitas, la primera encíclica de León XIV, que elogia el espíritu de Asís sin mencionar la fecha ni el formato de aquel día. En la misma conferencia, el prefecto recordó que los ambientes integristas convirtieron la jornada en uno de los motivos de una ruptura cismática, y que otros temieron el sincretismo y lo siguen temiendo. La operación tiene dos tiempos: un gesto de gobierno asciende a doctrina, y quien lo discute queda a un paso del cisma.
Conviene tomarse en serio el criterio, porque tiene consecuencias. Si un acontecimiento ingresa en la enseñanza ordinaria del Magisterio porque un documento pontificio posterior lo menciona con aprecio, aunque sea a pie de página, el sínodo del cadáver presenta mejores credenciales que Asís. En enero de 897, Esteban VI hizo desenterrar a su predecesor Formoso, lo sentó en el trono revestido de pontifical y le asignó un diácono que respondiera por él. Lo condenó, anuló su pontificado y sus ordenaciones, le amputó los dedos con los que bendecía y mandó arrojar el cuerpo al Tíber. No fue obra de un ambiente integrista. Fue un papa reinante, en Roma, en sínodo.
Lo que vino después completa el cuadro. Teodoro II anuló aquel sínodo a finales de 897. Juan IX volvió a anularlo en 898 y prohibió en adelante juzgar a los muertos. Sergio III, del partido de Esteban, restableció la condena durante su pontificado, entre 904 y 911, e invalidó de nuevo las ordenaciones de Formoso. Con el método del cardenal, el magisterio ordinario enseñó en poco más de diez años que Formoso había sido papa, que no lo había sido, que sí y que no. Entiende uno, por tanto, que el sínodo del cadáver también fue magisterio ordinario. Con una ventaja sobre Asís: no le hizo falta una nota a pie de página, porque lo confirmó otro papa en otro sínodo.
La broma tiene fondo. El episodio de Formoso prueba justamente lo que el cardenal esquiva: que un acto de gobierno de un papa, por solemne que sea, no se convierte por eso en enseñanza. El Magisterio propone doctrina sobre la fe y las costumbres para ser creída o sostenida. Una jornada de oración, su escenografía y su reparto de iglesias pertenecen al orden del gobierno y de la prudencia, y en ese orden la Iglesia admite el error sin escándalo. La instrucción Donum veritatis, firmada en 1990 por el cardenal Ratzinger y aprobada por Juan Pablo II, reconoce que en las intervenciones de orden prudencial algunos documentos magisteriales pueden no estar libres de deficiencias. Asís ni siquiera es un documento.
Queda el problema de los otros, los que según el cardenal temieron el sincretismo y lo siguen temiendo. Entre ellos está el prefecto de la Doctrina de la Fe de 1986, Joseph Ratzinger, que no fue a Asís, criticó después la oración multirreligiosa y, ya como Benedicto XVI, suprimió la oración pública común en la edición de 2011. Si la jornada de 1986 es magisterio ordinario, en 2011 un papa corrigió el magisterio ordinario. Si no lo es, el ascenso lo ha decretado el prefecto por su cuenta, y lo ha hecho omitiendo, en el repaso que dedicó al espíritu de Asís bajo los sucesivos pontificados, el dato que más le estorba.
Sobre el cisma, el cardenal acierta en el dato y yerra en el uso. Marcel Lefebvre contó Asís entre sus razones para consagrar obispos en 1988, y lo dejó por escrito. Pero Roma no lo excomulgó por criticar Asís, sino por conferir el episcopado sin mandato pontificio. Atar la objeción a la ruptura sirve para otra cosa: convertir un juicio prudencial que compartió un papa en indicio de cisma, justo cuando la palabra vuelve a figurar en los decretos del Dicasterio para la Doctrina de la Fe tras las consagraciones de Écône del pasado julio. A una semana del aniversario, el aviso es claro. Discrepar de Asís dejaría de ser una opinión sobre una jornada para convertirse en desobediencia al Magisterio. Formoso, que tampoco pudo defenderse, conocería el procedimiento.
Lo que sí es magisterio ordinario, y universal, y de veinte siglos, es que no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que podamos salvarnos. Eso no necesita nota a pie de página.
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