Por Stephen P. White
La muerte del Papa Pablo VI, el 6 de agosto de 1978 —fiesta de la Transfiguración—, no fue una gran sorpresa. El Papa llevaba tiempo con la salud débil y en declive. Un mes antes se había retirado a la residencia papal de verano de Castel Gandolfo, y llevaba varios días postrado en cama cuando sufrió un infarto masivo.
Veinte días después, el patriarca de Venecia, el cardenal Albino Luciani, fue elegido para suceder al Papa Pablo. La muerte del Papa Juan Pablo I, tras apenas 33 días de pontificado, fue una conmoción tremenda para una Iglesia que ya se tambaleaba tras unos años muy turbulentos.
La Iglesia, sobre todo en el mundo desarrollado, había sido zarandeada en la estela del Concilio. Hacía más de una década de la última encíclica papal, la Humanae vitae del Papa Pablo VI. La recepción (o lo contrario, según el caso) de esa enseñanza papal era emblemática de la época. La Iglesia parecía oscilar entre la irrelevancia autoinfligida de una acomodación total al espíritu de la época, por un lado, y por otro, la obsolescencia que nace de negarse obstinadamente a tener algo que decirle a un mundo moderno que cambiaba con rapidez.
Para los católicos de cierta edad, estos son hechos conocidos de una historia conocida. Para quienes tienen fe, o al menos la ventaja de la mirada retrospectiva, puede resultar claro que ninguno de los dos era probablemente el destino final de la Iglesia. Cuando se abrió en Roma el segundo cónclave de 1978, uno puede imaginar la incertidumbre y la inquietud que se cernían sobre la Iglesia y sobre el mundo en aquellos días tumultuosos.
Sin embargo, fue precisamente en ese momento de la historia cuando Karol Wojtyla, un hombre «de un país lejano» situado tras el Telón de Acero, fue elegido para la Sede de Pedro, y la historia de finales del siglo XX y de la Iglesia posconciliar dio un giro inesperado y dramático.
Tengo estos acontecimientos en mente justo ahora por la cercanía de las fechas de la elección del Papa Juan Pablo II y de su fiesta (22 de octubre), pero también porque hace poco he vuelto a leer la magistral primera entrega de la biografía del Papa polaco escrita por George Weigel, Witness to Hope.
Si nunca leyó la magnum opus de Weigel, o si hace muchos años que no la lee, lo animo a retomarla. Por un lado, si empieza ahora, podría terminarla (junto con la segunda entrega, The End and the Beginning) a tiempo para el 50.º aniversario de la elección del Papa Juan Pablo II, en octubre de 2028.
En un plano más serio, a quienes conocemos tan bien la historia nos viene bien recordar de vez en cuando lo dramática e improbable que fue la serie de acontecimientos que formaron al hombre, Karol Wojtyla, y que condujeron a la elección del Papa Juan Pablo II. Para quienes no conocen la historia —y la mayoría de los católicos, al menos en los Estados Unidos, son demasiado jóvenes para recordarla—, la vida de Juan Pablo II es un poderoso testimonio de la Divina Providencia.
Lo que nos devuelve a aquellos días de principios del otoño de 1978. No sé si Karol Wojtyla durmió bien o no después de la primera jornada del segundo cónclave del año. Probablemente intuía lo que traería el día siguiente. ¿Era un presentimiento? ¿Temor? ¿Resignación? ¿Paz?
Lo que está claro, y lo que Weigel sabe desentrañar con tanta destreza, es lo bien que se correspondían el hombre y el momento. Juan Pablo II no cayó en la historia como una especie de superhéroe eclesial. Lo había formado un conjunto de circunstancias muy particular, aunque extraordinario.
He aquí un polaco que entendía hasta la médula el papel de la cultura en la configuración de la historia, en un nivel más profundo que la política o la economía. He aquí un hombre que comprendía las raíces de la libertad humana por la desgarradora experiencia de vivir bajo sucesivos regímenes totalitarios.
He aquí un hombre con experiencia como obrero, como capellán universitario, como párroco, intelectual, místico, políglota y obispo, todo antes de cumplir 40 años. He aquí un hombre formado en los fundamentos del tomismo y, sin embargo, convencido de que había que dialogar con la modernidad en términos que ella pudiera captar y entender. He aquí un hombre de una piedad tradicional, casi rústica, del Viejo Mundo, que a la vez contribuyó a dar forma a la hondura del Concilio Vaticano II y la abrazó.
Karol Wojtyla no se había propuesto llegar a ser todas esas cosas. Pese a todos sus notables talentos y al duro trabajo con que los desarrolló, no era un «hombre hecho a sí mismo». Fue formado hasta llegar a ser el hombre que fue, como un diamante que se forma bajo una presión tremenda, según la acertada metáfora de Weigel.
Juan Pablo II comprendía el drama de su vida, de toda vida, que se desarrolla en el espacio entre «quien soy» y «quien debería ser». Era un discípulo de Jesucristo radicalmente convertido, que comprendía —y apostó toda su vida a— la realidad fundamental de que Jesucristo, crucificado y resucitado, es la única respuesta a la pregunta que late en el corazón de toda vida humana. Esa es la esencia del hombre a quien Dios llamó a la Sede de Pedro el 16 de octubre de 1978.
Por improbable y providencial que parezca la vida de san Juan Pablo II, quizá lo más asombroso de su testimonio sea esto: la misma invitación a la grandeza se nos extiende a cada uno de nosotros. La Iglesia siempre está en aguas profundas; los tiempos siempre son difíciles. Y el Señor nunca deja de invitarnos a llegar a ser precisamente los hombres y mujeres cuyo testimonio necesita el mundo, justo en el momento oportuno.
La santidad siempre es oportuna. La vida santa es urgente cada día. Juan Pablo II supo, y mostró, que así es como Dios nos llama a cada uno a la grandeza, si tan solo tenemos el valor de responder.
Sobre el autor
Stephen P. White es director ejecutivo del Saint John Paul II National Shrine e investigador del programa de Estudios Católicos del Ethics and Public Policy Center.