El sábado 17 de octubre, a las seis y once de la mañana, Fernando de Haro hacía cuentas en la radio de los obispos. Sumar y Podemos habían dejado pasar sin acuerdo el plazo para inscribir coaliciones, las encuestas les daban dieciocho escaños juntos y doce por separado, y el presentador de La Mañana de fin de semana resumió la operación: «la izquierda a la izquierda del PSOE pierde seis escaños». Hasta ahí, aritmética. Después vino la doctrina: «Siempre es una buena noticia que la extrema derecha y la extrema izquierda tengan menos fuerza. Siempre es una buena noticia que los partidos de centro, centro-derecha o centro-izquierda tengan más fuerza que los partidos más radicales».
La extrema derecha no había perdido nada esa noche.
Los sondeos que la propia emisora había leído en antena esa semana daban a Vox entre sesenta y sesenta y ocho diputados, frente a los treinta y tres de 2023, y la noticia de la madrugada era el divorcio de la izquierda. De Haro la metió de contrapeso, como la pesa que el frutero pone en el otro platillo para que el fiel se quede en el centro (la equidistancia, en la radio de los obispos, es más asunto de balanza que de conciencia).
No fue un desliz. A las siete y once lo repitió con otras palabras: «es una buena noticia que los extremos pierdan fuerza en España. Lo ideal sería que hubiese un partido de centro derecha fuerte y un partido de centro izquierda y que los extremos fuesen más débiles». A las ocho y diez, tercera vuelta y ya con nombres: que los extremos se debiliten «es una buena noticia porque significa que se fortalecen» los partidos de centro, «el PSOE y el Partido Popular». Tres horas, tres veces, un minutito largo de catecismo.
En cierto modo, su ideal es un fútbol sin extremos, todo por dentro, como el rombo del Milan de Ancelotti: el balón va del PP al PSOE y del PSOE al PP por el círculo central, y las bandas se quedan para los laterales. El problema, admitió el propio De Haro, es que Sánchez ha «reposicionado» al PSOE, y que, si pierde y sigue al frente, aquello «seguirá siendo un partido poco de centro izquierda y mucho de extrema izquierda». O sea, que uno de los dos interiores del rombo se ha ido a jugar pegado a la cal. Queda un bipartidismo de un solo partido, que viene a ser un balancín con un solo niño.
La doctrina venía de antes. El sábado 10, el editorial de la casa ya había advertido contra las formaciones «radicales» y había avisado de que acabar como Francia, Italia o Alemania sería «un desastre», cosa que este periódico contó al día siguiente.
El domingo 11, De Haro preguntó al politólogo Francisco José Llera, exdirector del Euskobarómetro: «¿La polarización beneficia a Vox y a Sumar?». Llera respondió que «la polarización beneficia a los extremos» y que España tiene «una suerte que no tiene prácticamente nadie en Europa», la de seguir teniendo «un bipartidismo imperfecto fuerte». El sábado 17, De Haro devolvió la fórmula casi intacta: «España, afortunadamente, a diferencia de otros países de Europa, todavía conserva dos partidos». Es una especie de responsorio: el editorial entona, el invitado responde, el presentador repite…
El jueves 15 hubo nombre propio. En la tertulia de las siete y media de Herrera en COPE, una de las voces de la mesa recordó quién había abierto el melón de las pensiones: «Figaredo, que no es el más listo de Vox». Diez segundos después, en la misma mesa, se admitía que «es cierto que hay un problema de sostenibilidad del sistema de pensiones». El menos listo de Vox, por lo visto, había llegado el primero.
Y el sábado, a las diez y veintiséis, cuatro horas después del primer «siempre es una buena noticia», el periodista Antonio Jiménez, colaborador de los sábados en el programa de Cristina López Schlichting, se quejó en la misma emisora del vocabulario ajeno: «me hace gracia que los medios afectos al sanchismo les definan a todos estos como la izquierda a la izquierda del PSOE cuando son la extrema izquierda, con lo fácil que tildan a Vox de extrema derecha, cuando podían también definir al partido de Abascal como la derecha a la derecha del PP». Les atribuyó «bastante sectarismo» y «un sesgo que, en fin, es más que evidente».
No dijo qué medios. En el suyo, la víspera y en el programa de Herrera, Alejandro Requeijo había puesto a España en la lista de países donde «los sondeos apuntan a que va a haber subidas de la extrema derecha». Y a las seis y once de ese mismo sábado, De Haro había dicho «la izquierda a la izquierda del PSOE» y, menos de medio minuto después, «extrema derecha» (también dijo «extrema izquierda», justo es reconocerlo: el sesgo de la casa es simétrico). Nadie en el estudio se dio por aludido. López Schlichting le dio las gracias, le citó para el sábado siguiente y pasó al almirante Rodríguez Garat y a los buques marroquíes.
El decreto que obliga a informar a las embarazadas de métodos y clínicas para abortar, que el Gobierno tramita por la vía urgente desde el 6 de octubre, ha tenido en la radio de los obispos, en doce días, diecisiete segundos, los que le dio Carlos Herrera el jueves 15. Los extremos tuvieron el sábado más de un minuto en una sola mañana, con repetición incluida.
A las diez y cinco de la noche, en el Valencia-Athletic, un comentarista lamentó que al Valencia le falten extremos, «gente que encare». Fue la única vez en todo el sábado que la radio de los obispos echó de menos a los extremos.
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