TRIBUNA. Dolor en la Iglesia: el agotamiento entre los católicos tradicionales

TRIBUNA. Dolor en la Iglesia: el agotamiento entre los católicos tradicionales

Por: Una católica (ex)perpleja

Kennedy Hall es un católico canadiense, padre de familia numerosa y feligrés de la FSSPX. Hemos hablado de él en repetidas ocasiones aquí, puesto que sus artículos y libros son un material muy valioso para la formación en la fe y la comprensión de lo que ocurre en la Iglesia.

Le solicité en una ocasión traducir fragmentos de su libro Charismania, del que ya hablamos aquí, y me lo concedió para traducir al español todo lo que creyera que podía ser de ayuda que hubiera salido de su pluma.

Así que hoy vamos a hablar del riesgo de agotamiento entre los católicos tradicionales, con la traducción de un artículo de Kennedy Hall aparecido en Crisis Magazine en agosto de 2025 y que pueden leer en versión original aquí (https://crisismagazine.com/opinion/beware-of-traditional-catholic-burnout):

Descubrir la fe católica tradicional puede ser como beber de una manguera de incendios llena de asombro y fervor; pero, tras ese fervor inicial, hay que hay que vivirla sin llegar al agotamiento. Y eso no es fácil en las actuales circunstancias.

Numerosos católicos han descubierto la Tradición católica en los últimos años, muchos de ellos a raíz de los confinamientos de 2020, que les obligaron a pensar de forma creativa si querían tener acceso a los sacramentos. La Misa se retransmitió online durante toda la Semana Santa, por lo que muchos católicos que nunca se habían planteado la Misa tradicional se vieron prácticamente inmersos en un ritual que era tan católico y, sin embargo, tan ajeno y diferente de lo que habían visto hasta entonces en sus parroquias.

Como resultado, las parroquias y capillas tradicionales de todo el mundo se han visto desbordadas por la afluencia de nuevos feligreses, y la misa en latín, junto con todo lo que la rodea, sigue cobrando impulso.

Las primeras experiencias con la misa antigua varían de una persona a otra: algunas personas se topan por primera vez con una grandiosa misa solemne y, a primera vista, quedan transportadas a un nuevo plano espiritual; otras se adentran en la Tradición católica a través de la lectura y asisten a su primera misa simple en una capilla misionera a las 3 de la tarde de un domingo, y se sienten confundidas cuando levantan la vista del misal de mano —que aún no comprenden— solo para darse cuenta de que la misa ya ha transcurrido la mitad y ni siquiera están seguras de cuándo había comenzado.

Ese primer periodo en el que uno se sumerge en la Tradición suele vivirse como un torbellino; podríamos decir que es como beber de una manguera de incendios. Hay tanto que aprender, y resulta tan agradable descubrir tantas cosas sobre las que quizá tuviéramos una intuición, pero que nunca habíamos oído explicar en profundidad desde el punto de vista teológico o desde el púlpito. Prácticamente todo el que descubre la Tradición llega a comprender la gravedad de la crisis en la Iglesia y aprende cosas como el Tercer Secreto de Fátima —ya sea que se haya revelado por completo o no— y un sinfín de temas que, de otro modo, serían tabú o estarían prohibidos en el entorno parroquial convencional.

También hay muchas dificultades que acompañan a la inmersión en la Tradición, y que la mayoría de nosotros experimentamos. Recuerdo que, cuando descubrí tantas cosas maravillosas sobre nuestra historia y nuestras liturgias, lo único que quería era compartirlas con mis amigos. Era ingenuo y pensaba que todo el mundo estaría tan contento de aprender lo que yo había aprendido como lo estaba yo. Sin embargo, pronto me di cuenta de que no pocos de mis hermanos con los que había asistido durante años a la «nueva misa» local no se mostraban precisamente entusiasmados al escuchar lo que tenía que decir. Ahora bien, estas personas no eran liberales, sino muy conservadoras, en general; pero cuando crucé el proverbial Rubicón pasando de la «Nueva Misa» a la «Misa Tradicional», de repente los católicos a los que admiraba empezaron a utilizar palabras como «extremo» y «cisma» para describir el camino en el que me encontraba. Y mi experiencia no es única.

Con el tiempo, la fase de «luna de miel» que supone el descubrimiento de la Tradición católica se desvanece, y pasamos de una etapa de descubrimientos abrumadores a otra de poner en práctica y vivir en nuestra vida las devociones y rituales recién descubiertos. Es entonces cuando las cosas se complican. Al principio, conducir una hora o más para asistir a misa no parece gran cosa; pero luego esas carreteras se van helando a medida que avanza el invierno. Llega un momento en el que te das cuenta de que tus antiguos amigos realmente no van a cambiar de opinión y ver las cosas desde tu punto de vista, y eso duele. También te das cuenta de que ser un «trad» puede marcarte con una letra escarlata, y que llevarte bien con las instituciones de tu diócesis a menudo se vuelve más difícil.

Algunos padres llevan ya más de diez años criando a sus hijos y ahora tienen que replantearse cuestiones como la modestia y, en conciencia, necesitan sacar a sus adolescentes del grupo juvenil local o de la parroquia, que siempre fue modernista, pero antes no se daban cuenta.

También es difícil para los «trad» novatos averiguar hasta qué punto deben ser «trad» en su vida familiar. ¿Debemos asistir a todas las liturgias de la Semana Santa con nuestros hijos pequeños, de los que no se puede esperar que se queden quietos durante una liturgia de cuatro horas el Viernes Santo? ¿Cuántas devociones debe tener una familia católica tradicional al mismo tiempo? ¿Ayunamos desde la medianoche antes de la misa? ¿Y qué hay de la Cuaresma? ¿Basta con ayunar como los católicos de la posguerra, o deberíamos intentar vivir una Cuaresma «a la antigua usanza», como en la Edad Media? Y así sucesivamente.

Nos encontramos en un momento único de la historia para los católicos, en el que nos vemos obligados a luchar no solo contra la cultura, sino también —por desgracia— contra gran parte de la jerarquía, para vivir una vida católica como la de los santos de los que leemos. Los católicos tradicionales se encuentran en una lucha constante contra viento y marea; y, por desgracia, muchos de nosotros estamos en una situación en la que el único recurso es un enfoque de «hazlo tú mismo». Todo esto hace que las cosas sean arduas y agotadoras, y el riesgo de agotamiento es real.

Nuestra familia abrazó la Tradición católica en 2018 y, aunque no somos veteranos en comparación con muchos tradicionalistas que llevan décadas librando la buena batalla, hay algunas cosas que hemos aprendido y que creo que pueden resultar útiles:

  1. No te agotes ni te exijas en exceso tratando de demostrar el valor de la tradición católica a todos tus conocidos, sobre todo si caen en saco roto. Sí, todos debemos compartir la fe cuando se nos pida, pero no es tu tarea discutir con todo el mundo ni convencer a otros católicos de cosas que no quieren oír.
  2. Confía en la sabiduría de la Iglesia en lo que respecta al ayuno y la penitencia. Sí, las normas de ayuno eran más rigurosas en siglos pasados, pero tú no vives en esos siglos. Por supuesto, ponte a prueba, pero si eres un católico medio, es una tontería —y quizá una muestra de orgullo— pensar que puedes pasar de picar y comer como cualquier persona normal a asistir a la Semana Santa anterior a 1955 demacrado y con el estómago vacío.
  3. La tradición católica no es lo mismo que una «conspiración católica». No utilizo la palabra «conspiración» en sentido peyorativo, pero conviene recordar que obsesionarse con cada jota y cada tilde de los mensajes de una aparición o revelación que predice la crisis en la Iglesia puede que no ayude a tu vida espiritual. Cuando te presentes ante Cristo al morir, no te preguntarán si el Tercer Secreto de Fátima fue realmente revelado, por muy importante que sea ese tema.
  4. Eres un católico tradicional en 2026, no en 1026. Vives en el «mundo moderno», lo que significa que utilizas electricidad, pantallas, coches, etcétera. Mucho de lo que nos ofrece la modernidad no es bueno; eso es cierto. Pero Dios te creó para vivir ahora, así que no intentes reajustar aspectos de tu vida que hagan las cosas innecesariamente arduas. Vivir en estado de gracia y abrazar la Tradición católica ya es un reto suficiente.
  5. Sé indulgente contigo mismo y con tus hijos. En el pasado, los católicos solían no llevar a sus hijos pequeños a misa hasta que alcanzaban la edad de razón. Los pueblos tenían iglesias parroquiales con múltiples misas a un tiro de piedra de casa. La gente vivía en hogares multigeneracionales, y los padres solían ir a misa y dejar a los pequeños en casa, y los abuelos iban más tarde. Además, al leer manuales antiguos, se descubre que era práctica habitual que las madres lactantes y las mujeres embarazadas estuvieran exentas de asistir a misa. Si has pasado una noche larga con el bebé, por favor, ten en cuenta que la misa no se va a ir a ninguna parte y que seguirá ahí la semana que viene. Acepta consejos, pero piensa por ti mismo. En el mundo del catolicismo tradicional hay muchas opiniones sobre prácticamente cualquier tema, pero debes tomar tus propias decisiones y no limitarte a hacer lo que otros te digan que debes hacer. Hay muchas formas de educar a tus hijos, de incorporar devociones de temporada en tu hogar, etc. Haz lo que mejor funcione para tu familia.
  6. Evita intentar estar a la altura de la familia modelo tradicional. Algunas familias rezan todos los misterios del rosario cada día; otras tienen dificultades para encontrar tiempo para completar una serie de misterios con bebés que lloran y niños pequeños colgados de los ventiladores de techo. Algún día serás un católico tradicional hecho y derecho, como las personas a las que admiras en tu parroquia, pero no has visto las décadas de duro trabajo que han dedicado para llegar donde están. Al igual que tú, hace veinte años estaban perdidos, confundidos y agotados.
  7. No des por sentado que el catolicismo tradicional va a arreglar tu personalidad. Si eres como yo, puedes ser un auténtico imbécil, y ni siquiera un millón de rosarios te convertirán en un mejor marido, padre y persona en general si no haces lo necesario para ser más virtuoso. El catolicismo consiste en amar a Nuestro Señor y pasar la eternidad con Él, y a los fariseos les cuesta mucho llegar al cielo. Si el catolicismo tradicional tiene algún sentido, es el de alcanzar la santidad, y adoptar un estilo de vida que le diga al mundo que eres un «trad» en un sentido externo no te servirá de nada si no realizas el arduo trabajo de convertirte en santo.
  8. No te lo tomes como algo personal cuando los católicos reacios a la Tradición te miren de forma extraña. Debemos recordar que ser católico tradicional es contracultural y, en cierto modo, anormal. Por supuesto, debería ser la norma, porque nunca debería haberse llegado al punto en que rezar oraciones antiguas y asistir a rituales antiguos te convirtiera en el raro. Por desgracia, la corriente dominante dejó atrás la Tradición hace medio siglo, así que, por el momento, tú eres el raro para ellos. No te amargues, porque quienes buscan la santidad no deberían amargarse. Vive tu fe, ama a tu prójimo y recuerda que los palos y las piedras pueden romperte los huesos, pero que te llamen «cismático rígido» no debería hacerte daño.
  9. ¡Diviértete! La Tradición es más que viejos catecismos y la Misa Tradicional. Es arte, música y baile —del bueno—, risas, grandes libros, fiestas y niños maravillosamente inocentes corriendo con bonitos vestidos. Es lo mejor; y, a pesar de todas las dificultades, es una vida que merece la pena vivir. El vino tinto es tan católico como el incienso, y el cuerpo es un templo del Espíritu Santo, por lo que debería ser incensado de vez en cuando con un vinito. Si el catolicismo tradicional no te está aportando un tipo de felicidad y paz interior que nunca antes habías tenido, entonces, por favor, vuelve a leer esto, porque debes asegurarte de no agotarte.

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Y para este último punto que señala Hall, me permito añadir, necesitamos una sana comunidad tradicional. No vivamos atomizados, sino que busquemos comunidades. Con el horizonte de un San Ireneo de Arnois en nuestras oraciones. Aunque por el momento sean pequeñas o de catacumbas.

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